Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 9 — Doña Consuelo y sus treinta y siete años
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Capítulo 9 — Doña Consuelo y sus treinta y siete años

Amaneció domingo, primero de noviembre, Día de Todos los Santos, y dejó de llover como si lo hubieran decidido en una reunión.

La niebla se quedó en los valles, enganchada a los alcornoques, y por la ventana de mi cuarto entró una luz lavada y blanda que no pegaba nada con lo que había pasado en la casa.

Los cerdos negros ya estaban en la dehesa, ocupadísimos.

Yo había dormido tres horas, con la linterna debajo de la almohada, que es una vergüenza a mi edad y no pienso negarla.

A las ocho bajé al comedor con la libreta de los cumpleaños en el bolsillo del abrigo y una decisión a medias: hablar con todos y no fiarme de nadie, que es una combinación agotadora.

Reme había puesto el desayuno como si nada hubiera ocurrido.

Seis tazones menos uno, es decir, cinco, y el sexto retirado en silencio, sin que nadie hiciera comentario.

Era el silencio que se hace en una casa cuando falta una silla.

Yo conté los cinco tazones. Me salió el número de siempre.

Doña Consuelo estaba ya en su cabecera, con el cojín bordado, el termo y un abrigo negro de paño con camafeo en la solapa. Se había puesto de punta en blanco: moño recién hecho, medias oscuras, guantes de piel en el regazo. No había rastro de la mujer despeinada y con bigudíes del día anterior.

—Buenos días, hija. Siéntese a mi lado, que quiero pedirle una cosa.

Me senté. Julián Sanchis, enfrente, levantó la vista de su tostada con la expresión de un hombre que siente un trueno en la lejanía. Pilar no se enteró; estaba discutiendo con el azucarero.

—Hoy es primero de noviembre —dijo Consuelo, muy bajito—.

Yo vengo a este pueblo por esto. Todos los años subo al cementerio por la mañana, con las flores, y le cuento a mi Alfonso cómo ha ido el año.

Este año tendré mucho que contarle. —Hizo una pausa—.

Pero el cabo dice que nadie salga de la posada, y yo, con estas piernas, no me atrevo a ir sola.

—El cabo no ha prohibido el cementerio. Está a trescientos metros.

—Ya. Pero yo prefiero que me acompañe alguien de la casa. Alguien que tenga autoridad. —Me puso una mano en el antebrazo, mínima, de pájaro—. Por favor.

Era imposible decirle que no, y además yo tenía mis propios motivos para decirle que sí, motivos que me daban un poco de vergüenza. Una vez más le pedí perdón a mi madre, que decía que a los viejos no se les miente ni se les usa.

El cabo Peña, consultado en el zaguán con la gorra sobre el pecho, dijo que por él no había inconveniente, siempre que volviéramos antes de las doce y que no habláramos con nadie del asunto.

—¿Qué asunto?

—Pues eso, doña Elvira.

El cementerio de Navalcorcho está en lo alto del pueblo, detrás de la iglesia, rodeado por una tapia de cal que alguien repinta cada año con más cariño que técnica.

Se entra por una cancela de hierro con una cruz soldada de arriba.

Dentro, una docena de hileras de nichos y, al fondo, junto a la tapia, cuatro o cinco tumbas de las de tierra, con lápidas de granito y macetas.

En primavera debe de ser un sitio bonito.

A principios de noviembre, con niebla, parecía un grabado.

Consuelo subió despacio, apoyada en mi brazo y en el bastón, parándose cada veinte pasos a mirar la dehesa.

No hablamos mucho. Ella llevaba un ramo de crisantemos blancos, de los que se compran en las gasolineras, y en la mano libre el cojín.

No lo había soltado ni para bajar las escaleras. Se lo pedí con cortesía para ayudarla.

—Ay, no, hija, que lo llevo yo. Es costumbre.

—¿Costumbre de qué?

