Capítulo 13 — Nuria y su cámara
El lunes, dos de noviembre, Día de Difuntos, me levanté a las seis y media con la sensación de haber dormido en una caja de zapatos.
Había soñado con mi madre, que me corregía una redacción con un lápiz rojo, y en el sueño todas las faltas eran mías.
Me lavé la cara con agua fría, me puse la rebeca encima del camisón y salí a la galería a respirar.
Todavía no había amanecido. El patio estaba azul y quieto, con la niebla subiendo por las paredes como leche en un cazo. En la otra punta de la galería, junto al ventanal que daba al aljibe, había alguien de espaldas, de pie, desmontando algo con mucho cuidado.
Nuria Bosch. Con su jersey enorme, el pelo recogido con un lápiz y las manos moviéndose con una delicadeza de relojera. Estaba quitando la cámara del trípode.
—Buenos días.
Dio un respingo. La cámara le resbaló un centímetro entre los dedos y la recogió contra el pecho, con la cara de una niña a la que han sorprendido tocando el piano en la hora de la siesta.
—Ay, doña Elvira. Qué susto.
—Perdone. ¿Se la lleva?
—Sí, sí. Es que… ya no hace falta. Con tanto lío no hay quien saque una foto con tranquilidad. —Sonrió, y fue una sonrisa de las que se hacen con la boca sola—. Además, el sábado por la noche había niebla, y no salió nada.
—¿Nada?
—Nada. Todo blanco. Mire, qué rabia, una secuencia perdida.
Hay frases que una dice muy deprisa, como se cruza una calle cuando viene un coche. Esa fue una de ellas. Y yo he sido maestra treinta y cuatro años: sé reconocer a una alumna que ha tardado en contestar lo que ya traía preparado.
—Me alegro de que no sea nada importante —dije, y dejé que se me notara un poco que no me lo creía.
—No, no.
—Porque el cabo Peña le pidió el sábado por la tarde que le enseñara las fotos de la noche. Y usted dijo que las bajaría después de cenar.
—Es que me quedé sin batería.
—Su portátil lleva enchufado junto a la chimenea del comedor desde el viernes. Lo he visto cada vez que he pasado.
Nuria no contestó. Apretó la cámara contra el pecho y bajó la vista a la baldosa. Pasó un buen rato. En el patio, una gota se descolgó del alero y cayó al aljibe con un sonido de campanilla.
—Doña Elvira, ¿puedo hablar con usted sin que se entere el cabo?
—Si lo que me va a decir es lo que creo, no puedo prometerle eso. Pero sí puedo prometerle una cosa: que lo oiré yo primero.
Se mordió el labio. Era una chica de treinta y dos años con una cara de adolescente y los ojos de alguien que lleva tres noches sin dormir. Dejó la cámara sobre el alféizar, sacó la tarjeta de memoria con un gesto rápido, y me la puso en la palma de la mano.
—Las vi el sábado a medianoche, en el portátil, con la luz apagada —dijo, muy bajito—. Salen. Hay una que sale. Y yo, no sé, me dio miedo.
—¿Miedo de qué?
—De que la persona que sale es quien creo que es. Y de que a esa persona le pase algo por mi culpa.
Nos fuimos al comedor, que a esa hora estaba vacío y helado.
Nuria sacó el portátil de su mochila de fotografía, un trasto viejo con una pegatina de un hongo, y lo enchufó junto a la chimenea sin encender.
Fui a la cocina a por café y me encontré a Genaro, en pijama y con las gafas torcidas, pelando patatas a las seis y cuarenta de la mañana.
Me miró sin preguntar. Me llevé tres tazas y a Genaro de rebote.
El cabo Peña llegó cinco minutos más tarde, con la camisa a medio abrochar y cara de haber dormido en la silla de la sala de armas, si es que la posada tenía una. Se había acostado a las tres en el sofá del zaguán, con el tricornio sobre la cara, para vigilar la puerta de la bodega.
