Capítulo 4 — La bodega
El grito de Genaro me sacó de la cama a las siete y diez. No fue un grito de susto; fue más bien un ruido que le salió del cuerpo sin permiso, y después, un silencio largo, que fue peor.
Bajé con el abrigo encima del camisón y las zapatillas del revés. En el zaguán estaba Genaro, de pie, con un cesto de leña en una mano y la otra pegada a la pared, y la puerta de la bodega abierta de par en par detrás de él. Tenía la cara del color de la cal.
—Doña Elvira —dijo—. Abajo hay un señor.
—¿Qué señor?
—El de la siete. Está en el suelo.
Nueve escalones de piedra, estrechos y húmedos, bajaban hasta un sótano abovedado que olía a madera vieja, a mosto, a tierra mojada y, por encima de todo, a anís.
Un anís intenso, dulzón, casi pegajoso, que se me quedó en la garganta.
A mano izquierda, apoyadas contra el muro, había diez o doce barricas de roble oscuras, con una tiza en la panza de cada una; al fondo, una hilera de estanterías con botellas polvorientas y una mesa baja con un candil de pilas.
La luz, que daba desde arriba por una ventana enrejada a ras del suelo, era gris y plana.
El señor Vidal estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra la última barrica, la del fondo, las piernas estiradas y los zapatos limpios apuntando al techo.
Llevaba el mismo traje gris, la corbata color vino y el audífono beige.
Tenía la cabeza ligeramente ladeada hacia el hombro y los ojos entreabiertos, como quien se ha quedado dormido escuchando algo y todavía lo está escuchando.
A su derecha, en el suelo, sobre la piedra, había un vaso de chato vacío.
Me acerqué. Hice lo que se hace en estas ocasiones: le puse dos dedos en el cuello. La piel estaba fría, no del frío del sótano sino de otro, más hondo, y no había nada debajo. Retiré la mano y me la limpié despacio en el abrigo, sin saber por qué.
—Genaro —dije, sin volverme—. ¿Ha tocado algo?
—No, no, no. Bajé a por el aceite y lo vi desde la escalera. Subí corriendo.
—Muy bien. Suba otra vez y no deje que baje nadie.
—¿Y usted?
—Yo me quedo un momento.
Lo oí subir los escalones de dos en dos.
Quedé sola en la bodega con un muerto y once barricas.
Tengo que confesar una cosa: lo primero que vi, después de verlo a él, fue la tiza de la barrica donde estaba apoyado.
Alguien, probablemente mi tío, había escrito en ella, con una letra grande y redonda: ANIZ 2019.
Con zeta.
Me llevé la mano al bolso, que no tenía. El rotulador rojo estaba arriba, en la mesilla. Respiré hondo y lo agradecí. Una persona no puede corregir las faltas de ortografía en la escena de una muerte. O al menos no debe hacerlo en voz alta.
Miré alrededor sin tocar nada, que es lo que decía siempre mi marido Rafael, que fue inspector de Hacienda, cuando entraba en una oficina que no era la suya.
Mira primero con los ojos y después con la cabeza .
No sé si me sirvió. Vi lo que cualquiera habría visto: un hombre sentado, un vaso vacío, una botella de cristal a medio llenar sobre la mesa baja, con el tapón puesto, y el candil encendido, que estaba gastando las pilas.
Pero también vi lo que vería una persona que ha pasado media vida entre vasos y adolescentes.
El vaso de chato estaba limpio por fuera.
Sin una huella en la panza, sin la marca grasa de unos dedos, sin un cerco de anís resbalando por el borde.
Un vaso que ha pasado por la mano de un hombre y por su boca no se queda así; un vaso así ha sido frotado con un paño.
Me incliné sin tocarlo. En la oreja del señor Vidal, el audífono beige tenía el interruptorcito en la posición de apagado.
Nadie se apaga el oído para estar a solas en un sótano, donde lo único que uno puede querer oír es quién baja la escalera.
Todo estaba en un orden demasiado limpio.
