Capítulo 6 — Cinco coartadas y media
El cabo Peña empezó los interrogatorios a las cuatro de la tarde, en el comedor, con las cortinas corridas porque seguía lloviendo y con la chimenea encendida porque Reme lo había decidido así.
Se sentó en la mesa del rincón, bajo el reloj parado, con un bloc de notas que le había prestado Genaro y un bolígrafo de la Caja Rural. Yo me senté a su lado.
—No sé si es reglamentario —dijo en voz baja.
—Tampoco es reglamentario que esté usted solo. Aprovechemos.
Fueron pasando de uno en uno, con la cara de quien entra al despacho del director. Yo tomaba notas en la libreta de los cumpleaños.
Julián y Pilar Sanchis entraron juntos, y fue lo primero que tuvo que corregir el cabo. «Por separado, por favor». Pilar fue la primera. Se sentó con el bolso en el regazo y las piernas cruzadas, dispuesta a colaborar con un entusiasmo que no auguraba nada bueno.
—Nos acostamos a las once. Julián ya estaba dormido a las once y cuarto. Yo, al contrario, me quedé leyendo. Luego, a las dos, o las dos y diez, más o menos, él se levantó al baño. Hace ruido. Mucho. Y vuelve a la cama como un elefante que ha encontrado la nevera.
—¿Salió de la habitación?
—No que yo sepa. Se fue al baño del pasillo, que lo tenemos fuera, y volvió. Tardó… —levantó la vista al techo—… cuatro minutos. Cinco. No sé, a mí me parecieron treinta.
Julián repitió lo mismo con otro orden. Se acostó a las once, durmió «como un bendito», le dio un apretón la vejiga a las dos de la mañana, fue al baño del pasillo. No vio a nadie. No oyó nada.
—¿No oyó ruido abajo?
—Oí la lluvia. Y me pareció que alguien se movía. Pero con esta casa, caballero, siempre se mueve alguien. Esto cruje como un velero.
—¿Conocía usted al señor Vidal?
—Yo a ese hombre no lo había visto en mi vida.
Eso lo dijeron los dos, y con la misma cara de estupor, y tan deprisa que parecía lo único que sabían decir sin equivocarse.
Me llamó la atención que Julián, al decirlo, apartó la mirada hacia la chimenea, y que su mano derecha, con la que se había limpiado la nariz, volvía a limpiársela sin necesidad.
No es un delito. Es un gesto. Lo anoté entre paréntesis.
Héctor Lamas entró con el tubo de planos bajo el brazo, que dejó en el suelo, al lado de la silla. Se sentó con la espalda muy recta. Le pidió el cabo su documento de identidad y su profesión, y Lamas contestó con una seguridad que me pareció ensayada.
—Ingeniero técnico forestal. Estudio del estado del alcornocal, para la Consejería de Medio Ambiente.
—¿Dónde está su acreditación?
—En el coche.
—¿Qué coche? Usted llegó a pie.
—Lo dejé en Aracena y subí andando. Me gusta andar.
—Son veintidós kilómetros.
—Sí. Me gusta mucho.
Peña me miró de reojo. Yo escribí, sin que se notara, una cosa breve en la libreta.
Héctor Lamas dijo que se acostó a las once, «con los cascos puestos, escuchando un podcast», que no se levantó hasta las siete y media, que no oyó nada porque «con los cascos no se oye nada», y que a Vidal no lo conocía «ni de vista».
A cada pregunta del cabo contestaba un segundo antes de que la pregunta terminara.
Nuria Bosch estuvo menos tensa que los demás y más lúcida. Se sentó con las manos entre las rodillas, el jersey enorme y los ojos grandes y oscuros de quien duerme poco. Dijo que se había acostado tarde, a medianoche, después de repasar unas fotos.
—¿Se despertó después?
—No. Dormí de un tirón. Con la lluvia duermo.
—¿Y su cámara? La que tiene instalada en la galería.
—Ah, eso. Es un temporizador. Toma una foto cada diez minutos, desde las nueve de la noche hasta las ocho de la mañana. La dejé funcionando. Si hay niebla, a la mañana tengo una secuencia bonita.
—¿Ha mirado las fotos de esta noche?
—Todavía no. Ayer fueron las de la tarde. Las de la noche las bajo luego al ordenador.
El cabo se detuvo con el bolígrafo en el aire.
—¿Podría… enseñármelas?
—Claro —dijo Nuria. Y tardó un segundo en entender. Sus ojos, grandes, se hicieron todavía más grandes—. Ay. Claro. Ay, madre.
Quedamos en que las bajaría después de cenar. Nuria salió casi corriendo.
Doña Consuelo Valverde entró la última, con su bastón y su cojín, aunque nadie le había pedido que trajera el cojín. Se sentó en la silla de enfrente del cabo con una tranquilidad total, la de una entrevista para la que se ha preparado toda la vida, y colocó el bastón entre las rodillas.
—Dígame, hijo.
—Doña Consuelo, ¿a qué hora se acostó anoche?
—A las diez y cuarto, hijo, como siempre. Me tomé mis gotitas, que me las tomo a las diez y a las ocho de la mañana, y me quedé dormida casi enseguida. A mi edad se duerme como cuando se es niño: apenas se pone la cabeza en la almohada.
—¿Oyó algo durante la noche?
