Capítulo 3 — Un desayuno de seis
Yo cuento. Es lo que hago desde hace treinta y cuatro años: entraba en clase y contaba, sin querer, las caras.
Veintisiete alumnos, veintiséis, veintiocho.
A veces el número no cuadraba con la lista y entonces había un chico de otro grupo escondido al fondo, o una chica que había venido a esperar a su hermano, y yo ya lo sabía antes de abrir el cuaderno.
El viernes por la mañana, en el comedor de la posada, conté seis tazones.
—¿Para quién es el sexto? —le pregunté a Reme, que cruzaba con una bandeja de tostadas.
—Para el de la siete.
—En el libro no hay nadie en la siete.
—Pues ahora hay.
No insistí. Me senté en el extremo de la mesa larga, junto a Julián Sanchis, que ya iba por su segunda tostada con aceite y le explicaba a su mujer que él no roncaba, que lo que ella oía era «la tubería».
Pilar se limitó a levantar las cejas hasta una altura que habría sido grosera en una persona con menos maquillaje.
Héctor Lamas leía un mapa doblado en cuatro sin quitarse las gafas de montaña.
Nuria Bosch bajó con el pelo mojado y una cámara colgada, y dijo que la niebla de la noche había sido «una barbaridad» y que tenía ciento treinta y ocho fotos que mirar.
Doña Consuelo ocupaba la cabecera con su cojín bordado, un té de hierbas que se había traído ella misma en un termo y un aire de matrona romana en el desayuno de los esclavos.
El sexto llegó el último.
Bajó despacio, apoyando cada pie con tanto cuidado que parecía temer por la escalera.
Un hombre de unos sesenta y ocho años, bajo, enjuto, con un traje gris que había sido bueno y una corbata de lana color vino con un nudo muy pequeño.
Llevaba los zapatos limpios, cosa rara después de la noche de lluvia, y el pelo escaso peinado con agua.
En una oreja, un audífono beige. Dejó el maletín de cuero junto a la silla, no sobre ella, y se sentó en el borde, con las dos manos sobre las rodillas.
—Buenos días —dijo a todos y a nadie.
Reme le puso el café con leche delante sin preguntarle cómo lo quería.
—Buenos días —dije yo—. Soy Elvira, la nueva propietaria. Todavía no tengo su nombre en el libro.
—Vidal. Teodoro Vidal. —Hizo una pausa, y añadió con una sonrisa pequeña—: No hace falta que me apunte.
—Soy profesora. Todo se apunta.
—Entonces apúntelo, si le tranquiliza.
Lo apunté en una servilleta, porque el libro estaba arriba, y debajo escribí la hora: las ocho y cuarenta. Pilar Sanchis, que era de las que no dejan un hueco de más de cuatro segundos sin llenarlo, preguntó de dónde venía.
—De Huelva capital.
—Pues llegó tarde, con esta lluvia. ¿Vino en autobús?
—Me trajeron.
—¿Quién?
—Un conocido. —Se llevó la taza a los labios. No dijo más.
Yo recordé en ese momento una cosa que me había dicho el conductor del autobús el día anterior, cuando bajé la maleta, y que había olvidado: Es el último, señora.
Hasta mañana a las siete no hay otro . A las diez menos diez de la noche no pudo llegar nadie a Navalcorcho en autobús.
Se lo guardé, como se guarda en un cajón una carta sin abrir.
Antes de que se levantaran de la mesa, aproveché que Genaro pasaba con una bandeja para preguntarle por los horarios.
—A las cinco y cuarenta, el de Sevilla. El de Huelva, a las siete menos algo. Después no hay nada.
—¿Y si alguien llega más tarde?
—Pues se pone a andar o lo trae alguien. —Encogió un hombro sin soltar la bandeja—. Aquí al que llega fuera de hora lo suele traer el alcalde, que tiene un Land Rover y mala conciencia.
—¿Mala conciencia de qué?
—No sé. Se le nota en la manera de frenar.
Terminado el desayuno, los huéspedes se fueron dispersando.
Nuria, a la dehesa; Héctor, con el mapa y el tubo de planos, «a medir»; los Sanchis, a discutir en voz baja en el patio sobre si era mejor ir a ver la Gruta de las Maravillas o quedarse en la posada «y no gastar».
Doña Consuelo pidió que le calentaran una bolsa de agua para los pies y se instaló junto a la chimenea del comedor, en el sillón que no era de la gata, con su cojín.
La Jerónima la miraba desde el otro con el rencor de una señora desplazada.
Yo recogía tazones cuando el señor Vidal se me acercó. No lo vi llegar. Se me puso al lado, con las manos a la espalda, y dijo:
—¿Podríamos hablar un momento? En un sitio donde no nos oigan.
Lo llevé al patio, junto al aljibe. Se sentó en el brocal con mucho cuidado de no mancharse el abrigo, y yo me quedé de pie.
—Usted es la sobrina de Anselmo.
—Sí.
—Dígame, ¿cómo está él? Hace casi cuatro años que no lo veo.
—Murió hace tres semanas.
Vidal no dijo nada. Se miró las manos, que eran manos de oficina, de uñas cortas y dedos con una mancha de tinta azul en el índice. Tardó unos segundos que me parecieron largos.
—Eso no puede ser —dijo, por fin—. Me escribió… —se interrumpió—. Perdone. Es que le traía una cosa.
—Lo siento.
—No, no lo siente usted. —Lo dijo sin dureza, casi con ternura—. Perdone, se lo he dicho muy mal. Es lógico que no. Usted ni lo conocía.
