Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 8 — La habitación siete
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Capítulo 8 — La habitación siete

—¿Cómo que yo no? —dije.

—Que yo no he subido. —Reme apretó la taza de leche fría entre las dos manos, sujetándola para que no se le escapara la verdad—.

Esa llave no se ha movido del bolsillo desde que el cabo me la devolvió a las seis.

Y si no me cree, mire usted cómo la tengo: con el cordel de lana que le até hace tres semanas, que no se suelta ni a tirones.

Era verdad. La llave tenía un nudo de marinero que no podía haber hecho nadie con prisas.

—¿Cuántas llaves hay de esa cerradura?

—Dos. La mía y la de don Anselmo. La cerradura la cambió él en septiembre, y el cerrajero de Aracena le hizo solo dos copias, que se las pagó con un jamón. —Levantó la vista—. La de él no la he vuelto a ver desde que murió.

—Estaba en el llavero. El de la bodega.

—Sí.

—Y el de la bodega lo abrió alguien anoche.

—Sí, señora.

Me quedé pensando en la mesa de formica de don Ferrán, en el adverbio, en el vaso limpio. Por primera vez desde que había llegado a Navalcorcho no tuve ganas de corregir nada. Tuve ganas de sentarme.

—Reme, ¿dónde estaba el llavero de mi tío cuando murió?

—En el bolsillo de la chaqueta. La del armario del recibidor. La colgué yo.

—¿Y ahora?

La cocinera tardó un poco en contestar, y cuando lo hizo fue con una voz más baja, de las que se usan en las iglesias.

—Ahora ya no está la chaqueta.

—¿Ni la chaqueta?

—No, doña Elvira. Ni la chaqueta ni el llavero. Me di cuenta el viernes por la mañana, cuando fui a por un paraguas. Pensé que se las habría llevado Genaro para limpiarlas, que es muy de limpiar, y no pregunté. —Se mordió un labio—. Debí preguntar.

—Pues vamos a subir ahora mismo.

—Es de noche.

—También lo era cuando la cosa empezó.

Subimos las dos con una linterna de las de pilas, porque el cabo Peña había apagado la luz general de la galería para ahorrar la poca batería del grupo electrógeno.

La casa, con el temporal cayendo de través contra los cristales, sonaba a barco.

Un tablón crujía en cada tercer escalón, y por mi cuenta tenía contados once crujidos antes de llegar a la galería.

Mañana los corregiría. O los dejaría, que a lo mejor servían de alarma.

El precinto del cabo seguía en su sitio.

Dos tiras de cinta de embalar cruzadas sobre la puerta de la siete y, debajo, un trozo de papel doblado con su firma, ISMAEL PEÑA, y la fecha.

Una cinta de embalar parece poca cosa, pero cuando se rompe se nota.

Aquella estaba entera. Reme y yo la miramos un rato sin decir nada.

—Pues nadie ha entrado —dijo ella.

—Alguien ha encendido la luz.

—O alguien se la ha dejado puesta.

—El cabo la apagó. Yo lo vi.

Reme se santiguó medio gesto, de los que ni ella misma sabía que hacía. Acerqué la oreja a la madera. Dentro no se oía nada.

—Abra —dije.

—El cabo dijo que…

—El cabo dijo que no se tocara nada sin él. Pues bien: si alguien está dentro, es mejor que lo sepamos con la puerta cerrada y la cabeza fría que con los dos de pie en el pasillo.

No sé por qué hablaba así. Ya no era mi voz de los lunes. Era la de alguien que, en otro siglo, pudo haberse dedicado a otra cosa.

Reme cortó la cinta con las tijeras del delantal y metió la llave del nudo de lana. Dos vueltas. La cerradura, nueva y bien engrasada, giró sin ruido.

La habitación olía a cerrado y a lavanda, y debajo de eso, apenas, a tabaco de pipa, de esos aromáticos con vainilla. Mi tío fumaba en pipa. Lo supe porque el sillón de orejas del comedor tenía una quemadura redonda en el brazo derecho, la del cenicero que no llegaba nunca a tiempo.