Y me pareció, aunque no habría sabido explicarlo, que algo faltaba.
Como cuando una frase está bien escrita y el oído, de todos modos, se detiene.
Oí pasos en la escalera. Reme bajaba despacio, con la mano en la pared, el delantal puesto encima del camisón y las zapatillas de felpa. Se paró en el último escalón. Miró al hombre del traje gris. Se llevó una mano al pecho, la otra a la boca.
—Ay, Anselmo —dijo.
Eso es lo que dijo. Ay, Anselmo . No ay, Dios mío ni Jesús, María y José . Y yo, que trabajo con las palabras, sé que lo que se dice primero es lo que no se ha pensado.
—Reme —dije—. ¿Lo conocía?
—Está usted pálida —contestó, y me tomó del brazo con una fuerza que no esperaba—. Suba conmigo. Aquí no se puede estar.
—No me voy a ir. Tengo que llamar a la Guardia Civil.
—Genaro ya ha llamado. Ahora viene el cabo.
—¿Quién tiene llave de la bodega?
—La del clavo de la cocina. —Y señaló con la barbilla—. Y su tío tenía otra. Y yo.
—¿Estaba cerrada anoche?
Dudó. Fue una duda muy corta, de esas que solo se aprecian cuando uno lleva treinta años buscando la mentira de un chico que dice «se me olvidó el cuaderno».
—Cerré yo a las doce, cuando subió el señor. Y la llave la dejé en el clavo.
—El señor Vidal bajó a las diez y cuarenta con esa llave.
—Y subió. Usted lo oyó.
—Lo oí subir. No lo oí cerrar la bodega.
—Pues no sé, doña Elvira. —Y por primera vez me llamó por mi nombre, con el «doña» delante, como se pone una barrera—. Yo cerré.
Subimos las dos. Arriba, junto a la puerta de la bodega, Genaro esperaba con el cesto de leña todavía en las manos, como un chico al que se le ha olvidado dónde dejarlo.
—Genaro, cuando bajaste a las siete, ¿cómo estaba la puerta?
—Abierta. Quiero decir, sin cerrar. Empujé y cedió.
—¿Y la llave?
—En el clavo de la cocina. Donde siempre.
Reme dejó de caminar. Yo tampoco dije nada durante unos instantes. Una puerta sin cerrar con la llave colgada en su clavo no se explica con un descuido, a no ser que ese descuido tenga dos llaves.
—Pues entonces la abrió alguien con la de don Anselmo —dijo Reme, sin inflexión alguna.
—¿Y dónde está esa?
—Eso quisiera saber yo.
Lo dijo mirando al suelo, y en el suelo no había nada, y comprendí que no lo diría más claro.
Seguimos hasta el centro del zaguán. Allí ya había público.
Julián Sanchis, con una bata de felpa a rayas y los pelos de punta, preguntaba «qué pasa, qué pasa» al aire.
Pilar, detrás, se había puesto la bata encima de un camisón de seda y un moño recién hecho, lo cual demuestra una voluntad de hierro.
Héctor Lamas apareció en la galería, completamente vestido, con las botas puestas.
Nuria Bosch bajó descalza, con un jersey enorme, y se quedó en el penúltimo escalón sin pisar el último.
Doña Consuelo Valverde no se había levantado todavía, o eso pensé, hasta que la vi aparecer por el pasillo de las habitaciones, con una bata de lana azul y los bigudíes puestos, apoyada en su bastón.
—¿Qué ocurre, hija? —me dijo—. He oído un jaleo.
—El señor Vidal —dije, y me di cuenta de que había que decirlo con claridad, porque la claridad es una forma de respeto—. Ha muerto. Está en la bodega.
Nadie dijo nada durante un rato. Después Pilar soltó un «Madre mía» tan limpio que parecía de teatro, y Julián dijo que había que sentarse todos, que él no veía bien, y Nuria se llevó la mano a la boca, y Héctor Lamas dijo, de modo casi inaudible:
—Qué raro.
