Capítulo 12 — Los Sanchis discuten
La pared de mi habitación con la de los Sanchis es de tabique fino, de los que se hicieron en los años sesenta con ladrillo hueco y mucha fe.
Mi tío debió de pensar que en una posada de pueblo nadie tendría nada que ocultar.
Se equivocó, y yo me di cuenta el domingo a las diez de la noche, mientras copiaba en limpio mis notas de la jornada.
Primero fue un murmullo. Después, un cajón que se cerraba con más fuerza de la necesaria. Después, la voz de Pilar, nítida como si estuviera sentada en mi cama:
—¡Cuarenta mil euros, Julián!
—Baja la voz.
—¡Cuarenta mil euros de la cuenta común! ¡Treinta y un años de ventanilla y me haces esto!
—No te lo hago a ti, Pili, se lo hago a mi hermano.
—¡A tu hermano! ¡Si no lo ves desde la boda de nuestro Álvaro!
—Es mi hermano.
—¡Y yo tu mujer! ¡Y soy yo quien lleva cuarenta años haciendo la declaración de la renta!
Dejé el lápiz de carpintero encima de la libreta.
Me sentí, como me siento a veces en las reuniones de profesores, una intrusa con derecho de asiento.
Pero hay un límite a lo que una persona honrada puede dejar de oír cuando la pared lo oye por ella.
Seguí escribiendo, por disimular, con la oreja puesta.
—Paco tiene una deuda con un tipo de Alcoy —dijo Julián, ya sin fuerza—. Un prestamista. Si no la paga antes de fin de año, le quitan el taller. Me llamó el lunes. Lloraba, Pili. Un hombre de sesenta y tres años, llorando por teléfono.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque me habrías dicho que no.
—¡Pues claro que te habría dicho que no!
—Pues por eso.
Se oyó el crujir del somier, y después una voz más baja, que reconocí con sorpresa como la voz de Pilar sin público:
—¿Dónde está el dinero ahora?
—En la maleta. Seis mil en billetes, para la primera entrega. Lo demás está transferido.
—¿Seis mil euros en efectivo? ¿En una posada donde se acaba de morir un hombre, con la Guardia Civil abajo?
—No sabía que iba a morirse nadie.
—¡Eso nadie lo sabe, Julián! ¡Por eso se dice «por si acaso»!
Y a partir de ahí empezó la parte de la discusión que ya no era una conversación, sino un fenómeno meteorológico.
Dejé de escuchar, o me convencí de que dejaba.
A los diez minutos se abrió la puerta con un golpe, se oyó un portazo, y unos pasos de zapatillas bajaron la escalera con un ritmo de pistón que conocía de sobra.
Julián Sanchis estaba en el patio, sentado en el brocal del aljibe, cuando salí a la galería.
No llevaba la riñonera ni la sonrisa. Sin ellas parecía otra persona: más pequeño, con el pelo revuelto sobre la calva y las manos colgando entre las rodillas. Bajé la escalera con una manta de la cama de invitados y se la eché por los hombros. Se dejó hacer.
—Gracias —dijo—. Es usted muy amable. Supongo que lo ha oído todo.
—Todo, no. Solo lo del hermano.
—Es suficiente. —Se frotó la cara con las dos manos—. Soy un desastre, doña Elvira. Treinta y un años contando dinero ajeno sin perder ni un céntimo, y mire. Se me va el dinero propio por la puerta de atrás.
—Es una cosa honrada. Prestar a un hermano.
—Es una cosa tonta. Pero es lo que hay. —Me miró por primera vez—. Quería decirle algo. El cabo me preguntó si conocía al señor Vidal. Y le dije que no lo había visto en mi vida.
—Sí, recuerdo.
—Es verdad. No lo había visto. Pero no le dije que lo estuve mirando mucho, el viernes, durante la cena.
—¿Mirando?
—Es una manía. —Se encogió de hombros—. Desde que me jubilé, no puedo evitar fijarme en cómo la gente maneja el dinero y el papel.
Quién saca la cartera, cómo paga, cómo agarra un bolígrafo.
Es un vicio de ventanilla. Y ese hombre, el señor Vidal, tenía la manera de agarrar el cubierto de alguien que ha pasado cuarenta años delante de un libro de cuentas.
Con el meñique levantado, para no manchar la manga.
Con la mano izquierda apoyada sobre el mantel, plana, como sujetando una hoja.
—Dibujó el gesto en el aire—. Era contable. Estoy seguro.
—Era contable —confirmé—. Liquidador de una cooperativa.
—Pues ahí lo tiene. Eso se nota más que la profesión de uno en el carné.
Me quedé mirándolo. En el aljibe, el cielo reflejado se movía despacio, con las nubes que pasaban por encima de la luna. Pensé una cosa que no suelo pensar: que a veces la ayuda llega por donde uno menos la espera, en forma de un valenciano de riñonera discutiendo con su mujer en una posada.
—Señor Sanchis, ¿puedo pedirle un favor?
—Si es para hablar de mi dinero, mejor no.
—Es para hablar del de otro.
Saqué del bolsillo del abrigo la libreta de los cumpleaños.
En el reverso de la contraportada, con el lápiz de carpintero, había copiado el sábado por la tarde, mientras el cabo Peña examinaba el maletín del muerto, la columna de números del cuaderno azul.
No porque entendiera nada, sino porque una maestra de Lengua copia siempre lo que no entiende, como un seguro.
—Esto estaba en el maletín del señor Vidal. Una columna de cifras. No sé qué es.
Se la tendí. Julián la tomó con las dos manos, como un cirujano que recibe el instrumental, y se la acercó a la luz de la galería.
