Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 22 — La trampa del jueves
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Capítulo 22 — La trampa del jueves

—No —dijo el sargento Báez.

—Todavía no he terminado.

—No hace falta. Ya sé cómo acaba. Con usted poniéndose en medio de una cosa que no es suya y conmigo explicándole a la jueza por qué le he dejado hacer de detective a una maestra jubilada.

—Ya lo ha hecho el cabo Peña.

—El cabo Peña tiene excusa. Lleva seis meses aquí y piensa que los Reyes Magos existen.

—Báez se recostó en la silla del comedor y se pasó una mano por la cara, como quien se quita una telaraña—.

Doña Elvira, yo le agradezco mucho todo lo que ha hecho.

Pero esto es una investigación judicial, y no un juego de salón.

—No es un juego de salón. —Dejé sobre la mesa la libreta de los cumpleaños, abierta por la última página—.

Escuche, sargento. Los resultados de Sevilla tardarán dos días más.

Dos días es mucho tiempo para tener a nueve personas durmiendo bajo el mismo techo, y para que quien le quitó la vida a ese hombre limpie lo que le queda.

El libro de cuentas ya lo tiene usted en su maletín.

Pero lo que no tiene es lo que sabe la persona.

—¿Y qué se supone que sabe la persona?

—Lo que no debería saber.

Báez entornó los ojos. Eran las nueve y media de la mañana del jueves, cinco de noviembre.

Habíamos dormido tres horas y la cocina olía a café de Reme, que era un café que levantaba muertos.

A mi lado, el cabo Peña, con el cuaderno en el regazo, pasaba el peso de una pierna a otra como un colegial pillado en una mentira.

En la pared, la pizarra seguía con mis cifras. 22:40. 1:40. 2:10.

—Se lo explico con un ejemplo —dije—. Cuando una clase copia en un examen, el profesor no puede preguntarle a cada alumno si copió. Lo que hace es reunirlos a todos, y comentar el examen en voz alta, y poner un error. Un error pequeño, falso, en el enunciado. Y los que copiaron lo repiten.

—Un error —dijo Báez.

—Sí. Una trampa pequeña, de papel. Esta persona ha estado con nosotros seis días, comiendo en nuestra mesa, y ha cometido por lo menos una equivocación que no sabe que ha cometido.

Una frase. Un gesto. Un dato que no debería tener.

Y una comida larga, con todos sentados, con vino y con migas, es el único sitio donde la gente habla sin pensar.

—Y usted va a provocarla.

—No. Solo voy a poner la mesa.

Báez miró a Peña, que miró al suelo. Después me miró a mí, durante un tiempo largo, con esos ojos grises sin brillo.

—¿Qué quiere exactamente?

—Una comida a las dos. Con todos. Los huéspedes, el alcalde, don Ferrán, el cabo y usted, desde luego. Reme cocina. El anís de la barrica de 2019 en la mesa, en una botella con el tapón puesto. Y yo hablo.

—¿De qué?

—Del señor Vidal. Del hombre que fue. Sin acusar a nadie.

—Cerré la libreta—. Una vez fui a una cena de despedida de una compañera, de esas en que todo el mundo se pone a recordar anécdotas y alguien dice lo que no tenía que decir.

Los entierros y las despedidas son los sitios donde más se miente y donde más se confiesa. En un velatorio la gente cuenta cosas.

—No es un velatorio.

—Será lo más parecido que tengamos.

Báez golpeó la mesa dos veces con los nudillos, despacio, un ritmo que pareció estar pensando.

—Condiciones —dijo.

—Las que quiera.

—Primera: yo estaré en la mesa, y dos agentes en las puertas. Segunda: usted no acusa a nadie, no cita pruebas que yo no haya visto, y no sirve nada a nadie sin que Reme lo pruebe primero. Tercera: si en cualquier momento yo levanto la mano, usted calla y pasa a la cocina a pelar patatas.

—Acepto la tercera con una salvedad.

—¿Cuál?

—Que si me manda a pelar patatas, me ofrezca primero un delantal.

Peña soltó una risa nerviosa que reprimió enseguida. Báez cerró los ojos. Pasó un segundo largo.

