Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 19 — El anís de la casa
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Capítulo 19 — El anís de la casa

Nadie dijo nada durante lo que tardó la leche en subirse y derramarse sobre el fogón.

Fue Genaro quien se levantó a apartar el cazo.

Lo hizo con un movimiento automático, de chaval doméstico, y volvió a su sitio sin soltar la cuchara de madera, que apretaba como un salvavidas.

Don Ferrán se había sentado en un taburete junto a la puerta, con el sombrero sobre las rodillas, y miraba al suelo con la cara de un hombre que acaba de confesar un error de hace cuarenta años y no sabe si le toca todavía el alivio o ya solo el castigo.

—Doña Reme —dijo el cabo, con una suavidad que le agradecí—. Necesito que me cuente todo. Desde el principio. Sin que nadie la interrumpa.

—Lo voy a contar —respondió ella—. Pero hay una condición.

—Dígala.

—Que no se enfade con mi sobrino. Él no sabía nada.

—Tía —dijo Genaro.

—Cállate, hijo. —Y Reme, que llevaba cinco días siendo el centro y el sostén de aquella casa, arrastró una silla hasta el medio de la cocina y se sentó con las manos entrelazadas sobre el delantal, muy derecha, como una acusada que ha decidido hablar de pie, aunque esté sentada.

Contó que Teodoro Vidal fue amigo de su marido.

No un amigo cualquiera. Habían crecido juntos, en las mismas calles, y se hicieron hombres jugando a las cartas en el almacén de la cooperativa, antes de que la cooperativa fuera nada.

Manuel lo llamaba el señorito , porque Teodoro era el único del grupo que había estudiado contabilidad por correspondencia y llevaba corbata los domingos.

Había sido padrino de su boda. Cuando Manuel murió, fue el único que pagó la lápida, que costó ciento cuarenta mil pesetas y Reme no tenía ni diez.

—Nunca me lo reconoció —dijo—. Me enteré porque el marmolista, medio año después, me pidió que le devolviera el recibo del segundo plazo. Y yo no sabía de qué plazo me hablaba.

Después de lo del ochenta y nueve, Teodoro se fue a Huelva, se casó, tuvo una hija, trabajó en una gestoría.

Pero cada Navidad, desde hacía treinta y siete años, llegaba a la posada —que entonces era el almacén reformado— una caja de mantecados de Estepa con una tarjeta sin remitente.

«Para Reme». Y Reme ya sabía de quién era. Y no decía nada. Y él, tampoco.

—Don Anselmo me avisó en septiembre —continuó—. Me dijo: «Teodoro viene el veintinueve, Reme. Prepárale la siete. No lo apuntes». Y yo le dije que cómo no iba a apuntarlo, y él me dijo: «Porque lo van a buscar». —Reme alzó la vista—. No dijo quién.

—¿Dijo por qué?

—Dijo que por lo del ochenta y nueve. Que iban a salir a la luz cosas, y que había gente que no quería.

Que Teodoro había tomado una decisión y que él, don Anselmo, le había dicho que sí.

Que iban a denunciarlo todo juntos, ante el juez, y que le habían dado treinta y siete años a quien tenía el dinero para que lo devolviera por las buenas, y no lo había hecho.

Peña tomaba notas con una letra de colegial que le temblaba un poco.

—¿Y la última vez que vio a don Anselmo?

—El seis de octubre. Por la noche. —A Reme se le quebró un poco la voz—. Después de ver a Teodoro en la plaza. Llegó con la cara descompuesta. Me pidió un vaso de leche y no se lo bebió. Se sentó en el sillón de orejas y me dijo: «Reme, si me pasa algo, que no crea nadie que ha sido el corazón».

Se me heló la sangre. Ferrán levantó la cabeza de golpe y la dejó caer otra vez.

—Dijo exactamente eso —repitió Reme—. «Que no crea nadie que ha sido el corazón». Y yo me reí. Le dije: «Pero don Anselmo, si usted ha tenido angina toda la vida». Y él me miró, muy serio, y dijo: «Por eso, Reme. Por eso mismo».

