Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 14 — La figura de la bandeja
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Capítulo 14 — La figura de la bandeja

Encontré a Reme en la despensa, sentada en un taburete entre los sacos de garbanzos y las cestas de membrillo, con las manos en el regazo y la mirada fija en una estantería donde no había nada que mirar.

No lloraba. Tenía el aire de las personas que han decidido que no van a llorar y se están esforzando en que se les note menos.

—Reme.

—Ahora no, doña Elvira.

—Ahora sí. —Me senté en un saco de lentejas, que cedió con un suspiro—. Porque si no hablo ahora, el cabo hablará dentro de una hora, y no con tanta educación.

Pasó un buen rato. Fuera, en la cocina, alguien había dejado la sartén al fuego y las patatas empezaban a oler a quemado, pero ninguna de las dos se movió.

—Yo no fui —dijo al fin—. Eso es lo primero.

—Lo sé.

—No me diga que lo sabe, porque no lo sabe. Nadie lo sabe.

—Sé que usted no se pondría un chal de lana en pleno octubre para llevar una bandeja con dos vasos a un sótano donde tiene la llave cuando quiera. Si hubiera querido hacer algo, lo habría hecho a la luz, con el delantal puesto. Usted no se disfraza, Reme. Usted se arremanga.

Me miró por primera vez. Los ojos, grandes y oscuros, se le llenaron de una humedad que no llegó a caer.

—Pero alguien quiso que lo pareciera —dijo despacio.

—Alguien que sabe cómo anda usted y cómo se envuelve en el chal. O que se ha fijado mucho en estos días.

—El chal —repitió Reme, y se llevó una mano a la boca—. Ay, Dios.

—¿Qué chal?

—El mío. El negro, el de la misa. —Se levantó del taburete con un crujido de rodillas—.

Lo colgué en la percha de la cocina el viernes, después de la cena.

Lo recuerdo bien porque doña Consuelo me lo alabó y le dije que era de mi madre.

El sábado por la mañana no estaba. Pensé que se me habría caído detrás del arcón y no lo busqué, con lo que había pasado…

—Calló un instante—. Y la bandeja, doña Elvira.

La de madera, la del que llegue. Esa la dejé por la noche en la mesa de la cocina, con el paño por encima, como siempre.

Por la mañana estaba en su sitio, recogida, y yo creí que la había recogido Genaro.

Pero la había puesto otra persona. Porque tenía el paño doblado al revés.

—¿Doblado al revés?

—Yo lo doblo por la mitad, con la costura hacia dentro. Aquel estaba con la costura fuera.

Me quedé mirándola. Una mujer que se da cuenta de la costura de un paño es una mujer que no se ha equivocado nunca de plato, y que, por eso mismo, lleva treinta años perdonándose cosas que no ha hecho. Quise decirle que no tenía la culpa. No me salió. En su lugar, dije:

—Alguien cogió su chal y su bandeja, y fue a la bodega a hacer una cosa a la que no quería ir con su cara.

—Sí.

—Alguien que conoce la casa.

—Alguien que ha estado aquí antes. O que se ha fijado muy bien. —Se limpió las manos en el delantal con un gesto brusco—. Don Anselmo siempre decía que una posada es un sitio donde todo el mundo mira lo que hace el de al lado y nadie ve nada.

—Reme, ¿qué hay entre usted y el señor Vidal?

Palideció. Pero no fue la palidez del miedo, sino la de quien cierra los ojos antes de lanzarse a una piscina.

—Más adelante —dijo—. Se lo cuento más adelante. Se lo prometo. Pero ahora no.

—Cuándo.

—Cuando haya hecho una cosa que tengo que hacer primero.

Y cogió la sartén de las patatas, ya negras, la dejó caer en el fregadero con un estruendo de metal, y se puso a fregar con una furia que no tenía nada que ver con la grasa.

A las doce del mediodía, el cabo Peña y yo bajamos otra vez a la bodega.

