Capítulo 18 — El segundo vaso
Al día siguiente nos reunimos en la cocina, a las siete de la mañana, como un consejo de guerra con tazas.
No fue idea mía, aunque me gustaría decir que sí.
Fue de Reme, que a las seis y media nos encontró a todos despiertos y deambulando por el zaguán como almas en pena, y sin decir una palabra puso a hervir tres litros de leche y empezó a sacar magdalenas de un armario.
«Mientras se come no se discute», dijo, y con ese principio de sabiduría doméstica se fundó, sin que nadie lo votara, el primer gabinete de crisis de la historia de Navalcorcho.
Estábamos el cabo Peña, con el uniforme arrugado y ojeras de color ciruela; Genaro, que no había dormido arreglando el grupo, con la cara manchada de grasa; Nuria Bosch, con su portátil y la tarjeta de memoria de la cámara; Héctor Lamas, que se había afeitado por primera vez en una semana y estaba irreconocible; y yo.
Reme, de pie junto al fogón, servía y escuchaba.
Los Sanchis dormían todavía. De Consuelo no habíamos oído nada en toda la noche.
En la pared de la cocina, junto a la nevera, colgaba una pizarra negra de las que se usan para escribir el menú del día.
Alguien había apuntado con tiza Sopa de ave, merluza a la plancha, flan .
Yo la borré con la manga y, con la tiza en la mano, me sentí por primera vez en seis días otra vez en mi sitio.
—Voy a pedirles una cosa —dije—. Nadie interrumpe hasta que yo termine. Tengo mucho que contar y una sola mañana.
Primero les enseñé el libro.
Había ido a buscarlo antes de que amaneciera, a la ropería, con la linterna del móvil y las zapatillas en la mano.
El San Antonio seguía en la pared, con su Niño feo y su expresión de santo que no ha comprendido lo que se le pide.
Detrás, entre el marco y el muro, el libro dormía envuelto en su sábana.
Lo traje a la cocina contra el pecho, como a un recién nacido, y lo dejé sobre la mesa al lado de la bandeja de magdalenas.
Peña lo abrió con la solemnidad de quien levanta la tapa de un ataúd. Pasó las páginas despacio, moviendo los labios, y cuando llegó a las notas de mi tío, a lápiz en los márgenes, se detuvo. Leyó en voz baja: « Esto no cuadra. Pido arqueo. Alfonso se ofende. » Levantó la vista.
—Esto es dinamita, doña Elvira.
—Lo es. Y hay más. Mire la página de septiembre del ochenta y nueve. Retirada de dos millones. Firmas A. V.
—¿A. V.?
—Alfonso y Vidal. Para sacar dinero de la cuenta hacían falta las dos firmas. La del tesorero y la del contable.
Héctor se había inclinado sobre la mesa y miraba la página sin tocarla, con una avidez de perro de caza.
—O sea, que Vidal firmó —dijo.
—Firmó todas las retiradas del último año. Y sabía, o intuía, o miraba para otro lado. —Le tendí la foto con mis dedos—. Esta estaba pegada en la contracubierta. Los siete de la junta. Y alguien tachó a este, Manuel Prieto, el capataz.
Genaro dejó escapar un ruido ahogado. Reme, junto al fogón, no se volvió. Tenía los hombros muy rectos.
—Manuel era su marido —dije, con toda la suavidad de la que fui capaz—. No hace falta que hable ahora. Pero tenía que decirlo, porque es parte de esto, y no quiero que nadie lo descubra por una puerta cerrada.
—Ya lo sabía —dijo Reme, sin girarse—. Lo del nombre. Lo tachó don Anselmo hace diez años, cuando se puso a revisar los papeles. No porque lo creyera culpable. Lo tachó de la lista de los que debían dinero, que es otra cosa. Se confundió de lista.
—Entonces la raya no es del asesino.
—No. Es de un hombre que se equivocó de columna, y que lo sintió toda su vida.
Le di un instante. Después, con la tiza, dibujé en la pizarra una línea horizontal y tres marcas: 22:40. 1:40. 2:10.
—Vamos a reconstruir la noche del viernes —dije—. Todo lo que sabemos, sin adornos.
Fue el cabo quien empezó, con la libreta en la mano.
A las diez y cuarenta, el señor Vidal pide anís en la cocina, coge un vaso de la repisa y la llave del clavo, y baja a la bodega.
Hasta las once y cuarto, o poco después, está allí, solo.
Sube, se encierra en su habitación. A la una y treinta, Héctor Lamas oye desde la galería la puerta de la bodega y un tintineo de cristal.
A la una y cuarenta, la foto de Nuria muestra una figura con chal y bandeja cruzando el patio.
A la una y cincuenta, Elvira ve luz bajo la puerta.
A las dos y diez, la figura vuelve sin bandeja.
—Y a las siete y diez —terminó Genaro—. Lo encuentro yo.
Escribí cada cosa en la pizarra, con mi letra de maestra. Los números parecían más verdaderos así, sobre el negro, como si la tiza los hubiera endurecido.
