Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6) CUATRO
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Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6)

Niñera para el papá pantera (El cambiaformas necesita una niñera nº 6)

Por Milly Taiden

© inepub.com

CUATRO

CHAD

Estaba de mal humor cuando llegó a casa después del trabajo. Solo quería tomarse un respiro y recomponerse, pero no iba a ser posible.

Porque en cuanto entró, oyó a Sarah por el pasillo, y con ella el sonido del llanto. Se le tensaron los hombros, todavía sin acostumbrarse a los ruidos de Kinsley.

Sarah, su asistente del trabajo, dobló la esquina del pasillo. Era una mujer baja y menuda, con el cabello cobrizo recogido en una trenza. Mecía a Kinsley con una expresión entre irritada e intrigada.

—Vaya, qué almuerzo más rápido. ¿Os saltasteis la comida y fuisteis directos al postre?

Se frotó los ojos, sin energía para sus bromas. Le había dicho muchas veces que no podía ni quería salir con Liz. Había tantas razones.

—¿Es necesario? —comentó, mirando a Kinsley.

La niña tenía lágrimas en los ojos; acababa de llorar.

—Es la única alegría que tengo —dijo ella con una sonrisa maliciosa—. Entonces, ¿por fin te la tiraste?

Él la fulminó con la mirada y cogió a Kinsley en brazos. Pasó junto a Sarah.

—Puedes irte.

—Venga ya —dijo ella, pisándole los talones—. La llevas a una cita, ¿y no me vas a contar?

—No fue una cita —gruñó, entrando en el salón.

Contempló la bomba en que se había convertido su nueva vida. Cajas por todas partes, además de juguetes y ropa.

Miró a Sarah.

—¿Qué demonios ha pasado?

Recordaba que había un pequeño desorden cuando se marchó esa mañana.

Ella hizo un gesto con la mano.

—Llegaron las cosas y los repartidores lo montaron todo. Estaban dispuestos a recogerlo, pero yo dije: «¿Y eso qué gracia tiene?».

Odiaba lo cruel que podía llegar a ser. Había días en que se planteaba seriamente si quería seguir teniéndola como empleada. Pero no tenía elección. Poca gente aguantaba lo brusco que era él.

Ella se acercó y agarró la caja más grande.

—Es broma. Relájate un poco. Están terminando en el cuarto de la niña y se van a llevar las cajas. Iba a doblar la ropa y tropecé con un juguete.

Notó que se le relajaban los hombros y dejó a Kinsley en un columpio mecedor. Lo encendió y la vio relajarse.

Miró a Sarah, que estaba recogiendo la ropa.

—Todavía no me has contado los detalles.

—No hay ninguno —dijo él—. Ya te lo dije, nunca vamos a ser nada. Ella navega en una dirección y yo en otra.

Sarah puso los ojos en blanco y dejó caer el cesto de la ropa sobre el sofá.

—¿Y cuál es?

Él tenía una niña de la que ahora era responsable. Ella era libre como el viento.

—Deja de darme la lata con esto. Tengo problemas más gordos entre manos. Problemas más gordos, como que Barb piense que estamos destinados a estar juntos.

Sarah no respondió porque lo entendía. Perder a una hermana no era algo que nadie planease, y hacerse cargo de Kinsley era otro giro inesperado en su vida.

Fue por el pasillo hasta el cuarto de la niña. Vio a dos tipos montando la cuna. Miró las paredes desnudas y la habitación que hacía unos días había sido un gimnasio. Sin cortinas, sin color, sin vida. Tenía que cambiar eso porque Kinsley se merecía el mundo.

Se volvió hacia el salón, donde Sarah seguía doblando ropa. Suspiró.

—Necesito una niñera.

Ella alzó la vista.

—Yo puedo ayudar.

Ya lo había estado haciendo, pero eso estaba por debajo de lo que le pagaban. Sarah tenía un trabajo a tiempo completo. Y no era la única que se había ofrecido. Barb también lo había hecho, y él la había rechazado.

—No —dijo, negando con la cabeza—. Necesito una niñera de verdad. No tengo ni idea de lo que hago, me estoy agobiando, y eso que solo llevo con ella poco tiempo.

La niña había estado durmiendo en la otra mitad de su cama, rodeada de veinte almohadas. Él apenas dormía porque no podía saber si ella estaba respirando o no.

Se había informado sobre el tema, pero eso solo lo había asustado más. Necesitaba otro par de manos. Y no podía permitir que Sarah siguiera atada a él más de lo que ya estaba.

Llegó al trabajo a la mañana siguiente hecho un manojo de nervios. Kinsley había llorado casi toda la noche, y se le notaba. Por fin había conseguido que se durmiera en el coche, de camino al trabajo.

Iba por el pasillo hacia la guardería que la empresa tenía en la planta baja. Se detuvo en la puerta, mirando a los otros niños. Agradecía que el edificio contara con guardería. De lo contrario, no sabía qué habría hecho.

Cambió a Kinsley de posición y, de repente, todo se movió. La bolsa que llevaba se le resbaló, el maletín se le cayó de debajo del brazo y los biberones salieron volando por el suelo. Los pañales se esparcieron y oyó el suave golpe del bote de leche de fórmula al caer.

—¡Mierda! —gruñó.

Se agachó y oyó a Kinsley removerse. La niña abrió los ojos de golpe y soltó un gemido. Había esperado dejarla antes de que se diera cuenta de que iba a la guardería.

Hizo una mueca al darse cuenta de que ya no estaba solo en el pasillo. Liz estaba a unos metros, acababa de llegar al trabajo.

Su pantera ronroneó.

—Hola —murmuró con naturalidad, mientras intentaba recoger las cosas.

Ella se acercó con una sonrisa suave. Tendió los brazos hacia Kinsley y él se la pasó.

Metió los biberones en la bolsa y miró a las dos. Kinsley se reía mientras Liz la mecía en sus brazos. Algo se removió en su interior.

No. No puedes mirar eso.

Negó con la cabeza mientras recogía los pañales del suelo. No era momento de quedarse embobado mirando a Liz.

Empujó la puerta y todos entraron. Kinsley estaba tranquila en los brazos de Liz hasta que se la pasó a él.

El llanto de la niña inundó el lugar mientras él intentaba registrarla. Hizo una mueca, preguntándose si alguna vez se acostumbraría a los gritos. Se la pasó a una trabajadora, y Kinsley gritó aún más fuerte. Se le encogió el corazón.

Alzó la mirada y vio que Kinsley miraba fijamente a Liz. Sabía que no podía ignorar aquello. A Kinsley le caía bien Liz.