—No mucho. Pero lo siento igualmente.
Asintió. Se pasó la palma de la mano por la frente, y cuando la retiró era otro hombre, o el mismo, más cansado.
—Entonces es usted quien hereda la casa. Y todo lo que haya en ella.
—Lo que hay en ella son muchas cacerolas.
—También papeles. —Me miró—. Su tío llevaba unas cuentas, en un libro de tapas verdes. Le hablo de hace mucho, de hace treinta y tantos años. ¿Lo ha visto usted?
—No he mirado nada todavía. Acabo de llegar.
—Claro. —Hizo una pausa muy larga—. Escuche. Esta tarde, con calma, hablamos. Antes tengo que hablar con otra persona. Mañana por la mañana la busco, y se lo cuento todo desde el principio. Pero por favor, hasta entonces, no cambie nada de sitio.
—Siempre lo cambio todo de sitio. Es mi forma de entender una casa.
—Hoy no, se lo ruego.
Se levantó y se fue hacia las escaleras, y yo me quedé mirando el aljibe, cuyo cristal reflejaba el cielo de la mañana, gris y quieto, con la cara de una mujer de cincuenta y ocho años encima, la mía, con cara de no entender.
Esa tarde busqué los papeles.
El escritorio de mi tío era una mesa pequeña de nogal, pegada a la pared del comedor, justo detrás del sillón de orejas donde lo habían encontrado.
Tenía tres cajones. Los dos de abajo contenían recibos de la luz, un libro de recetas manuscrito con la letra de Reme, facturas de un proveedor de embutidos, un cuaderno con los cumpleaños de todos los vecinos y un paquete de lápices de carpintero, de los blandos, sin afilar. El de arriba estaba cerrado con llave.
—Reme —dije, con naturalidad—, ¿dónde está la llave del cajón de arriba?
Reme, que cortaba cebollas junto al fogón, ni se giró.
—No sé de ninguna llave.
—Yo diría que sí sabe.
—Pues dice usted mal. Mire a ver si está en el delantal de don Anselmo, que lo colgó de la percha de detrás de la puerta.
Estaba. Una llavecita de latón, atada con un cordel a un botón.
Pero cuando la metí en la cerradura, el cajón se abrió con demasiada facilidad, y dentro había un cuaderno de tapas verdes, sí, pero con las hojas arrancadas hasta casi el lomo, y un pedazo de lápiz con la punta rota.
Me quedé mirándolo y luego a Reme, que seguía sin girarse.
Dejé el cuaderno en su sitio y el cajón cerrado.
Me lo apunté mentalmente, a la columna de las cosas que no cuadraban, que esa mañana ya tenía varias líneas.
La tarde se fue en lluvia. Vidal no salió de su habitación.
Cuando bajó a cenar, a las nueve, parecía haber envejecido cinco años desde el desayuno.
Se sentó entre Nuria y doña Consuelo, que le pasó el pan sin mirarlo, y comió casi nada: un poco de caldo, una rebanada, agua.
Julián contó un chiste de aragoneses que Pilar interrumpió en el remate.
Héctor Lamas salió pronto de la mesa «a estudiar unos datos».
Doña Consuelo, a las diez y cuarto, se retiró con su cojín y su termo y su bastón y sus gotitas, diciendo que a su edad dormir era una obligación y no un placer.
Yo ayudé a Reme a recoger. Estábamos las dos en la cocina, de espaldas a la puerta, cuando oí una voz detrás.
—Perdone. ¿Queda anís?
Era Vidal. Se había quedado en el umbral, con el audífono ladeado y un gesto de dolor.
—¿De cuál? —preguntó Reme, sin volverse.
—Del de Anselmo. El de la barrica.
—En la bodega. La última barrica, la del fondo.
—Bajaré yo.
—Se lo subo.
—Prefiero bajar. Me gusta verlo en su sitio.
Reme se volvió despacio, con un trapo en la mano. Se miraron unos segundos. No sé qué se dijeron en esos segundos, porque yo no estaba incluida, pero tuve la impresión nítida de haber presenciado el final de una conversación que había empezado hacía mucho.
—Ahí tiene los vasos de chato —dijo Reme, señalando una repisa—. Y la llave de la bodega, en el clavo.
Vidal cogió un vaso, cogió la llave y se fue. Eran las diez y cuarenta. A las once y cuarto, cuando me fui a acostar, ya estaba arriba; lo oí cerrar la puerta de la siete con las tres vueltas de la cerradura nueva.
Me costó dormir. Julián roncaba al otro lado del tabique con un ritmo de pistón que me pareció de pronto casi reconfortante.
A las tantas me desperté, sin saber por qué.
Miré el reloj: la una y cincuenta. Alguien había abierto, o cerrado, una puerta abajo, con ese sonido seco de madera gruesa sobre piedra.
Me levanté, me puse el abrigo encima del camisón y salí a la galería.
El patio estaba a oscuras, con la lluvia cayendo sobre el cristal del aljibe. Y desde la barandilla se veía, en el zaguán, una línea fina de luz amarilla por debajo de la puerta de la bodega.
Pensé: es el señor Vidal, que baja por su anís.
Pensé: o Genaro, que roba queso. Pensé en la hora, en el frío, en mis pies descalzos, y lo que más pensé fue que no era asunto mío.
Me quedé un momento más ahí, con las manos en el hierro de la barandilla, hasta que la Jerónima pasó rozándome las piernas y se perdió escaleras abajo.
Me volví a la cama. Lo cuento ahora porque ya no hay manera de cambiarlo.