Capítulo 5 — El cabo Peña
El cabo Ismael Peña llevaba seis meses en Navalcorcho y todavía se disculpaba al entrar en las casas.
Tenía cuarenta y un años, era de Córdoba, gastaba un bigote prudente y una cara de buena persona que le había costado mucho esfuerzo no perder en el cuerpo.
Entró en el zaguán con el tricornio bajo el brazo, miró a su alrededor como si hubiera llegado a una boda con el traje equivocado y dijo:
—Buenos días. Perdonen. ¿Dónde es?
—Abajo —dije yo.
Genaro y él bajaron. Yo me quedé arriba, que es lo que se hace cuando una no es policía, aunque había notado con cierta vergüenza que me temblaban las rodillas ahora que ya no hacía falta que no me temblaran. Reme me puso en las manos un vaso de agua con azúcar sin que se lo pidiera. Lo bebí.
El cabo tardó diez minutos. Cuando subió, tenía la cara más pálida que cuando bajó y el tricornio colgando de una mano, olvidado.
—Hay que llamar al médico —dijo—. Y al juzgado. Y a la comandancia. Y creo que hay que llamar a alguien más, pero no sé a quién.
—Al que sepa más que usted —sugirió Julián Sanchis desde el comedor, con la buena intención de las personas que hablan sin que nadie les haya preguntado.
—Gracias, caballero.
Llegó don Ferrán, el médico del pueblo, que me había parecido un nombre de personaje de novela y resultó ser un hombre de setenta y dos años, calvo y menudo, con un maletín de cuero muy viejo y la costumbre de hablar sin mirar a nadie, como un locutor de radio.
Estuvo abajo veinte minutos. Cuando volvió, se secó las manos con un pañuelo y dijo, dirigiéndose a un punto entre mi hombro y la puerta:
—Infarto. Un hombre de su edad, con el corazón de un hombre de su edad. No hay marcas, no hay golpes, no hay nada. Se ha sentado y se le ha parado el corazón. Es lo que pasa.
—Eso mismo dijeron de mi tío —dije yo.
El doctor Ferrán se detuvo con el pañuelo en el aire.
—Su tío tenía setenta y nueve años y un historial de seis años de angina de pecho, señora. Yo mismo le recetaba las pastillas. No me venga con comparaciones.
—No comparo. Solo observo.
Me miró por primera vez. Tenía los ojos muy pequeños y muy azules, de un azul desvaído, de los que han leído muchos análisis y ninguna novela.
—Usted es la profesora —dijo.
—La sobrina.
—Eso ya lo sé. Don Anselmo me dijo que era profesora. Dijo que era de las que preguntan las cosas dos veces. —Se guardó el pañuelo—. Haga lo que quiera. Yo firmo lo que veo.
Se fue. Quedamos en el zaguán el cabo, Reme, Genaro y yo.
Peña se apartó al fondo del zaguán, junto al timbre de bronce, y marcó en el teléfono un número que debía de saberse de memoria porque no lo miró.
Yo no quise escuchar y escuché. Del otro lado, una voz de hombre, cansada y con acento de Huelva, llegaba tan alta que se oía desde donde yo estaba.
—Peña, hijo, repíteme eso.
—Un fallecido, mi sargento. En una posada. Un señor mayor, sin identificar. El médico dice infarto.
—Pues si el médico dice infarto, tú pon infarto.
—Es que hay una cosa.
—Siempre hay una cosa. Dime la cosa.
—No hay… —Peña bajó la voz, y la subió de golpe—. No hay ninguna cosa, mi sargento. Es un presentimiento.
—Los presentimientos no se ponen en el atestado. No toques nada, no dejes que nadie toque nada y no te fíes de que el médico de un pueblo sepa distinguir un infarto de lo que no lo es. Y llama cuando abran el camino.
Colgó. El cabo se quedó mirando el aparato, como quien acaba de recibir una instrucción muy sensata que no entiende.
—Ha dicho que no me fíe del médico —me explicó.
—Lo he oído.
—Y que no toque nada.
—También.
—Y yo ya he tocado un vaso.
—Con guantes de fregar —le recordé—. Eso cuenta.
Fue entonces cuando empezó a llover de otra manera. Primero fue un ruido distinto en el tejado, un tambor más grueso, y después se oyó un trueno largo y seco, y la luz del zaguán parpadeó dos veces.
—Eso ha sido en la carretera —dijo Genaro, mirando por el ventanuco—. Lo del trueno. Pero lo otro…
—¿Qué otro?
—Lo de después. Como un derrumbe.
El cabo Peña salió al portón con una linterna y volvió a los dos minutos empapado. Se quitó el tricornio y lo sacudió con una dignidad lastimosa.
—Dicen por radio —anunció— que hay un desprendimiento en la carretera de Aracena. A la altura de la Rivera. Medio monte en el asfalto. Dicen que hasta mañana por la tarde no podrán abrir un carril. La Guardia Civil de Huelva tampoco puede llegar. Ni el juez. Ni el forense. —Respiró—. Estamos solos.
—¿Quién es «estamos»? —preguntó Pilar desde el comedor.
—Todos los que estén en el pueblo, señora.
—Pero nosotros nos íbamos el domingo.
—El domingo ya veremos. Mientras tanto, les pido que nadie salga de la posada, por favor. No es una orden. Es un… ruego. Fuerte.
Nadie respondió. Ismael Peña, cabo primero de la Guardia Civil, miró a cada uno de los presentes y no encontró en ninguna cara la reacción que esperaba, que era, supongo, una mezcla de obediencia y de respeto.
En su lugar tuvo a Julián, que se había quedado sin una de sus frases, a Pilar con la boca entreabierta, a Nuria mirándose los pies, a Héctor Lamas con los ojos puestos en el suelo, a doña Consuelo con una sonrisa vaga y una taza de té, y a mí.
