Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) CUARENTA Y CINCO
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CUARENTA Y CINCO

LIZ

Se levantó temprano a la mañana siguiente para cuidar de Kinsley. Echaba de menos tenerla en brazos y disfrutar de su olor a bebé. Tenía ganas de volver a la normalidad.

Empezó a preparar el desayuno mientras Kinsley se aferraba a ella. Sabía que la pequeña también la había echado de menos porque, por las mañanas, solía estar más quejumbrosa. Lo normal era que quisiera dormir más y no que la cogieran en brazos.

Estaba preparando café cuando Chad entró en la cocina. Se frotaba los ojos y tenía el pelo revuelto. Ella sonrió con picardía, sabiendo que gran parte de eso era obra suya.

No podía decir cuántas veces habían hecho el amor la noche anterior. Cuando paraban, volvían a empezar enseguida. Entre las mamadas, el sexo oral que él le hacía, o el misionero de toda la vida, no sabía cuándo se habían quedado dormidos. Aun así, no estaba cansada.

—Buenos días, preciosas —dijo Chad. Se acercó y besó a Kinsley en la cabeza. Luego miró a Liz y la besó en la mejilla.

Sintió un vuelco en el estómago al verse incluida. Le devolvió la sonrisa. —Buenos días. Te he preparado café.

—Gracias —respondió él, y extendió los brazos para coger a Kinsley—. La visto yo para que puedas terminar.

Lo vio darse la vuelta y alejarse por el pasillo. Lo deseaba en ese mismo instante. Pero se volvió y se concentró en el desayuno.

Cuando terminó de cocinar, se sentaron juntos a desayunar. Chad iba a ir a la oficina porque llevaba mucho tiempo fuera. Se ofreció a llevarse a Kinsley, pero ella dijo que se quedaba con la niña.

Tenía que hablar con sus padres y necesitaba a alguien que la mantuviera con los pies en la tierra. Kinsley era la persona perfecta.

Chad se marchó media hora después. Las besó a las dos para despedirse, y ella cogió el teléfono. Sabía que sus padres acababan de levantarse.

Chad les había dicho que la había traído a casa, pero ella los llamaría para darles los detalles. Se imaginaba que habían estado preocupadísimos, sobre todo su madre.

Kinsley estaba en su columpio, medio dormida, y Liz supo que era el momento perfecto.

El teléfono sonó varias veces antes de que contestaran. Su madre habló atropelladamente. —¿Liz? ¡Dios mío! ¿Estás bien? ¿Qué ha pasado? ¿Dónde has estado? ¿Te ha hecho daño alguien?

Su madre la bombardeó con un millón de preguntas. Ni siquiera pudo meter baza antes de que su padre le quitara el teléfono. —Tranquila, cariño. Respira y déjala hablar —oyó un murmullo, y luego su padre suspiró—. Te he puesto en altavoz, Lizzy. Cuéntanos qué ha pasado.

Había repasado mentalmente lo que iba a decir cientos de veces. No iba a contar toda la verdad. Sus padres no lo entenderían.

Miró a Kinsley y soltó el aire. Tenía que contarles algo lo más parecido a la verdad posible.

—Chad tiene una ex. Estaba perdidamente enamorada de él y loca de remate, como diría mamá.

Inspiró hondo. Se humedeció los labios, nerviosa de pronto. —Estaba celosa de que yo fuera la niñera de Chad. Más celosa aún cuando descubrió que habíamos empezado a salir. Hizo que sus dos hermanos mayores me secuestraran y me llevaran a una isla de su propiedad. Quería quitarme de en medio.

—¡Dios mío! —exclamó su madre con un jadeo—. Voy a matarlos. ¿Dónde tienes la pistola, cariño?

Casi se echó a reír. Su madre era la mujer más tranquila y serena que conocía, y ahora estaba amenazando a otro ser humano.

—Mamá, ya están en la cárcel. Tranquila. Chad se encargó de todo. Estamos todos a salvo.

—Eso no lo hace menos grave, cariño. Te secuestraron. Te retuvieron como rehén. Merecen pudrirse ahí dentro.

—No digo que no tengas razón, pero no puedes ir diciendo que vas a dispararles. Además, no has disparado un arma desde que eras adolescente, mamá.

Oyó a su madre resoplar y negó con la cabeza, sonriendo para sí.

—Gracias por preocuparos. Significa mucho para mí.

—Pues claro que nos preocupamos —dijo su madre—. Eres nuestra hija y estábamos muy inquietos. ¿Me prometes que estás bien? ¿No lo dices solo para tranquilizarnos?

Asintió. —Estoy genial, mamá. Te lo prometo. Ya hablaremos más tarde. Tengo cosas que hacer.

—Vale, cariño. Te queremos. Llámanos luego.

Colgó y miró a Kinsley. Se preguntó si el amor que sentía por la pequeña era el mismo que sus padres sentían por ella.

El día pasó volando, y estaba terminando de preparar la cena cuando Chad llegó a casa. Kinsley soltó unas risitas cuando él la cogió en brazos. Liz le dedicó una sonrisa tierna.

—La cena está casi lista. Prométeme que tendrás cuidado cuando salgas a correr esta noche —ahora que sabía lo que era Chad, las carreras nocturnas cobraban sentido. Solo quería que estuviera a salvo.

Se acercó a ella entre risas. Le dio un beso y le sonrió radiante. —Te quiero muchísimo.

Se sonrojó.

Chad no salió. Se quedó en casa y bañó a Kinsley mientras ella terminaba la cena. Luego se sentaron juntos a cenar. Después, acostaron a Kinsley. Los dos se quedaron en su habitación, contemplándola mientras dormía.

El corazón se le aceleró al mirar a la niña. Liz la quería tanto como quería a Chad. La pequeña le había robado el corazón.

Chad la besó y captó toda su atención. Ella se dejó caer en sus brazos. Él la levantó del suelo.

—¡Chad! —chilló, intentando no hacer ruido—. ¿Qué haces?

—Anoche no tuve bastante —dijo con voz juguetona mientras la sacaba de la habitación. A ella le dio un vuelco el corazón, porque sabía a qué se refería. El estómago le revoloteó, ansiosa por otra noche de pasión.