Capítulo 2 — Los cinco de Todos los Santos
Me despertó una batalla naval. Eso pensé con los ojos todavía cerrados, hasta que identifiqué los golpes de metal contra metal y comprendí que alguien, abajo, estaba cambiando de sitio todas las cacerolas de la casa. Miré el reloj de la mesilla: las siete menos diez.
Anoche, por la ventana de la habitación uno, no había visto nada porque era noche cerrada.
Ahora la niebla se levantaba despacio entre los alcornoques como si alguien retirara una sábana, y debajo, hozando entre las bellotas, había una docena de cerdos negros, flacos y ocupadísimos.
Los miré un rato. En Sevilla mi ventana daba a un contenedor.
La cocina era una estancia grande con una mesa de madera en el centro y una cocina de leña que ocupaba un tercio de la pared.
Reme removía algo en una olla sin mirar la olla.
Un chico flaco, con gafas de pasta y un chaleco acolchado lleno de bolsillos, desmontaba el termostato de la caldera sentado en el suelo.
—Este es Genaro —dijo Reme—. Genaro, la señora Elvira.
—Elvira a secas.
—Don Anselmo la nombraba mucho —dijo el chico sin levantar la vista del termostato—. Decía que usted era la única de la familia que sabía escribir.
—Yo nunca le escribí.
—Ya. Decía que era por eso.
No supe si era un cumplido. Reme me puso delante una tostada de pan de pueblo con aceite y tomate rallado y un café con leche en un tazón sin asa, y me dijo que me lo comiera antes de que empezara a preguntar, porque hoy no se paraba.
No se paró. A las ocho yo ya tenía un delantal que olía a otra persona y una escoba, a las nueve estaba aprendiendo que la sábana de arriba se dobla por abajo y el embozo debe quedar a la altura de los ojos del San Antonio, y a las diez descubrí que Reme tenía un método para hacer camas que habría envidiado un cirujano.
Me pasó las toallas como quien pasa instrumental.
«Esas, no, que son de las feas». «Esas, tampoco».
Yo, que había corregido novecientos exámenes al año durante tres décadas, me sentí por primera vez en mucho tiempo la peor de la clase.
—Su madre —dijo Reme, de pronto, alisando una colcha con la palma—, ¿hacía camas?
—En tres casas. Durante veinte años.
—Pues sabe usted más de lo que parece.
—Eso es lo que me dijo siempre mi madre. Que no se me veía.
A las doce llamaron a la puerta. Reme miró por la ventana de la cocina, hizo un ruido con la lengua que no supe interpretar y dijo: «El alcalde. Atiéndalo usted, que a mí me hierve el puchero».
Don Aurelio Santana, alcalde de Navalcorcho desde hacía dieciséis años, llevaba una chaqueta de pana marrón, el pelo blanco peinado hacia atrás con una raya que parecía hecha con tiralíneas y una sonrisa de rotonda: daba vueltas y nunca sabías por dónde iba a salir.
Traía una caja de mantecados de Aracena, atada con un cordel, que me puso en las manos antes de presentarse.
—Mi más sentido pésame, doña Elvira. Su tío y yo no nos entendíamos, pero nos queríamos. Era terco como un alcornoque, y mire usted que en esta tierra eso es mucho decir.
—Gracias, don Aurelio.
—Aurelio a secas, que aquí todos somos primos.
—Se sentó en una de las sillas de anea sin esperar invitación y puso las manos sobre las rodillas—.
Voy a ser claro, porque usted es una mujer de letras y no me gusta dar rodeos con la gente de letras.
Hay unos fondos europeos para turismo rural.
El pueblo necesita un hotel de verdad, con sus diez habitaciones, su spa, su…
cómo se dice… su experiencia gastronómica.
Esta casa, con la huerta de atrás, es el sitio.
Le ofrezco ciento noventa mil euros. Hoy mismo, en el notario, si quiere.
—Todavía no he decidido qué voy a hacer.
—Y hace usted bien. Esto se decide primero con el corazón, luego con la cabeza y después con el notario. —Se levantó y miró alrededor con la cara de quien tasa una pared—. Pero no tarde mucho. El puente da para mucho cotilleo.
Cuando se hubo ido, Reme salió de la cocina secándose las manos.
—Hace tres años ofrecía el doble —dijo—. Su tío lo echó con un cucharón.
—¿Y por qué ahora ofrece la mitad?
—Porque se cree que usted no sabe lo que vale una casa. Y porque su tío ya no le puede tirar nada.
Los huéspedes fueron llegando a lo largo de la tarde, y a los tres primeros les adjudiqué un adjetivo antes de que bajaran del coche, defecto de mi oficio, que consiste en clasificar a la gente por la manera de aparcar.
A las tres y diez llegaron los Sanchis, de Valencia, en un Seat León con la parte de atrás llena de maletas.
Julián, calvo y de risa fácil, llevaba una riñonera y había sido, según dijo en el primer minuto, «treinta y un años de ventanilla en Bancaja».
Pilar, con el pelo teñido de caoba y dos maletas que parecían de otra familia, bajó del coche diciendo «Te dije a la derecha» a nadie en particular, aunque era evidente a quién.
—Eran las dos opciones, Pili. O derecha o izquierda.
—Pues ya sabes cuál era la buena.
A las cuatro llegó un taxi de Aracena, y del taxi salió, con mucho cuidado, una mujer de ochenta años, pequeña y derecha, con un abrigo azul marino, un broche de camafeo, un bastón con puño de plata y un cojín bajo el brazo que no era un cojín cualquiera: tenía una funda bordada con sus iniciales.