Había llamado a Huelva a primera hora, desde el teléfono del mostrador, con la puerta cerrada y la voz baja, y había salido de la conversación con la cara de un hombre al que han encargado una tarea más grande que él y le han recordado que debe darle las gracias a quien se la encargó.

Llevaba una linterna y un rollo de bolsas de congelar.

Yo llevaba las gafas de cerca y el rotulador rojo en el bolsillo, por costumbre.

Genaro había bajado un taburete y se había quedado en lo alto de la escalera, en guardia.

El cuerpo de Vidal ya no estaba. Don Ferrán y dos vecinos lo habían subido el domingo por la tarde a la sala fría de la cooperativa de leche, el único sitio del pueblo con una cámara que funcionaba, y allí esperaba, tapado con una sábana, a que el juez de Aracena pudiera cruzar el desprendimiento.

La bodega estaba más vacía y más grande, y el anís dormía en las barricas con ese olor dulzón que ya empezaba a darme dolor de cabeza.

—Sargento Báez —dijo Peña, mientras revisábamos los rincones con la linterna—. Un hombre bueno. Me ha dicho que no se fie de nadie, y que si la sobrina de don Anselmo quiere ayudar, que ayude. Y que no le dé de comer a ningún sospechoso sin ver quién cocina.

—Sabias palabras.

—Me ha dicho también que esto ya es un homicidio hasta que no se demuestre lo contrario. —Se detuvo con la luz sobre una estantería—. Que por fin lo he conseguido.

—¿Conseguido?

—Que me tomen en serio. —Se rio, y la risa le salió con vergüenza—. Perdone. Lo digo en el peor momento.

—Es el mejor, cabo. Los demás no han llegado todavía.

Revisamos todo. Las barricas, una por una, con la mano pegada a la madera.

Las estanterías de botellas polvorientas.

El hueco de debajo de la escalera de piedra.

Al llegar al fondo, a la barrica de la tiza, la de ANIZ 2019, donde Vidal había muerto, me agaché con un esfuerzo que mi rodilla no perdonó.

Entre la barrica y el muro había un palmo de oscuridad, de ese tipo que no se ve si no se busca.

Me puse de rodillas, con la linterna en la boca otra vez, y metí el brazo hasta el hombro.

Toqué cristal.

—Cabo.

—¿Qué?

—Tráigame una bolsa.

Lo saqué con dos dedos, sosteniéndolo por el borde de abajo, como había visto hacer el sábado.

Un vaso de chato, de los de la repisa de la cocina, de cristal grueso, con el culo hexagonal.

No estaba limpio. Tenía en el fondo un residuo seco, blanquecino, una película apenas visible que había secado en círculos concéntricos.

Lo olí con la nariz pegada. Anís. Y algo más, muy débil, que me recordó a las almendras amargas de la mantecada de mi abuela.

—Lo escondieron —dije—. No se cayó. Si se hubiera caído, estaría roto o rodado hasta el centro. Alguien lo empujó con el pie hasta ahí abajo.

—¿Por qué?

—Porque pensaba volver a por él. O porque se asustó.

—Se lo di a Peña, que lo metió en la bolsa con un cuidado de joyero—.

El que encontramos el sábado junto al cuerpo estaba limpio, bien frotado, para que pareciera el único.

Este se quedó atrás, en la oscuridad, con lo que contuviera todavía dentro.

Dos vasos, cabo. Alguien bebió con él, o le sirvió, y después borró lo que pudo.

—Entonces el laboratorio dirá qué había en este.

—El laboratorio dirá lo que quiera. Yo solo sé que quien lo escondió tenía prisa y mala puntería.

Peña cerró la bolsa. Se quedó un rato sosteniéndola a la luz de la linterna, y vi cómo se le descomponía despacio la cara de buena persona. Era otra cosa, más pesada que el miedo: la responsabilidad de que de pronto todo lo que se tiene entre las manos importa.

—Doña Elvira, ¿usted cree que lo envenenaron?

