CAPÍTULO 30
HANNAH
La cocina de nuestro ático está llena de risas, música y el dulce caos de una docena de niñas de doce años celebrando un cumpleaños.
Nuestro ático.
Todavía me cuesta acostumbrarme a pensar así. A que este lugar sea mío también. A que mi ropa esté en el armario junto a la de James. A que mis libros llenen las estanterías del salón. A que las fotos de Alice, James y yo cubran las paredes como prueba de que esta vida es real.
—Mamá, ¿puedes traer más zumo? —Alice aparece en la cocina con las mejillas sonrosadas y una sonrisa enorme—. Sophie dice que está buenísimo pero ya no queda.
Mamá.
Nunca voy a acostumbrarme a lo bien que suena eso. A lo perfecta que es esa palabra en sus labios.
—Claro, cariño. Dame un segundo.
Alice me abraza por la cintura antes de salir corriendo de vuelta al salón. Lleva el vestido nuevo que compramos juntas la semana pasada, azul cielo con flores bordadas, y se ha dejado el pelo suelto en ondas que le caen por la espalda. Está preciosa. Está feliz.
Y es mi hija.
Oficialmente, en cuanto el juez firme los papeles finales dentro de dos semanas.
Cojo la jarra de zumo de la nevera y me quedo un momento mirando por la ventana de la cocina.
Las vistas de Manhattan se extienden ante mí: millones de luces que titilan en la noche.
Hace medio año vivía en un apartamento minúsculo de Brooklyn donde las ventanas daban a un callejón sucio.
Trabajaba en dos empleos para llegar a fin de mes.
Y pensaba que esa era mi vida, que eso era todo lo que podía esperar.
Y entonces Alice se escapó un domingo por la mañana y lo cambió todo.
—¿En qué piensas?
La voz de James me saca de mis pensamientos. Me giro y lo encuentro apoyado en el marco de la puerta, mirándome con esa expresión que todavía me pone el corazón del revés.
—En lo diferente que es todo ahora.
—¿Diferente bueno o diferente malo?
—Diferente perfecto. —Sonrío—. Aunque sigo esperando despertarme y descubrir que todo esto ha sido un sueño.
James camina hacia mí, me rodea con los brazos por detrás y me besa el cuello.
—No es un sueño. Esto es real. Tú eres real. Nosotros somos reales.
—Lo sé. Es solo que a veces me cuesta creerlo.
—Mejor que te vayas acostumbrando. —Me gira en sus brazos para mirarme de frente—. Porque esto es para siempre, Hannah. Tú, yo, Alice, y todos los niños que vamos a tener juntos.
Me sonrojo, como siempre hago cuando menciona eso.
—Todavía no estoy embarazada, ya sabes. Han pasado cuatro meses y nada.
—Todavía. —Sonríe—. Pero no es por falta de intentos.
—James. —Le doy un golpe en el pecho—. Hay niños en la casa.
—Hay niños en el salón. Aquí solo estamos nosotros. —Me besa despacio, saboreándome—. Y llevo toda la noche queriendo hacer esto.
—¡Mamá! ¡El zumo!
Nos separamos riendo. James coge la jarra y me guiña un ojo.
—Continuaremos esto más tarde.
—Eres insoportable.
—Soy tuyo.
Volvemos al salón, donde la fiesta está en pleno apogeo. Sophie, Mia, Lily, Emma y las otras amigas de Alice están bailando en el centro del salón, mientras Alice intenta enseñarles unos pasos de contemporáneo que ha aprendido con Katya. Los gritos de risa son ensordecedores.
En el sofá, Bella y Adriana conversan mientras vigilan a la pequeña Elena, que está sentada en el suelo jugando con unos bloques de construcción. Alexander y Daniel están en la terraza con Nathan, hablando de trabajo, seguro. Adrián está con James distribuyendo bebidas.
Y Zoe está conmigo en la cocina, ayudándome a sacar la tarta del horno.
—Huele increíble. —Zoe aspira hondo—. ¿La has hecho tú?
—James y yo juntos. Bueno, más bien yo la hice y él se dedicó a robar el glaseado.
Zoe se ríe.
—Suena a James.
Coloco la tarta en la encimera para que se enfríe y miro hacia el salón, donde Alice está empeñada en enseñarle a su padre cómo hacer una pirueta. James lo intenta, tropieza con sus propios pies y casi tira una lámpara. Las niñas estallan en carcajadas.
—Es un buen padre. —Zoe sigue mi mirada—. Se nota que la adora.
