Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1)
© inepub.com
Capítulo 1 — El cartel
El autobús de Sevilla me dejó en la plaza de Navalcorcho a las cinco y cuarenta de la tarde, con una lluvia tan fina que no llegaba a mojar pero dejaba todo reluciente, como los suelos recién fregados.
Bajé la maleta por el estribo, rueda a rueda.
El conductor, que había hecho el viaje entero sin dirigirme la palabra, se asomó desde su asiento.
—Con cuidado en el adoquín, señora, que aquí se han roto más tobillos que nueces.
—Gracias. ¿La posada?
Tengo cincuenta y ocho años. Treinta y cuatro los pasé dando Lengua y Literatura en un instituto de Nervión, a chicos que preferían mirar el móvil, y hace uno que me jubilé.
En ese año he descubierto que la jubilación consiste, sobre todo, en que nadie te espera a ninguna hora concreta.
Y entonces un notario de Aracena me escribió para decirme que mi tío Anselmo, hermano de mi madre, al que había visto dos veces en la vida (una en una boda y otra en un entierro, y no sabría decir cuál de las dos fue más triste), había muerto el siete de octubre y me dejaba en herencia una posada.
No fui al funeral. La carta llegó cuando ya lo habían enterrado.
Aunque, siendo sincera, tampoco estoy segura de que hubiera ido si hubiera llegado antes.
Por eso estaba allí tres semanas después, con una maleta de ruedas pequeñas pensada para aeropuertos, subiendo una cuesta empedrada que no se hizo para ella.
La calle se llamaba Calle del Corcho, o eso decía una placa de azulejo con una esquina saltada.
Casas bajas encaladas, zócalos de pizarra gris, rejas en las ventanas.
Olía a leña de encina y a esa humedad buena que hay donde llueve en serio.
Sobre una tapia asomaban dos castaños con las hojas ya amarillas.
En una puerta, una mujer sentada en una silla baja pelaba castañas con un cuchillito, y me miró subir los treinta metros de cuesta sin disimular y sin ofrecerme ayuda.
—Usted es la del señor Anselmo —dijo cuando pasé por delante. No era una pregunta.
—Sí.
—Pues siga recto, que la posada no se la van a llevar.
La encontré al final de la calle, donde esta se abría en una plazoleta con un alcornoque enorme en medio.
Lo primero que pensé fue que el árbol era más viejo que el pueblo.
Lo segundo, que lo habían descorchado hacía poco, porque el tronco, hasta la altura de mi cabeza, tenía ese rojo oscuro de la carne recién abierta, y en una de las ramas gruesas alguien había pintado a brocha un 6 blanco.
Luego me explicarían que es la última cifra del año del descorche, para que nadie se equivoque cuando le toque volver, que es dentro de nueve.
La casa era mayor de lo que yo había imaginado.
Dos plantas de piedra y cal, tejado a dos aguas, portón de madera con clavos de cabeza gorda.
Y encima del dintel, colgado de dos cadenas que chirriaban con el aire, el cartel.
Una chapa pintada a mano, de metro y medio, con letras negras sobre fondo verde botella:
POSADA DEL ALCORNOQE HABITASIONES · COMIDAS CASERAS SE ADMITEN PERROS Y FORASTEROS
Me quedé mirándolo con la sensación de quien encuentra una mosca en la sopa. Dos faltas en tres renglones, y una de ellas en el nombre de la casa. Ya sé que en el mundo hay problemas peores. Pero el ojo no se me jubiló con el resto.
Abrí el bolso y saqué lo que llevo en el bolso desde 1992: un rotulador rojo de punta fina.
Me subí al bordillo de la fachada, me puse de puntillas y tracé sobre «ALCORNOQE» un signo de intercalación con una u pequeña, redonda, legible desde la plaza.
En «HABITASIONES» taché la ese y puse la ce, sin pasión, como quien devuelve el cambio.
—¿Se puede saber qué hace?
Una voz de mujer, a mi espalda. El portón se había abierto sin que yo lo oyera. En el umbral había una señora de unos sesenta y cinco años, con delantal de cuadros, brazos cortos y fuertes, el pelo gris recogido con una horquilla de las de antes y un paño de cocina echado al hombro como un fusil.
—Corrijo —dije, bajándome del bordillo con toda la dignidad que permite un bolso colgando—. Es deformación profesional.
—Pues el cartel lo pintó mi marido, que en paz descanse, y que en paz descanse también la ortografía. Lleva ahí treinta años. Su tío pasaba por debajo todos los días y nunca le dijo nada.
—Quizá tenía cosas más importantes en la cabeza.
—Quizá. —Me miró de arriba abajo, y luego miró la maleta—. Yo soy Remedios, aunque aquí me dicen la Reme. Guiso, friego, hago las camas y lo que haga falta. Pase, que fuera hace más frío que dentro, y dentro no hace mucho.
Entré detrás de ella por un zaguán de losas gastadas, hasta un patio con un aljibe tapado por un cristal y una galería de madera en el piso de arriba.
Había geranios en macetas, rojos y tercos, que no se habían enterado de que ya era otoño.
A la derecha, una puerta ancha daba al comedor: una chimenea de campana grande con el fuego encendido, seis mesas con manteles de cuadros, sillas de anea y un reloj de pared que marcaba las diez menos veinte.
Estaba parado. Supe que llevaba tiempo parado porque el polvo del cristal había dibujado la forma exacta de las agujas.
En un sillón junto al fuego, una gata gorda y atigrada me miró como se mira a quien ha llegado a una casa que ya no es suya.
