Capítulo 15 — El reloj parado
Hay relojes que se paran solos y relojes que alguien detiene a propósito. Los primeros marcan una hora cualquiera, la de un cansancio de muelles. Los segundos marcan siempre la misma, la hora en que ocurrió lo que ya no se quiere que ocurra otra vez.
Esa noche, a las once y media, con la casa por fin callada y la tormenta resoplando en la chimenea, bajé descalza al comedor con una vela y supe por qué.
Había cenado poco y dormido menos. Después de lo de Consuelo en la mesa — usted es la única persona de esta casa en la que confío —, me había subido a mi cuarto y me había quedado sentada en la cama con la libreta de los cumpleaños abierta en las rodillas, mirando mis propias letras como se mira una carta de un desconocido.
Falta algo en la bodega. Un vaso, dos personas.
El dinero existe. Alguien lo tiene. Había pasado media hora cuando me di cuenta de que no estaba pensando en nada de eso. Estaba pensando en el reloj.
No sé explicarlo mejor. Mi tío Anselmo era un hombre terco pero no un hombre descuidado.
Había cambiado la cerradura de la siete, había apuntado una nota a lápiz en el libro de registro, había guardado un libro en un hueco del suelo donde cualquier curioso lo encontraría en media hora.
Y había dejado un reloj de pared parado en el centro de la habitación donde recibía a los clientes, sin quitarlo, sin arreglarlo.
Un hombre así no tiene un reloj que no funciona. Tiene una caja.
Me planté delante con la vela y le dije en voz baja, como se habla a un alumno de confianza:
—Vamos a ver qué escondes.
Abrí la puerta de cristal. Dentro colgaban dos pesas de latón, quietas en sus cadenas, y la varilla del péndulo con su disco dorado, sin una mota de polvo.
Eso fue lo primero que me llamó la atención.
Lo demás de la casa tenía polvo, un polvo agradable, de siglo y medio.
El péndulo, no. Alguien lo había limpiado hacía poco.
Palpé el fondo de la caja con la mano libre. Madera, vieja, ligeramente húmeda. Y en la esquina izquierda, a la altura de mi cintura, una juntura distinta: una tabla que no encajaba del todo, con una rendija de medio dedo y las marcas de una uña en el borde.
Tiré. Cedió con un chasquido seco, como una mandíbula, y una cosa pesada y rectangular me cayó en el antebrazo.
Un bulto envuelto en un pañuelo de cuadros, atado con un cordel de bramante, duro y frío.
Lo dejé sobre la mesa larga, junto a la vela, y desaté el nudo, que era de marinero y cedió a la tercera tentativa.
Dentro del pañuelo, con las tapas de tela verde manchadas de roces y esquinas redondeadas por el uso, había un libro de contabilidad.
Un libro grande, de los de lomo de cuero, con una etiqueta mecanografiada y descolorida en la cubierta: COOP.
AGRARIA SANTA MARINA · LIbrO DE CAJA · 1987-1989 .
Me senté. Se me aflojaron un poco las rodillas, por la manera en que el libro olía, un olor mezcla de papel, humedad y tabaco de pipa con vainilla, el de la habitación siete, el del sillón de orejas, el de mi tío.
Pasé la primera página y lo vi todo claro, lo cual es una forma de decir que no vi nada.
Cuadrículas verdes, líneas de tinta azul, columnas de pesetas con una letra hermosa y cuidada que no era la de Anselmo, sino la de otra mano: una caligrafía de contable, redondeada, con las cifras de un solo trazo.
La mano de Vidal. Entrada, salida, saldo.
Cuotas de socios, venta de corcho a Portugal, nóminas, un camión a plazos, un seguro, la luz.
Año ochenta y siete, año ochenta y ocho.
Se me nubló la vista en las cifras, que para mí son como un idioma extranjero que se oye con una cierta música pero no se comprende.
Pero entonces empecé a ver las notas.
Escritas a lápiz, en el margen, con una letra grande y redonda que reconocí en el acto, la de los carteles con faltas. Pequeñas anotaciones, unas pegadas a una cifra, otras flotando en el blanco de la página, como pensamientos que no se atreven a decirse en voz alta:
Esto no cuadra. Alfonso dice que es el corcho de Portugal. Portugal no pagó. Pregunto. No me contestan. Teodoro también lo ve. Dice que calle hasta tener pruebas. Pido arqueo. Alfonso se ofende.
Seguí hojeando. Las notas se hacían más frecuentes a medida que avanzaba el año ochenta y nueve. En una página de septiembre, con una letra más apretada: Retirada de dos millones. Firmas A. V. Y al lado, entre paréntesis y subrayado dos veces: (dos firmas) .
Me quedé inmóvil. A. V. — 2 , había escrito mi tío en la esquina de papel que yo guardaba en mi libreta.
Había tardado dos días en comprenderlo y me lo explicaba un libro de contabilidad en cuatro palabras.
No eran iniciales de una persona. Eran las de dos.
A. V.: Alfonso y Vidal. Para sacar dinero de la cuenta de la cooperativa hacían falta dos firmas, la del tesorero y la del contable. Dos firmas. Dos personas.
—No —dije en voz alta, sin querer.
El tesorero había sacado el dinero. Y el contable había firmado.
Me bebí de un trago el vaso de agua que había dejado la cena, sin saborearlo.
El señor gris, el de las uñas cortas y la mancha de tinta, el del audífono.
El que se sentó en el brocal del aljibe y me dijo no lo siente usted, y es lógico .
El que escribió se acabó el plazo con una letra que la pluma firmaba como la letra de un secretario.
Había firmado cada retirada del año ochenta y nueve.