Alumbré con la linterna.

Era una habitación pequeña, más estrecha que las otras, de techo bajo y vigas oscuras.

Una cama de hierro con colcha blanca, una mesilla, un armario de una puerta, un lavabo con espejo, una silla de enea con el respaldo hacia la ventana y un escritorio diminuto, de los de colegial antiguo, con tintero y todo.

En la ventana, la cortina corrida. Y sobre la cama, la funda de tela del maletín de Vidal, que el cabo se había dejado al llevarse lo demás, arrugada como una piel que alguien hubiese soltado sin pensarlo.

—No ha entrado nadie —repitió Reme desde la puerta—. Mire usted. Todo está como lo dejó.

—Todo, no.

Me acerqué a la ventana. El cabo la había cerrado con el pestillo de arriba, y el pestillo de arriba estaba corrido.

Pero el de abajo, un cerrojo de hierro viejo que no hacía falta usar, estaba descorrido.

Y en el alféizar, sobre el polvo de años y de lluvia, había una marca ovalada, tenue, de un centímetro de ancho.

Un dedo. O una punta de zapato apoyada de lado, como la de quien se apoya para no caerse.

Abrí la ventana. Daba a un tejadillo de teja árabe, apenas un metro por debajo, que hacía de alero sobre el patio trasero y, de allí, a un cobertizo de leña, y del cobertizo, a la calle. Un camino de gato, o de adolescente. O de alguien que tiene veinte años menos que yo y no teme a los resbalones.

Me asomé. La lluvia me dio en la cara. Abajo, en el barro del patio, no se veía nada. Pero en la teja más cercana, la del borde, había un trozo de musgo arrancado de cuajo y otra teja, un poco más abajo, estaba descolocada.

—Por ahí han entrado —dije—. Y han salido.

—¿Por ahí? Eso son cuatro metros hasta el cobertizo.

—Y dos de pendiente. Con la lluvia, una caída tonta le rompe a cualquiera la cadera. Quien lo hizo sabía hacerlo.

Cerré la ventana. Reme se había quedado en el umbral con la mano en la boca. Por primera vez le vi la edad entera, los sesenta y seis años que la cocina le disimulaba.

—Reme, ¿qué guardaba mi tío en esta habitación?

—Nada. Papeles.

—¿Qué papeles?

—Los suyos. Cosas de la cooperativa, de hace años. No me hacía caso cuando yo le decía que los tirara.

—¿De qué cooperativa?

Dudó una fracción de segundo. Una fracción: la misma que yo había anotado esa tarde con un asterisco.

—De la del corcho. La que se fue a la quiebra.

Don Anselmo había sido presidente muchos años y le dio por guardarlo todo, hasta los albaranes.

Esta era la habitación donde dormía con su mujer, y cuando ella murió no quiso volver a dormir aquí; se pasó al cuarto de abajo y dejó los papeles. Eso es todo.

—¿Y por qué cambió la cerradura en septiembre?

—Porque le dio la gana. —Hizo un gesto con el mentón—. Él era así, doña Elvira. Un día cambió la cerradura de la bodega y la de la siete. Y me dijo: «Viene un hombre, Reme. Le das de comer y no preguntas». Y yo, pues, no pregunté.

—¿Quién era ese hombre?

—No me lo dijo.

—¿Y usted no lo sabía?

—Yo sabía que don Anselmo tenía miedo —dijo de golpe, y se tapó la boca con la mano libre, demasiado tarde—. No sé más.

La creí a medias. Era una de esas respuestas en las que la mitad es verdad y la otra mitad es el silencio que la rodea. Treinta años de tutorías me han enseñado que a un testigo nervioso no se le aprieta, se le deja hablar.

—Está bien —dije—. Vamos a mirar.

Miramos. El armario estaba vacío salvo por tres perchas de alambre y un rollo de papel de periódico viejo, de 1987, que olía a naftalina.

