Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 21 — Digoxina
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Capítulo 21 — Digoxina

Subimos cuatro: el sargento Báez, el cabo Peña, don Ferrán con su maletín y yo, que me colé detrás con la excusa de llevar una manta y la discreción de una cabra en una iglesia. Báez me miró un segundo en el rellano y no dijo nada. Fue su manera de concederme el permiso.

La habitación tres estaba al fondo del pasillo, entre la de los Sanchis y la de Nuria. Peña llamó dos veces con los nudillos, con una cortesía desproporcionada. Dentro se oyó un carraspeo, un arrastrar de zapatillas y la voz de doña Consuelo, clara y algo apagada:

—Pase quien sea, que yo no me levanto.

Estaba en la cama, apoyada en tres almohadas, con la manta hasta el pecho, un camisón de lana y un chal rosa sobre los hombros.

Sin el moño, con el pelo blanco suelto sobre la almohada, parecía más pequeña y más vieja, una niña de ochenta años a la que han dejado sola con la tormenta.

En la mesilla de noche, junto a un vaso de agua y el termo, estaba el frasquito de cristal con cuentagotas.

Y en su regazo, abrazado con las dos manos, el cojín.

—Doña Consuelo —dijo Báez, quitándose la gorra—. Soy el sargento Báez, de la Guardia Civil de Huelva. Perdone que la moleste. Me han dicho que no se encuentra bien.

—Un poco de opresión, hijo. Nada. A mi edad el pecho siempre protesta.

—El doctor Ferrán va a echarle un vistazo.

Don Ferrán se acercó a la cama con el maletín. Le tomó el pulso, con los ojos fijos en la pared. Le puso el fonendoscopio sobre el camisón, y Consuelo cerró los ojos con una obediencia infantil. Los demás miramos al techo, a las cortinas, a nuestros zapatos. Tardó un minuto largo.

—Pulso lento. Cincuenta y dos —dijo, al fin—. Es lo que tiene usted de siempre, ¿no?

—Más o menos. El cardiólogo dice que es por las gotas.

—Es por las gotas. —Guardó el instrumental—. Está bien, señora. Lo que usted tiene es un disgusto, no un infarto. Se le pasará con una tila y una conversación.

—Pues la conversación es lo que hemos venido a tener —dijo Báez, y se sentó en el borde de la silla de enea, sin que nadie se lo pidiera, con las manos en las rodillas, para quedar a la altura de la cama—. Doña Consuelo, necesito preguntarle por esos frascos de la mesilla.

—¿Mis gotitas?

—Sí. ¿Me deja verlas?

—Naturalmente.

Peña cogió el frasco con un pañuelo y se lo pasó al sargento, que lo giró entre dos dedos hasta encontrar la etiqueta de la farmacia. La leyó en voz alta, con una voz neutra:

— Digoxina, solución oral, cero coma cero cinco miligramos por mililitro. Prescrita por el doctor Aranda, Hospital Virgen del Rocío. Dispensada el veinte de octubre. —Alzó la vista—. Doña Consuelo, ¿cuántas gotas se toma?

—Doce, hijo. A las ocho de la mañana y a las diez de la noche. Como un reloj.

—¿Y cuánto le queda?

—Pues… —Consuelo ladeó la cabeza—. No sé. Está por la mitad, ¿no?

Estaba por la mitad. Lo vi yo, desde mi rincón, y lo vio Peña, que apretó los labios. Quince días de uso a doce gotas por toma, calculó mentalmente cualquiera que supiera restar, no gastan medio frasco.

—Por la mitad, sí —dijo el sargento con mucha suavidad—. Y la farmacia se lo entregó hace dos semanas, completo. ¿Sabe usted qué ha podido pasar con el resto?

—Se me cayó un poco en el tren, hijo, de camino aquí. Ay, no me acuerdo. Un traqueteo. El tapón no cerraba bien, y se me fue un poco en el bolso. —Hizo un gesto de impotencia—. A mi edad se pierden tantas cosas. ¿Por qué lo pregunta?

—Porque esta medicina que usted toma, señora, es una de las pocas cosas que pueden matar a un hombre sin dejar marcas.

La palabra matar cayó en el cuarto como una piedra en un estanque. Consuelo no cambió de expresión. Pero apretó el cojín un poco más contra sí, y vi cómo se le blanqueaban los nudillos.

—¿Mi digoxina? —dijo—. ¿Cree usted que el señor Vidal…?

