Un huésped de más (Los misterios de la Posada del Alcornoque 1) Capítulo 25 — Lo que Consuelo se llevó
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Capítulo 25 — Lo que Consuelo se llevó

Me temblaban las manos. No me ha ocurrido casi nunca, y menos con tijeras.

Reme me las puso en la palma sin que yo las pidiera, unas tijeras de cocina de mango rojo, y me quedé un momento mirando la costura del cojín, aquel hilván fino que había advertido el primer día en el cementerio y que ahora, bajo la luz de la ventana, se veía distinto: más oscuro que la labor, apretado, torpe, hecho por otra mano y en otro año.

Lo corté. Cada hilo cedió con un chasquido pequeño, como un hueso de pájaro.

Metí la mano. No había relleno de plumas, ni de guata. En su lugar, apretado entre dos capas de tela, había un bulto duro envuelto en una toalla de rizo, que saqué con las dos manos y deposité sobre el mantel, entre el pimentón y el anís.

Una lata de galletas. De las de antes, de hojalata, con la tapa estampada con un dibujo descolorido de un barco. Pesaba lo que había pesado el cojín.

—Ábrala —dijo el sargento.

La tapa se resistió con un chirrido. Dentro había cuatro cosas.

Un llavero de latón con cuatro llaves, una de ellas de cilindro brillante, nueva, y una pequeña, de hierro negro, de las que se usan en las bodegas.

Lo reconocí enseguida: el de mi tío. Debajo, un sello de bronce, redondo, pesado como un mazo, con una inscripción en relieve que se leía al revés: COOP.

AGRARIA SANTA MARINA — TESORERÍA . Al lado, una llavecita plateada atada a una etiqueta de cartón con un número a bolígrafo: 118 .

Y, doblados en cuatro y sujetos con una goma elástica ya podrida, seis folios de papel cuadriculado, arrancados de un libro con una cuchilla, y una hoja de carta más pequeña, amarillenta, atada al fajo con un cordel.

Desdoblé los folios con cuidado. Los seis tenían la caligrafía redonda de Vidal en las columnas, y en los márgenes, a lápiz, las notas grandes de mi tío: Esto prueba quién sacó el dinero.

Teodoro firmó sin saber. Guardar. La hoja pequeña estaba escrita con otra letra, más suelta, la de un hombre que no estaba acostumbrado a justificarse, y decía solo: Consuelo: lo he cogido yo.

Guárdalo y que nadie sepa que fue Alfonso. Perdóname. A.

—Alfonso —dijo Consuelo, desde su silla, con una voz que no parecía suya—. Me la dio la noche del trece. La noche antes de morir.

Nadie habló. Báez, a mi lado, se había puesto de pie.

—Señora Valverde —dijo—. ¿Quiere contarlo usted?

—¿Quiero? —Consuelo sonrió, con una expresión de infinito cansancio—. Sargento, hace treinta y siete años que quiero. Es lo único que me queda por querer.

Y habló.

Habló sin patetismo, con las manos juntas sobre el regazo vacío, mirando la lata. De vez en cuando se detenía, buscando una palabra que no encontraba, y después la encontraba, y seguía. Yo la he oído contarlo muchas veces desde entonces, en sueños, y nunca ha cambiado una coma.

Alfonso Ruano había sido un buen tesorero durante diecisiete años.

No tenía vicios, ni deudas, ni amantes. Pero tenía miedo.

A fines del ochenta y ocho, la cooperativa empezó a perder dinero.

Primero poco, luego mucho. Portugal pagaba menos, la competencia era feroz, la Junta de Andalucía había dejado de dar ayudas.

Alfonso vio que Santa Marina se hundía y que con ella se hundían los ahorros de doscientos treinta familias, y se asustó.

Le entró una idea que era a medias una locura y a medias una cobardía: sacar el dinero.

Ponerlo a salvo en otro sitio. Esperar a que escampara, y devolverlo.

—No para quedárselo —dijo Consuelo—. Eso hay que entenderlo. Para guardarlo. Como se esconde el dinero en tiempos de guerra.

—¿Y por qué no lo dijo a la Junta? —preguntó Báez.

