EPÍLOGO
NATHAN
Hay cientos de cosas que preferiría estar haciendo ahora mismo en lugar de estar sentado en esta sala privada del club Metropolitan, observando a mujeres perfectamente arregladas desfilar frente a mí como si esto fuera un casting para el papel de esposa.
Trabajar, por ejemplo. Revisar los informes trimestrales que mi equipo me envió esta mañana. Cerrar el acuerdo con los japoneses que llevo negociando tres meses. Literalmente cualquier cosa que no sea esto.
Pero aquí estoy, porque resulta que Kenzo Fujita, el empresario más tradicional y conservador de todo Japón, no hará negocios con un hombre soltero de treinta y cinco años. Según él, un hombre sin esposa es un hombre sin estabilidad. Sin responsabilidad. Sin honor.
Una completa gilipollez, en mi opinión.
Pero ese acuerdo doblaría la facturación de Reed Investments en tres años. Así que aquí estoy, accediendo a esta petición ridícula.
—Señor Reed. —Caroline Evans, la propietaria de la agencia matrimonial más discreta y exclusiva de Nueva York, me sonríe con esa profesionalidad pulida que debe de practicar frente al espejo—.
Le presento a la señorita Amelia Ashford.
Licenciada en Relaciones Internacionales por Yale, habla cuatro idiomas con fluidez, y actualmente trabaja como asesora en el Departamento de Estado.
Amelia Ashford da un paso adelante. Es rubia, alta, va vestida con un traje de chaqueta azul marino que tiene pinta de costar una fortuna. Con una sonrisa y postura perfectas. Y me resulta aburrida hasta el hastío.
—Señor Reed, es un placer conocerle.
—Igualmente.
Miento. No es un placer. Es una obligación.
Victoria se sienta en la silla frente a mí y cruza las piernas con elegancia estudiada. Caroline repasa su perfil durante cinco minutos y destaca cualidades que se desvanecen de mi memoria en cuanto las menciona.
No siento absolutamente nada.
—Gracias, señorita Ashford. La tendré en cuenta.
Es mi forma educada de decir «siguiente». Caroline capta la indirecta al vuelo.
—Excelente. Permítame presentarle a nuestra siguiente candidata.
Las siguientes dos horas son una repetición del mismo patrón.
Mujeres hermosas, impecablemente vestidas, con currículums brillantes y sonrisas ensayadas.
Una abogada corporativa. Una galerista de arte.
Una ejecutiva de marketing. Una heredera con un máster en Historia del Arte.
Una consultora política con conexiones en Washington.
Todas dispuestas a aceptar los términos que Caroline les ha explicado previamente. Todas sofisticadas, educadas, apropiadas.
Todas intercambiables.
Me froto la cara para disimular el aburrimiento. No funciona. Caroline me observa con una expresión entre preocupada y frustrada.
—¿Se encuentra bien, señor Reed? Podemos hacer un descanso si lo necesita.
—Estoy perfectamente. ¿Cuántas quedan?
—Dos candidatas más. La señorita Thompson es la siguiente, y después…
—Que pasen las dos a la vez. Acabemos con esto.
Caroline parpadea, sorprendida por mi brusquedad, pero asiente. Se levanta y sale de la sala. Me quedo solo un momento.
Me levanto de la silla y camino hacia la ventana.
Las vistas del club dan a Central Park, donde la gente pasea sin preocupaciones bajo el sol de la tarde.
Probablemente ninguno de ellos está negociando los términos de un matrimonio de conveniencia porque un empresario japonés tiene ideas arcaicas sobre la estabilidad marital.
Pienso en James, que hace medio año era el mayor desastre que conocía y ahora vive por y para su hija de doce años.
En Adrián, en Alexander, en Daniel, con sus mujeres y sus hijos y esa felicidad insoportable de los que se han enamorado.
Si supieran que estoy comprando una esposa por contrato, no se reirían: me sentarían para darme una charla.
Por suerte, no tienen por qué enterarse.
La puerta se abre detrás de mí. Me giro, listo para otra ronda de candidatas de manual que no me provocan ni una chispa de interés.
Y entonces la veo.
Una mujer entra corriendo en la sala, sin mirar siquiera en mi dirección.
Lleva el pelo castaño despeinado, medio suelto de una coleta desastrosa, y unos vaqueros con una mancha de barro fresco en la rodilla.
La camiseta arrugada le asoma bajo una chaqueta vaquera desgastada, y sus botas de trabajo dejan huellas de barro en la alfombra persa del club.
Tiene los ojos verdes y en este instante brillan llenos de determinación. Tiene un punto salvaje que desentona con todo este club.
No puedo apartar la mirada de su imagen.
Caroline entra detrás de ella, con las mejillas enrojecidas de vergüenza.
—¿Qué estás haciendo? —le dice a la intrusa.
—Caroline, necesito hablar contigo. —La voz de la chica es firme, sin vacilación—. Y no me digas que estás ocupada porque llevo dos semanas intentando hacerte entrar en razón.
—Alana, este no es el momento…
—Es exactamente el momento. —Alana cruza los brazos—. Sé que tienes a un ricachón buscando esposa. Quiero presentarme como candidata.
—Ya tenemos suficientes candidatas…
—Por favor, Caroline. Sabes que necesito esto. Lo necesito con urgencia.
—Alana, no puedes simplemente irrumpir…
—Puedo y lo he hecho. —Su barbilla se levanta con determinación—. Dame una oportunidad. Es todo lo que te pido.