Lo dijo hacia dentro, como se dicen las cosas que no se quieren decir. Yo lo oí. No sé si los demás.
—Nadie va a bajar —dije—. Quien necesite sentarse, que se siente en el comedor. Reme va a traer café. El cabo Peña está en camino.
Me sorprendió el tono. Era mi voz de los lunes por la mañana, cuando tenía que hacer callar a treinta adolescentes, y funcionó igual: Julián se sentó.
Pilar se sentó. Nuria dijo «vale». Doña Consuelo se apoyó en mi brazo, pequeña y ligera como un pájaro, y me preguntó si se podía tomar un té de hierbas en circunstancias así.
—Se puede —dije.
—Qué cosas, hija. Qué cosas. Un caballero de esa edad. —Y suspiró—. Si es que ya no se cuidan.
No me pareció nada raro. Entonces. Está en mi cuaderno, porque hice un cuaderno. Esa misma mañana, en una hoja de la libreta que usaba mi tío para anotar los cumpleaños, apunté tres líneas con el lápiz de carpintero:
El vaso, vacío. ¿Quién lo bebió? La llave: Reme dice que cerró. Yo no lo oí. Falta algo en la bodega.
La espera hasta que llegó el cabo duró cuarenta minutos, y fueron los cuarenta minutos más largos que he pasado en un comedor.
Reme trajo el café y lo repartió sin hablar.
Genaro, sentado en un taburete junto a la chimenea apagada, retorcía un trapo entre las manos.
Julián Sanchis, con la bata de rayas, quiso saber si había que avisar a alguien («¿A la embajada?
No sé si hay embajada, para esto»), y Pilar le dijo que dejara de decir tonterías.
Nuria, descalza, miraba fijamente su taza sin probarla.
Héctor Lamas se había ido a vestir del todo, con la excusa de que no se podía estar en pijama en una cosa así, y volvió con la cazadora puesta y las gafas colgando.
Se sentó lejos de todos, con los codos sobre las rodillas.
—Era un señor muy educado —dijo Pilar, al cabo de un rato, a nadie—. Me dijo buenos días con una sonrisa, el viernes. Y se apartó para dejarme pasar en la escalera.
—Es verdad —dijo Nuria, bajito.
—Pues eso. Y ahora…
No terminó. Julián le cogió la mano, y ella se la dejó coger, porque la situación lo exigía, aunque con un gesto de contrariedad que no iba dirigido a nadie en concreto.
Yo me senté al lado de Consuelo, que se había acomodado en el sillón de la chimenea con su cojín y su té de hierbas, y le puse una manta sobre las rodillas.
Ella me dio unas palmaditas en la mano. «Qué buena es usted, hija».
Era una frase que le salía sin pensar, como a otros les sale el «buenos días», y esa mañana me ablandó más de lo que habría querido.
Mientras tanto, miraba. Es lo único que sé hacer.
Miraba las manos de Pilar, que no dejaban de ajustarse el cinturón de la bata; los pies descalzos de Nuria, con las uñas sin pintar y un calcetín perdido; el cuello de Julián, rojo, de hombre que se lleva un susto y lo digiere a base de tensión.
Miraba a Reme, que fue y vino tres veces de la cocina sin decir una palabra y que cada vez que pasaba por delante de la puerta de la bodega bajaba los ojos.
Y miraba a Genaro, que seguía con el trapo, y que de pronto, sin levantar la vista, me preguntó en voz baja:
—Doña Elvira, ¿usted cree que sufrió?
—No lo sé.
—Yo creo que no. Estaba muy tranquilo. —Tragó saliva—. Con los ojos medio cerrados. Igual que mi abuelo.
No supe qué contestar. Le puse la mano en el hombro un segundo y la retiré, porque no es mi costumbre tocar a la gente y a él pareció bastarle.
Cuando llamaron a la puerta, con tres golpes secos y prudentes, de quien no está acostumbrado a que le abran, el reloj del comedor, el que llevaba parado en las diez menos veinte, marcaba también las diez menos veinte. Quise darle cuerda y no me dejé.