Capítulo 24 — Todos a la mesa
Hay una manera de decir las cosas difíciles que aprendí hace muchos años, de mi directora de estudios, doña Matilde, que repartía suspensos con la misma cara con que daba el pésame: hablar bajo, despacio, mirando a los ojos, y no dejar que ningún adjetivo haga trabajo que corresponde a un hecho.
Esa tarde, en el comedor de la posada, con la sobremesa convertida en tribunal, la usé hasta la última gota.
—No voy a acusar a nadie —dije—. Voy a contar lo que sé. Y cada uno que saque su conclusión.
Nadie protestó. Julián Sanchis había dejado de masticar.
Pilar le sujetaba la mano bajo el mantel.
Héctor Lamas seguía con la grabadora en la palma, como quien sostiene un pájaro.
Don Aurelio, con la corbata de lunares torcida, miraba a Consuelo con la boca abierta, y don Ferrán miraba el techo.
El sargento Báez, con la mano todavía plana sobre la mesa, no se había movido.
—El viernes por la noche, a las diez y cuarenta, el señor Vidal pidió anís en la cocina.
Subió a las once y cuarto, se encerró en su habitación y no volvió a bajar hasta la una y media de la madrugada.
A esa hora alguien llamó a su puerta. Y Vidal salió, con el audífono apagado, para hablar a solas con esa persona en la bodega.
—¿Cómo sabe usted que fue alguien quien llamó? —preguntó Aurelio, con una voz ronca.
—Porque Vidal no era un hombre que bajara a un sótano helado a las dos de la mañana por gusto.
Y porque tenía un motivo para bajar: iba a pedirle perdón a una persona, o a escuchar una cosa que esa persona quería decirle.
—Hice una pausa—. A la una y cuarenta, la cámara de Nuria Bosch captó una figura que cruzaba el patio con una bandeja, una botella de anís y dos vasos.
Una figura de un metro cincuenta y cinco, con un chal negro de lana.
El chal de Reme, que había desaparecido de la percha de la cocina esa misma noche.
—Yo no fui —dijo Reme, desde el aparador, con una voz muy clara.
—Lo sé. Nadie piensa que fuera usted. La figura no llevaba bastón.
Pero una bandeja en las dos manos no se puede llevar con un bastón colgado.
Se deja apoyado. Y eso quiere decir que quien lo llevaba, normalmente, no puede prescindir de él sin esfuerzo.
Alguien de movimientos medidos. Alguien que anda despacio y lo sabe.
—Seguí hablando, sin levantar la vista—.
A las dos y diez la figura volvió sin bandeja.
El señor Vidal no estaba muerto aún. Estaba vivo, sentado en el suelo, con las manos frías y el estómago revuelto, porque unos minutos antes había bebido un vaso de anís con una dosis de digoxina que ningún cardiólogo recetaría a nadie.
—Elvira —dijo el sargento, muy bajo.
—Lo sé, sargento. Termino.
Me di cuenta de que me temblaban las manos y las puse sobre el regazo.
—A las diez de la noche del martes, cuando se fue la luz, alguien entró en mi cuarto y lo registró.
Revolvió el colchón, los cajones, la maleta.
Y no tocó el altillo del armario, donde yo guardaba una caja de medicinas y una maleta pequeña, porque quien lo hizo no llegaba.
Dejó la ventana abierta y las tejas descolocadas, para que pareciera que había huido por el tejado.
Pero esas tejas estaban sueltas desde el sábado, cuando el señor Lamas subió a registrar la habitación siete.
—Héctor se encogió, con una mueca—. Quien registró mi cuarto no salió por la ventana.
Salió por la puerta, y por el pasillo, y volvió a su habitación a acostarse, con el rosario en la mano, mientras todos corríamos hacia el ruido.
—Eso es una suposición —dijo Ferrán, con voz seca.
—Sí. Lo es. Pero la cierro con una más. —Me volví hacia la mujer que tenía a mi derecha—. Doña Consuelo, usted subió a su habitación esa noche a las nueve. ¿Es así?
—Sí, hija.
—¿Y no oyó nada? ¿Ni el golpe de los muebles, ni los gritos, ni las carreras por el pasillo?
—Tengo el sueño pesado.
—Lo dijo el sábado, en el interrogatorio, y lo repitió el miércoles por la mañana.
Pero a las ocho, cuando toda la casa hablaba de que habían revuelto mi habitación, usted pidió que le subieran el desayuno y no quiso bajar.
Una mujer que oye que han registrado el cuarto de al lado, en una casa donde acaban de matar a un hombre, suele querer saber qué ha pasado.
Usted no preguntó nada. Porque lo sabía.
Pilar se llevó la mano a la boca. Julián, a su lado, murmuró un «es verdad» que nadie le había pedido.
Consuelo no se inmutó. Tenía las manos juntas sobre el cojín y los ojos fijos en el centro de la mesa, donde la botella oscura brillaba bajo la luz gris de la ventana.
—Es una historia muy bonita, hija —dijo, por fin, con una voz suave—. Muy bien contada. Se nota que es usted maestra de Lengua. Pero hay una cosa que no entiendo. ¿Por qué iba yo a querer matar a un hombre al que no conocía?
—Sí lo conocía.
—Se lo he dicho al cabo.
—Y yo le digo que sí. Lo conocía por su nombre y por su oficio desde las cuatro de la tarde del jueves, cuando Reme le contó, mientras usted contaba sus gotas en el mostrador, que esa noche vendría un amigo de don Anselmo, de la cooperativa. Un contable llamado Vidal. Y usted supo quién era.
—Yo le dije «qué bien». —Y por primera vez la voz le tembló—. Se lo dije por cortesía.
