Capítulo 17 — Una noche de tormenta
El martes por la tarde, a las cuatro y diez, se cayó otro trozo de monte.
Lo supimos por la radio del cabo Peña, que llevaba el aparato colgado del hombro como un bebé, y que a esa hora estaba sentado a la mesa del comedor con el bolígrafo de la Caja Rural, redactando algo que no se atrevía a titular.
Se puso a escuchar con la cabeza inclinada, con el gesto de quien recibe una mala noticia que ya esperaba, y cuando cortó la comunicación se quitó el tricornio y lo dejó sobre la mesa, bocabajo, como un cuenco vacío.
—Otro desprendimiento —dijo—. En el kilómetro catorce. Más grande que el primero. La carretera de Aracena está intransitable hasta mañana a mediodía, por lo menos. Dicen que la comitiva del juzgado saldrá a las siete de la mañana con una pala excavadora.
—Es decir, que mañana.
—Es decir, que otra noche. —Suspiró—. Una noche más con ustedes aquí, y yo solo, y un muerto en la cámara fría, y un asesino suelto. Perdone la franqueza.
—No tiene que perdonar nada. Es la descripción exacta.
Pilar Sanchis, que estaba haciendo ganchillo en el sillón de la chimenea para tener las manos ocupadas, soltó un gemido.
Julián le puso una mano en la rodilla, y ella se la apartó, y a los dos minutos se la devolvió.
Héctor Lamas pasó por el zaguán con el abrigo puesto, miró por el ventanuco, dijo «va a llover mucho más» con el tono de un meteorólogo, y volvió a subir.
Nuria salió a fotografiar la niebla y la trajo Genaro de vuelta, a los diez minutos, empapada hasta las rodillas.
A las seis, empezó.
Las tormentas de la sierra de Huelva no se parecen a nada de lo que yo conocía de Sevilla.
En Sevilla llueve de arriba abajo, con una cierta educación.
Aquí el agua llega de lado, pegada al viento, y el viento entra por las rendijas y silba una melodía de tres notas, una de ellas desafinada.
A las siete, los postigos de la galería se azotaban uno contra otro como aplausos de un público que se ha vuelto loco.
A las ocho, cuando Reme sirvió la cena —unas lentejas con chorizo y una tortilla de patatas que nadie tocó—, el trueno era ya un ruido continuo, sin silencios, como si encima del tejado hubiera una pista de bolera.
Esa noche, durante la cena, el cabo se había sentado en el extremo, sin tricornio y con el arma sobre el aparador, a la vista, para recordarnos a todos que seguíamos en una situación excepcional.
Doña Consuelo, que no soporta los truenos, había cenado temprano un caldo en su cuarto y se había retirado a las nueve, como siempre, con su termo y su cojín. Nadie hablaba.
A las diez y diez se fue la luz.
Fue un corte limpio, sin parpadeo, como un telón que cae. El comedor se quedó a oscuras, y por una milésima de segundo escuché a seis personas respirar a la vez.
—Tranquilos —dijo la voz del cabo—. Es el temporal. No se muevan.
—Ya, pero yo no veo nada —dijo Julián.
—Por eso mismo.
—Genaro —llamó Reme, desde la cocina—. El grupo.
—Voy, tía.
Se oyó el chirrido de una silla, los pasos rápidos del chaval, el portazo de la puerta del patio y la lluvia entrando como una catarata un segundo, antes de que la puerta se cerrara. Después, nada. Un silencio de lluvia, de gente muda y de madera que crujía.
Reme apareció con tres velas encendidas en una bandeja de latón, y fue repartiéndolas por la mesa con la solemnidad de una sacristana.
La luz amarilla nos fue pintando las caras una a una, desde abajo, con sombras largas que subían por la barbilla y les agrandaban los ojos.
Pilar, con la boca apretada y las manos cruzadas en el pecho.
Julián, sin la riñonera, con la servilleta todavía anudada al cuello.
Héctor, tenso, con los codos sobre la mesa.
Nuria, la cara medio escondida en la manga del jersey. El cabo, de pie, en el extremo.
Conté.
Es una costumbre, ya lo he dicho. Cuento caras. Hay maestras que cuentan ovejas.
Pilar, Julián, Héctor, Nuria, el cabo, Reme y yo. Siete. Doña Consuelo estaba arriba, acostada. Genaro, fuera, con el grupo. Y faltaba alguien más.
Don Aurelio. Que había aparecido por la puerta hacía veinte minutos, empapado, con una linterna y la excusa de «venir a ver si todos estábamos bien», y que se había quedado en el zaguán sacudiéndose el agua, sin pasar al comedor, murmurando algo sobre el grupo electrógeno y los cables de la plaza.
—¿Dónde está el alcalde? —pregunté.
—En el zaguán —dijo el cabo—. Hace un momento estaba.
Salió con la linterna. Yo me quedé mirando la mesa, y fue entonces cuando oí, arriba, el ruido.
Un golpe sordo, de mueble. Después, algo que rodaba. Después, un silencio, y un crujido de madera que reconocí perfectamente, porque lo había contado la primera noche: el onceavo escalón.
—¡Cabo! —grité.
Y todos se movieron a la vez. Julián derribó una silla.
Pilar chilló. Héctor, que es un hombre más ágil de lo que parece, se levantó de un salto y alcanzó la escalera antes que nadie.
Yo cogí una vela, olvidé el chal y subí detrás de él, con las rodillas protestando y el corazón como un pájaro dentro de una caja.
