CUARENTA Y NUEVE
LIZ
Se detuvo frente a su vestido y lo contempló. Oía a su madre charlar con su tía en la habitación de al lado. Kinsley se reía de algo, y sus dos amigas se reían con ella.
Estaba en su vestidor, nerviosa, pero no por casarse. Amaba a Chad con todo su corazón. Lo que la ponía nerviosa era ser su esposa.
Cogió el vestido y se lo fue poniendo poco a poco. Se miró en el espejo y de pronto se quedó sin aliento. Estaba tal como había imaginado. Impresionante.
—Cariño —la llamó su madre, que estaba llamando a la puerta—. ¿Estás bien?
La puerta se abrió y su madre asomó la cabeza. La miró con los ojos como platos y sonrió.
—Vaya, ese vestido es precioso. Dios mío, estás deslumbrante, cariño.
Tragó saliva, sin saber qué decir. Su madre cerró la puerta y soltó una risita.
—Estás nerviosa, ¿verdad?
Le habría gustado pasarse las manos por el pelo, pero no podía: el recogido estaba cubierto de laca —un bote entero— y sujeto con cien horquillas.
—¿Tú estabas nerviosa en tu boda? —preguntó.
Su madre asintió.
—Claro, la mayoría de las novias lo están.
—¿En serio? —preguntó.
Su madre asintió.
—Sí, preocupada por todo y por nada.
—Me preocupa no ser buena esposa —susurró. No entendía por qué. Amaba a Chad y quería estar con él.
Su madre ladeó la cabeza.
—Serás una novia estupenda, y una esposa y madre aún mejor. Yo también pensaba que iba a ser un desastre.
—Eres una esposa y una madre increíble, mamá —dijo, negando con la cabeza—. No sé por qué pensabas que ibas a ser un desastre.
—A eso me refiero —se rio—. Son solo los nervios de antes de la boda. ¿Qué te parece si les enseñamos el vestido a todos? Te ayudará a calmarte.
Asintió, y su madre la ayudó a salir para lucir el vestido. Todos ahogaron una exclamación, y ella intentó apartar la ansiedad.
Poco después, estaba en la puerta trasera de la granja, contemplando el cenador, preciosamente decorado. Su padre le sostenía el brazo; notaba sus dedos suaves contra la piel.
—Estás pálida, cariño.
Inspiró hondo y soltó el aire despacio.
—Nervios de boda —admitió.
Su padre soltó una risita.
—Chad estaba igual.
Lo miró con los ojos como platos.
—¿En serio?
Su padre asintió.
—Pensaba que no iba a ser un buen marido después de todo lo que ha pasado.
Negó con la cabeza, chasqueando la lengua.
—Es un hombre maravilloso. Será un marido estupendo.
—Eso mismo le dije yo —le dio un suave apretón en el brazo—. Y lo mismo va por ti. Cuando os veáis, esa preocupación desaparecerá.
La música empezó a sonar y ella centró la atención en lo que tenía delante. Sus padres llevaban casados mucho tiempo. Estaba claro que sabían de lo que hablaban.
Cuando empezó a cruzar el porche en dirección a los invitados, la gente contuvo el aliento y susurró lo guapa que estaba.
Tenía los ojos clavados en Chad. Él estaba un poco pálido, pero cuando sus miradas se cruzaron, el color le volvió al rostro.
Y de pronto todo encajó. Ya no recordaba por qué estaba tan preocupada, porque al final sus padres tenían razón. Los dos iban a ser estupendos.
Pronunciaron sus votos y el oficiante los declaró marido y mujer. Chad la besó con una pasión que ella sabía que duraría en su matrimonio para siempre.
Como hacía buen tiempo, celebraron la recepción en el jardín. Sonaba la música y llegó el momento de su primer baile como marido y mujer. Chad la atrajo hacia sí y empezaron a girar. Sentía que estaba viviendo un sueño.
—Voy a contarte un secreto —le susurró al oído—. Me preocupaba ser un marido terrible.
Ella le sonrió.
—A mí me preocupaba ser una esposa terrible.
Él la miró un poco sorprendido.
—¿Y ya no?
Negó con la cabeza.
—No. Te vi allí de pie y supe que todo iba a ir bien.
Él la estrechó entre sus brazos con una risita.
—Yo sentí lo mismo.
No sabía cuánto tiempo llevaban bailando, pero le parecieron horas. Se rieron y lloraron recordando anécdotas. Bailó con su padre e incluso hubo un baile familiar. Kinsley se quedó dormida a mitad del baile.
Cerca del final de la recepción, pilló a Chad hablando con su padre. Se acercó y le cogió del brazo.
—¿De qué habláis?
Kinsley dormía profundamente en brazos de su padre. Él soltó una risita.
—Estamos hablando de Kinsley, ya que os vais de luna de miel.
Ojalá pudieran llevarse a Kinsley, pero sabía que era mejor así. La luna de miel era para que los recién casados pasaran tiempo a solas.
Sonrió a Chad.
—¿Nos vamos ya?
Él asintió y le dio un beso en la frente.
—Vámonos.
Sus padres se encargaban de todo, y ellos iban a coger el vuelo a Hawái.
Se relajó en el coche después de cambiarse, y Chad le cogió la mano. Se sentía querida y sabía que iban a tener un matrimonio feliz. Estaba deseando que llegara su futuro juntos.
Cogieron el vuelo a Hawái y se alojaron en una cabaña preciosa, apartada de todo. Tenían acceso privado a la playa y un pequeño bote de remos a su disposición.
La cabaña tenía un dormitorio amplio que daba a la playa y una cocina acogedora que conectaba directamente con el salón.
Los dos se dejaron caer en la cama, agotados. Era de madrugada y ninguno había pegado ojo.
—¿Una siesta? —preguntó ella a medio camino.
—De acuerdo —se rio él—. Y cuando nos despertemos, empezamos nuestra luna de miel.
Le encantó la idea y se dejó llevar por el sueño.