Capítulo 11 — Héctor Lamas, ingeniero de nada
Hay una pregunta que se les hace a los alumnos que no han leído el libro, y que consiste en no preguntarles nada del libro.
Se les pregunta por lo que está alrededor.
Por el autor, por la época, por lo que se comía.
El que ha leído sabe contestar con desgana; el que no, se queda a medias, mirando el techo, y se le nota como una mancha en la camisa.
Yo llevaba toda la tarde pensando en esa pregunta. Y encontré la respuesta, sin buscarla, en la leña.
—¿Por qué los numeran? —le pregunté.
—No los numeran. Eso es el año del descorche. Se le pinta al árbol la última cifra del año en que se le saca la corteza, para saber cuándo le toca otra vez. —Se limpió las manos en el chaleco—. Cada nueve años. Ni uno menos. Si se descorcha antes, se muere.
—¿Cada nueve?
—Es la ley. Un alcornoque necesita nueve años para hacer corcho bueno. Lo sabe cualquier chaval de aquí.
Lo guardé en un rincón de la memoria, sin darme cuenta de que lo estaba guardando, como se guardan las llaves en un bolsillo que no se mira hasta que hace falta.
Y a las siete de la tarde del domingo hizo falta.
Héctor Lamas estaba en el comedor, sentado a la mesa larga, con un mapa desplegado entre dos tazas de café frío y unos folios cubiertos de números.
Había encendido la chimenea él solo, con una habilidad de montañero que no sé si era fingida, y se le notaba orgulloso de haberlo conseguido sin papel de periódico.
Llevaba la cazadora puesta, a pesar del fuego, y las gafas de montaña colgando del cuello con un cordón.
—Buenas tardes, señor Lamas.
—Elvira. —Levantó la vista con esa sonrisa de un solo lado—. ¿Se le ha ocurrido algo sobre el pobre señor?
—Una cosa, nada más. —Me senté enfrente—. Usted me dijo que es ingeniero técnico forestal.
—Eso mismo.
—Y que está haciendo un estudio sobre el estado del alcornocal.
—Para la Consejería.
—Entonces me puede explicar una cosa que no entiendo. Los árboles de aquí llevan un número pintado en el tronco. ¿Qué significa?
Una milésima de segundo. Una nada. El gesto de quien tiene la palabra en la punta de la lengua y no sabe si está bien dicha. Pero esa milésima, a mí, me bastó.
—Es la marca de descorche —dijo—. La última cifra del año.
—Muy bien. ¿Y cada cuántos años se saca el corcho?
—Cada siete.
Dejé que la palabra se quedara flotando entre los dos. Fuera, la lluvia había vuelto, de esa que parece más bien un rumor. En la chimenea, un tronco se partió con un chasquido. Héctor siguió sonriendo, pero la sonrisa se le había quedado quieta.
—Nueve —dije.
—¿Perdón?
—Son nueve. Un alcornoque necesita nueve años. Se lo ha dicho a una profesora de Lengua el chaval de la cocina, que estudia contabilidad por internet. Cualquier chaval de aquí lo sabe.
—Quería decir nueve. Me he equivocado de número, es lo que tiene cansarse. —Se pasó los dedos por la barba de tres días—. Con tanta tensión.
—Ha dicho siete con mucha seguridad.
—Elvira…
—Y las botas de montaña que ha puesto a secar delante de su puerta tienen barro del tejadillo de la siete.
Barro rojo. Del que hay entre las tejas del cobertizo, que no se parece nada al de la dehesa, que es negro.
Lo he mirado esta mañana, con la excusa de la gata.
—Mentí a medias, porque lo había mirado, pero no había comparado nada; lo estaba inventando sobre la marcha, con una frialdad que no sabía que tenía—.
Y su nombre no es el de un ingeniero, o si lo es, no tiene acreditación.
Así que, señor Lamas, o me cuenta lo que hacía anoche en la habitación de un muerto, o se lo cuenta al cabo Peña dentro de diez minutos, que a mí me da igual, pero a él le dará más trabajo.
Pasó un buen rato. Héctor miró el mapa, miró el fuego, miró la mancha de café de la taza. Después hizo algo que no esperaba: se rio. Una risa baja, sin burla, la de un hombre al que han pillado en una trampa que él mismo había dejado sin cerrar.
—Está bien. —Se quitó las gafas del cordón y las dejó sobre el mapa—. No soy ingeniero. Soy periodista.
—¿De qué periódico?
—De ninguno. Ahora mismo, freelance. Escribo para El Diario del Sur , de Sevilla, cuando me compran algo. Hago reportajes de cosas viejas: quiebras, fraudes, historias que la gente creía enterradas. —Hizo una mueca—. Cobra uno poco, pero se entera de mucho.
—¿Y qué hace aquí?
—Vine por una carta.
Se sacó del bolsillo interior de la cazadora un sobre blanco, muy doblado, con las esquinas desgastadas de tanto llevarlo. Me lo dio. Dentro había un solo folio, escrito a mano, con una letra pulcra, de contable, de las que están hechas para no tener faltas. La reconocí antes de leer una palabra.
Señor Lamas: Leí su artículo sobre las cooperativas de Extremadura. Creo que a usted le interesaría una historia que tengo en la sierra de Huelva. No puedo escribirle más por carta. El 29 de octubre, o cuando usted pueda, estaré en la posada de Navalcorcho. Pregunte por el sexto huésped. T. V.
—Yo no sabía quién era T. V. —dijo Héctor—. Pero vine, a pie, para que no me vieran llegar, porque me pareció que el que escribía así tenía miedo. Y el jueves por la noche, cuando bajó del coche del alcalde y llamó a la puerta, y vi que era un señor con un traje gris y un maletín, lo supe.
