Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 7 — Lo que dice el médico
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Capítulo 7 — Lo que dice el médico

El consultorio de don Ferrán estaba a trescientos metros de la posada, calle abajo, en una casa de dos plantas con un azulejo en la puerta que decía Dr. F. Ferrán Maroto, Medicina General y debajo, con otra letra y a bolígrafo, si no contesto, estoy en el huerto .

Fui después de cenar. Nadie me lo había pedido, y Reme, cuando me vio coger el abrigo, dijo que a esa hora lo único que se encontraba en la calle era agua.

Tenía razón. Llovía sin ganas, con esa constancia aburrida de las lluvias que ya no tienen nada que demostrar, y el empedrado brillaba bajo las dos farolas que le quedaban al pueblo.

Navalcorcho tiene cuatrocientos doce habitantes y tres gatos, según el cartel de la entrada, y por lo que vi aquella noche, los cuatrocientos doce estaban en casa viendo la tele, porque de cada ventana salía el mismo resplandor azul y el mismo murmullo de concurso.

Llamé dos veces. A la tercera se oyó una tos, un arrastrar de zapatillas y la voz del médico al otro lado.

—Si es un parto, llegan tarde. Aquí hace once años que no hay.

—No es un parto. Soy Elvira, la sobrina de Anselmo.

Se abrió la puerta con la cadena puesta. Un ojo azul, muy pequeño, me examinó de arriba abajo.

—¿Está usted enferma?

—No.

—Pues entonces es peor —dijo, y quitó la cadena.

Vivía como viven los hombres que enviudaron hace mucho: con orden y sin adornos.

Un recibidor con un perchero de pie, una camilla de las antiguas arrinconada bajo una sábana, una estantería de tomos de medicina con los lomos descoloridos por el sol de una ventana que ya no se abría.

En la cocina, un brasero eléctrico, una radio con la antena torcida y un plato con restos de sopa que retiró enseguida, avergonzado de que lo hubiera sorprendido.

—Siéntese. No le ofrezco nada porque no tengo nada.

—No vengo a comer.

—Ya me lo figuro. Viene a decirme que me equivoqué.

Lo dijo sin enfado, doblando con mucho cuidado el paño de cocina, y yo comprendí que llevaba toda la tarde esperando esa visita. Que la había ensayado delante del espejo, con los argumentos ya en fila.

—No vengo a decirle eso —contesté—. Vengo a preguntarle cómo sabe lo que sabe.

Se sentó frente a mí. Las manos, grandes para su estatura, se le quedaron sobre la mesa de formica, quietas, de médico: manos que han aprendido que un temblor se nota más que una palabra.

—Escuche, señora. Llevo cuarenta y siete años en este pueblo y en los de alrededor.

He visto morirse de infarto a un pastor de treinta y nueve años que no había fumado en su vida.

He visto morirse de infarto a un hombre que se acababa de levantar de la siesta y se llevaba la mano a la cabeza para peinarse.

El corazón se para, y no pide permiso, y a veces no deja ni una marca.

—Hizo una pausa—. Su señor Vidal tenía sesenta y ocho, setenta años.

Estaba pálido, tenía los labios un poco azulados, las manos frías.

Nada de golpes, ni de forcejeos, ni de espuma.

Sentado, tranquilo, contra una barrica. Yo no soy forense.

Pero sé reconocer a un hombre al que se le ha parado el corazón.

—¿A qué hora murió?

—Entre la una y las tres de la madrugada, más o menos. El cuerpo estaba frío del todo y la rigidez ya había empezado en la mandíbula. Con el frío de esa bodega eso va más despacio, así que no me ponga usted un minuto exacto, que no lo tengo.

Entre la una y las tres. La luz bajo la puerta, a la una y cincuenta. Se lo dije.

—¿Una luz? —Alzó una ceja—. ¿Y usted estaba despierta a esa hora?

—Me desperté. Un ruido. Una puerta.

—Pues ahí tiene. Él bajó, se tomó su anís, se sentó, y se murió. Ya ve que no hay misterio.

—Sí lo hay. El vaso.

—¿Qué le pasa al vaso?

Me incliné un poco hacia delante. Tenía preparada la frase desde el camino, y me salió mejor de lo que esperaba, que es lo que pasa cuando uno la ha repetido en voz baja a la lluvia durante trescientos metros.

