CUARENTA Y SIETE
LIZ
—Entonces —dijo Liz cuando se alejaron de su casa—. ¿Adónde vamos?
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Chad.
—Es una sorpresa.
—¿Una sorpresa? —preguntó Liz—. ¿Y cómo sabes que me va a gustar?
—Un pajarito me lo dijo.
—Hmm.
Se removió en su asiento preguntándose qué estaría tramando Chad, pero decidió no presionarlo. Después de todo, él superaba todo lo que ella había esperado. Liz sonrió. Ya no dudaba del amor de Chad, así que sabía que le encantaría lo que hubiera planeado para esa noche.
—¿Puedes darme una pista? —preguntó Liz.
—Cena —dijo Chad—. Tienes hambre, ¿verdad?
Liz se rio.
—¡Por supuesto!
Hizo una pausa y luego añadió:
—Pero ¿qué vamos a comer?
—Algo comestible.
Liz volvió a reírse.
—Vaya. Eso sí que reduce las opciones.
Diez minutos después, Chad se detuvo en el puerto deportivo Gull's Landing.
El aparcamiento estaba prácticamente lleno de coches y camionetas.
Una limusina blanca estaba aparcada a un lado, frente a Jerry's, el prestigioso restaurante situado junto al lago, al lado de los muelles y el club náutico.
Las ventanas del restaurante proyectaban un resplandor suave, cálido y acogedor.
Liz estiró el cuello y contempló la entrada con los ojos muy abiertos.
—¿Vamos a cenar en el puerto deportivo?
Chad sonrió.
—No exactamente.
Aparcó cerca del club náutico —en uno de los pocos huecos libres— y apagó el motor.
—¿Lista? —preguntó.
Sin saber aún cuáles eran sus planes, Liz aceptó su mano y bajó del coche. El aire salado la envolvió.
Él la condujo hacia el restaurante antes de girar bruscamente hacia los muelles. Liz lo miró desconcertada, pero no dijo ni una palabra.
—He pensado que podríamos dar un paseo corto primero —dijo Chad al notar que ella lo miraba.
Liz sonrió y asintió.
Las tablas de madera del muelle flotante apenas se tambaleaban a medida que avanzaban.
Los barcos se alineaban en los muelles que se ramificaban en todas direcciones. Algunos, como los pequeños veleros, se mecían con cada ola. Más adelante estaban las embarcaciones de mayor tamaño.
—Aquí estamos —anunció Chad, señalando el yate que tenía detrás.
—¿Qué? —preguntó Liz.
—¿Quieres dar un paseo?
—¿Tienes un barco?
—No, pero he fletado uno para esta noche. Me pareció que podría ser divertido.
Liz sonrió.
—Suena divertido, pero ¿cómo subimos?
Él la guio hasta la plataforma de baño en la popa del barco.
—Por aquí.
Dos hombres los esperaban. Uno se presentó como el capitán, mientras que el otro, un hombre mucho mayor, dijo llamarse Earl. Earl vestía traje y corbata, lo que parecía una vestimenta extraña para un paseo en barco, pero ¿quién era Liz para cuestionar la elección de ropa del anciano?
Unos minutos después, estaban en marcha, surcando el mar a la carrera con el sol poniente.
Liz y Chad se sentaron en la bañera, con el viento azotándoles el pelo y las manos entrelazadas. El capitán guio el barco mar adentro, hacia aguas abiertas. Al poco tiempo, la tierra a sus espaldas no era más que una fina línea negra contra el horizonte que oscurecía.
Justo cuando Liz empezaba a relajarse, el yate aminoró la marcha hasta detenerse, y el capitán lo colocó de manera que pudieran contemplar el disco del sol hundiéndose lentamente en el horizonte.
—Muy bien, amigos —comenzó—. Tienen la comida lista y esperándolos en la cabina.
—¿Tienes hambre? —preguntó Chad.
—Muchísima —respondió Liz.
Se dirigieron a la cabina, donde los recibió un chef que acababa de emplatar la cena: salmón asado con patatas a las finas hierbas y una ensalada de cítricos. Incapaz de resistirse, Liz aspiró profundamente. ¡Olía de maravilla!
—Mmm —suspiró Liz con la boca llena de salmón—. Esto está increíble.
—Me alegro de que te guste —dijo Chad. Se recostó en la silla mientras Earl se acercaba desde la bañera.
—¿Ahora, señor? —preguntó Earl.
—Perfecto, Earl. Gracias —respondió Chad.
—¿Qué pasa? —preguntó Liz entre bocado y bocado, pero Chad se limitó a encogerse de hombros.
Earl reapareció con un violín en las manos. Se colocó el instrumento de caoba bajo la barbilla y deslizó el arco sobre las cuerdas. La música era suave, melódica y hermosa. Siguió tocando mientras terminaban de cenar.
Cuando la música terminó, Chad asintió a Earl, y el anciano regresó a la bañera.
—¿Lista para subir? —preguntó Chad—. Creo que llegamos justo a tiempo para ver el final de la puesta de sol.
—Sí —respondió Liz—. Por supuesto.
De vuelta en cubierta, el sol había pasado del amarillo al naranja intenso.
—Liz —dijo Chad—. Nunca he conocido a nadie como tú.
Liz alzó la vista, cautivada por la seriedad de su tono y la intensidad de su mirada.
—Significas mucho para Kinsley y para mí —continuó. Hincó una rodilla en el suelo.
Liz se quedó boquiabierta.
—Oh … Dios … mío.
—Liz, te quiero con todo mi corazón, y Kinsley también te quiere. No puedo imaginar nuestras vidas sin ti. Liz, ¿quieres casarte conmigo?
Liz contuvo el aliento. No se lo esperaba. Respiró hondo y sopesó su decisión mientras Chad aguardaba su respuesta. Los segundos se hacían eternos.
No podía respirar. ¿Por qué no podía respirar? Finalmente, se obligó a reaccionar y las palabras salieron a duras penas de su boca.
—¡Sí! ¡Dios mío, Chad, sí! ¡Sí, me caso contigo!
Chad sonrió y sacó del bolsillo una pequeña caja de terciopelo negro.
A Liz le temblaron las rodillas. Le temblaban las manos. ¿Cuándo había tenido tiempo para todo aquello?
Chad abrió la caja y se la mostró, y Liz rompió a llorar.
El anillo que reposaba en el interior era una réplica del anillo de compromiso de su madre… aquel que siempre había admirado, y ahora tenía uno igual. Oro reluciente con espirales grabadas en los laterales y tres diamantes engarzados en el centro.
Chad le deslizó el anillo en el dedo. ¡Le quedaba perfecto!
—¡Y mi padre! —exclamó Liz.
Chad sonrió.
—Tranquila, cariño. Tu padre ya nos ha dado su bendición.
Liz alzó la mirada hacia los ojos verdes de Chad. Él se inclinó, la atrajo hacia sí y volvió a besarla con sus labios suaves y cálidos.