—No lo creo. Lo estamos comprobando.

—Pero, hijo, si yo ni lo conocía. Se lo dije al otro, al cabo. ¿Por qué iba a querer hacerle daño a un hombre que no había visto en mi vida?

Nadie respondió. Yo miré el cojín. Miré el hilván fino de la costura, que seguía allí, y miré a Consuelo, que miraba a Báez con la cara de una abuela que escucha un reproche inmerecido.

—Quédese tranquila, doña Consuelo —dijo el sargento, levantándose—. Es una gestión de rutina. Tenemos que recoger las medicinas de todas las personas de la casa. Se la devolveremos, desde luego, con un recibo. Su cardiólogo podrá darle otra receta.

—¿Y me quedaré sin gotas?

—El doctor Ferrán se las repone esta tarde.

—Yo le receto el mismo preparado en una hora —dijo Ferrán, serio.

Consuelo asintió. Cogió el vaso de agua con una mano que temblaba un poco y bebió un sorbo.

—Hija —dijo, volviéndose hacia mí—. Quédese un momento, por favor. Me da miedo estar sola.

Báez me miró. Asintió casi imperceptiblemente. Los tres hombres salieron, y la puerta quedó entornada.

Me senté en la silla de enea, todavía caliente. Consuelo cerró los ojos, la cabeza apoyada en las almohadas, y tardó tanto en volver a hablar que pensé que se había dormido.

—Es curioso lo que hace el miedo —dijo por fin, sin abrir los ojos—. Yo tengo ochenta años. He enterrado a mi marido, a mis padres, a dos hermanos. Creía que había perdido toda capacidad de asustarme. Y mire.

—Lo comprendo.

—No, no lo comprende. Usted es joven. —Abrió un ojo, con una pizca de burla—. Perdón. Es maestra, tendrá cincuenta y tantos. Para mí es usted una niña.

—Cincuenta y ocho.

—Una niña, ya le digo. —Sonrió—. ¿Sabe una cosa, hija? Cuando se llega a mi edad, se aprende que lo que más teme uno no es morir. Es que lo recuerden mal.

—¿Qué quiere decir?

—Nada. Cosas de vieja. —Me puso una mano en el brazo, y esta vez pesaba menos todavía, casi nada—. Gracias por quedarse. Ya puede irse.

Me levanté. En el umbral me detuve, con la mano en el picaporte.

—Doña Consuelo. Una cosa. ¿Tuvo usted alguna vez la sensación de que su marido… de que Alfonso no le contó todo?

El silencio duró un parpadeo. Después, con la sonrisa más tierna del mundo, y los ojos clavados en el techo, la anciana dijo:

—Todos los maridos callan algo, hija. Es lo que los hace soportables.

Salí. Cerré la puerta muy despacio. En el pasillo, apoyado en la pared con los brazos cruzados, me esperaba don Ferrán, con el sombrero bajo el brazo y las cejas muy juntas.

—¿Qué le ha dicho?

—Nada. Que todos los maridos callan algo.

—Eso es verdad —dijo, y me dio la impresión de que lo decía por experiencia propia.

Abajo, en el comedor, el registro de medicinas estaba en marcha.

Los agentes jóvenes habían abierto las maletas y los neceseres sobre la mesa larga, como en una aduana, y anotaban cada frasco, cada blíster, cada caja de pastillas con su número de lote.

Pilar Sanchis, de pie junto al aparador, con los brazos cruzados y la barbilla alta, vigilaba a un agente como una gallina sus polluelos.

—Ese es mi bolso. Tenga cuidado con el espejo.

—Señora, solo es un inventario.

—Pues invente con delicadeza.

Julián, a su lado, miraba su maleta abierta con el color de un queso. De entre dos camisas, un agente había sacado un sobre blanco, grueso, con una goma elástica. Lo dejó sobre la mesa con una mueca.

—Seis mil euros, sargento. En billetes de cincuenta.

Todos los ojos se volvieron hacia Julián.

—Es para mi hermano Paco —dijo, rápido—. Tiene una deuda con un tipo de Alcoy. Se la puede preguntar a mi mujer. Se lo iba a dar la semana que viene.

—¿Con un tipo de Alcoy? —repitió Báez, con la ceja levantada.

—Con un prestamista.

—Hombre —dijo el sargento, y suspiró—. No es delito llevar dinero. Es delito de imprudencia. Se lo ingresa usted en el banco en cuanto abramos camino, y se evita sustos. Anótalo, Peña.