¿Con conocimiento? ¿Por miedo? ¿Por amistad?
Seguí leyendo más de lo que debía, porque había en aquellas notas algo más que contabilidad.
A lo largo de dos años, mi tío había ido dejando en los márgenes, entre cifras, pequeñas cosas que no tenían nada que ver con el dinero, como se dejan las hojas secas entre las páginas de un libro de misa.
Hoy ha nacido la niña de Eusebio. Cuatro kilos.
Medio pueblo en la puerta con los puros.
Reme ha hecho migas. Valen más que el balance.
Manuel ha repintado el rótulo del almacén.
Con faltas. Le he dicho que son de autor.
Alfonso ha traído mantecados a la junta. No sé por qué me ha dado pena.
Cerré el libro un momento. Hay una clase de ternura que llega por sorpresa, a deshoras, y que a mí me ha dado siempre vergüenza.
Yo no conocí a mi tío. Lo vi tres veces en mi vida: en una boda, en un entierro y en una Navidad en que me regaló un pañuelo de seda con amapolas.
Mi madre decía de él que era «un hombre raro».
A mí, de niña, me parecía un señor mayor que olía a tabaco y no hablaba.
Y ahora lo tenía sobre la mesa, a lápiz, entero, hablándome desde las esquinas de un libro de cuentas, sin saber que iba a leerlo yo.
Pensé en las veces que Reme me había dicho que su tío no hacía nada sin motivo.
Pensé en que yo, que corregía las faltas ajenas con un rotulador rojo, nunca me había parado a leer lo que no está escrito en el sitio habitual.
Me limpié los ojos con el borde del pañuelo de cuadros y volví a abrir el libro.
Pasé las páginas hasta las últimas, y al llegar a octubre las manos se me quedaron quietas.
Faltaban hojas. Las últimas seis habían sido cortadas con una cuchilla muy afilada, al ras del lomo, sin dejar tira ni desgarro, con un corte limpio y recto de quien ha hecho el trabajo despacio y sin temblar.
El borde del papel, en el corte, estaba todavía blanco, sin el amarillo de los años.
Eso no era de 1989. Eso se había hecho este verano, o en septiembre.
Apreté el lomo del libro con las dos manos. Detrás de las hojas cortadas, pegada con engrudo a la contracubierta, había una fotografía.
La despegué con la uña. Una fotografía en blanco y negro, de esas con un borde blanco ondulado, del tamaño de la palma de una mano.
Siete personas delante de una fachada de piedra que reconocí al instante: el portón, las ventanas de arriba, el mismo balcón.
Era esta casa, treinta y siete años más joven, con un cartel en lo alto que decía en letras pintadas a mano: SANTA MARINA · COOPERATIVA AGRARIA .
Seis hombres en traje de domingo y, a un lado, una mujer joven con un delantal blanco, riéndose con la cabeza ladeada.
Tardé un momento en reconocerla. Era Reme, con veintinueve años y todo el pelo negro.
Di la vuelta a la foto. Atrás, con la letra de mi tío, había una línea de nombres, de izquierda a derecha, a tinta:
Anselmo Cabrera (presidente) · Alfonso Ruano (tesorero) · Teodoro Vidal (contable) · Eugenio Santana (vocal) · Pascual Martín (vocal) · Manuel Prieto (capataz) · Remedios (cocina)
Y otra cosa. Una raya. Una raya de tinta negra, muy fina, trazada con tanta fuerza que había rasgado el papel, justo sobre un nombre. No la había hecho mi tío. La tinta era distinta, más oscura, y la letra de la raya era brusca, nerviosa, como la de alguien que ha tachado un nombre ya escrito.
Manuel Prieto.
Lo repetí en la cabeza. Manuel Prieto, capataz. Y Remedios, cocina. Reme Prieto, entonces. Reme con el mismo apellido que ese hombre al que alguien había tachado, treinta y siete años atrás, o la semana pasada.
La vela chisporroteó. Me di cuenta de que llevaba un buen rato sin respirar con normalidad.
Fuera, el viento agitaba un postigo suelto y le daba al comedor un aire de barco con las luces apagadas.
En el rincón, sobre el sillón de la chimenea, la Jerónima abrió un ojo, me miró sin interés, y volvió a cerrarlo.
Me levanté con el libro contra el pecho. Pensé en llevármelo arriba, en esconderlo bajo el colchón, en ponerlo en un sitio mejor que el que había encontrado, que todo el mundo, si lo piensa, tiene un reloj en su comedor. Y entonces escuché, a mis espaldas, una voz baja y muy tranquila que dijo:
—Ya lo ha encontrado.
No grité. Me sorprendió no gritar. Giré despacio con la vela en alto.
En el rincón de la puerta de la cocina, de pie en la sombra, con el chal gris de dormir sobre los hombros y una taza de leche entre las manos, estaba Reme.
No sé cuánto tiempo llevaba allí. Tenía los ojos muy abiertos y la cara quieta, y en la taza no había nada que se moviera, ni siquiera el vapor.
—Don Anselmo me dijo —murmuró— que cuando alguien le diera cuerda al reloj, tenía que contárselo todo. Pero esta noche no, doña Elvira. Esta noche solo guárdelo bien.
—¿Dónde?
—Donde no lo busque nadie que sepa dónde buscar.
—Eso no existe, Reme.
—Existe. —Y por primera vez en cinco días vi que sonreía un poco, con una sonrisa cansada y torcida—. Se llama la cama de una maestra.
Se dio la vuelta y se fue hacia su cuarto, arrastrando las zapatillas. Yo me quedé sola con la vela y con el libro, y con la sensación incómoda de que en aquella casa todo el mundo sabía lo que yo apenas empezaba a sospechar.