—Ahora los vasos —dije—. Dos vasos. Uno junto al cuerpo, limpio. Otro escondido detrás de la barrica, sucio. El lunes les dije que el limpio era el de la víctima y el sucio el del asesino. Me equivoqué.
—¿Se equivocó? —dijo Nuria, con un hilo de voz.
—Pensé que el que se frota es el que se quiere borrar.
Es al revés. El que quiere ocultar el veneno es quien limpia el vaso con veneno.
El que lo escondió, el sucio, no tenía nada que ocultar salvo sus propias huellas.
Era el vaso de la persona que bebió con él, el que sirvió una copa y no quiso dejar rastro de haber estado allí.
—Subrayé con la tiza la palabra dos —. Es decir: quien bajó con la bandeja se sentó frente a Vidal, le sirvió, brindó, fingió beber, y esperó.
Cuando él se murió, el asesino limpió el vaso que había contenido la sustancia, lo dejó junto a la mano de la víctima, y escondió el suyo porque no quería que nadie pudiera comparar huellas.
—Pero, doña Elvira —dijo Héctor—, si alguien se sienta con otro y le sirve una copa, el otro tiene que fiarse.
—Sí.
—Entonces Vidal conocía a quien lo mató.
—Y le abrió la puerta de la bodega a las dos de la madrugada con el audífono apagado. Quería hablar a solas. Estaba esperando a alguien. —Hice una pausa—. Que no era usted.
Héctor bajó la cabeza.
—Me cuesta creerlo —murmuró.
—Pasemos a las pruebas. Reme.
La cocinera se volvió por fin. Se limpiaba las manos en el delantal con un movimiento lento, de quien ha estado conteniendo la respiración.
—Hay dos cosas más que no les he dicho —dijo—. La primera es el paño de la bandeja. Se lo conté a doña Elvira el lunes. Estaba doblado al revés. Pero lo que no le dije es que olía.
—¿A qué?
—A colonia. De lavanda, de las baratas, de frasco.
Muy fuerte, como si lo hubieran frotado contra la muñeca de alguien.
Lo noté el sábado por la mañana, cuando lo cogí para limpiar la mesa de la cocina.
Y como era sábado y había lío, lo eché a la lavadora y no volví a pensar en él. Lo tengo todavía en el tendedero.
—Cabo —dije.
—Lo recojo ahora mismo.
—Pero la lavanda —dijo Genaro, con prudencia— no es solo de colonia. En cada armario de la casa hay una bolsita. Mi tía las hace en verano. Todas las habitaciones huelen igual.
—Entonces —dije— cualquiera que haya abierto un armario de la posada huele a lavanda. Es decir: todos los huéspedes. Y yo. —Me llevé una manga a la nariz y la olí, para no tener que reconocerlo en voz alta—. Y también yo.
Todos soltaron una risa breve y nerviosa, la primera en dos días. Peña se la permitió.
—Y la segunda cosa —continuó Reme, y su voz bajó, y mi sonrisa se fue a ninguna parte—. Es lo que don Anselmo me dijo el último día. Que Vidal vendría. Que se lo dijera solo a alguien de confianza, a nadie más. Y yo se lo dije.
El silencio fue tan completo que oí hervir la leche en el fogón.
—¿A quién? —dijo el cabo.
—A tres personas —dijo Reme—. El jueves por la tarde. Antes de que llegara.
Y en ese instante, con la tiza en la mano y la boca abierta, oí el crujido de la puerta del patio.
Fue un golpe de madera contra la pared, y una ráfaga de aire frío que nos apagó una de las velas olvidadas sobre la mesa.
En el umbral, empapado hasta los huesos, con el sombrero de fieltro en la mano y la respiración entrecortada, estaba el doctor Ferrán.
—Perdonen —dijo, sin mirar a nadie—. No quería interrumpir. He venido corriendo desde casa.
—Don Ferrán —dijo el cabo—. ¿Qué ocurre?
El médico dio dos pasos hasta la mesa. Tenía la cara gris y los ojos azules muy abiertos. Se frotó las manos, heladas, y me miró a mí, solo a mí, por primera vez desde que lo conocía.
—Anoche no pude dormir —dijo—. Estuve a las cinco de la mañana mirando el techo, y de pronto me acordé de una cosa. Hay un detalle en la camisa del señor Vidal que yo vi y que no le di importancia. Una mancha. Vómito. Hacía tiempo.
—¿Vómito?
—Y las pupilas. Y el pulso, que era lento, muy lento, cuando lo vi. Como de un hombre cuyo corazón ha ido parándose poco a poco, y no de golpe. —Respiró hondo—. No es un infarto. Es otra cosa. Lo sé desde las cinco de la mañana y he necesitado dos horas para atreverme a decirlo.
—¿Qué es?
—Un digitálico. —Se llevó una mano al pecho—. Una medicina para el corazón, de las que curan en dosis pequeñas y matan en dosis grandes. Y en esta casa, doña Elvira, hay al menos dos personas que la toman.