—Y al día siguiente… —empezó Héctor.

—Al día siguiente lo encontré en el sillón.

A las siete de la mañana, cuando fui a encender la chimenea.

Con las manos en los brazos del sillón, la cabeza para atrás, los ojos cerrados.

Como si se hubiera dormido leyendo. —Se tapó la boca con la mano un momento, y después la bajó—.

Llamé a don Ferrán. Don Ferrán dijo que era el corazón.

Y yo no dije nada. Porque ¿qué iba a decir?

¿Que don Anselmo me había avisado? ¿A quién?

¿Al cabo, que no estaba? ¿A la Guardia Civil, que no me iba a creer?

—A mí —dijo el médico, con una voz que no era la suya—. Debió usted decírmelo a mí.

—Se lo habría dicho, don Ferrán, si usted me hubiera mirado a la cara, esa mañana. Pero no me miró. Miró al muerto, firmó el parte, y se fue.

Ferrán asintió despacio. No se defendió. Fue una de las pocas veces, en toda aquella historia, que vi a un hombre aceptar con dignidad lo que no podía arreglar.

—Reme —dije—. Cuando vio el cuerpo del señor Vidal en la bodega, dijo: Ay, Anselmo .

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque pensé que era él. Que don Anselmo se había levantado de su tumba a avisarme de que tenía razón. —Sonrió, con una tristeza infinita—. Soy mujer de pueblo, doña Elvira. Para mí los muertos siguen teniendo opinión.

Alguien soltó una risa muy corta, y fue inmediatamente apagada por todos los demás. Reme no se ofendió.

—Y ahora lo importante —dijo el cabo, con la vista en la libreta—. Antes ha dicho que se lo dijo a tres personas. ¿A quién?

Reme tragó saliva.

—El jueves, a las cuatro de la tarde. Estaba en el mostrador de la entrada, ordenando las llaves.

Había llegado doña Consuelo, y estaba contando sus gotas para el vaso, como siempre.

Y se puso a hablarme de Alfonso. De lo que lo echaba de menos.

De lo mal que lo había pasado todo el pueblo.

Y yo, para consolarla, le dije: «Esta noche viene un amigo de don Anselmo, de los de la cooperativa.

Un tal Vidal, que fue contable. A lo mejor se alegra de verlo, señora».

Se lo dije con buena intención. Porque pensé que le haría bien hablar con alguien de aquella época.

—¿Y qué respondió?

—Que sí, que qué bien. Y se bebió las gotas.

Anoté en la libreta, con una letra que no se parecía a la mía: Jueves, 16:00. Consuelo sabe que viene Vidal. Se lo dice Reme. Y debajo de esa línea, el espacio en blanco donde deberían ir las otras.

—La segunda —dijo Reme— fue la señora Sanchis.

Esa tarde, un poco después, cuando bajó a pedirme una manta, vio que había una habitación sin huéspedes con la cerradura nueva, y me preguntó que si era para alguien.

Le dije que sí, que para un caballero que llegaba de noche.

«¿Y cómo se llama?». «Vidal». No pensé más.

—Pilar —murmuré, y no supe por qué me alegré un poco—. Ya tenemos dos.

—Y el tercero —dijo Reme, bajando la voz— fue don Aurelio.

El mediodía del jueves. Llamó por teléfono a preguntar si ya había llegado la sobrina, y se lo solté sin pensar: «Sí, y esta noche llega otro huésped, don Teodoro Vidal, el contable de la cooperativa».

Don Aurelio se quedó callado un momento largo, y dijo: «Ah, ya. Qué cosas». Y colgó.

Dejé de escribir. Entre mis dedos, el lápiz de carpintero dio un chasquido seco. Se me había partido la punta.

—Don Aurelio me dijo —dije despacio— que había conocido a Vidal en la estación de Aracena, el jueves por la noche. Que solo sabía que se llamaba Teodoro. Que no conocía el apellido.

—Pues sabía el apellido y el oficio desde las doce del mediodía —dijo Reme.