—La adora. —Sonrío—. Y ella a él. Desde el día de los resultados lo llama papá como si siempre lo hubiera sido.
—¿Y tú? ¿Cómo llevas todo esto?
Me giro para mirarla.
—¿A qué te refieres?
—A pasar de vivir sola con Alice en Brooklyn a… esto. —Zoe gesticula hacia el salón lleno de gente—. Un ático de lujo, un novio multimillonario, una vida completamente diferente. Debe de ser abrumador.
—Lo es —admito—. A veces me despierto y no sé dónde estoy. A veces todavía miro los precios en el supermercado aunque James me ha dicho mil veces que no hace falta. A veces me siento como una impostora jugando a ser alguien que no soy.
—Pero…
—Pero luego Alice me llama mamá. O James me mira como si fuera lo mejor que le ha pasado en la vida. O todos vosotros venís a nuestra casa y nos tratáis como a una familia. Y me doy cuenta de que no soy una impostora. Que esta es mi vida ahora. Y me la merezco.
Zoe me abraza fuerte.
—Te la mereces. Completamente.
Bella aparece en la cocina con Elena en brazos.
—¿Necesitáis ayuda?
—Casi está todo. —Señalo la tarta—. Solo falta decorarla.
Entre las tres terminamos de decorar la tarta de chocolate con glaseado rosa y doce velas. Es un desastre precioso, con el glaseado desigual y las velas torcidas, pero a Alice le va a encantar porque la hemos hecho con amor.
—¿Lista? —pregunta Bella.
—Lista.
Apagamos las luces del salón y entramos cantando Cumpleaños Feliz. Alice se tapa la boca con las manos, radiante de felicidad. James la arrima a su costado con un brazo.
Cuando terminamos de cantar, Alice cierra los ojos para pedir su deseo. Se queda así unos segundos, con una sonrisa misteriosa en los labios. Luego abre los ojos y sopla las velas de una vez.
Todos aplaudimos y vitoreamos. Las niñas se le echan encima al momento para saber qué ha pedido.
—No puedo decirlo o no se cumplirá. —Alice se ríe—. Pero es algo muy bueno.
Cortamos la tarta y la servimos con helado. Las niñas se sientan en el suelo del salón, comiendo y charlando sin parar. Los adultos nos distribuimos por el sofá y las sillas, observándolas con esa mezcla de nostalgia y alegría que dan los niños felices.
—No puedo creer que ya tenga doce años. —Le digo a James en voz baja—. Parece que fue ayer cuando la cogía en brazos de bebé.
—El tiempo pasa rápido.
—Demasiado rápido.
James me coge la mano y enreda los dedos con los míos.
—Pero también significa que has hecho un trabajo increíble con ella durante doce años. Mírala. Es inteligente, amable, valiente, feliz. Y todo eso es gracias a ti.
—Y ahora gracias a ti también.
—Ahora gracias a nosotros. —Me besa la mano—. Somos un equipo, cariño.
Una hora después, las niñas se retiran a la habitación de Alice para jugar y los adultos nos quedamos en el salón, charlando y riendo mientras Elena duerme en el regazo de Alexander.
—Entonces, ¿cuándo es la audiencia final de adopción? —pregunta Adriana.
—Dentro de dos semanas. —No puedo evitar sonreír—. El quince de marzo.
—Eso es increíble, Hannah. —Bella me aprieta la mano—. ¿Cómo te sientes?
—Aterrada. Emocionada. Feliz. Todo a la vez.
—Va a salir bien. —Alexander habla desde su silla—. Tienes toda la documentación en orden, has sido su cuidadora principal durante once años, y James contrató a los mejores abogados. El juez va a aprobar la adopción sin dudarlo.
—Eso espero.
—No es esperar. —James interviene—. Es saber. En dos semanas, Alice será tu hija ante la ley. Legalmente, para siempre, sin posibilidad de que nadie te la quite nunca.
Se me humedecen los ojos. James me atrae contra su costado y le beso el hombro.
—Gracias. Por todo. Por hacer esto posible.
—No tienes que darme las gracias. Es lo que te mereces. Es lo que Alice necesita. Es lo que tú necesitas.
—Brindemos. —Nathan levanta su copa—. Por las familias que elegimos. Por el amor que construimos. Y por Hannah, que se merece cada pizca de felicidad que tiene.
Todos levantan sus copas y brindan. Yo intento no llorar y pierdo por goleada.
