Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 20 — La Guardia Civil de Huelva
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Capítulo 20 — La Guardia Civil de Huelva

Llegaron en cuatro coches, una furgoneta blanca y una excavadora amarilla que dejaron, con un criterio muy suyo, aparcada delante del Ayuntamiento, donde don Aurelio, que había salido corriendo en cuanto oyó el motor, la recibió como si fuera la banda del pueblo.

Yo los vi llegar desde el balcón de mi habitación, que todavía olía a lluvia y a desorden.

Los cuatro coches eran verdes con la franja blanca, con las luces azules girando bajo un cielo del color de la ceniza.

Del primero bajó un hombre bajo y fornido, de unos cincuenta y cinco años, con bigote cano y una gorra con la visera muy calada, que se quedó un momento de pie mirando la fachada de la posada con las manos en los bolsillos de la cazadora.

Del segundo salieron dos agentes jóvenes con maletines plateados.

Del tercero, una mujer alta, con abrigo largo y una carpeta bajo el brazo.

Y de la furgoneta, dos hombres vestidos de blanco, con una camilla plegada.

—Ese es Báez —dijo Genaro, que había subido a avisarme—. El sargento. Mi tía dice que es buena gente.

—Tu tía dice eso de todo el mundo.

—Pero lo dice mejor de él.

Bajé al zaguán. Allí estaba el cabo Peña, firme como un poste, saludando con un gesto tan perfecto que casi le dolía, y el sargento Báez, con la gorra bajo el brazo, escuchando su informe con los ojos entornados y la cabeza un poco ladeada, como un médico que oye un corazón.

—Un momento, Peña —dijo, cuando acabó—. Hay una cosa que no entiendo. ¿Quién es la señora que baja las escaleras y que ha escuchado todo lo que le ha dicho a este hombre?

—Doña Elvira Cabrera, mi sargento. La propietaria.

—La de la libreta.

—Sí, mi sargento.

Báez me miró de arriba abajo. Tenía los ojos pequeños y grises, de un gris sin brillo, y una expresión de cansancio profesional que no era antipatía, sino tiempo. Se llevó dos dedos a la visera, aunque la gorra la tenía debajo del brazo, y fue un gesto automático de cortesía antiguo.

—Señora. Ismael me ha hablado mucho de usted. Dice que es maestra.

—Jubilada.

—Eso no se pierde. —Sonrió con la mitad de la boca—. Y que se mete donde no la llaman.

—Es verdad.

—Me gusta la gente que lo admite. —Se puso la gorra—.

Pero vamos a establecer unas normas desde ahora mismo, antes de que esto se me escape de las manos.

Usted puede observar, puede contarle al cabo lo que vea, y puede decirme lo que le parezca.

No puede interrogar a nadie sin que yo lo sepa, no puede tocar pruebas y no puede entrar en mi sala de trabajo sin permiso. ¿Entendido?

—Perfectamente, sargento.

—Y si descubre algo importante, me lo cuenta a mí antes que a su libreta.

—Eso último me cuesta más. Pero lo intentaré.

Se rio. Fue una risa corta, ronca, de fumador que ha dejado el tabaco y echa de menos el sonido.

Durante las dos horas siguientes, el comedor de la posada se convirtió en una oficina de campaña.

Los agentes montaron una mesa con papeles y un ordenador portátil.

La mujer del abrigo largo resultó ser la jueza de instrucción de Aracena, doña Inés Lozano, una mujer de cuarenta y pocos años, muy erguida, de pelo corto y mirada rápida, que se presentó con un «Buenos días, soy la jueza» tan seco que a Julián Sanchis se le cayó la servilleta.

Habló diez minutos con Báez en voz baja junto a la chimenea, tomó nota de algo en su carpeta, y se fue con los hombres de blanco a la cámara fría de la cooperativa de leche, donde esperaba el cuerpo del señor Vidal.

Yo me quedé en la posada. No me dejaron ir.

Fue una mañana larga. Pilar Sanchis, que se había levantado a las ocho y media con el maquillaje completo, recibió a los agentes en bata de seda y les preguntó si podían garantizarle que nadie iba a saquear su habitación.

Julián, a su lado, ofreció a la jueza un bombón que llevaba en el bolsillo desde Valencia, y ella lo rechazó con un gesto tan elegante que casi pareció un favor.

Nuria Bosch salió dos veces de su cuarto, y las dos veces volvió a entrar.