—Y por esa cortesía supo exactamente cuándo tenía que actuar. Esa noche, a medianoche, un hombre con un traje gris llamaba al timbre. Y a la mañana siguiente, desayunaba con usted. Le pasó el pan y la miró. Y Vidal tenía una razón para hablar con la viuda del tesorero.
Consuelo apretó los labios. Los miró a todos, uno a uno, con una expresión más triste que ofendida.
—Alfonso era un hombre honrado —dijo.
—Lo era, probablemente. —Me incliné hacia ella—.
Pero no fue un hombre muy fuerte. El libro de caja que mi tío escondió en el reloj del comedor dice una cosa muy sencilla.
Que entre septiembre y octubre de 1989 salieron de la cuenta de la cooperativa cuarenta millones de pesetas con dos firmas: la del tesorero y la del contable.
Y que los dos firmaron. Y que el 14 de octubre de ese año, el mismo día en que a su marido se le paró el corazón sobre unas cuentas que no le salían, alguien vació la caja fuerte.
—Mentira —dijo Consuelo.
—No es mentira, señora. Está escrito.
—Está escrito por Anselmo.
—Está escrito por Vidal. Y por su marido.
En sus propias letras. —Miré a Báez, que asintió de forma casi imperceptible—.
Treinta y siete años después, el contable decidió contarlo todo.
Escribió a mi tío una carta que decía Se acabó el plazo, Anselmo .
Mi tío iba a acompañarlo ante un juez. Y el siete de octubre, mi tío apareció muerto en su sillón. De un infarto, según parece.
—Ay, Dios —dijo Pilar.
—Que no se diga que fue un infarto, doña Elvira —intervino Ferrán, con las manos temblando—. Que lo firmé yo.
—No iba a decirlo, don Ferrán. —Le sonreí—. Todavía no lo sé.
El silencio se hizo tan denso que se oyó el reloj parado del comedor, que, por supuesto, no hacía ruido ninguno. Fue una sensación extraña: una especie de tic-tac imaginario, el que debía de estar dentro de todas las cabezas.
—Esto es una indignidad —dijo don Aurelio, poniéndose en pie con tal brusquedad que su silla chirrió contra el suelo—. Una mujer de ochenta años. Una viuda. Con todo el respeto, sargento, ¿se pueden decir estas cosas delante de ella sin pruebas?
—Las pruebas están en la mesa, don Aurelio —dijo Báez, sin alzar la voz.
—Pues que las pongan en un papel y las lea un juez.
—Siéntese, Aurelio.
Lo dijo Reme. No Báez, ni yo: Reme, desde el aparador, con las manos cruzadas sobre el delantal y una voz tan serena que el alcalde se quedó con la boca abierta, a mitad de frase, como un muñeco al que se le acaba la cuerda.
—Reme…
—Siéntese, que le va a dar algo. Y escuche, que es lo que no ha hecho nunca en este pueblo.
Aurelio se sentó. Se aflojó la corbata, y por primera vez desde que lo conocía no tuvo nada que decir. Consuelo, a mi lado, le dirigió una pequeña sonrisa de agradecimiento, ladeando la cabeza, y yo noté algo frío en la nuca. No era miedo. Era algo más parecido a la compasión, y por eso peor.
—El dinero, doña Consuelo —dije—. Cuarenta millones de pesetas. ¿Dónde está?
—No sé nada de ningún dinero.
—Su marido se lo llevó.
—No.
—Y usted lo guardó.
—No.
—Treinta y siete años, sin gastarlo. Y viene cada Todos los Santos a poner flores en una tumba, y nadie del pueblo le habla.
Y ha vivido con una pensión de viuda en un piso modesto de Sevilla, según me ha contado Reme, que le escribe por Navidad.
—Tomé aire—. Una mujer que ha guardado cuarenta millones sin tocarlos, y que vive con lo justo, no lo hace por avaricia.
Lo hace por otra razón. Por una razón que se parece mucho al orgullo y a la vergüenza.
—Elvira —dijo Báez.
—Estoy terminando.
Y dejé de mirarla a ella. Miré su regazo. Miré el cojín bordado con las iniciales C. V., el hilván fino y la costura imperfecta, el bulto firme bajo la tela.
—Doña Consuelo —dije—. El día que subimos al cementerio, usted me pidió que le sujetara el cojín, y pesaba como un libro de misa.
No como un cojín. Hoy ha entrado con él en el comedor como quien entra con un hijo en brazos.
No lo suelta para comer, ni para subir la escalera, ni para ir al baño, según la señora Sanchis.
Y mi pregunta es muy sencilla. —Hice una pausa—. ¿Qué lleva ahí dentro?
La anciana no contestó. Se limitó a mirarme, con unos ojos que habían perdido toda la dulzura y no habían ganado ninguna dureza. Eran solo dos ojos viejos y cansados, de color agua, en una cara arrugada.
—Señora Valverde —dijo el sargento Báez, con una voz muy pausada—. La jueza ha firmado hace una hora una orden de registro de sus efectos personales. No se la he enseñado antes porque no hacía falta. Pero la tengo en el bolsillo. Ahora es cuando debo pedirle que me entregue el cojín.
—Es de mi madre —dijo Consuelo, muy bajito.
—Lo sé. Le prometo que se lo devolveré.
Hubo un instante largo, de esos que quedan colgados en la memoria como una lámpara.
Después, con una lentitud infinita, doña Consuelo Valverde levantó el cojín de su regazo, lo sostuvo un momento a la altura del pecho, mirándolo, como quien se despide de un perro viejo, y lo puso sobre el mantel, en el centro, entre el plato de las migas y la botella de anís.
—Ábralo usted, hija —dijo—. Es lo menos que puedo hacer.