—Porque no confiaba en nadie. Pensaba que la Junta, el presidente, los vocales, se lo gastarían en pagar deudas viejas, y que los socios pequeños se quedarían sin nada.

Y con el dinero en un sitio seguro, pensaba, siempre podía reparar el daño.

—Hizo un gesto torpe con la mano—. Era un pensamiento muy tonto.

Pero es el pensamiento de un hombre honrado que se ha puesto muy nervioso.

Sacó el dinero en cuatro veces, con la firma del contable, que firmaba sin leer porque confiaba en él.

Vidal solo se dio cuenta en octubre, cuando le tocó preparar el balance.

Fue a hablar con Alfonso. Alfonso se lo confesó entre sollozos, en el despacho, un viernes por la tarde.

Y Vidal, que era un hombre bueno y asustado, le dio setenta y dos horas para devolverlo, y juró guardar el secreto.

—Pero Alfonso no pudo —dijo Consuelo—. Porque ya no tenía el dinero. Lo había llevado a casa, en una maleta, y se lo había dado a una persona de su confianza para que lo guardara. A mí.

Un murmullo recorrió la mesa. Pilar se llevó una mano al pecho. Julián cerró los ojos.

—Yo no sabía lo que era —continuó la anciana—. Me dijo que eran unos papeles de la cooperativa. Que los guardara bajo la cama. Los guardé. Y el sábado, catorce de octubre, el corazón de mi marido se paró en una silla, mientras revisaba unas cuentas que no le salían.

—¿Y usted abrió la maleta?

—El domingo por la noche. Cuando todos se habían ido del velatorio.

Cuarenta millones de pesetas, doña Elvira.

En billetes de cinco mil, atados con gomas.

Yo, que he vivido con una pensión de viuda, que he hecho la compra a plazos.

—Se rio, con una risita seca, sin alegría—.

Cuarenta millones en una maleta bajo la cama de una mujer que no sabía ni qué hacer con tres mil.

—Pudo devolverlos.

—Pude. Y no lo hice. ¿Sabe por qué? —Alzó los ojos hacia mí—.

Porque devolverlos era confesar que Alfonso era un ladrón.

Y no lo era. Era un hombre que se asustó.

Pero ¿quién iba a creérmelo? En el pueblo lo habrían puesto en la picota, la lápida habría sido una vergüenza, y yo, con cuarenta y tres años y ningún oficio, no habría podido soportarlo.

Así que me llevé el dinero a Sevilla. Lo metí en una caja de seguridad de un banco, la ciento dieciocho. Y no volví a mirarlo.

—Treinta y siete años —murmuró Héctor Lamas.

—Treinta y siete años. —Consuelo asintió—. Y cada año volvía a poner flores a mi marido. Porque no era una culpa, hijo. Era una promesa.

—¿A quién?

—A él. —Y se le quebró un poco la voz—. Le prometí que nadie se enteraría.

Báez se sentó de nuevo, despacio, sin soltar los papeles.

—Y llegó Vidal.

—Y llegó Teodoro. —Consuelo bajó la mirada—.

Reme me dijo el jueves que vendría. Y yo, que llevaba toda la vida preparada para ese día, sin saberlo, me quedé helada, con las gotas en la mano.

Esa noche me acosté sin dormir. El viernes, en el desayuno, vi cómo me miraba.

Había envejecido, pero era él. Y él me reconoció.

Y no dijo nada. Esa fue la parte peor: que no dijo nada.

—¿Cuándo le habló?

—A la una y media de la madrugada. Fui hasta su puerta. Llamé muy suave. Le dije: «Teodoro, soy la viuda de Alfonso. Quiero hablar con usted». Y él abrió, y me miró con unos ojos de niño, y dijo: «Consuelo, he venido a pedirte perdón». Fue entonces cuando comprendí que no iba a poder pararlo.

—¿Qué quería hacer?

—Quería contarlo todo. Denunciarlo. Ante el juez.

Con Anselmo. Pero Anselmo había muerto, y él no sabía cómo iba a seguir sin él.

—Calló un momento—. Me dijo que tenía una hija y una nieta, que la gestoría ya no existía, que se estaba muriendo de pena y de otra cosa, de un asunto de los riñones que no me explicó.

Que quería morirse sin esa piedra encima.

