Capítulo 23 — El resbalón
Las migas llegaron en la sartén, humeando, con la costra dorada del fondo y el aroma que tienen los platos que alguien ha hecho con ganas de que a otros les salgan bien las cosas.
Reme las dejó en el centro de la mesa sobre un trébede de hierro, y por un instante nadie dijo nada.
Se oyó el crepitar de los torreznos, el golpeteo de una gota de grasa en la chapa, y a Julián Sanchis tragando saliva con un ruido que desacreditó en un segundo treinta y un años de discreción bancaria.
—Esto —dijo, con reverencia— es lo mejor que he visto en mi vida.
—Tú no has visto nada, Julián —dijo Pilar—. Siéntate.
Antes de servir pedí la palabra, y el sargento Báez, a mi izquierda, asintió con la cabeza. Me levanté con el vaso de agua en la mano y recité lo que había preparado la noche anterior frente al espejo, que son las únicas ocasiones en que una maestra jubilada puede cometer sus errores sin testigos.
—Gracias por haber venido. Esta comida no es una celebración. Es una despedida, la de un hombre al que casi nadie de los que estamos aquí conocía. Y yo querría, con el permiso de todos, grabarla. Es una petición de la jueza. Si alguien se opone, puede decirlo ahora.
Julián miró a Pilar. Pilar miró a Julián. Don Aurelio se aflojó la corbata. Doña Consuelo, con una sonrisa afable, dijo:
—Por mí, hija, grabe lo que quiera. A mi edad no hay nada que esconder.
—Gracias —dije, y por segunda vez en mi vida sentí que una frase me quemaba la lengua.
Peña, en el fondo, pulsó un botón en el aparatito negro que Héctor le había prestado. Todos servimos. Las migas pasaron de mano en mano en grandes cucharones de madera, y los primeros bocados se hicieron en una especie de comunión de gente que lleva demasiado tiempo comiendo mal.
—Don Aurelio —dije, al cabo de unos minutos—, usted me contó que el anís de mi tío es famoso en la sierra.
—Famosísimo —contestó el alcalde, con la boca llena—. Se pagaba a veinte euros la botella en las ferias de Aracena. Anselmo no lo vendía. Lo regalaba en Navidad, a los que le caían bien.
—¿Y a usted?
—Todos los años, una botella. Aunque no le cayera yo bien, fíjese. —Sonrió, un poco triste—. Era un hombre que daba sin pedir nada.
—Es verdad —dijo Ferrán, sin levantar la vista de su plato—. A mí me regalaba dos.
—Una para usted y otra para su tristeza —dijo Pilar, y todos se rieron, y por primera vez desde que había llegado a Navalcorcho vi la mesa de la posada como debía haber sido siempre: una mesa larga, con gente que se muerde y se perdona, y un olor a pimentón.
Dejé pasar diez minutos. Hablamos de las vendimias de Valencia, de las setas de la dehesa, del mejor modo de hacer unos torreznos que no salten.
Nuria contó que había visto un lince en la sierra, o algo que se le parecía mucho.
Héctor, con cierto apuro, dijo que se había equivocado con lo del corcho y pidió perdón públicamente, y don Aurelio le dio unas palmadas en la espalda con una condescendencia que habría hecho hervir a cualquiera.
Reme, de pie junto al aparador, vigilaba la sartén con el aire de una capitana que no se siente a gusto en tierra firme.
A mi derecha, doña Consuelo comía muy despacio, a pequeños bocados, con la servilleta en el regazo y el cojín al costado, apoyado entre la silla y su cuerpo como un compañero de viaje.
Fue Aurelio quien contó la historia del cerdo.
—Un invierno —dijo, con el tenedor en alto—, Anselmo apostó con mi padre que era capaz de llevar un cerdo ibérico en la baca de un Seat Panda hasta Aracena sin que se bajara.
Mi padre no se lo creyó. Anselmo ató al cerdo con tres cinturones, le puso una gorra de lana y le dio media botella de anís para que se calmara.