—Eres demasiado sensible —se burla Daniel, pero su sonrisa es cálida—. Aunque supongo que es parte de tu encanto.
—Déjala en paz. —Adriana le da un codazo—. Tiene derecho a emocionarse.
La noche continúa con conversaciones, risas y esa calidez que solo da estar rodeada de gente que te aprecia de verdad.
Poco a poco, los invitados empiezan a marcharse.
Adrián y Bella son los primeros en irse.
Alexander y Zoe salen juntos, con Elena dormida en brazos de su padre, discutiendo sobre quién va a conducir.
Daniel y Adriana se despiden con abrazos largos. Nathan es el último en irse.
James y yo nos quedamos solos en el salón, rodeados de los restos de la fiesta. Platos vacíos, servilletas arrugadas, globos medio desinflados en las esquinas.
—Deberíamos recoger —digo sin moverme del sofá.
—Podemos hacerlo mañana.
—Las niñas van a despertarse temprano.
—Entonces lo haremos temprano. —Me atrae contra él—. Ahora solo quiero estar contigo.
Nos quedamos así durante largo rato, en silencio, escuchando las risas apagadas que vienen de la habitación de Alice.
—¿En qué piensas? —pregunta James al rato.
—En que hace seis meses no tenía nada de esto. No te tenía a ti. No tenía esta casa. No tenía esta familia. Solo éramos Alice y yo contra el mundo.
—¿Y ahora?
—Ahora tenemos un mundo entero. —Lo miro—. Tengo un hombre que me ama. Una hija que me llama mamá. Amigos que se han convertido en familia. Una vida que jamás pensé que podría tener.
—Te lo mereces. Todo esto y más.
—A veces todavía me cuesta creerlo.
—Entonces déjame recordártelo cada día. —Me da un beso suave—. Te amo, Hannah. Te amo con todo lo que soy. Y voy a pasarme el resto de mi vida demostrándote que eres suficiente. Más que suficiente. Eres extraordinaria.
Las lágrimas caen ya sin permiso. James me las enjuga con los pulgares y me besa la frente.
—Te amo —consigo decir—. Tanto que a veces me asusta.
—No tengas miedo. Me tienes a mí. Siempre.
La puerta de la habitación de Alice se abre y nuestra hija asoma la cabeza.
—¿Papá? ¿Mamá? ¿Podéis venir un momento?
Nos levantamos del sofá y caminamos hacia su habitación. Las niñas están todas en pijama, metidas en sacos de dormir distribuidos por el suelo. Alice nos espera en la puerta con una expresión misteriosa.
—¿Qué pasa, cariño? —pregunto.
—Quería daros las gracias. —Alice nos mira a los dos—. Por la fiesta. Por todo. Este ha sido el mejor cumpleaños de mi vida.
—Nos alegra que te haya gustado. —James le besa la frente—. Te mereces el mejor cumpleaños del mundo.
—Y quería deciros otra cosa. —Alice se muerde el labio—. Mi deseo. El que pedí al soplar las velas.
—Creía que no podías decirlo.
—Este puedo. Porque ya se ha cumplido. —Sonríe—. Pedí que siempre fuéramos una familia. Los tres. Para siempre. Y ya lo somos.
Contengo el sollozo a duras penas.
—Siempre vamos a ser una familia. —James se arrodilla frente a ella—. Te lo prometo, cariño. Pase lo que pase, siempre vamos a estar juntos.
—Lo sé. —Alice nos abraza a los dos—. Os quiero. Muchísimo.
—Nosotros también te queremos. —Le beso el pelo—. Más que a nada en este mundo.
Alice vuelve con sus amigas y nosotros regresamos al salón. James me estrecha contra su pecho y nos quedamos abrazados, escuchando las risas que vienen de la habitación.
—Una familia —susurro—. Para siempre.
—Para siempre —confirma James—. Tú, yo, Alice, y todos los hermanos que vamos a darle. Muchos hermanos. Una casa llena. —Me besa—. ¿Qué te parece?
—Me parece perfecto.
Y es verdad. Todo esto es perfecto. Esta casa. Este hombre. Esta niña. Esta vida que hemos construido juntos de las ruinas de nuestros pasados rotos.
Cuando llegué a esta casa era la sustituta. La segunda opción. La que estaba ahí hasta que apareciera alguien mejor.
Ahora soy la elegida. La madre. La mujer. La persona que James Morgan eligió por encima de todas las demás.
Y Alice tiene razón. Su deseo ya se ha cumplido.
Somos una familia.
Para siempre.