—Creo que no tengo ni idea. Pero un hombre que baja a una bodega a las dos de la madrugada, con el audífono apagado, a beber con alguien que viene disfrazada de la cocinera, y que aparece muerto con el vaso limpio… —Me limpié la rodilla con la mano—. Eso, cabo, no se llama azar.

—Se llama asesinato.

—Se llama así.

Nos quedamos callados en la penumbra. Arriba, en el zaguán, se oía el taconeo de Pilar, que bajaba de su habitación quejándose del frío. Y en algún lugar de la posada, un reloj que no sabía qué hora era dio una campanada vacía.

La cena de aquel lunes fue, creo, la peor que he soportado en mi vida, y eso que he asistido a cuatro bodas de familia.

El cabo Peña había decidido, después de consultar con el sargento, que debía comunicar a los huéspedes la naturaleza del asunto.

Esperó a que Reme sirviera el primer plato, un caldo de gallina con fideos finos, y a que todos tuvieran la cuchara en la mano.

Entonces se levantó, se aclaró la garganta, dejó el tricornio sobre el aparador, y habló con una voz que el domingo no habría reconocido.

—Señoras y señores. Tengo que decirles una cosa.

Es una cosa difícil. —Hizo una pausa—. La muerte del señor Vidal no ha sido natural.

O, al menos, tenemos razones para pensar que no lo fue.

Hemos encontrado indicios que nos obligan a tratar el caso como un homicidio.

Desde esta noche la bodega está precintada y nadie podrá salir del pueblo hasta que lleguen el juez y la policía judicial, probablemente el martes por la tarde.

Les pido colaboración. Y también discreción.

Se hizo un silencio como el que sigue a una puerta que se cierra.

Pilar Sanchis soltó la cuchara contra el plato con un tintineo que se oyó hasta en el zaguán. Julián, a su lado, se había puesto del color de la servilleta.

—Yo lo sabía —dijo, con una voz extrañamente débil—. Yo lo sabía desde el sábado.

—Cállate, Julián.

—Es que lo sabía, Pili.

Héctor Lamas miraba su plato sin tocarlo, con los codos sobre la mesa y la cara entre las manos.

Nuria, a su lado, se tapaba la boca con la servilleta y le temblaban los hombros.

Reme, de pie en la puerta de la cocina, no se movió.

Genaro, a su lado, le puso una mano en el hombro y ella no se apartó.

Yo, desde el extremo de la mesa, miraba a cada uno de ellos, uno por uno, buscando la grieta.

Es una cosa que se aprende en las evaluaciones finales, cuando se anuncia una nota y se observan las caras: la que sonríe antes de tiempo, la que baja los ojos, la que no se inmuta porque ya lo sabía.

Pilar: furia y miedo, mezclados a partes iguales, y un cierto alivio de tener por fin algo contra lo que pelear.

Julián: pánico puro, el de quien guarda seis mil euros en una maleta.

Héctor: vergüenza. Nuria: terror. Reme: una dignidad de piedra.

Y doña Consuelo.

Consuelo Valverde, en la cabecera, con su cojín bordado en el regazo y el termo a la derecha, dejó la cuchara cuando Peña terminó de hablar, se limpió los labios con unos golpecitos suaves, se santiguó muy deprisa y murmuró, con un hilo de voz que se escuchó en toda la sala:

—Dios mío. Qué cosas. Qué cosas, hijo.

Nada más. Después volvió a coger la cuchara y siguió con el caldo, despacio, por obligación. Hay gente que cuando tiene miedo se queda sin hambre y gente que come para no pensar. Yo no sabía en cuál de los dos grupos ponerla, y lo apunté en la libreta con un interrogante, igual que el resto.

Terminada la cena, mientras Reme retiraba los platos y los demás se levantaban dispersos y callados, sentí una mano pequeña sobre mi antebrazo. Pesaba menos que un pañuelo.

—Hija —dijo doña Consuelo, muy bajito, con una sonrisa que le arrugaba toda la cara—. Usted es la única persona de esta casa en la que confío.

Le di las gracias. No sé cuánto tardé en soltarle la mano.