—Cabo —dije—. Si me permite una sugerencia.
—Dígame, doña… ¿Elvira?
—Elvira. Hay que hacer una lista de quién estaba en la casa anoche, y a qué hora se acostó cada uno. Es mejor hacerla ahora, mientras se acuerdan, que dentro de dos días, cuando ya no. Y hay que cerrar la bodega con llave y que la lleve usted en el bolsillo.
—Sí. Claro. Eso iba a decir.
—Ya lo suponía.
Me miró con una mezcla de gratitud y de pánico.
—¿Usted es policía?
—Profesora.
—Es casi lo mismo —dijo, y lo creo de verdad, porque no sonreía.
Antes fui a la cocina a por un lápiz y me encontré a Reme fregando una taza que ya estaba limpia.
—Reme. El candil de la bodega estaba encendido cuando lo encontramos.
—Ya lo sé. —Dejó la taza en el escurridor, muy despacio—. Yo no lo dejé así. Yo apago todo, doña Elvira. La luz del pasillo, la de la despensa, la de la entrada. Treinta años. Don Anselmo decía que yo era la factura de la luz en carne y hueso.
—¿Y el candil?
—El candil es de pilas, de los que se compran en el chino. No lo he visto encendido más que cuando hay que bajar. Y anoche lo apagué yo misma. —Se volvió y me miró con los ojos muy abiertos—. Lo que quiero decirle es que alguien lo volvió a encender. Y ese alguien no estaba de paso.
—Eso mismo pienso.
—Pues no lo diga en alto, que aquí las paredes oyen.
Se secó las manos y me dio el lápiz, que no le había pedido, con el gesto de una enfermera que pasa el instrumental. Después volvió al fregadero, y supe que no iba a decir una palabra más aquel día.
Entre los dos hicimos la lista en el mostrador, con un lápiz de carpintero de mi tío y el reverso de una factura de embutidos.
Yo le dije lo que sabía: los cinco huéspedes del libro, el sexto sin libro, Reme, Genaro, yo.
Nueve personas en la casa. Y cuando llegué al sexto, a Vidal, me di cuenta de que había una cosa que no le había dicho a nadie.
Abrí el libro de registro. Lo había dejado en la cómoda de mi habitación y lo había bajado conmigo a media mañana, sin pensar. Fui a la última hoja y le mostré la anotación al cabo.
— V. — no apuntar —leyó—. ¿Qué es esto?
—Lo escribió mi tío, a lápiz, en septiembre o primeros de octubre. Antes de morir. Con las reservas del puente. Es la letra de él. Y aquí —señalé otra vez— no consta ninguna habitación siete.
—Entonces el señor Vidal sabía que lo esperaban.
—Y mi tío sabía que iba a venir. Y no quería que constara.
El cabo se quedó mirando el margen del libro con la mueca de quien ve una foto en la que un conocido ha salido mal.
—¿Y por qué no quería?
—No lo sé. Quizá fuera una cuestión de discreción. Quizá otra cosa.
—¿Sabe usted algo de este señor? ¿Quién era?
—Lo conocí ayer. Me dijo que era de Huelva y que tenía que hablar conmigo hoy.
—¿De qué?
—De unos papeles de mi tío.
Ismael Peña apuntó eso en la factura de embutidos, debajo de la lista, con una letra de colegio. Y debajo escribió papeles , y lo subrayó, y a continuación lo tachó, y volvió a escribirlo.
—Doña Elvira —dijo—. ¿Usted cree que…?
—No creo nada todavía. Solo observo.
—El médico dice infarto.
—El médico firma lo que ve.
—Eso es verdad. —Suspiró. Se quitó el tricornio, lo puso en el mostrador, lo volvió a coger—. Necesito algo para guardar el vaso. Si es que hay que guardar el vaso. No tengo bolsas de pruebas. Estoy aquí solo y me han mandado un cuadrante de dos personas.
—Reme —dije, y la cocinera apareció por la puerta tan pronto que debía de estar esperando detrás—. ¿Tiene usted bolsas de congelar?
Reme se las arregló en un minuto para sacar de un cajón un rollo de bolsas con cierre hermético, de las de siete euros el paquete, y se las dio al cabo con cara de no haber visto nunca algo tan serio.
—Y guantes —añadió Peña—. Si tiene.
—De fregar.
—Valen.
Los dos bajaron a la bodega, el cabo con los guantes amarillos y yo detrás, con el corazón en la garganta. Él cogió el vaso por el borde, con dos dedos, y lo metió en la bolsa. Lo olió antes, o lo olió después, no estoy segura; lo que sí vi es que se le arrugó la nariz.
—Anís —dijo.
—Anís —confirmé.
—Pero hay algo más. No sé. —Cerró la bolsa—. ¿Había solo un vaso?
—Había uno. —Y mientras lo decía, entendí lo que me había parecido que faltaba en la bodega por la mañana.
No era un objeto. Era una pareja. Una persona sola, a solas con una botella en un sótano, bebe con un vaso, y uno solo; pero nadie llega hasta el fondo de una bodega a las dos de la madrugada, en pleno temporal, a beberse un chato de anís solo, de pie, junto a una barrica.
Se baja con alguien. O para ver a alguien.
No lo dije en voz alta. Lo apunté, en la libreta, en la tercera línea, al lado de Falta algo en la bodega . Un vaso. Dos personas. Y debajo, con rabia: ¿Quién?
Subimos. El cabo cerró la bodega con la llave. Se la guardó en el bolsillo del pantalón, y la mano se le quedó un momento ahí, apretándola, con el miedo visible de que se le cayera el mundo si la soltaba.