—A las dos —dijo.

Lo demás, a lo largo de la mañana, fue una de esas jornadas de teatro doméstico que solo se organizan en un pueblo pequeño y bajo presión.

Reme se puso el delantal más blanco que tenía y se encerró en la cocina con Genaro y dos agentes que hacían de pinches sin saber muy bien de qué.

Pidió ajos, pimentón de la Vera, torreznos, chorizo de la sierra, pan de ayer, todo lo que se necesita para unas migas serranas, y se negó a explicarme nada mientras no le dijera para qué eran.

«Para la última comida de esta historia», le dije.

«Pues entonces me van a salir mejor». Y se fue a remover una sartén de hierro del tamaño de una rueda de tractor.

Yo, mientras tanto, fui colocando la mesa.

Me llevó una hora. Es una tarea que parece sencilla y tiene su ciencia.

Con ayuda de Nuria, que tiene buen ojo para las composiciones, saqué el mantel de lino de las ocasiones —uno blanco, con deshilados, que Reme guardaba en el arcón de los trapos buenos y que olía a naftalina y a domingo— y lo extendí sobre las tres mesas juntas.

Cinco cubiertos a un lado, cinco al otro, uno en cada cabecera.

Doce personas en total, contando a Reme y a Genaro, que se sentarían cuando acabaran de servir.

Los vasos pequeños, de chato, en una bandeja. El anís en el centro.

Colgué en cada silla una tarjetita escrita de mi puño y letra con el rotulador rojo. Fue una concesión al oficio.

Consuelo Valverde en la cabecera derecha, la que había ocupado desde el jueves.

A su izquierda, yo. A mi izquierda, el sargento.

Pilar y Julián, juntos, porque separarlos no habría sido práctico.

Héctor y Nuria en la otra punta, cerca de la puerta, para que pudieran escabullirse si hacía falta.

Don Ferrán y don Aurelio, uno enfrente del otro, como dos gallos de corral.

—¿Por qué los ha puesto así? —preguntó Nuria, cuando vio el plano.

—Porque quien está sentado junto a la persona que miente suele ser el primero en notarlo.

—¿Y si no hay nadie que mienta?

—Siempre hay alguien. —Me acerqué a la botella y la rodeé con la mano—. Lo difícil no es encontrarlo. Es dejar que se encuentre solo.

A media mañana entré en la cocina a buscar un cuchillo para el pan y me encontré a Reme sola, con las manos hundidas hasta las muñecas en una cuenca de migas humedecidas, amasando como quien reza.

—¿Cuántos son?

—Doce, con usted.

—Entonces va a haber para trece. Siempre sobra para el que llegue.

No dije nada. Me puse a su lado y empecé a pelar ajos, que es cosa que sé hacer desde los once años, y durante un rato las dos trabajamos sin hablar, que es la manera más educada de hablar.

—Doña Elvira —dijo por fin—. ¿Usted cree que don Anselmo lo sabía?

—¿El qué?

—Quién. —Siguió amasando—. Si sabía que alguien de los que venían tenía el dinero. Él se fijaba en todo. Si veía a doña Consuelo cada año con el cojín, el termo, las gotas, ese aire de señora que siempre vuelve… —Se interrumpió—. No me haga caso. Una piensa cosas.

—También las piensa el sargento.

—El sargento es un hombre prudente. —Hundió los puños en las migas—. Yo, no. Yo, cuando algo me da mala espina, lo guiso. Y mire lo que me sale.

Me dedicó media sonrisa, la de quien ha dicho más de lo que quería. Partió una cabeza de ajos con un solo golpe de cuchillo.

—Y por si se lo está preguntando —añadió—, sí: si resulta ser quien usted piensa, le voy a servir las migas igual. Me lleva treinta años comiendo mi pan. No me voy a poner ahora a negárselo.

Fue la única vez, en toda aquella semana, que vi a Reme perdonar a alguien de antemano. Y comprendí, con un nudo en el estómago, cuánto le iba a costar.

A las doce y media me llamaron por teléfono. Era la jueza Lozano, desde el Ayuntamiento, con su voz seca de siempre.

