Capítulo 10 — El alcalde y la escritura
El Ayuntamiento de Navalcorcho ocupa la planta baja de una casa con balcón de hierro y un escudo de piedra tan gastado que parece una galleta.
Dentro huele a café quemado y a carpeta vieja.
Hay un mostrador de madera, un retrato del Rey más reciente de lo que cabría esperar, una máquina de escribir eléctrica con funda de ganchillo y, al fondo, el despacho del alcalde, con una puerta de cristal esmerilado que dice ALCALDÍA en letras doradas y Aurelio Santana Gil en un cartelito añadido después, por si alguien lo dudaba.
Fui a las cinco, que era la hora que me había dado, con el paraguas de mi tío, aunque no llovía. Es un paraguas de esos que una lleva por si acaso, como las excusas.
Don Aurelio me recibió de pie, con los brazos abiertos y una sonrisa de las suyas, de las que dan vueltas antes de salir.
—Doña Elvira, qué detalle. Siéntese, siéntese. ¿Un café? ¿Una copita de algo? Aquí no se pasa frío, que la calefacción la pagamos entre todos.
—Un café, gracias.
Lo preparó él mismo en una cafetera italiana que tenía sobre una estantería, entre un trofeo de petanca y un jarrón con espigas secas.
Eso me dio una primera lectura del hombre: un alcalde que se hace su propio café es un alcalde que quiere que se sepa.
Le pedí que se sentara. No lo hizo hasta que yo tomé el primer sorbo, y entonces se dejó caer con un suspiro en el sillón de cuero.
—Voy a ser sincero con usted, porque la sinceridad es lo único que de verdad se cobra bien en este mundo.
Yo quiero su casa. Lo sabe todo el pueblo.
Pero no se imagina usted lo que supone una cosa así para un sitio como este.
Ciento ochenta y cinco mil euros de subvención, repartidos en tres anualidades, para un hotel rural con diez habitaciones y un restaurante.
Serían quince puestos de trabajo. Quince, en un pueblo donde se jubilan más de los que nacen.
—Y yo le agradezco la oferta. Pero hay un muerto en mi casa, don Aurelio.
—Y eso es muy lamentable. —Bajó la voz—. Pero con todo respeto: el señor ese ya está muerto. Y los vivos tenemos que seguir viviendo. Dentro de un año nadie se acordará, y la posada será un hotel con su spa y su desayuno continental. Es el progreso, doña Elvira.
—¿Qué sabe usted del señor ese?
Se quedó un momento con la taza a medio camino de la boca.
—Nada. Me han dicho que era un huésped.
—¿Quién se lo ha dicho?
—El sargento de Huelva me llamó ayer por la tarde, a las siete. Soy el alcalde, tengo derecho a saber. —Dejó la taza—. Eso se lo conté yo a Consuelo esta mañana sin pensar, y me parece que fue un error de formas. Pero no hay nada oculto, de verdad.
Había tal naturalidad en la explicación que casi la creí. Casi. Hay mentiras que se detectan por el contenido, y otras por la facilidad: una respuesta que llega demasiado pronto, redonda, sin una sola arista, tiene el mismo aire que un examen copiado.
—Don Aurelio, Genaro me dijo el jueves que a las personas que llegan fuera de hora al pueblo las suele traer usted en su Land Rover.
—Genaro habla mucho.
—Y que tiene usted mala conciencia por la forma de frenar.
Se rio. Fue una risa corta, forzada, que no le llegó a la mitad de la cara.
—Es un chaval muy gracioso.
—El señor Vidal llegó a la posada a las doce menos diez de la noche del jueves. El último autobús de Aracena sale a las cinco y cuarenta. Alguien lo subió.
—Quizá un taxi.
—Los taxis de Aracena no suben a Navalcorcho de noche. Lo he preguntado.
No era del todo cierto. Lo había preguntado, sí, a Genaro, que había dicho «depende de cuánto les pague usted», pero el tono lo había empleado sin querer, como una maestra que sabe que el alumno no ha leído el libro y le pregunta por la página treinta y dos.
Don Aurelio miró un momento las espigas secas. Después abrió un cajón y sacó una cajetilla de tabaco, que no encendió. La dejó sobre la mesa y la hizo girar con un dedo.
—Está bien. Lo traje yo.
—¿Cómo?
—Lo recogí en la estación de autobuses de Aracena el jueves a las diez y media de la noche.
Fui por otra cosa, por lo de la subvención, y me había quedado un rato en el bar de la estación.
Y se me acercó un señor de traje gris con un maletín.
Me preguntó si yo era el alcalde de Navalcorcho.
Le dije que sí. Me dijo que venía de parte de Anselmo Cabrera.
—Hizo una pausa—. Yo sabía que Anselmo había muerto.
Se lo dije. Y él me contestó que ya lo sabía, pero que le había prometido venir. Y que si podía subirlo.
—¿Y usted lo subió sin saber quién era?
—Sin saber su apellido. Teodoro, me dijo, y nada más.
Un hombre mayor, educado, de los que piden perdón por existir.
No me pareció peligroso. —Bajó la vista—.
Por el camino no habló. Le pregunté si venía a ver a la sobrina y dijo que no, que venía a ver a la casa.
Lo dejé en la puerta de la posada poco antes de las doce menos diez, y no se movió en un rato; se quedó mirando la fachada, con el maletín contra el pecho.
Me dijo: «Haga el favor de no contar que me ha traído».
Y yo, que tengo la costumbre de no contar casi nada, no conté.
—Hasta ahora.
—Hasta que usted me lo ha sacado, doña Elvira. Qué mujer.
—¿Por qué no se lo dijo al cabo?