—De mi madre. Una mujer sola siempre lleva algo en el regazo, que le da seguridad.

Llegamos al fondo. La tumba de Alfonso estaba justo bajo la tapia, con el granito más oscuro que las demás, porque en treinta y siete años le había dado el sol por el mismo lado. Una lápida sencilla, con letras grabadas a cincel:

ALFONSO RUANO BERMEJO 1931 – 14 de octubre de 1989 Tesorero y amigo. Tus compañeros de Santa Marina.

Me quedé leyendo la fecha. Catorce de octubre.

Catorce de octubre del ochenta y nueve. Sentí una especie de ruido de bisagra en alguna parte del cerebro, y tuve que apartar la vista.

Había metido la mano en el bolsillo y apretaba la funda de la libreta donde guardaba la esquina de papel, como quien comprueba que le queda la cartera.

—Aquí lo tiene —dijo Consuelo, con una voz que no era la de la matrona romana del desayuno, sino otra más joven, más suya.

Dejó los crisantemos. En el florero de latón, ya había flores: unas margaritas frescas, de esas silvestres del monte, con el agua todavía limpia.

—Ay —dijo—. Otra vez.

—¿Otra vez qué?

—Cada año, cuando llego, ya hay flores. —Sonrió con una ternura que me desarmó—. Yo creo que es la cocinera. Esa mujer sabe más de este pueblo de lo que cuenta. Nunca se lo he preguntado, por no importunar.

Se arrodilló sin ayuda, con un crujido de rodillas, delante de la lápida. Me ofreció el cojín.

—Sujéteme esto un momento, hija.

Lo cogí. Y lo noté enseguida, como se nota una cosa en la mano antes de saber qué es.

El cojín pesaba. No pesaba como un cojín.

Pesaba como un gato dormido, o como un libro de misa de los grandes, con la seguridad de un peso que alguien ha colocado a propósito.

La funda bordada con sus iniciales, C. V.

, tenía en un costado un hilván muy fino, apenas visible, que no pegaba con el resto de la labor.

Se lo devolví al cabo de un minuto, en cuanto ella extendió las manos. No dije nada. A veces lo más difícil de ser una persona observadora es aprender a quedarse quieta.

Consuelo rezó. Primero un padrenuestro, después otro, después una oración larga, con las palabras muy deslizadas y los labios en movimiento. Yo me retiré unos metros, junto a la tapia, y fingí mirar el valle. La niebla se abría y se cerraba como un telón.

—Alfonso —la oí decir, quedamente, con el tono de una mujer que habla por teléfono con alguien que no oye bien—. Este año ha habido un muerto en la casa. Un hombre. A ti no te importaría, ¿verdad? Tú siempre fuiste de dejar las cosas como estaban.

Nunca supe si había querido que yo la oyera. Lo anoté esa misma noche, entre las cosas que no sabía interpretar.

Cuando terminó, se incorporó con mi ayuda y se quedó mirando la lápida con los ojos secos.

Sacó del bolso el frasquito de las gotas.

Las contó moviendo los labios, una a una, hasta doce, en un vasito de plástico que traía en el bolso, y se las bebió sin agua.

Me sentí vagamente culpable de haberla visto.

—Mis gotitas —dijo—. Me las manda el cardiólogo de Sevilla. Dice que sin ellas no pasaría de Navidad. Y yo le digo: doctor, Navidad pasa de todas formas, con o sin mí.

Se rio. Se rio de verdad, con una risa seca y bonita. Y yo me reí con ella, porque era imposible no hacerlo y porque tenía ganas de llorar.

Bajamos despacio. A mitad de la cuesta, ella se paró a recuperar el aliento, apoyada en el muro de una huerta, y yo me atreví a preguntar lo que llevaba preguntándome desde el desayuno.

—Doña Consuelo, ¿de qué murió su marido?

—Del corazón, hija. Cincuenta y ocho años.

Salió de casa por la mañana, a la cooperativa, y a las doce lo trajeron en una camioneta.

