Capítulo 16 — La cooperativa Santa Marina
El Bar Casa Mari tiene la fachada pintada de azul cobalto, una puerta con cortinilla de cuentas y un rótulo escrito a mano sobre la ventana que dice, con faltas de todos los colores: TAPAS · CAÑAS · BOCADILLOS DE LOMO CON QUEZO · SE VENDE LOTERIA .
Me quedé mirándolo en la acera, un martes por la mañana, con el rotulador rojo apretado en el bolsillo.
Genaro, a mi lado, me puso una mano en el codo.
—Doña Elvira. No.
—No he dicho nada.
—Pero lo va a pensar. Mari lleva treinta años escribiéndolo así y le gusta.
—Es queso , Genaro. Con ese y con ese.
—Ya lo sé. Y ella también lo sabe. Pero si usted se lo dice, no vuelve a servirle un café en su vida.
Respiré hondo y entré. Hay renuncias que a una le cuestan más que las del Evangelio.
Por dentro era el bar de todos los pueblos: una barra de madera oscura con un hule de lunares, una máquina de café que sonaba como un tren de mercancías, un televisor con el volumen a cero y el pronóstico del tiempo en bucle, y cuatro mesas de formica con los manteles de papel.
A las nueve y media de la mañana, con el pueblo aislado y la gente sin saber qué hacer con sus manos, estaban llenas.
Cuatro hombres jugaban al dominó en la mesa del fondo, bajo una foto del Real Madrid de los setenta.
Dos mujeres cuchicheaban junto a la puerta.
Detrás de la barra, una mujer de unos sesenta años, ancha y alegre, con el pelo teñido de un rojo imposible, secaba vasos con la parsimonia de una sacerdotisa.
—Mira quién viene —dijo, sin dejar de secar—. La sobrina de Anselmo. Pasa, hija, que aquí no se muerde. Bueno, a veces.
El silencio duró un segundo y medio. Los jugadores dejaron las fichas boca abajo.
Las dos mujeres dejaron de cuchichear. Yo lo había visto mil veces en la sala de profesores, cuando entraba la directora: esa suspensión momentánea de la conversación por la que se mide a una persona antes de dejarla pasar.
Genaro, a mi lado, se puso del color de un tomate.
—Buenos días —dije—. Un café con leche, por favor. Y, si no es molestia, que alguien me cuente cómo era esto antes.
Y entonces Mari, la del bar, dejó el vaso sobre la barra y sonrió.
—Ay, hija. Eso lleva su tiempo. Siéntate con los viejos, que ellos tienen más memoria que yo.
El hombre de la mesa del fondo que me hizo sitio con una silla se llamaba Pascual Martín.
Tenía ochenta y cuatro años, los ojos azules y legañosos de los que han visto muchas dehesas, y un sombrero de fieltro que no se quitaba ni para jugar.
Los otros tres, Tomás el pastor, Eusebio y un tal «Cuatrodedos» al que nadie llamaba de otra manera, me miraban con la curiosidad educada de los jugadores de dominó, que son gente de paciencia.
—Su tío —empezó Pascual, y se quitó por fin el sombrero y lo puso sobre la mesa, en señal de respeto— fue el mejor hombre que ha dado este pueblo. Y el peor presidente.
—¿Por qué lo segundo?
—Porque se fiaba de la gente.
Los otros asintieron. Cuatrodedos dijo que era verdad, que Anselmo se había fiado hasta de las cabras. Mari me puso delante el café con leche sin que yo lo pidiera por segunda vez y se apoyó con los codos en el respaldo de mi silla, para no perderse nada.
La cooperativa Santa Marina, me contaron entre los cuatro, se había fundado en 1975, cuando el corcho todavía tenía precio y el pueblo todavía tenía gente.
Eran doscientos treinta socios, entre propietarios de fincas y jornaleros, que ponían su cuota cada semana y vendían el corcho junto, para no regalárselo a los intermediarios de Portugal.
Tenían un almacén grande en la calle Ancha, una báscula, un camión, una junta directiva que se reunía los sábados y una cocina donde Reme, que entonces era muy joven y muy guapa, hacía migas para los peones a la hora de la comida.
—Reme era la alegría del pueblo —dijo Eusebio—. Con Manuel se casó en el setenta y ocho. Un hombre bueno, el Manuel, pero con el genio corto.
—Capataz —dijo Pascual—. El mejor que ha habido. Sabía de alcornoques como yo de mis rodillas.
—Que no es decir poco —dijo Cuatrodedos—, porque las tuyas ya han hecho testamento.