—Señora Cabrera. Me ha dicho el sargento lo de su comida.

—Sí, señoría.

—No puedo estar presente en la mesa, por razones de procedimiento. Pero sí quiero que quede constancia, y le pedí a Báez que graben la conversación. Es legal, si hay consentimiento previo de los presentes.

—Se lo pediremos al principio.

—Hágalo con delicadeza. A los viejos les gusta hablar y no les gusta que los graben. —Hizo una pausa—. Una cosa más. Mi madre tenía una amiga que decía que la verdad se esconde siempre en la parte más cercana. ¿Usted qué opina?

—Que su madre tenía una amiga inteligente.

—Mi madre también —dijo, y colgó.

A la una y media, bajé a la bodega.

El sargento me había permitido acompañar a Peña y a un agente a recoger la botella de la última barrica, la de la tiza, ANIZ 2019, con la ortografía de mi tío.

Habían retirado el precinto esa mañana. Con el cuerpo ya lejos y las huellas tomadas, el sótano volvía a ser un sótano: olía a roble, a anís y a piedra mojada, y la luz gris de la ventana enrejada daba sobre el suelo un rectángulo pálido, donde dos días atrás había estado el cuerpo de un hombre.

Peña llenó la botella con el grifo de la barrica. Era un grifo de madera, grueso, con la espita de latón, que se aflojaba con una vuelta. Un hilo oscuro y fragante cayó en el vidrio con un sonido tranquilo, de cosa que dura.

—¿Qué le dijo usted a la jueza? —pregunté.

—Que no sé nada de anís. —Peña sonrió—. Mi padre era de Córdoba. Allí se bebe fino.

—Pues se va a beber hoy, cabo.

—Yo me estoy quieto con mi vaso de agua, doña Elvira. Estoy de servicio.

Sellamos la botella con un corcho nuevo, la subimos, y a las dos menos diez, cuando las campanas de la iglesia dieron una media campanada coja, la dejé en el centro de la mesa, entre dos candeleros que Genaro había encontrado en el desván.

Los invitados fueron llegando.

Pilar y Julián, de punta en blanco, ella con un vestido azul y un collar de perlas falsas, él con una corbata que no se le conocía.

Héctor, con la grabadora en el bolsillo, y Nuria, con un jersey limpio.

Don Ferrán, con su traje del domingo, que le quedaba un poco ancho.

Don Aurelio, con la chaqueta de pana y una corbata de lunares, los claveles de Todos los Santos todavía marchitos en la solapa.

El sargento Báez, con la gorra bajo el brazo y un aire de hombre que ha aceptado ir a una boda que no le gusta.

Peña, con el tricornio en la mano. Reme, con la sartén en alto, dando órdenes con la mirada.

Y a las dos en punto, apoyada en su bastón, con un vestido negro de seda, el camafeo en el cuello, el pelo recogido en un moño perfecto, el cojín bordado bajo el brazo y una sonrisa de abuela en la comunión de un nieto, entró doña Consuelo Valverde.

—Perdonen el retraso —dijo—. Es que a mi edad una tarda en vestirse más que en vivir.

Nadie se rio. Se levantaron todos, en un respeto instintivo. Consuelo avanzó hasta su silla, se detuvo ante el cartelito rojo con su nombre, lo leyó con la cabeza ladeada, y levantó la vista hacia mí.

—¡Qué bonito! —dijo—. Qué bien escribe usted, hija. Se nota que es maestra.

—Gracias.

—Y qué bien ha puesto la mesa. Parece una boda.

—Es más bien una despedida.

—Ay, las despedidas —dijo Consuelo, y se sentó, con el cojín en el regazo, y colocó el bastón contra el borde de la mesa—. Son las únicas reuniones en las que de verdad se dice la verdad.

Se oyó un carraspeo. El sargento, a mi lado, me miró de reojo y movió apenas una ceja.

No sé si esa frase era una advertencia o una invitación.

Pero el cabo Peña, desde el fondo, tragó saliva con un ruido que se oyó en toda la sala, y yo, que había pasado seis días contando caras, supe que ese día no iba a contar ninguna más. Solo iba a escuchar.