Y entonces lo vi cambiar. No fue un gesto grande: se le enderezó la espalda, se le afiló la cara, y los ojos, hasta entonces turbios de discusión, adquirieron una nitidez que me recordó a la de mis mejores alumnos cuando por fin dan con el verbo.
—Esto es un arqueo —dijo.
—¿Un qué?
—Una comprobación de caja. Se hace cuando hay sospecha de que lo que figura en los libros y lo que hay en el cajón no es lo mismo.
Mire. —Señaló con el dedo—. Aquí, las entradas de cuotas de los socios.
Ahí, las salidas por compras de corcho, las nóminas, los gastos de maquinaria.
Y al final, el saldo. Todo cifras en pesetas, de los años ochenta.
Mire las fechas: del 87 al 89. Y fíjese aquí.
Su dedo se paró sobre la última línea de la columna, donde yo había copiado dos cifras separadas por una flecha. Una decía 41.380.000. La otra, 1.290.000.
—El saldo que debería haber en caja, y el que había. Entre uno y otro faltan cuarenta millones de pesetas.
—Cuarenta millones —repetí.
—Cuarenta millones y pico. —Hizo el cálculo mentalmente, moviendo los labios—. A ciento sesenta y seis pesetas por euro… unos doscientos cuarenta mil euros de hoy. Para una cooperativa de un pueblo de cuatrocientas personas, es una fortuna. Todos los ahorros de todos los socios, si me apura.
Doscientos cuarenta mil euros. Me acordé de la oferta de don Aurelio por la posada: ciento noventa mil. Es curioso cómo las cifras, cuando una las junta, empiezan a hablar entre ellas.
—Y esta nota de abajo —dijo Julián, sin mirarme—. «Cobrado 14-X». Es la fecha. El catorce de octubre. Es cuando alguien cobró algo, o cuando cerraron la caja. En contabilidad antigua se escribía así, con el día y el mes en romano, para que no se confundiera con el año.
—¿Y el dinero? ¿Dónde puede estar, después de treinta y siete años?
—En un banco no, desde luego. Un arqueo de ese tamaño, a las pocas semanas, habría hecho saltar todas las alarmas. —Se rascó la calva—. Guardado en casa. En billetes de la época. Y sin tocarlo.
—¿Sin tocarlo?
—Si alguien se hubiera gastado cuarenta millones en un pueblo así, se habría visto: un coche nuevo, una casa.
Ese dinero no se ha movido. Alguien lo guarda como se guarda una reliquia.
Y si todavía existe, ya no vale lo que valía, porque las pesetas dejaron de circular hace un cuarto de siglo.
Se pueden cambiar en el Banco de España hasta hace poco. Ahora, ni eso.
—Entonces es un dinero inservible.
—Un dinero muerto. —Y levantó la vista, y por un momento me pareció que veía algo que yo no veía—. Pero hay gente que no entiende que un dinero muerto pesa lo mismo que uno vivo. Y lo guarda igual.
No dijimos más. Dejó la libreta sobre el brocal, entre los dos. Y justo entonces, desde el pie de la escalera, una voz de contralto preguntó:
—¿Y se puede saber qué hacéis en el patio, con el frío que hace?
Pilar. Con su bata de seda, el moño impecable y los brazos cruzados bajo el pecho. Nos miró un buen rato, uno y otro, con la mirada de una mujer que sospecha infidelidades de tipo muy distinto al que se imagina.
—Pili —dijo Julián.
—No me digas nada. Vengo en son de paz. —Dio unos pasos hasta nosotros y se sentó en el borde del aljibe, a su lado, sin pedir permiso a nadie. Con un gesto brusco, sacó el chal de debajo del brazo y se lo echó sobre las rodillas de él, encima de la manta—. Tonto. Se te va a quedar el catarro.
Julián, con una expresión que no sé describir, apoyó la cabeza en su hombro. Y yo me levanté, con la discreción de quien no pinta nada en una escena, a recoger la libreta.
—Doña Elvira —dijo Pilar sin mirarme—. Usted está investigando algo, ¿verdad?
—No investigo. Observo.
—Es lo mismo. Pues observe esto. —Se pasó un dedo por el moño, a la altura de la nuca, en un gesto que no supe si era nervioso o pensativo—. La señora Valverde. Doña Consuelo. Ya ha visto cómo lleva el cojín.
—Lo he visto.
—Se lo pega al pecho. Para dormir, y para comer, y para bajar a cenar.
Yo comparto pasillo con ella y la he oído en el baño: va con el cojín.
En el baño, doña Elvira. Una mujer que se lleva el cojín al baño.
—Chasqueó la lengua—. Yo tengo una tía que hacía eso con la cartera, desde la guerra, porque había pasado hambre.
Ya me ve. Una cosa es el miedo, y otra, el almacén.
—Pili —dijo Julián, sonriendo con los ojos cerrados—. Que es una anciana.
—Ya lo sé. Y por eso me da más pena, cariño. Porque las ancianas no guardan cojines por gusto.
Me despedí de ellos con las buenas noches más breves que supe. Subí despacio la escalera, con la libreta contra el pecho y la sensación de haber abierto un cajón que no sabía cerrar.
Esa noche, antes de acostarme, abrí la libreta por la última hoja y escribí con el lápiz:
Cuarenta millones de pesetas. 14 de octubre de 1989. Alfonso Ruano murió ese día, con 58 años.
Subrayé la fecha dos veces. Tardé unos minutos en dar el siguiente paso, porque no me gustaba nada la dirección a la que apuntaba. Pero una profesora de Lengua sabe que una frase termina donde la sintaxis la lleva, no donde una quiere.
El tesorero era él.