Pensaba que era incapaz de amar hasta que las conocí.

Descubrir que tienes una hija de once años que no sabías que existía: devastador.

Que su tía te odie por ser un playboy irresponsable: completamente justo.

Enamorarte de ambas cuando podrías no ser el padre biológico: autodestructivo.

JAMES

Hay tres cosas que pensaba que nunca me pasarían: sentar la cabeza, ser padre y enamorarme de verdad.

Las tres acaban de explotarme en la cara un domingo por la mañana con resaca.

Alice se presenta en mi puerta diciendo que soy su padre. Y su tía Hannah me mira como si fuera el peor error que su hermana cometió en una vida llena de malas decisiones.

Tiene razón. James Morgan no es material de padre. Ni de pareja. Ni de nada que implique compromiso más allá de una noche.

Pero cuando Alice me mira con esos ojos enormes y me pregunta si puede quedarse, algo en mi pecho se rompe sin remedio.

Y de repente estas dos mujeres —una niña que podría ser mía y una mujer que definitivamente no debería serlo— están llenando un vacío que llevo años fingiendo que no existe.

HANNAH

Llevo once años criando a mi sobrina. Once años trabajando para que no le falte nada. Once años ocultándole que hay un hombre en Manhattan que podría ser su padre pero que cambia de mujer como de camisa.

Ahora Alice lo ha encontrado. Y James no quiere dejarla ir.

El problema es que el playboy irresponsable que conozco de los periódicos no coincide con el hombre que prepara el desayuno de Alice cada mañana. Que se aprende los nombres de sus profesores. Que la mira como si fuera lo más importante del mundo.

Estoy empezando a desear que sea su padre.

Y peor aún: estoy empezando a desear que sea el padre de mis propios hijos.

Cuando llegue la prueba de paternidad, ¿qué dolerá más: que sea su padre o que no lo sea?

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