—Doña Nuria —dijo, con su amabilidad de siempre—. ¿Me han dicho que tiene algo que enseñarme?
—Lo tenía el sábado, y no se lo enseñé. Lo siento mucho.
—Ya hablaremos de eso.
—Sí. Perdón.
Insertó la tarjeta, abrió una carpeta y las fotos empezaron a pasar como un cuaderno de dibujos animados.
Nuria había programado la cámara para disparar cada diez minutos, desde las nueve de la noche hasta las ocho de la mañana.
Eran sesenta y seis fotografías de la misma ventana: la galería, el patio, el brocal del aljibe, la puerta del zaguán, la puerta de la cocina.
Una luz amarillenta, la del farol del patio, y la niebla.
—Mire —dijo Nuria, pasándolas con el dedo—. Nueve, nueve y diez, nueve y veinte… No pasa nada. Se ve a Genaro cruzando el patio con un cubo. Se ve a la gata.
—Sáltese hasta la una.
—Una. Una y diez.
El patio vacío. La niebla subía por la pared, y la Jerónima, en el borde del aljibe, miraba un punto fuera del encuadre.
—Una y veinte.
Vacío.
—Una y treinta.
Vacío. El farol, la niebla, la puerta del zaguán entreabierta, una línea de oscuridad detrás.
—Una y cuarenta.
Nuria pulsó la tecla y nadie respiró.
En el centro del patio, entre el aljibe y la puerta de la cocina, a medio paso, había una figura.
La foto estaba hecha con una exposición larga, y el movimiento la había desenfocado un poco por los bordes, como si estuviera dibujada con un dedo.
Pero se veía. De espaldas, o de tres cuartos, encorvada.
Una silueta oscura, cubierta por una prenda larga que le llegaba a los tobillos, y por encima, sobre la cabeza y los hombros, un chal que le tapaba el pelo.
Caminaba hacia la puerta del zaguán. Llevaba algo en las dos manos, a la altura de la cintura, que brillaba débilmente bajo el farol: una bandeja.
—Amplíe eso —dijo el cabo.
Nuria acercó la imagen. Dentro de la bandeja se distinguían tres formas: una alargada, de cuello estrecho, y a los lados dos pequeñas, redondeadas, que tenían el reflejo característico del vidrio.
—Una botella —murmuró Genaro.
—Y dos vasos —dije yo.
El cabo se pasó la mano por el bigote.
—Dos vasos. Si alguien baja a la bodega con dos vasos…
—Es que espera a alguien. O baja a esperar a alguien.
—O ya sabe que ese alguien está esperando.
Nadie dijo nada. En la pantalla, la silueta del chal seguía andando hacia el zaguán, congelada en su paso, con un pie en el aire.
—Siguiente —pidió Peña.
La de las una y cincuenta era un patio vacío, y una línea amarilla muy fina debajo de la puerta de la bodega, que se veía desde ahí si se miraba con atención.
Dos y cero cero: vacío. Y a las dos y diez, la misma figura, esta vez sin bandeja, cruzando el patio en sentido contrario, hacia la cocina.
Con las manos libres. Con el chal más caído y la cabeza un poco más levantada, y el paso, quizá, más lento.
Como el de alguien que ha hecho una cosa y todavía no ha terminado de entender que la ha hecho.
—Eso es media hora, entre una y otra —dijo Peña. Él mismo se sorprendió de la precisión de su voz—. Media hora para bajar, hacer lo que haya que hacer, subir.
—Con el vaso, la botella, el trapo —dije—. Se tarda.
—¿Se puede saber quién es? —preguntó Genaro, en un hilo.
Peña no contestó. Nuria se tapó la boca con las dos manos. Yo miré la imagen sin parpadear, como se mira una redacción con una letra que se conoce. Había algo en esa figura. No era un rostro, porque no había rostro. Era otra cosa. Un tamaño. Una manera de apoyar el peso.
—Genaro —dije—. ¿Qué altura tiene el brocal del aljibe?