Nadie habló. Peña apuntó algo y lo subrayó.

—Pero eso —dijo Genaro, con un hilo de voz— no quiere decir que fuera él.

—No. —Miré la pizarra, donde mi letra de maestra seguía diciendo 22:40, 1:40, 2:10 —. Quiere decir que mintió. Y que no es el único que sabía lo que iba a pasar. Tres personas lo sabían desde el jueves: una señora de Valencia, un alcalde con mala conciencia y una viuda de ochenta años.

—Cuatro —dijo Reme. Y se frotó los ojos con la manga—. Yo.

—Usted, no.

—Yo, sí. Por hablar. —Y entonces por fin lloró, sin ruido, con la cara en el delantal, y Genaro se acercó a ella y la abrazó por los hombros, con la torpeza de un chico que no ha abrazado nunca a su tía y no sabe cuánto apretar.

Lo dejé pasar. Había otra cosa que quería preguntarle, y esperé a que respirara hondo.

—Reme. Una última pregunta, y no es de culpas. Cuando Vidal pidió anís el viernes por la noche, en esta cocina, usted y yo lo oímos. ¿Había alguien más en la cocina?

—No. Genaro estaba en el desván. Los huéspedes, cada uno en su cuarto.

—Es decir: la única gente que oyó a un huésped pedir anís de la barrica fuimos usted y yo.

—Sí.

—Pero Vidal siempre bebía el anís de mi tío. ¿Desde cuándo?

—Desde que era mozo. —Reme asomó una sonrisa mojada—.

Es una receta de la madre de don Anselmo: anís de la sierra, con almendra amarga, que se deja doce meses en roble.

Se hace una barrica al año, y se guarda la de dos años antes.

La de 2019 es la última que don Anselmo vio madurar.

Cuando venía Teodoro, antes de lo del ochenta y nueve, se llevaba siempre una botellita.

Le gustaba tanto que Manuel se burlaba: «Este no bebe, este reza».

Y por eso se lo preparé el jueves en una bandeja, junto con el plato del que llegue.

Un vaso de chato y la botella pequeña. —Se secó la cara—.

Solo yo sabía que a Teodoro le gustaba. Y don Anselmo, que ya no está.

Me quedé con el lápiz partido en la mano. Apunté, con el filo que me quedaba, una línea corta, de las que se hacen para no olvidar algo: Solo Reme y yo sabíamos que él quería anís. Quien lo diga sin haberlo oído, miente.

Y fue entonces cuando oímos el motor.

Era un rugido sordo, mecánico, de máquina grande, que llegó desde muy lejos, por la sierra, y fue creciendo a través de la lluvia hasta que los cristales de la cocina empezaron a vibrar.

El cabo Peña se levantó de golpe, con la libreta aún en la mano, y miró por la ventana.

Por encima de los tejados, al fondo, se veía una luz giratoria, azul y naranja, que subía despacio la cuesta de la carretera.

—La comitiva —dijo—. ¡Han abierto el camino!

—¿A las nueve de la mañana? —dijo Genaro—. Dijeron mediodía.

—Pues han madrugado —dijo Peña, con una sonrisa que le cambió la cara—. Gracias a Dios. —Cogió el tricornio, se lo puso, se lo quitó, y lo llevó bajo el brazo, como un ramo—. Doña Elvira, ¿me deja el libro? Se lo llevo yo en el maletín. Es una prueba.

—Con una condición, cabo.

—Dígame.

—Que lo guarde en un sitio donde no lo busque nadie que sepa buscar.

Se rio por primera vez en tres días. Dejó el libro bajo el brazo, salió a recibir a sus superiores, y en la puerta de la cocina se detuvo, y se giró.

—Doña Elvira. Gracias.

—No hay de qué.

—Sí hay. —Y se fue con la cabeza muy alta, con el tricornio bajo el brazo y el libro más pesado que su arma.

La cocina quedó en silencio, olía a leche quemada, y yo me quedé con la palabra miente escrita en la libreta, mirando por la ventana cómo se acercaban las luces azules.