Todos se rieron. Después la risa se les fue poniendo seria, hasta que quedó solo el sonido de la máquina de café.
—Y un día de octubre del ochenta y nueve —dijo Pascual— se murió Alfonso.
Me contaron la historia como se cuentan en los pueblos las historias que ya no duelen o que duelen tanto que se han redondeado: a trozos, interrumpiéndose, discrepando en los detalles.
Alfonso Ruano, el tesorero, un hombre tranquilo y grueso, con bigote, cincuenta y ocho años, se había encerrado una mañana de sábado en el despacho de la cooperativa con los libros.
Eran las nueve y media. A las doce, Anselmo, que era presidente y vivía allí al lado, fue a avisarle de que se acababa la reunión y lo encontró sentado a la mesa, con la cabeza ladeada sobre el hombro y una pluma en la mano. Muerto.
—El corazón —dijo Tomás.
—El corazón —repitieron los demás, con esa unanimidad ritual que se reserva para las explicaciones que nadie ha querido discutir.
—Don Ferrán llegó tarde —dijo Mari—. Era un chaval. Dicen que no sufrió.
—Dicen.
El lunes llegaron los inspectores de Huelva, dos hombres con maletín que venían a hacer un arqueo de caja, porque la Junta lo había pedido desde el verano, y el pueblo ya sabía que algo olía mal.
Abrieron la caja fuerte. Había un millón doscientas noventa mil pesetas. Debía haber más de cuarenta y dos.
—Cuarenta millones —dijo Eusebio, y silbó—. En un pueblo donde hasta el cura iba a pie.
—¿Y qué pasó?
—Que nadie sabía —dijo Pascual—. O que todos sabían y callaban. Esa es la diferencia, hija, entre un pueblo y una ciudad. En una ciudad, cuando desaparece el dinero, buscan al ladrón. Aquí, buscamos al culpable. Que no es lo mismo.
—¿Y quién fue el culpable?
Pascual se volvió a poner el sombrero, y se lo puso torcido.
—Hubo tres teorías —dijo—. La primera: que fue Alfonso, que se lo llevó todo a Portugal y no pudo disfrutarlo.
Esa la defendían los que no lo querían. La segunda: que fue Anselmo, el presidente, que lo había firmado todo.
Esa la defendían los que no lo habían querido a él nunca. Y la tercera: que fue Manuel.
—¿Manuel Prieto?
—El capataz. Tenía llave de la caja. Se había comprado un camión nuevo el año anterior, a plazos, y la gente es mala. —Pascual miró a Genaro, que se había hundido en una silla con los codos pegados al cuerpo—. Perdona, chaval. Es tu tío.
—Es el marido de mi tía —dijo Genaro, con la cara ardiendo—. Murió antes de que yo naciera.
—A los dos años —dijo Mari, bajito—. De pena. Se encerró en su casa, dejó de comer, y una pulmonía mal curada se lo llevó en una semana. Pulmonía, dijo el médico. La tristeza, hija, se llama de muchas maneras.
Me quedé mirando el café, que ya no humeaba. Pensé en la raya negra sobre un nombre, en la tinta apretada, en una letra que rasgaba el papel. Pensé en Reme con veintinueve años, riéndose con la cabeza ladeada en una fotografía en blanco y negro, y en lo que costó que esa risa se hiciera cocina.
—Y mi tío —dije—. ¿Qué hizo?
—Se quedó. —Pascual juntó las manos sobre el hule—.
Cuando todo el mundo se fue o se calló, él se quedó.
Compró el almacén en la liquidación, por una miseria, y lo convirtió en posada.
Muchos pensaron que lo hacía para quedarse con lo robado.
A mí me parecía raro, un hombre que ha robado y que no se compra un coche. Y lo vi cada Navidad.
—¿Cada Navidad?
—Mire usted. —Se acercó a mí, con los codos sobre la mesa, y bajó la voz, aunque el bar entero escuchaba—.
El veinticuatro de diciembre, cada año, algunos de los que perdimos dinero encontrábamos en el buzón un sobre.
Sin remite. Con cien euros. A veces doscientos.
Según el año. A los viudos, a los que más perdieron, a los que estaban peor.
Treinta y siete años seguidos. Y todos sabíamos de dónde venía.
—No lo dijo nunca.
—Ni lo diremos. Eso se lo cuento yo a usted porque ya está muerto, y porque es de la familia. —Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Pagaba lo que no había robado. A sobres. Con lo que le daba la posada. Dicen que por eso no se compraba ni un abrigo.