Héctor Lamas, sentado en el zaguán con su grabadora a la vista, repetía a cada uniformado que era periodista, para que nadie dijera después que lo había ocultado.

De doña Consuelo, nada. No había bajado a desayunar. Reme subió a las nueve con una bandeja y volvió a bajarla a los diez minutos con el desayuno intacto y la cara preocupada.

—Dice que se encuentra mal —me susurró en la cocina—. Que le duele el pecho. Que no quiere ver a nadie.

—¿Ha llamado a don Ferrán?

—Está con el cabo. Le he dicho a Genaro que suba a vigilar la puerta.

Pasé el resto de la mañana con el sargento.

No porque me lo hubiera pedido, sino porque era el único modo de saber lo que ocurría sin romper ninguna regla de las que me había dado.

Báez interrogaba por turnos, en un rincón del comedor, con la puerta abierta, a la vista, y a mí me tocó la tarea de proporcionar café y sentarme en una silla cercana, haciendo punto, que era una actividad que yo no practicaba desde 1998 pero que me proporcionaba coartada. Pilar llevó las agujas.

A las doce menos cuarto bajó don Aurelio.

Había estado en el Ayuntamiento recibiendo a la jueza, y entró en la posada con su chaqueta de pana marrón y una expresión de alcalde atribulado, la de quien tiene demasiadas cosas que hacer y todas urgentes.

Saludó a Báez con una reverencia que a este le hizo levantar una ceja.

Se sentó en la silla que le ofrecieron, con las manos sobre las rodillas, y empezó a hablar antes de que le preguntaran.

—Sargento, me alegro de verlo. Estas cosas, en un pueblo tan pequeño… Yo he hecho lo que he podido para colaborar. He puesto a disposición del cabo el Ayuntamiento, los teléfonos…

—Don Aurelio —dijo Báez—. Gracias. Voy a hacerle una pregunta sencilla.

—Por supuesto.

—El jueves por la noche recogió usted a un hombre en la estación de autobuses de Aracena y lo subió hasta aquí.

El alcalde parpadeó. Fue un parpadeo corto, de los que se hacen cuando uno ha estado a punto de contestar de memoria y se detiene.

—Eso se lo habrá contado la señora Cabrera.

—Y usted se lo contó a ella. Y a mí me lo cuenta ahora.

—Yo no quería… Mire, sargento. Me lo pidió él. Que no se lo dijera a nadie. Y yo dije que sí, porque…

—Porque era un desconocido, y usted no sabía de quién se trataba. Solo que se llamaba Teodoro.

—Exacto.

—Pero la cocinera de la posada me dice que usted lo sabía todo.

Que a las doce del mediodía del jueves, cuando llamó por teléfono a preguntar si había llegado la sobrina, ella le dijo que esa noche llegaría un huésped llamado Teodoro Vidal, contable de la cooperativa.

—Báez no levantó la voz. Ni siquiera miró sus notas—. Don Aurelio, usted sabía quién era.

Pilar, a mi lado, dejó de hacer ganchillo. El alcalde se llevó una mano al cuello de la camisa, que se aflojó con un dedo.

—Sí —dijo.

—¿Sí qué?

—Sí, lo sabía. Lo sabía desde el jueves.

—Respiró hondo—. Perdóneme, sargento. Es que…

Yo tengo una cosa con esa cooperativa. Mi padre perdió todo en ella, ya se lo habrá dicho doña Elvira.

Y cuando oí el nombre de Vidal, me quedé helado, porque ese nombre estaba en un papel que yo había visto de chaval, en el cajón de mi padre.

«El liquidador, Teodoro Vidal Cano». Me dije: este hombre viene a algo.

Y fui a Aracena. No a recogerlo; a verlo.

—¿A verlo?

—A ver cómo era el hombre que había firmado.

A mirarlo a la cara. —Se pasó la mano por el pelo blanco, que se le revolvió por primera vez desde que lo conocía—.

Pero cuando lo vi, un viejo con corbata de lana, con las manos temblando…

Me dio lástima, y lo subí. Eso es todo. No hablamos de nada. Se lo juro por mi madre.

—Y luego, ¿dónde estuvo la noche del viernes?

—En mi casa. Con mi mujer. Pregúntele.

—Se lo preguntaré —dijo Báez. Y anotó algo, sin prisa—. Eso es todo, don Aurelio. Por ahora.