—Porque no me lo ha preguntado. Y porque, en este pueblo, si el alcalde dice «yo lo traje», dentro de una hora todo el mundo sabe que el alcalde lo trajo, y dentro de dos, que el alcalde lo mató.
—Se levantó, fue hasta la ventana y miró la plaza—.
Yo no le hice nada a ese hombre. Pero quería una cosa más que eso.
—¿Qué?
—Su casa. La posada. —Se volvió—. No se lo he contado todo, y se lo voy a contar porque usted tiene cara de preguntar dos veces.
Mi padre fue socio de la cooperativa. De Santa Marina.
Metió en ella todos los ahorros de su vida: la finca de mi abuelo, las cuatro vacas, el dinero de dos hermanas.
Y la cooperativa se hundió el mismo año en que se hundió el muro de Berlín.
Un desastre. Dijeron que había sido el precio del corcho, que si Portugal, que si la competencia.
Mi padre murió con la boca llena de promesas de que le devolverían el dinero.
—Respiró hondo—. Yo era un chaval de treinta años, recién casado, con un niño que venía.
Desde entonces tengo una espina clavada con ese edificio.
Esa casa es la cooperativa, doña Elvira.
El almacén era la cooperativa. Y su tío la compró.
—¿Mi tío compró el edificio de la cooperativa?
—En 1990. Por un precio ridículo. Y la convirtió en posada. Y yo siempre he pensado que si no hubiera sido por esa casa, mi padre habría cobrado algo.
—¿Cree que mi tío se aprovechó?
—Creo que no se aprovechó, y creo que no le importó.
Y creo que eso era peor. —Cogió una carpeta de cartón que había sobre el archivador, la abrió y sacó unos folios amarillentos, grapados en una esquina—.
Mire. Quería enseñárselo esta mañana, pero con el lío…
Es la escritura. La copia que se archivó en el Ayuntamiento.
La he sacado del sótano esta tarde. A lo mejor le sirve para decidir.
Me la dio. Papel timbrado de otra época, tinta mecanografiada con una letra de máquina de las de cinta, un sello del Registro de la Propiedad de Aracena, y un olor a humedad que no me abandonó en dos días.
Escritura de compraventa otorgada por la Sociedad Cooperativa Agraria «Santa Marina», en liquidación, a favor de don Anselmo Cabrera Pérez, del inmueble sito en la calle Ancha número doce…
Leí los primeros párrafos sin entender nada.
Las escrituras antiguas parecen escritas por alguien que cobra por palabra.
Cuantos enseres, documentos y archivos se encuentren en su interior , decía una cláusula.
Con los pactos y condiciones que se detallan , decía otra.
El precio era de un millón doscientas mil pesetas, que nunca he sabido convertir a euros y siempre me ha parecido una cantidad de broma.
—Fíjese en la cláusula quinta —dijo Aurelio, sin sentarse—. Los documentos de la cooperativa se quedaron en la casa. Todos. Los libros, las actas, las cuentas. Su tío se los quedó sin revisar. Quién sabe lo que hay ahí.
—En una habitación del primer piso —dije, casi sin querer.
—¿Perdón?
—Nada.
Seguí pasando las hojas con el pulgar. La última página tenía las firmas.
Dos, a bolígrafo azul, de esas letras que se hacen con el codo apoyado y la mano cansada, una encima de la otra.
La de arriba decía, a pie de imprenta: El comprador, Anselmo Cabrera Pérez .
La de abajo, en la columna de la parte vendedora, con un sello redondo de la cooperativa y una rúbrica pulcra, de contable, de las que están hechas para no tener faltas:
Por la Sociedad Cooperativa «Santa Marina», en liquidación: el liquidador, Teodoro Vidal Cano.
Me quedé muy quieta. No dije nada. Debajo de la firma, en letras de máquina, el nombre completo, sin ninguna duda.
Vidal. El señor gris de las uñas cortas y la mancha de tinta azul en el índice.
El hombre que, un jueves por la noche, había subido a una sierra en el coche del alcalde y había pedido que no se contara.
—¿Doña Elvira? —dijo Aurelio—. ¿Está bien? Se ha puesto usted pálida.
—Estoy bien.
—Es la escritura. Lo sé. Hay que tener estómago para esas cosas.
Lo miré. No fingía. Había sacado la escritura del sótano con la curiosidad de un hombre que quiere demostrar que la casa fue una ganga, y no había leído la última página, o había mirado y no había visto, que es lo mismo.
Un hombre que se hace su café delante de la gente no suele ser de los que ocultan documentos. Tampoco de los que los leen enteros.
—Don Aurelio —dije, doblando despacio los folios—. ¿Puedo quedarme con esta copia?
—Claro. Para eso se la he traído. —Sonrió de nuevo, aliviado—. ¿Entonces lo pensará?
—Lo pensaré.
—Tiene hasta el martes.
—Lo sé.
Me levanté. Él me acompañó hasta la puerta, y en el umbral, con la mano en el picaporte, dijo algo que me ha rondado la cabeza desde entonces, por la forma en que lo dijo, entre divertido y asustado:
—Y no se fíe de nadie, doña Elvira. Ni de mí. En este pueblo todos tenemos un papel guardado en un cajón.
Salí a la plaza. Hacía frío. Detrás de la iglesia, el cielo se había puesto del color de un moratón.
Con la escritura bajo el brazo y el paraguas inútil colgando del otro, caminé despacio hacia la posada, pensando en un hombre que había vendido una casa por un millón doscientas mil pesetas, treinta y seis años después, y que había vuelto a ella para morirse en el sótano.
A esas alturas yo ya no creía en las visitas de cortesía.