—Estaba limpio por fuera, don Ferrán. Ni una huella, ni un cerco de anís, ni la marca de unos labios.

Un hombre que bebe de un vaso lo toca. Lo agarra con los dedos, lo apoya en la boca, lo deja en el suelo con el pulso un poco flojo, que es lo que hace el que tiene setenta años.

Ese vaso lo había pasado alguien por un trapo.

Y después, alguien lo puso al lado del cuerpo.

—O lo pasó él.

—¿Para qué iba a limpiar un vaso en el que iba a beber?

—Porque era de esos hombres. —Se encogió de hombros—. Los hay. Lleva uno cuarenta años en una oficina, con la mesa ordenada y el lápiz a la derecha, y no tolera un cerco. Yo tuve una paciente, una señora de Cortegana, que lavaba las judías antes de lavarlas.

Me reí. No pude evitarlo. Y él, que no esperaba esa risa, sonrió también un instante, con media boca, y fue la primera vez que le vi la cara sin la guardia puesta.

—Es una explicación razonable —admití—. Pero en la bodega había otra cosa. El audífono estaba apagado.

—Le dolería.

—Se lo había apagado. Con el interruptor, no se había desprendido. Y un hombre que se apaga el oído para dormir no se lo apaga en un sótano, a las dos de la madrugada, esperando…

—¿Esperando qué?

—No lo sé. Alguien.

Don Ferrán se levantó y puso agua a calentar en un cazo, de espaldas, sin pedirme opinión. Dio la vuelta con dos tazas desportilladas, echó en cada una una bolsita de manzanilla y se quedó mirando el vapor un buen rato.

—Una cosa más le voy a decir, y la dejo con la manzanilla —dijo al fin—. ¿Sabe lo que no llevaba en los bolsillos?

—Dígamelo.

—Nada. Ni una pastilla, ni un blíster, ni un frasco, ni un pastillero de esos de lunes a domingo.

Y yo, que soy un viejo, sé que un hombre de esa edad que muere del corazón, sea de lo que sea, trae casi siempre la farmacia encima.

Mire a la señora Valverde, su huésped. No sale ni al patio sin el termo y sus gotitas.

Y mire al caballero valenciano, que se tomó la pastilla de la tensión en mitad de la cena.

Todos traen algo. —Se encogió de hombros—.

Y el difunto, nada. Le revisé los bolsillos de la americana con el cabo, delante de él.

Pañuelo, un lápiz, una llave y un billete de autobús.

—¿De autobús?

—Huelva-Aracena, del jueves. Sin picar al regreso.

Billete de ida solamente. Lo anoté en la cabeza, en la columna de las cosas que no cuadraban, que ya necesitaba una segunda hoja.

El autobús de Aracena a Navalcorcho salía a las cinco y cuarenta, y Vidal había llamado a la puerta a las doce menos diez.

Seis horas largas entre una cosa y otra.

Y él me había dicho en el desayuno que lo trajo «un conocido».

Alguien, entonces, lo había esperado en Aracena y lo había subido por la sierra de noche, bajo la lluvia, para dejarlo en nuestra puerta sin querer entrar.

—Entonces, ¿sin medicación, y con corazón enfermo? —pregunté.

—O con corazón sano, que también ocurre.

—Puso las dos tazas en la mesa y se sentó otra vez—.

No le estoy diciendo que sea una cosa ni la otra.

Le estoy diciendo que no puedo asegurarlo, y que por eso he escrito probable muerte natural en el parte y no muerte natural .

Un adverbio, señora. Me lo enseñó un catedrático de Granada, hace medio siglo.

Cuando dudes, pon un adverbio, y deja que los que mandan decidan.

—Eso mismo hago yo con los comentarios en los exámenes. «Podría mejorarse».

—Usted y yo nos parecemos.

—Eso ya me lo han dicho. —Soplé la manzanilla, que era más agua que otra cosa—. Don Ferrán, ¿vio usted a mi tío antes de que muriera?

El médico cogió la taza con las dos manos y tardó en contestar.