«Voy a decir la verdad, Consuelo —me dijo—.

Y tú sabes lo que eso significa». Y yo le dije: «Bajemos a la bodega, donde nadie nos oiga, y hablamos».

—Y fue a la cocina.

—Cogí el chal de Reme, que estaba en la percha.

Y la bandeja de las tortillas. Y una botellita de anís, y dos vasos de chato.

Me lo había enseñado ella misma esa tarde, en la conversación, sin querer.

Dijo: «Aquí se deja siempre un plato para el que llegue».

Me pareció una señal. —Hizo una pausa—. En el bolsillo del camisón llevaba el frasco de las gotas. Todo lo que quedaba de él.

El silencio se hizo físico, una presencia entre los platos y los vasos. Pilar tenía los ojos llenos de lágrimas. Julián, con la cabeza gacha, movía los labios en lo que me pareció una oración. Peña, junto a la puerta, había dejado de respirar.

—Se lo puse en su vaso —dijo Consuelo—. Delante de él.

Con la mano muy firme. Le dije que se apagara el audífono, porque silbaba.

Él se rio. Me dio las gracias. Brindamos.

Yo fingí beber. Y él, con una cara de paz que no olvidaré mientras viva, se lo tomó entero, muy despacio, y dijo: «Qué bueno. Cómo lo echaba de menos».

Se detuvo. Nadie se movió.

—No hace falta que siga —dije yo.

—Sí hace. —Me miró, y por primera vez me llamó por mi nombre, entero y seco—.

Elvira, usted ha sido una buena maestra con una mala alumna.

Hay que terminar. Me quedé con él media hora.

Hablamos de Alfonso, de la cooperativa, de Reme y de Manuel.

Después empezó a encontrarse mal. Vomitó.

Se sentó contra la barrica. Dijo que tenía frío, y yo lo tapé con mi chal.

—Le temblaba la barbilla—. Y se quedó dormido.

Y yo limpié el vaso, y escondí el mío, y subí.

Dejé el chal en la cocina, la bandeja en su sitio.

Y pensé que era Dios quien lo decidía, y no yo.

—Pero era usted —dijo el sargento.

—Era yo. —Y esas dos palabras salieron de su boca con una serenidad espantosa.

Entonces Reme dio un paso hacia la mesa, y todos nos volvimos hacia ella. Tenía la cara bañada en lágrimas y las manos cerradas en puños sobre el delantal.

—Y Anselmo, doña Consuelo —dijo con una voz que no reconocí—. Dígame lo de Anselmo.

Consuelo la miró un momento largo.

—A Anselmo no lo toqué.

—Mentira.

—No lo toqué, Remedios. Se lo juro por mi marido.

—Y era la primera vez en toda la comida que la voz se le endurecía—.

Cuando me enteré de que había muerto, por la carta que me escribió Reme a mediados de octubre, me sentí aliviada.

Eso sí. Se lo confieso. Dios me perdone.

Pero a Anselmo, no. Yo llegué el jueves.

Anselmo murió tres semanas antes, en octubre, en su sillón.

Algo le pasó. No sé qué. Pero yo no estuve.

—¿Y la chaqueta? ¿Y el llavero? —dije.

—El jueves por la noche, cuando todos dormían, bajé al armario del recibidor y cogí la chaqueta de Anselmo.

Ahí estaban las llaves. Y un sobre que Vidal le había dado a Anselmo en la plaza el seis de octubre.

—Señaló la lata con un dedo—. Las seis hojas.

Anselmo las había cortado del libro de caja y se las había confiado a Vidal para que las guardara a salvo.

Y Vidal se las devolvió ese día, para que las tuviera él.

Báez miró los papeles, uno a uno. Después levantó la vista.

—Consuelo Valverde Aguirre, queda usted detenida por la muerte de Teodoro Vidal Cano. Tiene derecho a guardar silencio y a un abogado.

—No hace falta, hijo —dijo Consuelo—. Ya he hablado.

Y se levantó de la mesa con una dignidad inmensa, apoyada en el bastón, y se quedó un momento mirándome, a los ojos, sin odio y sin pena.

—Gracias por la comida, hija —dijo—. Estaba todo muy rico.