Doña Consuelo Valverde. Venía de Sevilla, como yo.
Le dije que éramos casi vecinas y ella me contestó: «Qué bien, hija, así hay con quién hablar mal de Sevilla».
—Vengo todos los años por Todos los Santos —dijo mientras Genaro le subía una maleta que pesaba lo que un cerdo—. Desde 1989. A poner flores a mi Alfonso, que lo tengo enterrado aquí.
—Lo siento.
—No lo sienta, hija, que lleva treinta y siete años y se ha acostumbrado. Él, no yo.
En el mostrador sacó un frasquito de cristal con cuentagotas y contó en voz baja, moviendo los labios, hasta doce gotas que echó en un vaso de agua. «Mis gotitas del corazón», me dijo guiñando un ojo, y se las bebió de un trago. «Si me falta esto, hija, me quedo sin cuerda».
A las cinco y veinte llegó un hombre a pie.
No lo vi bajar de nada; apareció por la calle empedrada con una mochila a la espalda y un tubo de plástico, de los que se usan para planos, cruzado a la manera de un carcaj.
Delgado, unos treinta y ocho años, cazadora de montaña con demasiados bolsillos, barba de tres días cuidadosamente de tres días.
Héctor Lamas. Dijo que era ingeniero técnico forestal, que venía a hacer un estudio sobre el estado del alcornocal para la Junta y que necesitaba saber, si no era molestia, hasta dónde llegaban las tierras de la posada.
—No lo sé —dije—. Soy nueva.
—Ya. —Sonrió con un solo lado de la boca—. Pregúntele a la señora de la cocina.
Y a las seis y diez, con la luz ya medio caída, bajó del autobús una chica con una mochila de fotografía a la espalda, un trípode plegado al hombro y unas botas con tanto barro encima que el barro parecía formar parte del diseño.
Nuria Bosch, treinta y dos años, catalana.
«Fotografío setas y niebla», dijo, sin más explicación, y pidió una habitación con vistas a la dehesa y un enchufe cerca de la ventana.
Le di la cinco. Antes de cenar la vi instalar su cámara en la ventana de la galería con un cable y un aparato pequeño que, me explicó, «hace una foto cada diez minutos toda la noche; si hay niebla, a la mañana tengo una película».
La cena fue a las nueve, en el comedor, en una sola mesa larga que Reme había formado juntando tres.
«Se cena todos a una, que si no se me enfría».
Caldo de puchero con garbanzos, migas con pimientos fritos y torreznos, y de postre castañas asadas con membrillo y queso.
Julián repitió de las migas tres veces y Pilar le contó los torreznos en voz alta, de uno en uno, en tono de acta.
Héctor comió poco y habló menos. Nuria contó que esa tarde había visto un ciervo en la dehesa y que ni siquiera había sacado la cámara, «porque hay cosas que hay que mirar y ya».
Doña Consuelo, que no probó el vino, nos explicó entre sorbos de caldo por qué venía.
—Mi marido, Alfonso, era tesorero de la cooperativa corchera. Santa Marina. Aquí, en este pueblo. Se murió en octubre del 89, de repente, pobrecillo, y como no tenía a nadie más, lo enterraron donde trabajaba. Y yo no he faltado un año.
Se hizo un silencio breve. Reme, que estaba sirviendo, dejó la sopera sobre la mesa con más cuidado del necesario y se fue a la cocina sin decir nada.
—¿Una cooperativa? —preguntó Héctor, un poco demasiado interesado.
—Ya no existe —dijo Consuelo—. Se hundió el corcho, o la gente, o las dos cosas. Antes de eso, sí.
—Qué bonito eso de volver —dijo Nuria.
—Es lo único que sé hacer bien —contestó Consuelo, y se llevó la servilleta a los labios.
A las once todos estaban en sus cuartos. Julián roncaba ya, y lo sé porque la pared de la habitación dos da a la galería, y la galería, a mi puerta. Ayudé a Reme a fregar. Ella, de pronto, dejó sobre la mesa de la cocina un plato con una tortilla, un trozo de pan y un vaso tapado con un paño.
—¿Para quién es eso?
—Para el que llegue.
—¿Quién va a llegar? Los cinco ya están.
—Costumbre de la casa. Se deja siempre un plato.
No dije nada. Reme cubrió el plato con otro boca abajo, a la manera de las abuelas, y lo dejó junto al fogón. Yo ya me secaba las manos para subir cuando sonó el timbre.
Era un timbre de bronce, de los de cuerda, y el sonido fue tan seco y tan largo en el zaguán desierto que Genaro, que había bajado a por una botella de agua, se quedó con ella en la mano. Eran las doce menos diez de la noche. Llovía otra vez, esta vez de verdad.
Abrió Genaro. En el umbral había un hombre con un abrigo gris empapado, el pelo pegado a la frente y un maletín de cuero que sujetaba con las dos manos contra el pecho. No traía maleta. No traía paraguas.
—Perdonen la hora. Tengo una habitación reservada.
—Aquí no consta ninguna reserva —dije yo, desde la escalera, con el libro de registro todavía en la mano. No sé por qué lo había traído abajo.
—Lo sé —contestó el hombre, y me miró con una cortesía triste—. La habitación siete. A nombre del señor Anselmo.
Reme apareció detrás de mí. No dijo una palabra. Se metió la mano en el delantal y sacó la llave nueva, la del cilindro brillante, la que no me había dado. Ya la tenía en el bolsillo.