Don Aurelio salió con el paso lento de quien acaba de pasar un examen que no sabe si ha aprobado. Yo apunté en el margen del ganchillo, con letra pequeña: Mintió. Pero no parece que mintiera por miedo. Mintió por vergüenza. Que no es lo mismo, aunque en los exámenes se corrijan igual.

A la una y cuarto llegó la jueza.

Entró en el comedor con paso firme, sin quitarse el abrigo, seguida de la mujer de blanco que la había acompañado a la cámara fría, una forense de rostro serio y manos grandes llamada doctora Castaño.

Las dos se sentaron en la mesa junto al sargento.

La jueza abrió su carpeta y la dejó abierta delante de ella, como una mesa de operaciones.

Báez me miró un segundo, sopesó algo, y decidió.

—Doña Elvira, puede quedarse. Pero no hable.

—No hablaré.

—Doctora —dijo la jueza—. Cuando quiera.

La forense tenía una voz tranquila, grave, de las que no necesitan subirse para ser escuchadas. Habló sin mirar apuntes, repitiendo lo que había visto con sus propios ojos.

—El cuerpo presentaba hipotermia postmortem compatible con permanencia prolongada en un lugar frío.

La hora de la muerte, entre la una y media y las tres y media de la madrugada del sábado.

El corazón no tiene lesiones coronarias, ni obstrucción, ni infarto agudo ni antiguo.

Es un corazón de un hombre de setenta años, más sano que la mayoría de los míos.

—Hizo una pausa—. En el estómago, un líquido de olor intenso a anís, escaso, y restos de bilis.

Vómitos recientes. Los pulmones, congestionados.

Los riñones, con pequeñas alteraciones. Todo ello es compatible con una intoxicación por glucósidos cardiotónicos. En lenguaje corriente: digitálicos.

—¿Puede asegurarlo? —preguntó la jueza.

—No. No sin análisis de sangre y de vísceras. Los resultados tardarán unas setenta y dos horas, porque tenemos que enviarlos a Sevilla, al Instituto de Toxicología. Pero le diré lo que haría yo si tuviera que apostar.

—Apueste, doctora.

—Que el señor Vidal murió envenenado. —Y miró uno por uno a todos los presentes, con una atención pausada que a mí me hizo sentir culpable por cosas que no había hecho—. No de forma accidental. Esa dosis no se toma por error. No hay pastillero que la contenga. Hay que querer.

La jueza cerró la carpeta.

—Sargento. A partir de este momento, este es un caso de homicidio. Quiero un registro completo de todas las medicinas de la casa, sin excepciones. Nadie sale del pueblo hasta que yo lo autorice. Y quiero a ese cabo —señaló a Peña— de ayudante tuyo, porque aquí los mejores datos los tiene él.

Peña se puso del color de la grana.

—Y otra cosa, señoría —dijo Báez, con su voz cansada—. El cabo Peña me ha informado de una muerte anterior, la del propietario de la casa, don Anselmo Cabrera, el siete de octubre. Natural, según el parte médico. Pero hay testigos que dicen que él mismo advirtió de que no lo era.

La jueza lo miró un buen rato.

—Eso es un asunto aparte.

—Lo sé. Pero es el mismo asunto.

—Hablaremos de ello cuando tengamos los resultados.

—Cogió su carpeta, se levantó, y por primera vez me miró a mí, de frente, con unos ojos tan claros y tan fríos que me recordaron a mi antigua directora, doña Matilde, mujer de pocas palabras y todas definitivas—.

Señora Cabrera. Me han dicho que usted ha ayudado mucho. Yo le sugiero que ahora no lo haga más.

—Me lo han sugerido ya, señoría.

—Y supongo que lo ha ignorado.

—Con todo respeto.

Algo se movió en la comisura de su boca, apenas un milímetro. Era, comprendí, lo más parecido a una sonrisa que aquella mujer se permitía en horas de trabajo.

Cuando la jueza y la forense se fueron, el comedor quedó en un silencio pesado, de sala de espera.

Báez se frotó las sienes. Peña repasaba sus notas.

Y yo, sentada en mi rincón, con el ganchillo olvidado en el regazo, escuchaba cómo en el piso de arriba alguien caminaba de un lado a otro con pasos muy leves.

No era un paso de pies descalzos. Era un paso con bastón.

El sargento Báez levantó la vista hacia el techo.

—¿Quién es la persona de la habitación tres?

—Doña Consuelo Valverde —dijo Peña—. Ochenta años. No ha querido bajar.

—Pues hay que subir.