—¿Habló con él?
—El viernes por la tarde. En el patio, junto al aljibe.
Me dijo: «Usted es el periodista». Le dije que sí.
Me dijo que todavía no, que tenía que hablar con una persona antes, y que el sábado por la noche me lo contaba todo.
Tenía las manos frías. Yo pensé: se está echando atrás.
—Hizo una pausa—. Pensé que lo había perdido.
Y resulta que lo había perdido de verdad.
—¿Con qué persona tenía que hablar?
—Con Anselmo, creía. No sabía que se había muerto. Yo tampoco lo sabía; me lo dijo él, el viernes por la tarde, y se le caía la cara al decirlo.
Doblé la carta con cuidado y se la devolví.
—Así que usted no tiene motivos para matarlo. Lo necesitaba vivo.
—Lo necesitaba hablando. —Alzó las manos, con las palmas hacia mí—. Esa es la única coartada que tengo, y es mala. No me gusta que se piense que me convenía.
—¿Y la ventana de la siete?
Se encogió de hombros con una sinceridad que me desconcertó.
—Fui a buscar el libro. Vidal me había dicho que su tío guardaba un libro de cuentas de tapas verdes, y que ahí estaba todo.
Cuando el cabo precintó la habitación pensé que mañana lo registrarían, que se lo llevarían a Huelva y que ya no lo vería nunca.
Así que subí por el tejadillo a las nueve y media.
Es una tontería, lo sé. —Hizo un gesto con la barbilla—.
Entré. Levanté un tablón del suelo, porque Vidal me había dicho que estaba debajo de la cama. Y no había nada.
—¿Nada?
—Un hueco con el polvo marcado. Un libro grande había estado ahí, y alguien se lo había llevado. Volví a poner el tablón y salí. Dejé la luz encendida, porque me había asustado ver el hueco; Dios sabe por qué.
—Había una sombra que apartó la cortina cuando yo volvía.
—Era yo. Me di cuenta de que me vio alguien en la calle.
Me crucé de brazos. Fue una de esas pocas veces en que me alegré de tener cincuenta y ocho años, porque a los veinticinco habría dicho cuatro cosas de las que no se puede volver.
—Señor Lamas. Hay una cosa que me preocupa de su historia.
—Dígame.
—Que tiene todos los defectos de la verdad: es torpe, es incómoda, y no le favorece. Pero me preocupa lo que no me ha contado.
—¿Y qué es?
—La noche del viernes. Usted dijo que dormía con los cascos puestos. Y acaba de confesar que miente.
Dudó. En sus ojos leí la lucha de un hombre que se debate entre un secreto de oficio y otro de supervivencia, y que sabe que no puede guardar los dos.
—Me desperté —dijo por fin—. A la una y media, o la una y cuarenta, no sé. Había oído un ruido. Salí a la galería, sin encender la luz, y me asomé. —Tragó saliva—. Quiero que sepa que no vi a nadie. Lo juro. No vi cara ni cuerpo, nada. Pero oí.
—¿Qué oyó?
—Una puerta pesada. La de la bodega, creo. Después, pasos en las escaleras de piedra, muy suaves, como de zapatillas. Y un tintineo.
—¿Un tintineo?
—Como de cristal contra cristal. Como cuando se lleva una botella y dos vasos en una bandeja y se tiene cuidado de que no choquen. —Se pasó las manos por la cara—. Volví a la cama. Me dije que sería el señor Vidal, que bajaba a por su anís, o la cocinera. Y a la mañana siguiente estaba muerto.
—¿Por qué no se lo contó al cabo?
—Porque tendría que explicar qué hacía yo de madrugada en la galería, y por qué me había acostado con la ropa puesta, y por qué, si soy un ingeniero forestal, tenía una grabadora en el bolsillo. —Sonrió con tristeza—. Soy un cobarde con buena voluntad, Elvira. Es peor que ser un cobarde a secas.
—¿Una grabadora?
—Sí. —Sacó del bolsillo de la cazadora un aparatito negro, del tamaño de un mechero, y lo dejó sobre el mapa—. No grabé nada. La tenía apagada. Pero la llevaba por si acaso.
Nos quedamos mirándola. En la chimenea se deshizo otro tronco. Fuera, el reloj de la plaza dio las siete y media y se paró en la mitad de la campanada, como si le faltara aire. Héctor Lamas, el ingeniero de nada, se acodó en la mesa y dijo algo que me quedó dando vueltas toda la noche:
—Escuche, Elvira. Yo no sé quién lo mató.
Pero sí sé una cosa que usted no sabe, y que Vidal me dijo el viernes antes de callarse.
Me dijo: «Treinta y siete años guardando el secreto de otro.
Pero el dinero no desapareció. Lo tiene alguien que lo ha estado viendo cada día».
Y me dijo que el sábado me daría el nombre.
—¿Qué nombre?
—No me lo dio. Se murió antes de darlo.
Cogí la libreta de los cumpleaños. Escribí con el lápiz de carpintero, al pie de la lista: El dinero existe. Alguien lo tiene. Lo ve a diario. Y debajo, con rabia, como cuando se corrige un examen: ¿Quién?
Héctor me observaba con una curiosidad cansada, de periodista.
—¿Puedo preguntarle yo algo?
—Pregunte.
—¿Por qué me ha dicho lo de los nueve años? Pudo haberme dejado seguir mintiendo y seguirme.
—Porque usted me cae bien —dije—. Es un defecto mío. Pero, señor Lamas, la próxima vez que quiera pasar por ingeniero, aprenda lo del corcho. Es lo único que se pregunta en esta tierra.