Me quedo completamente inmóvil junto a la ventana, observándola.
Hay algo magnético en ella. En la forma en que se mueve, sin la elegancia estudiada de las otras candidatas pero con una energía cruda que llena toda la habitación.
En la forma en que habla, directa y sin rodeos.
En la forma en que sus manos gesticulan expresando que está frustrada, mostrando callos y uñas cortas sin pintauñas.
Es lo opuesto a todo lo que he visto hoy.
Y no consigo dejar de mirarla.
—Alana. —Caroline habla entre dientes, lanzándome una mirada de disculpa—. El señor Reed está aquí. Justo ahí. Escuchando cada palabra que dices.
Veo el momento exacto en que Alana procesa la información. Sus ojos se agrandan ligeramente y se gira hacia donde estoy, todavía junto a la ventana.
La mayoría de la gente se avergonzaría. Se disculparía. Intentaría recomponerse.
Ella me sostiene la mirada. Luego endereza los hombros y cruza la habitación hasta plantarse frente a mí.
—Soy Alana Evans. —Su voz no tiembla—. Y necesito tu dinero.
El silencio que sigue es absoluto.
Puedo oír la respiración ahogada de Caroline. El murmullo escandalizado de alguien desde el pasillo. El sonido de mis propios latidos acelerándose.
Alana no aparta la mirada. Hay desafío en sus ojos, mezclado con algo muy parecido a la desesperación. Su pelo huele a tierra y a jabón. Tiene una pequeña mancha de lo que parece ser barro seco en el dorso de la mano.
Es un desastre absoluto.
Y por primera vez en toda mi vida siento algo que no es aburrimiento: interés, curiosidad, un cosquilleo de anticipación que creía olvidado.
No debería elegirla. Debería elegir a alguna de las candidatas perfectamente preparadas que saben moverse en mi mundo. Mujeres que no dejarán huellas de barro en las alfombras de los eventos benéficos. Mujeres que conocen las reglas y saben cómo jugar el juego.
Alana claramente no conoce ninguna regla.
Y no entiendo el motivo por el que eso me atrae más que cualquier currículum impecable.
—Trato hecho, Alana. —Las palabras salen antes de que pueda pensarlas—. Yo necesito una esposa.
Los jadeos de sorpresa llenan la habitación. Caroline parece a punto de desmayarse. Alguien deja caer algo en el pasillo.
Pero lo único que veo son esos ojos verdes mirándome con una mezcla de sorpresa, incredulidad y algo que podría ser alivio.
—¿Qué? —Su voz sale en un susurro.
—Has oído bien. —No aparto la mirada—. El trabajo es tuyo si lo quieres.
Alana parpadea una vez. Dos veces. Luego su expresión se endurece.
—Lo quiero.
—Entonces tenemos un trato.
Nos miramos durante un largo momento. El mundo se reduce a esta sala, a este instante, a esta mujer despeinada y cubierta de barro que acaba de irrumpir en mi vida como un huracán.
Y siento que está a punto de suceder algo que no puedo controlar con hojas de cálculo y análisis de riesgo.
Caroline se aclara la garganta, rompiendo el momento.
—Señor Reed, quizás deberíamos discutir esto en privado. Revisar los términos. Asegurarnos de que la señorita Evans entiende completamente lo que implica este acuerdo.
—Los términos son los mismos que para el resto de las candidatas. —No aparto los ojos de Alana y me dirijo a ella como si Caroline no hubiera hablado—. Mi asistente se pondrá en contacto contigo mañana para ultimar los detalles. Espero que estés disponible el viernes para firmar el contrato.
—Estaré disponible.
—Excelente.
Extiendo la mano. Alana la mira durante un segundo antes de estrecharla. Su palma es cálida, con callos que hablan de trabajo manual. El apretón es firme, sin vacilación.
Y cuando nuestras manos se tocan, noto una chispa que no había sentido nunca.
Alana debe de sentirla también, porque retira la mano deprisa.
—Hasta el viernes entonces.
—Hasta el viernes.
Alana se gira y sale de la sala con la misma energía con la que entró. Las huellas de barro en la alfombra marcan su camino.
Me quedo mirando la puerta, consciente de que acabo de tomar la decisión más impulsiva de mi vida.
Y no me arrepiento en absoluto.
—Señor Reed. —La voz de Caroline suena estrangulada—.
¿Está seguro de esto? La señorita Evans no es…
no está preparada para el tipo de vida que usted lleva.
No ha pasado por nuestro proceso de formación.
No conoce los protocolos. Es mi hermana y la quiero, pero debo advertirle que esto podría ser un desastre.
—Me he dado cuenta.
—¿Y aun así quiere seguir adelante?
Me giro para mirarla. Caroline parece genuinamente preocupada.
—Señorita Evans, llevo dos horas viendo candidatas perfectamente preparadas. Todas educadas, sofisticadas, apropiadas. Y no he sentido el menor interés por ninguna de ellas.
—Pero…
—Su hermana acaba de irrumpir aquí cubierta de barro, exigiendo mi dinero sin disculparse ni intentar impresionarme. —Sonrío, algo que no había hecho en toda la tarde—. Y es la primera vez en años que siento que algo me interesa de verdad.
Caroline abre la boca. La cierra. La vuelve a abrir.
—Está completamente loco.
—Posiblemente. —Cojo mi chaqueta del respaldo de la silla—. Pero al menos no voy a aburrirme.
Salgo de la sala, dejando a Caroline con sus candidatas perfectas y su evidente consternación.
FIN