—¡No! —dijo Pilar.
—Como lo oye. Llegaron a la plaza de Aracena, bajaron al cerdo, y el cerdo se fue derecho a la barra de un bar, se subió a un taburete y se quedó dormido hasta las ocho. Dicen que fue el único cliente de la historia a quien nadie se atrevió a cobrarle.
Estalló la risa. Julián tuvo que apoyarse en la mesa. Nuria se tapó la boca. Héctor, que no se reía fácil, soltó una carcajada seca y asombrada que le cambió la cara. Hasta Ferrán sonrió con un lado de la boca.
—Mi tío no me parece el mismo hombre —dije, y lo dije en serio.
—Era los dos, doña Elvira —dijo Aurelio, y por una vez no lo dijo con la sonrisa de rotonda—. El que no hablaba y el del cerdo. Pero al segundo lo conocíamos menos.
Reme, desde el aparador, se limpió con el delantal una lágrima que le había salido de risa y de otra cosa.
Yo la vi, y ella me vio verla. Y a mi derecha, doña Consuelo, con la servilleta en el regazo y el cojín al costado, reía también, con la risa baja y suave de una abuela que no quiere interrumpir a los nietos.
Esa risa la recuerdo. La recuerdo más de lo que quisiera.
Cuando los platos estuvieron limpios, serví el anís.
Lo hice yo misma, de pie, con la botella en una mano y los vasos en fila sobre la bandeja.
Cuarenta años de comedor escolar me han dado un pulso que no tiembla.
Fui llenando uno por uno, un chorrito corto, de dos dedos, de ese líquido oscuro, casi ámbar, que olía a hinojo y a madera y a tarde de domingo. El sargento puso la mano sobre el suyo.
—Yo no, señora. De servicio.
—Un sorbo, sargento. Por el hombre.
—Un sorbo.
Le serví. Después fui hasta Consuelo, que levantó una mano con una sonrisa de disculpa.
—Ay, hija, a mí no. Que el anís me sube a la cabeza, y a mi edad una no está para perder la compostura. —Me puso la mano en el brazo—. Pero brindo con agua, desde luego. Eso sí.
—Como quiera.
Volví a mi sitio. Todos los vasos, salvo el del sargento, que lo tenía a medias, estaban llenos. Los levantamos, y el cabo, que estaba junto a la puerta, volvió a pulsar el botón, por si se había parado.
—Quiero decir unas palabras —dije—. Muy pocas.
El señor Teodoro Vidal Cano llegó a esta casa una noche de jueves, con un traje gris y un maletín de cuero, y no quiso apuntarse en ningún libro.
Nos dijo que no hacía falta. Era un hombre educado y callado, de esos que piden perdón por existir.
Hizo algo por lo que tenía que pagar, hace muchos años, y volvió para pagarlo.
No pudo. Alguien se lo impidió. —Hice una pausa—.
Yo no sé quién fue. Pero sí sé que murió solo, entre las barricas de mi tío, en un sótano frío, un sábado de noviembre. Y que merecía algo mejor. Por Teodoro.
—Por Teodoro —repitieron los demás, con una voz baja, casi litúrgica.
Todos bebieron. Pilar hizo una mueca de dulzor.
Julián cerró los ojos con deleite. Héctor tosió, don Aurelio chasqueó la lengua, Nuria hizo un gesto ahogado, y Ferrán, con una calma de médico, vació el vaso de un trago y lo dejó sobre el mantel con un leve golpe.
Los vasos se posaron uno tras otro. Doña Consuelo, que había alzado su copa de agua con mano firme, bebió un sorbo y lo dejó en la mesa.
Y entonces, con la voz serena de quien dice una cosa muy natural, bajando los ojos al cojín, murmuró:
—Pobrecillo. Con lo mucho que le gustaba el anís de la casa.
La frase cayó en medio del silencio de la sobremesa como una cucharilla en una taza vacía.