Pilar miró a su marido, que había agachado la cabeza como un colegial. Después, muy despacio, extendió una mano, le cogió la suya y se la apretó. No dijeron nada.

El agente siguió con el registro. Del bolso de Pilar salió un pastillero de plástico azul, de los de lunes a domingo, con siete compartimentos.

Dentro, unas pastillas pequeñas y blancas, una por cada día que quedaba de la semana.

El agente leyó la etiqueta de la caja en voz alta: «Digoxina, doscientos cincuenta microgramos».

Se oyó un suspiro, general y muy breve, y después un silencio denso como el de una iglesia.

—Es mía —dijo Pilar, con una voz extrañamente clara—. Tengo una fibrilación desde hace cuatro años. Una pastilla al día. Las llevo contadas. —Miró al sargento—. Cuéntelas usted. Hoy es miércoles, y me faltan las de lunes y martes, que me las tomé. Si hubiera cogido otra, se vería.

El agente las contó. Los compartimentos de lunes y martes estaban vacíos, como había dicho ella, y los demás tenían su pastilla, una a una. La caja de reserva, sin abrir, tenía el precinto intacto. Todo en orden.

—Queda constancia, señora —dijo Báez.

—Es que yo —continuó Pilar, con un temblor que le subió desde la garganta— nunca le he hecho daño a nadie, sargento. A nadie. Ni a mi marido, que se lo merece.

—¡Pili! —dijo Julián, en un tono de reproche tan débil que provocó la primera risa limpia del día.

Pasamos así media hora. Se registraron las cosas de Héctor, que no tenía más medicina que ibuprofeno y una crema para las rozaduras de montaña; las de Nuria, que llevaba un inhalador y unas cápsulas de omega 3 que le hicieron decir «es que me gusta cuidarme»; las de Reme, que tenía una caja de omeprazol y otra de tila.

Don Ferrán, que había sido el primero en ofrecerse, abrió su maletín sobre el mostrador y le dio al cabo un listado de existencias de su consulta.

—Aquí, a ver. Digoxina, solución oral, un frasco de cincuenta mililitros. Digoxina, comprimidos, tres cajas. —Se pasó el dedo por la lista—. Solo dos personas del pueblo la usan: don Eusebio Mora y la viuda de Cuatrodedos. Todo lo demás está en el botiquín.

—¿Usted vigila el botiquín? —preguntó Báez.

—Con llave. Y la llave la llevo yo en el cuello.

—¿Siempre?

—Desde hace cuarenta y siete años.

El sargento asintió. Era la respuesta de un hombre que habla con orgullo de lo único que siempre ha hecho bien.

Hubo una última comprobación. Un agente subió a la habitación tres, esta vez con el consentimiento de Consuelo, y volvió con el frasquito de gotas dentro de una bolsa de pruebas.

Báez lo puso sobre la mesa, junto al pastillero de Pilar, la lista de Ferrán, el inhalador de Nuria y el sobre con los seis mil euros de Julián.

Un bodegón absurdo, de hospital y de timba.

—Y ahora tenemos que esperar —dijo.

—¿A qué? —preguntó Peña.

—A que la ciencia hable. Setenta y dos horas. Mientras tanto, nadie sale del pueblo, y todos seguimos comiendo y durmiendo bajo el mismo techo.

—Sargento —dije yo, desde mi rincón, y noté cómo me miraban todos. Había dejado el ganchillo en la silla. Me levanté—. Tengo una idea.

Báez cerró los ojos; sabía lo que venía.

—Doña Elvira.

—Setenta y dos horas es mucho tiempo con un asesino bajo el mismo techo. Y hay una cosa que ningún laboratorio de Sevilla va a poder decirnos. —Hice una pausa—. Quién sabía algo que no debía saber.

—¿Qué quiere hacer?

—Una comida. Mañana, al mediodía. Con todos. Y migas serranas, que es el plato favorito de los fantasmas. Y una botella del anís de la barrica de 2019.

El sargento me sostuvo la mirada. Miró a Peña.

Peña miró al techo. Pilar, junto al aparador, levantó una ceja con interés.

Y en la escalera, apoyada en el pasamanos con una bata azul y una sonrisa vaga de abuela, doña Consuelo, que había bajado sin que nadie la oyera, escuchaba con la cabeza ladeada.