—Lo vi la semana anterior. Vino al consultorio a que le tomara la tensión. Estaba bien, para su edad y su angina. Más delgado, preocupado. Le pregunté si dormía y dijo que dormía poco. Le pregunté por qué y dijo que tenía un asunto viejo.

—¿Un asunto viejo?

—Eso dijo. Y se levantó y se fue. —Me miró por encima de la taza—. Le diré lo que pensé entonces, que es lo que piensa un médico de pueblo cuando alguien le habla de un asunto viejo: que se trataba de una mujer, o de una herencia, o de una deuda con el banco. Nunca pensé que fuera otra cosa.

—¿Y ahora?

—Ahora me pregunto si no habré estado treinta años firmando partes sin hacer demasiadas preguntas.

No dijo más. Bebimos la manzanilla en silencio, con la radio de fondo susurrando un partido de segunda división. En algún momento él alargó la mano y la apagó sin mirarla, como quien cierra una puerta de la que lleva tiempo oyendo el chirrido.

Antes de irme quise preguntarle una cosa más, la que había dejado para el final por pudor.

—¿Hace falta autopsia, si el juez lo decide?

—Si el juez lo decide, y si le dan los plazos. Con el camino cortado, hasta el martes o el miércoles el cuerpo no sale de aquí. Y en la posada hay una bodega fresca que va a servir de depósito. Usted perdone.

—No tiene que perdonar.

—Sí tengo. Es su casa. Ayer era su casa de herencia y hoy es una morgue. —Se pasó la mano por la calva—. Cuando yo llegué, esta era una tierra donde nadie se moría sin que se enterara medio pueblo. Pero a veces se enteraba de más.

—¿Qué quiere decir?

—Nada. Que no se fíe de nadie que le diga que aquí no pasa nada.

Me acompañó hasta la puerta. Desde el umbral, con la luz del recibidor a su espalda y la cara en sombra, parecía más viejo y más alto.

—Una última cosa, señora. Si usted tiene razón con lo del vaso, y si alguien quiso que pareciera natural, es que ese alguien sabe de qué mueren los viejos. Y en un pueblo de cuatrocientos doce habitantes, eso tiene el mismo efecto que poner un cartel.

—No le entiendo.

—Piénselo. —Y cerró despacio, con la cadena.

Volví cuesta arriba por la calle mojada con el paraguas de mi tío, un armatoste negro con las varillas desparejadas que se me daba la vuelta cada vez que giraba una esquina.

Pensé en el adverbio, en el billete de ida, en los bolsillos vacíos de un hombre de setenta años.

Pensé que hay mentiras que no se dicen: se dejan en un sitio, como un paraguas, y esperan a que alguien tropiece.

Faltaban unos cincuenta metros para el portón de la posada cuando levanté la vista hacia la fachada y la vi.

Una luz. La de la habitación siete.

Estaba en el primer piso, la penúltima ventana empezando por la izquierda, con la cortina echada por dentro, y la luz era amarilla y temblorosa, de bombilla de poca potencia, de esas que se encienden y se apagan según pasa alguien delante.

Una sombra cruzó la cortina de un lado a otro. Después otra vez. Alguien iba y venía.

El cabo Peña había precintado esa habitación a las seis de la tarde, con cinta de embalar y su firma en un trozo de papel. Y la llave, la única, la tenía Reme.

Me quedé quieta debajo del paraguas, con el agua cayéndome por la manga. La sombra se detuvo. Me pareció que un dedo apartaba la cortina un centímetro, nada más, lo justo para ver la calle. Y la luz se apagó.

No esperé a ver qué pasaba. Subí corriendo el resto de la cuesta, que a mi edad es una irresponsabilidad, y cuando empujé el portón con el hombro y entré al zaguán sin aliento, todo estaba tranquilo: la lámpara de la entrada encendida, el reloj de la pared dando las diez menos veinte —porque seguía parado—, y en la cocina, sentada a la mesa con las manos entrelazadas y una taza de leche fría delante, Reme.

—Ya está usted aquí —dijo, sin levantar la vista.

—Reme, ¿quién ha estado en la habitación siete?

La cocinera se quedó mirándome un momento muy largo. Después se metió la mano en el bolsillo del delantal, sacó una llave de cilindro brillante, de las nuevas, y la puso sobre la mesa entre las dos.

—Yo, no —dijo.