CUARENTA Y SEIS
CHAD
Se despertó a la mañana siguiente y escuchó a Liz cantando en la cocina. Kinsley se reía con ella. Se le calentó el corazón al escucharlas juntas, y su pantera ronroneó.
Se levantó de la cama y fue por el pasillo. Vio a Liz bailando con Kinsley, que se reía a carcajadas.
La observó un momento, deseando grabar esa imagen en su memoria. Ya había querido casarse con ella antes, pero esto era la guinda del pastel. Necesitaba casarse con ella.
Ella lo vio y se le subieron los colores.
Dejó de bailar y bajó los brazos.
—Chad, ¿cuánto tiempo llevas ahí parado?
Él le sonrió con picardía.
—El suficiente para saber que mueves las caderas bastante bien.
Ella se sonrojó y negó con la cabeza.
—Eres terrible.
Él se rio y entró en la cocina. Les dio un beso a las dos antes de servirse una taza de café. Tomó a Kinsley en brazos y la estrechó con cariño.
Se sentaron a desayunar y luego él se preparó para salir.
Le había dicho a Liz que iba al trabajo, pero no era cierto.
Iba a una joyería a recoger el anillo de compromiso.
Cuando llamó a los padres de ella para decirles que quería casarse con su hija, descubrió que a Liz le encantaba el anillo de compromiso de su madre. Así que mandó hacer una réplica.
—Que te diviertas en el trabajo —dijo ella, y le dio un beso en la mejilla—. ¿Crees que saldrás tarde?
Él negó con la cabeza.
—No, debería llegar temprano a casa. Podemos cocinar la cena juntos esta noche.
A ella pareció encantarle la idea y su sonrisa se ensanchó.
Se fue y condujo hasta el corazón de la ciudad. Al entrar en la tienda, vio a John, con quien había estado hablando.
—John, dime que tienes el anillo listo.
John le sonrió y asintió.
—Lo tengo. Déjame ir a buscarlo a la trastienda.
John desapareció en la trastienda y Chad se puso a caminar de un lado a otro, ansioso por verlo. Quería que fuera perfecto para ella. John regresó con una pequeña caja negra en la mano. La abrió.
El anillo tenía tres filas de diamantes. La banda era de oro brillante y estrecha, con espirales grabadas en los lados. Era exactamente lo que quería.
Estaba impresionado por lo bien que había quedado y sacó el anillo.
Sonrió.
—¿Te importa si hago una llamada?
Sacó el teléfono e hizo una videollamada a los padres de Liz. El teléfono sonó varias veces antes de que contestaran.
Los padres de ella estaban sentados en el sofá, mirándolo con amplias sonrisas.
—Hola, Chad. Qué temprano llamas.
—Tengo el anillo —dijo, sin borrar la sonrisa radiante de su rostro—. Hicieron un trabajo increíble.
Levantó la caja para mostrársela.
Los dos se inclinaron hacia adelante para verlo mejor. Oyó que la madre contenía el aliento.
—¡Dios mío! Es impresionante. Se ve incluso mejor que el mío.
—No digas eso —dijo su marido—. Tu anillo es increíble.
—Ay, cariño. No dije que mi anillo fuera malo. Digo que este también es precioso. Incluso hicieron bien las espirales.
Ambos se echaron hacia atrás.
—¿Has pensado en cómo vas a pedírselo? —preguntó la madre de ella.
—¿O cuándo? —añadió su padre.
Él sonrió. Tenía una idea, pero primero tenía una pregunta para ellos.
—Quiero pedirles su bendición antes de hacer nada.
Ya había hablado con ellos al respecto. Pero sabía lo mucho que sus padres significaban para Liz. Quería que aprobaran el matrimonio.
El padre de ella se rio.
—Salvaste a nuestra niña de un secuestrador. Tienes nuestra bendición.
Les sonrió, sintiendo que se quitaba un peso de encima.
—Gracias, eso significa mucho. Estaba pensando en el viernes por la noche. ¿Podrían venir a cuidar a Kinsley?
—Por supuesto —respondió la madre enseguida, casi dando brincos de la emoción—. Solo dinos a qué hora y allí estaremos. Deberías grabarlo en video.
Terminó la llamada y pagó el anillo. Se lo guardó en el bolsillo de la chaqueta y se dirigió al coche. Había estado pensando en cómo iba a pedírselo, aunque su pantera estaba tan emocionada que le costaba concentrarse en otra cosa que no fuera reclamarla… de la manera más primitiva.
Quería algo que ella recordara, pero nada demasiado grande ni exagerado. Eso no era lo que Liz querría. Quizá una buena cena fuera y pedírselo allí. Pero no le parecía lo bastante especial. Necesitaba algo más íntimo… como en un bote en el lago.
La idea lo entusiasmaba y estaba ansioso por proponerle matrimonio. No podía esperar a ver su cara cuando viera el anillo y supiera que quería estar con ella el resto de su vida. La amaba con todo su corazón y quería darle el mundo. Empezaría por darle el anillo de sus sueños.
Hizo algunas llamadas más para hacer la reserva y fijar una hora. Tras pasar fuera medio día, aparcó frente a la casa.
Miró el anillo y luego la casa. Liz estaba sentada en el salón leyendo un libro. Era casi la hora de la siesta de Kinsley. Este era el rato que Liz tenía para sí misma.
Sonrió, salió del coche y entró en la casa. Tenía el plan. Ahora tocaba ponerlo en marcha.