—Es la Jerónima —dijo Reme—. No le quite el sillón, que se pone malísima.
—No pensaba.
—Pues haga bien.
Dejé la maleta junto a la puerta. No sabía cómo empezar. En el autobús había ensayado varias frases, todas con la palabra «condolencias» y ninguna que sirviera.
—Siento mucho no haber venido al entierro.
—Fue poca gente —dijo Reme, sin reproche, atizando el fuego con un hierro—. Él no quería flores ni misa grande. Quería que la Jerónima no se quedara sola. Y no la hemos dejado.
—¿Cómo fue?
Reme tardó en contestar. Dejó el hierro en su sitio.
—Ahí. —Señaló un sillón de orejas en un rincón, con una manta de cuadros doblada en el respaldo, y junto al sillón una mesita con un brasero apagado—.
Se sentaba con el brasero a hacer sus cuentas, que era lo único que hacía a gusto.
Genaro bajó a las siete y estaba como dormido, con las gafas puestas y el lápiz en la mano.
Don Ferrán, el médico, dijo que el corazón.
A los setenta y nueve años, dijo, es lo que se les para.
—¿Quién es Genaro?
—Mi sobrino. Tiene veinticuatro años, estudia por internet no sé qué de Administración y arregla todo, desde la caldera hasta el ordenador.
Ahora está en Aracena, comprando. —Se limpió las manos en el delantal—.
Mañana llegan los de Todos los Santos. Cinco personas, cuatro habitaciones, y yo sola con el fregadero. ¿Se queda usted?
Dije que no lo sabía. Que había venido a ver al notario, que el lunes firmaría lo que hubiera que firmar, y que hasta entonces, sí, me quedaba.
—Hasta el lunes —repitió Reme, y por cómo lo dijo comprendí que lo había oído antes—. Eso decía su tío de todo.
Se metió en el zaguán, abrió el cajón de un mostrador que yo no había visto, un trozo de madera pegado a la pared con un timbre de bronce encima, y me trajo un libro grande, de tapas negras, con las esquinas redondeadas de tanto uso.
—El libro de registro. Es suyo, como todo lo demás.
Lo abrí sobre el mostrador. Cada hoja estaba rayada a mano en columnas, con una regla y un lápiz, y rellena con una letra pequeña, derecha, de contable.
Nombre, procedencia, habitación, fecha de entrada, fecha de salida.
Treinta años de huéspedes. Un matrimonio de Bilbao que se quedó seis noches en 1994.
Un ciclista alemán, tres noches, «pagó en marcos».
Pasé las páginas hasta la última escrita, que era del mes pasado, y debajo, con la misma letra, cinco reservas para el puente:
Puente de Todos los Santos. Del jueves 29 de octubre al domingo 1 de noviembre. Sanchis, Julián y Pilar (Valencia) — hab. 2. Valverde, Consuelo (Sevilla) — hab. 3. Lamas, Héctor — hab. 4. Bosch, Nuria — hab. 5.
Cuatro habitaciones. Cinco personas. Reme tenía razón. Me detuve en los números: la 1, que era la de mi tío, quedaba libre para mí, y no había nada en la 6. Y a la 7 no se había asomado ningún nombre.
—¿Y la siete?
—La siete no se alquilaba.
—¿Por qué?
—Porque su tío decía que estaba reservada.
—¿Para quién?
—Para nadie. Para si acaso.
Lo dijo mirando el brasero apagado. Yo volví a bajar la vista hacia la hoja y entonces lo vi, en el margen de la derecha, al lado de la última línea: una anotación hecha a lápiz, con otro lápiz, uno blando, de carpintero, de esos que se afilan con navaja. Tres palabras y una raya debajo.
V. — no apuntar.
—¿Quién es V.?
—No sé de ninguna V. —contestó Reme demasiado deprisa. Hay respuestas que llegan antes que la pregunta—. Suba, que le enseño dónde duerme.
Me llevó a ver el resto sin que yo lo pidiera, quizá para no seguir hablando del libro.
Subimos por una escalera de piedra con barandilla de hierro hasta la galería que rodeaba el patio.
Siete puertas, numeradas con chapitas de latón.
Las seis primeras eran de pino viejo, barnizadas muchas veces, con el pomo gastado por el lado por donde se agarra.
La siete, al fondo, era también de madera vieja, pero la cerradura era nueva: un cilindro brillante, de los que se compran en una ferretería de ciudad, con tres vueltas de llave.
—Eso lo puso su tío en septiembre —dijo Reme antes de que preguntara—. Vino un cerrajero de Aracena y se llevó cuarenta euros.
—¿Y qué hay dentro?
—Una cama y un armario. Lo ventilo cada mes, ¿cree usted que lo iba a dejar sin ventilar? —Sacó del delantal una ristra de llaves y no me dio ninguna—. La uno es la suya. Está hecha. Si no le gusta, le busco otra.
Me gustaba. Una cama de hierro, una colcha de ganchillo, una cómoda con un San Antonio al que le faltaba la nariz y una ventana que daba a un cielo que se estaba poniendo del color de las pizarras.
Dejé el bolso sobre la colcha. Reme estaba en la puerta, con las manos en el delantal, esperando algo que yo no supe darle.
—La cena es a las nueve, aquí en la cocina —dijo al fin—. Y no se admiten quejas.
Cuando se fue, bajé otra vez al zaguán, cogí el libro de registro y lo traje arriba conmigo. Me senté en la cama y volví a abrirlo por la última hoja. Pasé el dedo por encima del lápiz. No se emborronó. Quien lo había escrito había apretado.