CINCUENTA
CHAD
La vida de Chad floreció cuando Liz se convirtió en su esposa y Barb acabó entre rejas. De hecho, su vida había cambiado drásticamente en cuanto se conocieron. Cuando su hermana y su cuñado murieron, y sintió que había perdido una parte vital de su alma, el destino irrumpió de verdad en su vida.
Liz había trascendido todo lo que él pensaba que era la vida. Trabajaría duro, ganaría dinero, tendría algunas aventuras en el verano de su vida y, finalmente, en sus años crepusculares, se instalaría en su mansión. Entonces llegó la tragedia, poniendo a una niña en su camino.
Kinsley había traído a Liz a su vida. Era una dolorosa constatación que hubiera tenido que perder a su hermana y a su cuñado para ganar a Liz, pero soltó ese sentimiento y se sintió agradecido por el florecimiento del amor y la comprensión que surgió de un dolor indescriptible.
Liz lo comprendía por completo, y amaba a Kinsley con la misma intensidad. Ella le enseñó a ser paciente y abierto al cambio. El sexo era algo que construían día a día, lo que inevitablemente llevó a lo único que Chad no había considerado ni por un segundo: el embarazo.
Liz le había contado lo de la prueba que se había hecho después de que se le retrasara el período, cómo había salido con dos líneas positivas, y cómo luego había pedido cita con un médico para confirmarlo. Él la acompañó, nervioso y emocionado a la vez, con el estómago revuelto.
—Bueno, parece que los dos van a ser padres. Felicidades —anunció el médico.
Chad estaba eufórico. Hace unos años, aquella noticia habría sido un desastre para sus oídos ingenuos y juveniles. Pero con Liz, era más que una bendición.
Solo habían pasado seis meses desde la boda, y hablaron de ello en la cama, comentando su imprudencia.
—Vamos, no creo que hayamos usado protección nunca —bromeó Liz, con el brazo apoyado en la almohada—. Si quieres mi opinión, nos lo estábamos buscando.
Chad estaba radiante, y lo había estado desde que recibieron la noticia. Deslizó un dedo por la curva de la cadera de Liz, rodeando su trasero redondo y precioso.
—Bueno, puede que sí —susurró—. Pero estaba escrito para nosotros. Lo sé.
Liz empezó a hincharse pronto, incluso para tratarse de un bebé metamorfo. Alrededor del cuarto mes fue a hacerse una ecografía con un médico metamorfo que entendía la complejidad de la formación de su hijo en el útero.
El médico les dijo que todo iba bien, pero había una bendición adicional bastante peculiar.
—Van a tener gemelos.
Los ojos de Liz se abrieron como platos y empezó a reír entre lágrimas de alegría. Chad no podía creer lo que estaba oyendo. Iban a ser padres de tres niños, así sin más.
Chad cuidó de Liz y Kinsley con esmero, e incluso contrató a una cuidadora para los días en que estaba ocupado en el trabajo. Liz intentó quitarle importancia a su sobreprotección, pero al final aceptó ayuda cuando llegó al octavo mes de gestación.
Se le hincharon los pies, le dolía la espalda y sentía la pelvis como si se le estuviera partiendo por la mitad. Chad odiaba verla sufrir, y llegó a sugerir una cesárea antes de la fecha prevista de parto.
Liz era tremendamente fuerte. Pero no iba a mentirle. Su esposa era de las más directas que había, y él la adoraba por ello.
—Si no puedo soportarlo más, te lo diré —le aseguró una noche en la cama.
Aproximadamente una semana antes de salir de cuentas, Liz soltó un grito estridente mientras se bañaba. Chad estaba acostando a Kinsley y corrió al baño para descubrir que Liz había empezado a sangrar antes de tiempo.
—Ya vienen —dijo entre gemidos de dolor. Su pantera estaba desesperada por ayudarla.
Chad entró en acción: cogió a Kinsley y salió disparado hacia la clínica de metamorfos con Liz. Eran casi las nueve de la noche, y agradeció que las carreteras estuvieran despejadas.
A Liz le administraron medicamentos por vía intravenosa para aliviar el dolor del parto. El parto no duró nada, aunque para Chad, y probablemente para Liz, se hizo eterno.
—¡Felicidades! —anunció el médico, interrumpido por el llanto de dos bebés—. Tienen dos niños sanos.
Chad se desplomó; ver a sus hijos moviéndose y llenos de vida casi lo puso de rodillas. Los limpiaron y los llevaron a los nuevos padres, bien envueltos en mantas azul celeste.
Liz lloró, exhausta pero hermosa. Cada uno cogió a un bebé mientras una enfermera traía a Kinsley, que ya casi era una niña pequeña.
—Ven a conocer a tus nuevos hermanitos —exclamó Chad.
Kinsley se sentó en la cama junto a Liz, con los ojos muy abiertos y visiblemente intrigada. Estaba fascinada. Chad lo sabía.
—Kinsley, te presento a Kaleb y Kyle —susurró Liz.
Sus piernitas colgaban del borde de la cama. Chad pensó que el corazón le iba a explotar con todo el amor y la alegría que inundaban la habitación.
Liz pudo salir de la clínica unos días después. Tenían otra habitación ya decorada donde los gemelos dormirían y crecerían rodeados de los avances más modernos en tecnología y equipamiento.
Acostaron a sus hijos la primera noche en casa, después de que Liz los amamantara uno tras otro. Kinsley era mayor y tenía su propia habitación.
Chad acarició la espalda de su esposa, envuelta en su bata esponjosa, mientras observaban a sus hijos dormir plácidamente.
—Puede que tengamos que buscar una casa más grande si seguimos teniendo gatitos —susurró Chad.
Liz lo miró, exhausta, sorprendida, pero ilusionada. Le sacó la lengua con picardía.
—¿Me lo prometes?
Era una cálida noche de verano, así que se sentaron en el porche. Las luciérnagas revoloteaban mientras hablaban de buscar una casa nueva con espacios más amplios para que Kinsley y los niños corrieran a sus anchas.
—Sobre todo porque son metamorfos, van a necesitar espacio para correr —comentó Chad con naturalidad.
Liz dejó escapar un largo suspiro de felicidad. Se aferró a la mano de su esposo mientras el canto de las cigarras les daba serenata.
—Te quiero tanto, tanto. Pensé que había un límite para este sentimiento, pero no lo hay.
Chad le besó el dorso de la mano mientras los dos se mecían en el columpio.
—Es infinito. Para siempre y más allá.