Los cajones de la mesilla, vacíos. El escritorio de colegial tenía un hueco de lápices, un cuaderno nuevo sin una sola hoja usada y una lámpara de aluminio con una bombilla de sesenta vatios, que fue lo que primero me llamó la atención porque la bombilla estaba tibia.

Pasé la mano por ella. Tibia, sí. No caliente: quien la había encendido la había apagado hacía un cuarto de hora, no más.

—Hay algo debajo de la cama —dijo Reme, de pronto.

Era un tablón. Uno suelto del suelo, a los pies de la cama de hierro, con las marcas de una palanca en el borde.

Estaba levantado una pulgada y vuelto a poner con prisa, de manera que sobresalía de sus vecinos como una muela mal colocada.

Nos arrodillamos las dos, yo con la linterna entre los dientes, que es una cosa que había visto hacer en las películas y no se recomienda.

Reme metió los dedos por la rendija y tiró.

Debajo había un hueco de unos cuarenta centímetros de largo y veinte de ancho, forrado de tela de saco.

Vacío. En el polvo del fondo, la huella limpia y nítida de lo que había estado allí durante años: un rectángulo, del tamaño de un libro grande.

Y en las esquinas, cuatro marcas de dedos recientes, sin guante. Dedos largos, de uñas cortas.

—El libro de cuentas —dije.

—No sé de qué libro me habla.

—El de tapas verdes. El de mi tío. Vidal me preguntó por él el viernes por la mañana, y yo encontré en el escritorio del comedor un cuaderno igual con las hojas arrancadas.

Este era el original. —Me incorporé, con una rodilla que protestó—.

Alguien lo ha sacado esta noche. Alguien que no sabía que el sitio estaba vacío desde que mi tío lo vació, o que sabía exactamente dónde estaba y quería asegurarse.

Reme había empezado a rezar en voz baja, de corrido, una oración de las que se aprenden de pequeña y se dicen sin pensar.

Yo, entre tanto, estaba mirando el tablón levantado.

Algo asomaba por la esquina del forro de saco, pegado a la madera con una gota de cola seca.

Un trozo de papel del tamaño de una uña, amarillo, de renglón. Me lo acerqué a la linterna.

Era la esquina de una hoja arrancada con prisa. Había tres cosas escritas en ella con tinta azul, en una letra que reconocí enseguida, porque era la misma de los carteles con faltas de la entrada, la de mi tío:

14-X-89 A. V. — 2 no di

Y debajo, un borrón. La mano que escribía se había interrumpido, o alguien había apretado demasiado la pluma sobre una palabra que no quería dejar.

—Catorce de octubre del ochenta y nueve —dije—. Treinta y siete años, justo.

—Doña Elvira —dijo Reme.

—¿Qué es A. V.?

—No lo sé.

—Reme.

—¡No lo sé! —Se puso de pie con un esfuerzo, apoyándose en el borde de la cama—. Y si lo supiera, se lo diría. Que yo a usted la aprecio. Pero hay cosas que no se dicen en esta casa porque no se dicen, y ya está, y no hay más.

Estaba llorando. No con ruido; con la cara quieta y las lágrimas bajándole por las arrugas como agua por una pared. Me dio vergüenza, como de haberle pegado.

Guardé el trozo de papel en la funda de mi libreta de los cumpleaños, entre la lista del cabo y mi propia letra.

Cerré la ventana, volví a colocar el tablón con cuidado y salimos de la siete.

Reme cerró con llave. Yo reajusté lo mejor que pude la cinta de embalar sobre la puerta, que ya no valía de nada, pero que es lo que hace una persona cuando no sabe qué hacer: arreglar lo que se ve.

En la galería, junto a la escalera, la Jerónima nos esperaba sentada sobre una baldosa. No se movió cuando pasamos. Tenía las orejas dirigidas hacia el fondo del pasillo, a la puerta de la cuatro, la de Héctor Lamas. De debajo de esa puerta salía una línea de luz amarilla, muy fina.

Y también, apenas, el olor húmedo de unas botas de montaña recién puestas a secar.