—Nada. Oí la lluvia, que me gusta. Y poco más. Tengo el sueño pesado.
—¿Conocía al fallecido?
—¿Al señor Vidal? —Consuelo juntó las manos sobre el puño de plata del bastón—. Yo a ese hombre no lo había visto en mi vida, hijo, pobrecillo. Me lo presentaron ayer en el desayuno, y no me dijo ni una palabra. Educado, eso sí. Muy educado. Un señor de los de antes.
—¿Nada más?
—Nada más. Nada más que lo que le he dicho. —Hizo una pausa y sonrió, y la sonrisa de aquella mujer minúscula, con los bigudíes ya sustituidos por un moño perfecto, tenía algo de hermoso y de infinitamente cansado—. Qué cosas, hijo. Qué cosas. Venir a una posada a pasar el puente y morirse así.
Cuando salió, el cabo se recostó en la silla.
—Cinco coartadas —dijo—. Y media.
—¿Cuál es la media?
—La de usted. Que dormía a dos habitaciones de la bodega y la oyó abrirse, y no bajó.
No me dolió porque era verdad.
Reme y Genaro declararon al final, los dos juntos y los dos de pie, porque Reme se negó a sentarse en su propio comedor, porque no estaba de visita.
Ella contó que había cerrado la bodega a las doce, que se acostó a las doce y media en el cuarto de atrás, junto a la cocina, y que no oyó nada porque «las que hemos criado hijos aprendemos a dormir a ratos y a no oír lo que no nos llama».
Genaro dijo que subió a su cuarto del desván a las once y media, con el portátil, a seguir con un trabajo de contabilidad de costes, y que se quedó dormido sobre el teclado.
—¿Conocían ustedes al señor Vidal? —preguntó el cabo.
—No —dijo Genaro.
—No —dijo Reme, medio segundo más tarde.
Medio segundo, en una conversación, es mucho. Lo anoté debajo del gesto de Julián, entre paréntesis, con un asterisco. Mi libreta de cumpleaños empezaba a parecerse a un expediente.
Eran las seis cuando terminamos. Había oscurecido sin que nadie lo advirtiera, como oscurece en las casas con un muerto: de dentro hacia fuera.
Reme encendió las lámparas del comedor, una por una, y el cabo se frotó los ojos con los nudillos.
Quedaban cinco coartadas y media, más los medios segundos de Reme, y la certeza incómoda de que nadie había dormido tan bien como decía.
Fue entonces, mientras Reme recogía las tazas del té de doña Consuelo, que Peña dijo que tenía que abrir el maletín.
Lo habían subido de la habitación siete, con la llave de Reme, entre los dos.
Lo pusieron sobre la mesa del rincón, bajo el reloj parado.
Era de cuero marrón, de esos de tapas duras que se llevaban a la oficina cuando todavía había oficinas, con dos cierres de latón y una etiqueta de agencia de viajes en el asa, ya medio despegada.
—No estoy seguro de que se pueda —dijo el cabo—. Me falta la orden del juez.
—Pues habrá que pedirla.
—Está cortada la carretera.
—Entonces abra usted, y lo anota, y el juez que decida si es válido cuando llegue. Y si quiere, yo asisto de testigo.
—¿Cómo testigo?
—Soy la heredera de la casa, no una sospechosa. De momento.
Se puso los guantes amarillos de fregar.
Los dos cierres saltaron con un chasquido delgado.
Dentro había poco: una camisa limpia, doblada; un cepillo de dientes envuelto en un pañuelo; un cuaderno de espiral con las tapas azules, vacío, salvo una página con una columna de números que no supe interpretar; una pastilla de jabón de hotel; y, en una funda de plástico de las que se usan para guardar carnés, un sobre.
El sobre era blanco, sin timbrar, cerrado. En el anverso, con letras de imprenta, mayúsculas, escritas a rotulador negro con una letra firme que contrastaba con las manos viejas del hombre, ponía:
PARA ANSELMO CAbrERA. PERSONAL.
—Su tío —dijo el cabo.
—Mi tío.
—Pero su tío ha muerto.
—Hace tres semanas.
—¿Y el señor Vidal sabía que había muerto cuando…? —Se interrumpió—. No, perdone. No lo sabía. Usted me dijo que reaccionó con sorpresa.
—Con mucha sorpresa. Demasiada, me pareció.
—¿Quiere abrirlo usted?
—Es suyo. —Retiré las manos—. Yo no soy la autoridad.
Peña rasgó el sobre con un cuchillo de untar que le tendió Reme sin decir palabra. Dentro había una hoja de papel de carta, doblada en tres. La desdobló sobre la mesa. Cuatro líneas, con la misma letra de imprenta, a rotulador negro, sin fecha ni firma.
Las leí por encima de su hombro. Las he leído muchas veces después, y todavía las sé de memoria.
Se acabó el plazo, Anselmo. Treinta y siete años son demasiados. Esta vez no pienso callarme. Tú sabes dónde están.
El cabo y yo nos miramos. En la chimenea, un tronco cedió con un crujido y se deshizo en brasas. Reme, a nuestra espalda, dejó de recoger las tazas.
—Treinta y siete años —dije, muy despacio—. Doña Consuelo lleva viniendo treinta y siete años.
—Es una coincidencia —dijo el cabo, aunque no parecía creerlo.
—Es un número —dije yo—. De momento.