Liz se apoyó en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho. Algunos rizos sueltos que brillaban color bronce bajo la tenue luz de la oficina caían sobre sus ojos. Él contuvo la necesidad de recorrer su cuerpo con la lengua.

Ella sonrió levemente, y su deseo se multiplicó. Era inteligente, descarada, mordaz y absolutamente perfecta. Mía.

Su pantera ronroneó de nuevo solo por su aroma.

La recorrió con la mirada, examinando sus suaves curvas. El cabello. Los labios. El cuerpo. Era jodidamente hermosa.

¿Y esa mirada obstinada que le dedicaba? Estaba en graves problemas. Pero lo que él quería era estar dentro de ella.

¿Cómo demonios iba a mantener las manos quietas?

No iba a hacerlo.

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