Se me hizo un nudo en la garganta que no esperaba. No lloro en público. Lloré en el funeral de mi marido y en el estreno de una película de animación, y en ninguna otra parte. Cogí la servilleta de papel, la doblé en cuatro y fingí que me limpiaba el café.
—Es una buena noticia —dije, con la voz algo más aguda de lo que habría querido—. Que no fuera un ladrón.
—No lo era —dijo Pascual—. Pero tampoco hablaba. Y el que no habla cuando debe, en un pueblo, es tan culpable como el otro.
Mari llenó otra vez los vasos. Alguien puso la tele con el volumen alto, para disimular. Fue entonces cuando Cuatrodedos, que no había abierto la boca en media hora y que movía una ficha entre los dedos escondiéndola de los demás, dijo:
—Y la viuda, ¿qué?
—¿Qué viuda? —preguntó Eusebio.
—La de Alfonso. La Consuelo. Esa que viene todos los años.
—Pobre mujer —dijo Mari—. Se quedó sin nada. Dos días después del entierro cogió una maleta y se volvió a Sevilla sin despedirse de nadie. Y sin embargo viene cada Todos los Santos a poner flores. Nadie le habla, claro. La gente no es mala, pero tiene memoria. Solo Reme le habla. Le lleva el té.
—Reme le lleva todo a todos —dijo Pascual—. Esa mujer es un santo de pueblo, que es lo peor que se puede ser, porque nadie te lo agradece.
Estaba a punto de levantarme cuando Pascual me retuvo por la manga. Tenía los dedos largos, nudosos, con las uñas amarillas. Habló rápido, bajito, con la prisa de quien lleva un rato esperando para decir algo sin atreverse.
—Doña Elvira. ¿Sabe usted lo del señor de gris?
—Dígame.
—No soy un chismoso. Pero tengo mi banco al sol, en la plaza, todos los días a la misma hora, y veo lo que pasa.
Un martes, hace tres semanas, el seis de octubre, vi llegar a un señor con traje gris y un maletín.
Tenía el audífono en la oreja. Se sentó en el banco de enfrente, y al poco rato salió su tío de la posada, con su chaqueta de siempre.
Hablaron. Casi una hora. Su tío le dio la mano. Se abrazaron.
—¿Se abrazaron?
—Como dos hombres que han tardado mucho en volver a verse.
—Los ojos azules de Pascual se me fijaron en la cara—.
El de gris le dio un sobre. Su tío lo guardó en el bolsillo de dentro.
Y después se levantó con mucho cuidado, con un gesto de dolor, y se llevó la mano al pecho.
El otro lo sostuvo. Se sentaron otra vez.
Pasaron cinco minutos. Después don Anselmo volvió a la posada, solo, caminando muy despacio.
—¿Y el señor de gris?
—Se fue en un coche que lo estaba esperando en la esquina.
Un coche oscuro, no de aquí. —Carraspeó—.
Y al día siguiente, hija, el siete, encontraron a su tío muerto en el sillón.
Yo lo he pensado mucho. Lo he pensado todos los días.
Pero ¿a quién se lo cuento? ¿Al médico, que dijo infarto?
¿Al cabo, que no estaba? Y ahora este hombre aparece muerto otra vez, con el mismo traje, en la misma casa.
Me levanté con tanto cuidado como si las rodillas fueran de cristal.
—Pascual —dije—. Esta conversación no la ha tenido usted con nadie.
—Yo no he hablado con nadie, hija. —Sonrió, y fue la sonrisa torcida de los que han visto mucho—. Soy mudo desde el ochenta y nueve.
Salimos a la calle. Había dejado de llover y el cielo estaba de un gris lechoso, uniforme, como un papel de calcar. Genaro caminaba a mi lado con las manos metidas en los bolsillos del chaleco y la vista clavada en las baldosas.
—Mi tía nunca me lo contó —dijo, de pronto—. Lo de Manuel. Yo sabía que se había muerto, y que había sido joven, pero…
—Seguro que tenía sus razones.
—Ya. —Dio una patada a una piedra—. Doña Elvira, ¿usted cree que mi tía…?
—No lo creo, Genaro.
—¿Y si lo creyera?
—Entonces te lo diría. —Le puse una mano en el hombro, que se le tensó bajo el chaleco—.
Pero ahora mismo sé tres cosas. Que tu tía no mataría a nadie con una bandeja.
Que mi tío no robó un duro. Y que alguien, en esta casa, lleva treinta y siete años guardando algo que ya no vale nada, y que ha matado para que siga sin valer.
—¿Cómo puede un dinero no valer nada?
—Cuando ya no se puede gastar —dije—. Entonces solo sirve para una cosa: para que nadie sepa de dónde vino.