—Un metro. Un metro justo.
—Pues compárela.
Genaro se inclinó sobre la pantalla con la nariz casi pegada al cristal.
Sacó del bolsillo de su chaleco un metro de carpintero, lo desplegó sobre la mesa y midió a ojo, con la lengua entre los dientes, la proporción entre el brocal y la figura.
Fue un cálculo de chaval que estudia contabilidad de costes y sabe de proporciones. Tardó casi un minuto.
—Uno cincuenta —dijo—. Uno cincuenta y cinco, como mucho.
—Pues es baja.
—Es baja. —Levantó la cabeza—. Mi tía mide uno cincuenta y cuatro. Lo sé porque me hace marcar con lápiz en el marco de la cocina cada vez que dice que se ha encogido.
Todos mirábamos, sin querer, hacia la puerta de la cocina, que estaba abierta y detrás de la cual se oía el chisporroteo de una sartén. Reme, de espaldas, con el delantal puesto, preparaba el desayuno.
—Es una coincidencia —dijo Nuria, muy deprisa—. Hay muchas personas bajas. Doña Consuelo es baja. Mucho más baja.
—Doña Consuelo —dije, despacio—. Que camina con bastón.
—Sí.
—¿Lo lleva la figura?
Todos volvimos a la pantalla. La silueta, de espaldas, con la bandeja en las manos y el chal sobre la cabeza, no llevaba ningún bastón. Ni colgado del brazo, ni apoyado en la bandeja, ni nada.
—Con una bandeja en las dos manos no se puede llevar —murmuró el cabo.
—No. Pero se dejaría apoyado en alguna parte. En la pared del patio, o en el aljibe. Y no hay ninguno.
—¿Qué quiere decir?
—Que solo digo lo que veo, cabo. Una mujer de uno cincuenta y cinco con un chal y una bandeja. Podría ser Reme. Podría ser Nuria, si se hubiera encogido. Podría ser doña Consuelo, si dejara el bastón. —Hice una pausa—. Podría ser Pilar Sanchis, si se hubiera puesto de rodillas.
Nuria soltó una risita nerviosa y se tapó otra vez la boca.
—No es gracioso —dijo el cabo.
—No. Pero me estoy dando ánimos.
Anoté en la libreta, debajo de las demás cosas: 1:40 ida con bandeja. 2:10 vuelta sin ella. Uno cincuenta y cinco. Sin bastón.
—Cabo —dijo Nuria, con la voz entrecortada—.
Yo la vi el sábado. No dije nada porque…
porque pensé que era Reme. Y Reme es la única persona de este pueblo que me ha tratado como una persona.
Me dio una manta, me dio sopa, me preguntó si tenía novio.
—Se limpió los ojos con la manga del jersey—. Y no quería ser yo la que.
—No tiene que justificarse.
—Sí tengo. He estorbado una investigación.
—Ha traído usted las fotos —dijo el cabo, con una dulzura inesperada—. Con dos días de retraso. Pero las ha traído.
Estábamos todavía alrededor del portátil, los cuatro, cuando oí un ruido.
Una cuchara de madera cayendo al suelo de baldosa, y después un silencio completo.
Me volví. En la puerta del comedor, con una bandeja de tostadas en las manos y la cara del color de la cera, estaba Reme.
Había estado allí, no sé cuánto tiempo. Miró la pantalla, la figura del chal, la bandeja, la botella.
No dijo nada. Tampoco nosotros.
Después, muy despacio, dejó las tostadas sobre el aparador, se secó las manos en el delantal y dijo con una voz que no era la suya:
—Eso no soy yo.
—Reme —dijo el cabo.
—Que no soy yo, Ismael. Yo me acosté a las doce y media. Se lo dije. Se lo juré por mi madre.
—Nadie ha dicho que sea usted.
—No hace falta que lo digan. —Y salió del comedor con paso rígido, la espalda derecha, sin volver la cabeza.