Se había sentado en el despacho a hacer unas cuentas y ya no se levantó.

—Miró al suelo—. Entonces vivíamos aquí.

Yo era de Sevilla, pero me había venido con él al pueblo cuando se casó.

Después de enterrarlo me volví a Sevilla, que no podía con tanta casa vacía.

—¿Y lo vio el doctor Ferrán?

—Era jovencito entonces, poco más de treinta años. Llegó tarde. Dijo que había sido rápido y que no sufrió. Los médicos siempre dicen eso, hija, y yo no sé si es cierto, pero a una viuda le sirve.

—¿Su marido tenía problemas en la cooperativa?

La pregunta salió sin avisar, con la naturalidad de las cosas que una lleva tiempo conteniendo. Consuelo no cambió de expresión. Pero se sacudió una hoja del abrigo con un cuidado excesivo, y tardó un poco en responder.

—Alfonso era un hombre honrado. Eso es lo que usted tiene que saber. No dejó dinero, no dejó casa, no dejó deudas. Dejó el nombre. —Alzó la barbilla—. Debía hasta el reloj, hija. Si hubiera querido hacerse rico, habría sido el único tesorero de España que no lo consiguió.

Tenía una manera de decirlo, a medias entre la broma y el reproche, que a cualquiera le habría parecido sincera. A mí también me lo pareció. Es lo que me dio miedo después.

Llegábamos ya al empedrado de la plaza cuando oímos el motor. Un Land Rover verde botella, con la chapa abollada y una pegatina del Ayuntamiento en la puerta, subió la cuesta despacio y se paró a nuestra altura. Se bajó don Aurelio Santana con un ramo de claveles rojos y la sonrisa de rotonda.

—Doña Consuelo, qué alegría verla. Y doña Elvira. Vengo a ver a mis padres, que hoy es el día. —Miró a la anciana con una cortesía casi obsequiosa—. ¿Todo bien, señora? Me han dicho lo del señor de la bodega. Qué cosa más triste.

—Triste, sí —dijo Consuelo—. Un caballero.

—Conocía a su marido, ¿verdad? A su Alfonso. Yo era un chaval entonces.

—Lo conocía todo el pueblo, Aurelio.

—Qué buena persona. —Y se volvió hacia mí con un cambio de tono tan hábil que casi no lo noté—.

Doña Elvira, discúlpeme que se lo diga aquí, pero con lo de ayer no he podido ni llamarla.

Mi oferta sigue en pie, ya se lo he dicho.

Pero tiene que decidir pronto. Después de lo ocurrido, la casa va a valer menos cada día que pase. La gente habla.

—No tengo prisa, don Aurelio.

—Yo sí, hija. —Y se rio, y la risa le salió una octava demasiado alta—.

He hablado por teléfono con el notario, que está en Aracena, y me ha dicho que si el martes no tenemos la escritura firmada, se cae la subvención.

Pásese por el Ayuntamiento esta tarde y lo vemos con calma. Le enseño unos papeles.

Y se fue hacia la cancela con los claveles, silbando muy bajito, con las manos a la espalda.

—Qué hombre —dijo Consuelo.

—¿Qué hombre?

—Todos los alcaldes son iguales, hija. Se creen que el pueblo es suyo porque lo han mirado mucho.

Reímos de nuevo. Pero yo ya no pensaba en el alcalde, sino en una palabra que había dicho Aurelio sin darse cuenta.

Del señor de la bodega . El cabo había pedido discreción, el médico se pasaba el día en su huerto y el único teléfono de la posada lo manejaba Reme.

Nadie, que yo supiera, había dicho en el pueblo que el cuerpo estaba en la bodega.

Pero un pueblo de cuatrocientos doce habitantes se entera de todo en una mañana, me dije, y no apunté nada. Lo dejé, como se deja un paraguas en un sitio. Ya lo ven. Ya sé lo que van a pensar.