Nadie se movió. Pilar seguía con el vaso en el aire, a medio camino de los labios. Julián tenía la boca entreabierta. Héctor, sin mirar a nadie, cogió con disimulo la grabadora que había dejado sobre el mantel, y comprobó que la lucecita roja seguía encendida. Peña, en el fondo, no respiraba.
Yo tampoco. Es decir: respiré una vez, muy despacio, por la nariz, como me enseñaron en un curso de relajación al que fui por obligación en 2009. Después dejé el vaso sobre la mesa. Lo hice con todo el cuidado de que fui capaz. No quise que sonara.
—¿Le gustaba, doña Consuelo? —dije.
—Ay, hija. —Y levantó los ojos, y eran los ojos de siempre, azules y húmedos y tranquilos—. Eso decían. Todo el mundo.
—¿Todo el mundo?
—En el pueblo. Don Aurelio lo ha dicho, que era famoso. Y don Ferrán. Que a los hombres de esa edad les gusta una copita.
—Ya. —Me incliné un poco hacia ella, con los dedos juntos sobre el mantel, la postura que adoptaba en las tutorías con los padres—. Pero usted dijo que no lo había visto en su vida.
—¿A quién?
—Al señor Vidal. Se lo dijo al cabo el sábado por la tarde, y a mí el viernes por la noche, delante de todos. «Yo a ese hombre no lo había visto en mi vida». Y es verdad, supongo, porque se cruzaron, a lo sumo, un desayuno.
—Un desayuno —repitió ella, con una vocecita fina—. Sí. Un desayuno.
—Y en un desayuno no se descubren los gustos de un hombre, doña Consuelo. Lo que le gusta o no le gusta beber. Eso no lo sabe una mujer que no ha cruzado con él más que un saludo.
Se oyó un cubierto resbalar sobre un plato. Fue Julián, que había dejado caer el tenedor sobre la porcelana con un tintineo que sonó como una campanilla en una iglesia vacía.
—No —dijo Consuelo, muy bajito—. No lo sabía. Lo he supuesto.
—Pero ha dicho le gustaba . Como si lo supiera.
—Una dice cosas.
—Y ha dicho «el anís de la casa». Como si ese anís, el de la casa, y no otro, fuera el que le gustaba.
—Hija, no sé a qué…
—Ayer, miércoles, Reme nos contó algo —dije, y noté cómo mi propia voz se volvía más suave, más lenta, la de la profesora que acaba de descubrir al alumno que no ha leído y que no quiere humillarlo—.
El viernes por la noche, a las diez y cuarenta, el señor Vidal entró en esta cocina y pidió un vaso de anís.
«Del de Anselmo. El de la barrica». Estábamos en la cocina Reme y yo.
Genaro estaba en el desván. Y los demás, cada uno en su cuarto, doña Consuelo, usted incluida, porque se había acostado a las diez y cuarto, como siempre.
Nadie más lo oyó. Nadie más supo que Teodoro Vidal tenía un gusto concreto por ese anís.
—Me detuve un momento—. Yo se lo oí decir.
Reme se lo oyó decir. Y fuimos las únicas personas del mundo.
Consuelo no respondió.
—¿Quién se lo dijo a usted?
La anciana abrió la boca. La volvió a cerrar.
Lo vi, con una claridad que me quedó para siempre, igual que la fotografía de las una y cuarenta: un parpadeo, otro, un temblor casi invisible en la comisura izquierda, la mano pequeña moviéndose sobre el cojín como una araña que busca su rincón.
Era la cara de una mujer que acaba de pisar un tablón flojo y ya está intentando, con una gracia infinita, convencer a todo el mundo de que sigue en el aire.
—No me acuerdo, hija —dijo.
Y a mi lado, sin levantar la voz, el sargento Báez levantó muy despacio la mano derecha y la dejó sobre la mesa, con la palma hacia abajo. Era la señal. Lo sabía por el acuerdo de la mañana: calla, y pasa a la cocina a pelar patatas.
Pero esta vez no me la dio. Solo la dejó allí, plana sobre el mantel, como quien dice: sigue, despacio, que yo estoy.