La galería estaba negra. La lluvia golpeaba los cristales.
Al fondo, a la derecha, la puerta de mi cuarto, la número uno, estaba abierta de par en par y un viento húmedo movía la cortina como una bandera.
Héctor ya había entrado, y su linterna proyectaba un cono blanco sobre un caos que no habría imaginado ni en la peor de mis pesadillas de directora de estudios.
El colchón estaba levantado por un lado y caído a medias sobre el somier, como un borracho que se ha dado por vencido.
La mesilla de noche había sido arrastrada hasta el centro, con los cajones sacados y tirados por el suelo.
Mi maleta, abierta, tenía la ropa desperdigada; mis medias, mis camisones, mi neceser, todo mezclado por una mano rabiosa.
El armario estaba abierto, con las perchas cayendo.
En el escritorio, mi lápiz de carpintero y mi rotulador rojo seguían donde los había dejado.
Y la ventana estaba abierta. El agua entraba a chorros, empapando la alfombra.
—Ya se ha ido —dijo Héctor—. Por el tejado. —Se asomó con la linterna—. Otra vez. Hay una teja suelta.
Me quedé de pie en medio del cuarto, con la vela temblándome en la mano.
Tuve una sensación extraña, que no era miedo ni indignación, sino algo parecido a la vergüenza, la de un desconocido que entra en tu casa y toca tus cosas más íntimas.
Un mal rato que ya había sufrido una vez, hace años, cuando me robaron el bolso en el tren.
Llegó el cabo, jadeando, con el arma en la mano.
—¿Está usted bien, doña Elvira?
—Estoy bien. No estaba aquí.
—¿Falta algo?
Miré alrededor. Lo que dijo mi cabeza, antes que el sentido común, fue: el libro .
Y entonces la sangre me volvió a la cara, porque el libro no estaba allí.
Lo había guardado esa mañana en el único sitio en el que no se me habría ocurrido buscarlo a mí misma: en la ropería del primer piso, detrás del San Antonio.
Había en la pared del cuartito de la ropa blanca un cuadro de San Antonio con el Niño, de marco de madera, muy feo, que Reme me había enseñado el segundo día como medida de altura para el embozo de las sábanas.
Detrás del lienzo, entre el marco y la pared, había un hueco de dos dedos.
Lo envolví en una sábana limpia y lo dejé allí, con el santo mirando.
—No falta nada —dije.
—Qué raro. —Peña se acercó a la ventana—. Entonces ¿qué buscaban?
—Algo que no está aquí.
Iba a decir más, pero me callé, porque había visto otra cosa.
Algo en el orden del desorden. La mesilla vaciada, el colchón levantado, los cajones del tocador sacados hasta el último: todo lo que estaba por debajo de la altura de mi cintura había sido registrado, vuelto del revés, sacudido.
Y en cambio el altillo del armario, el estante alto donde había colocado mi maleta pequeña y una caja de zapatos con las medicinas, seguía intacto.
Ni una prenda movida. Ni una caja abierta.
Un registro tan completo hasta la cintura y tan nulo por encima.
—Cabo —dije en voz baja—. ¿Podría alcanzar usted el altillo del armario sin ponerse de puntillas?
—Sí. Claro. Sin problema.
—Héctor. ¿Y usted?
—Con los dedos de los pies —dijo el periodista, extrañado.
—Pues quien ha hecho esto no llegaba.
Peña me miró con un respeto repentino y pavoroso.
—O no se atrevió a subirse a una silla —dije—. O tenía prisa. Pero hay una cosa que se llama estatura.
Héctor apagó la linterna un momento y, en la penumbra, los tres escuchamos la lluvia.
Abajo, en el zaguán, se oían voces. El alcalde Santana decía algo sobre cables, y Genaro contestaba que el grupo no arrancaba, que algo se había mojado.
Un portazo. La luz volvió de golpe, con un zumbido, y las bombillas del pasillo se encendieron todas a la vez, dejándonos a los tres de pie en un cuarto brutalmente iluminado.
Con la luz vi lo último. Estaba en mi almohada, que alguien había arrojado al suelo con la funda arrugada y que yo, con la vela, no había mirado.
Una hoja de papel de cuaderno, doblada en cuatro, apoyada con deliberación en el centro. No había caído: la habían puesto. Con el pulgar y el índice la desdoblé. Escrito en mayúsculas, con lápiz de carpintero —del blando, el de mi tío—, con una letra de molde que no se parecía a ninguna letra:
DEJE EL LIbrO DONDE ESTABA. POR SU BIEN.
Peña me quitó la hoja de las manos, con mucha suavidad, y la leyó dos veces. Héctor también la leyó, sobre su hombro, y noté cómo cambiaba su respiración.
—Quien ha escrito esto —dije, con una voz que me sonó ajena, de una profesora que corrige un examen difícil—, me vio anoche en el comedor. Cuando abrí el reloj.
—¿Qué reloj? —preguntó el cabo.
—Ya se lo explicaré, cabo. Pero no esta noche.
Y recordé a Reme, de pie en la penumbra con su taza de leche fría, diciendo que lo guardara donde no lo buscara nadie que supiera buscar.
No había sido ella. No lo sé. No lo supe en ese momento ni lo supe del todo después.
Pero me quedé mirando aquel papel sobre mi almohada y pensé que alguien, esa noche o la anterior, se había quedado a oscuras con los ojos abiertos, en un rincón de aquella casa, mirándome.