Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

HANNAH

James me mira un largo momento con una expresión que me pone el corazón a cien.

—Tengo que decirte algo. —Tiene la voz más grave de lo normal—. Y necesito que me escuches hasta el final antes de decir nada. ¿Vale?

Asiento. No me sale la voz.

—Te amo, Hannah.

Me quedo completamente paralizada.

—Estoy completamente enamorado de ti. De la forma en que cuidas de Alice. De cómo me retas cada día. De tu risa cuando te relajas de verdad. De cómo te muerdes el labio cuando estás concentrada. De todo.

Me pican los ojos.

—Y sé que esto es rápido. Sé que han pasado solo seis semanas desde que entraste en mi vida. Sé que probablemente todavía tienes dudas sobre mí, sobre si puedes confiar en que voy a quedarme.

—James…

—Déjame terminar. Por favor. —Se pasa una mano por el pelo—. Voy a darte tiempo. Voy a demostrarte cada día que soy digno de ti. Voy a esforzarme por enamorarte hasta que me creas cuando te diga que esto es para siempre.

—No tienes que…

—Sí tengo que hacerlo. Porque quiero que seas mi mujer, Hannah. Quiero que seas la madre de mis hijos. No solo de Alice, sino de todos los niños que tengamos juntos. Quiero construir una familia contigo. Una vida contigo. Quiero que te quedes conmigo para siempre.

No consigo tragarme el sollozo.

—Y si necesitas tiempo para llegar ahí, te lo daré. Esperaré lo que haga falta. Porque tú vales cualquier espera.

Me tapo la boca con las manos y lloro ya sin freno.

—¿Hannah? —Le tiembla la voz—. Di algo. Por favor.

—Eres idiota.

Parpadea, descolocado.

—¿Qué?

—Eres un idiota. —Me río entre lágrimas—. Si crees que necesitas tiempo para enamorarme.

—No entiendo…

—Ya te amo, James. —Lo suelto todo de golpe—. Estoy enamorada de ti. Puede que desde hace semanas. Desde que te vi aprender a hacerle trenzas a Alice. O desde que la defendiste frente a tu madre. O desde que me dijiste que era la mejor madre del mundo cuando yo siempre me he sentido la sustituta.

—Hannah…

—Estaba asustada. Aterrada, en realidad.

Porque toda mi vida he sido la segunda opción.

La que está ahí hasta que aparece alguien mejor.

Y tenía miedo de que fuera lo mismo contigo.

De que te cansaras de mí. De que te dieras cuenta de que puedes tener a cualquier mujer del mundo y te preguntaras qué demonios haces con una maestra de primaria de Brooklyn.

Me coge las manos y las aprieta con fuerza.

—Pero me he dado cuenta de algo. —Lo miro a los ojos—. Eres el mejor hombre que he conocido en mi vida. Harías cualquier cosa antes de dañarnos a Alice o a mí. Y si hay alguien en este mundo en quien puedo confiar con todo mi corazón, eres tú.

—Joder, Hannah.

—Así que no. No necesitas darme tiempo. No necesitas esforzarte para enamorarme. Porque ya estoy enamorada de ti. Del todo. Sin remedio.

James me mira con una expresión que nunca le había visto. Vulnerabilidad, alegría, amor, todo mezclado en una intensidad que me quita el aire.

—Dilo otra vez.

—¿Qué?

—Que me amas. Dilo otra vez.

—Te amo. —Sonrío entre lágrimas—. Te amo, James Morgan.

Se lanza sobre mí y me besa con hambre. Sus manos se hunden en mi pelo y me ladean la cabeza para llegar más hondo. Gimo contra su boca y él se traga el sonido.

—Te amo. —Lo dice contra mis labios—. Joder, te amo tanto.

Me besa de nuevo, más lento esta vez, saboreándome. Sus manos me bajan por la espalda, me acarician por encima de la ropa, y tiemblo bajo su tacto.

—Llevo toda la noche queriendo tocarte. —Su voz es puro terciopelo oscuro—. Desde que te sentaste a cenar con ese jersey que se te desliza por el hombro. He estado volviéndome loco pensando en quitártelo.

—Entonces quítamelo.

James sonríe contra mis labios.

—Quiero tomarme mi tiempo contigo. —Me levanta del sofá con una facilidad que me hace jadear—. Te voy a llevar a mi cama. Donde pueda hacerte el amor como te mereces.

Me lleva en brazos por el pasillo. Abro la boca para protestar, pero él me calla con un beso.

—Ni una palabra. Esta noche voy a cuidar de ti. Y no quiero prisa.

Entramos en su habitación y cierra la puerta. Me deposita de pie junto a la cama y da un paso atrás, mirándome de una manera que me pone colorada.

—Quítate el jersey. Despacio.

Trago saliva, nerviosa de repente a pesar de que ya hemos hecho esto antes. Pero esta noche su mirada es distinta. Más profunda. Más grave.

Me quito el jersey despacio y lo dejo caer al suelo. Llevo el sujetador de encaje negro que sé que le gusta.

—Joder. —Su voz suena tensa—. Ven aquí.

Camino hacia él y James me coge por la cintura y me atrae contra su cuerpo. Noto su erección contra el estómago y el calor me inunda.

—¿Sabes lo perfecta que eres? —Me besa el cuello, bajando hacia mi hombro—. ¿Lo preciosa?

—James…

—Déjame demostrártelo.

Me tumba en la cama con cuidado, como si fuera algo frágil, valioso. Se quita la camiseta y yo me quedo mirándolo sin disimulo. Ese torso que he visto tantas veces pero que nunca deja de afectarme.

James se coloca sobre mí, sosteniéndose con los brazos para no aplastarme. Me besa despacio, muy hondo, hasta que tiemblo de pura necesidad.

—Llevo semanas queriendo hacer esto bien. —Me besa la clavícula—. Tomarme mi tiempo. Memorizarte.

Sus manos me recorren el cuerpo: me acarician por encima del sujetador, bajan por el estómago, se detienen en el botón de los vaqueros.

—¿Puedo?

—Sí. Por favor.

Me desabrocha los vaqueros y los baja junto con las bragas, y me quedo solo con el sujetador. Sus ojos se oscurecen mientras me observa.

—Tan preciosa. —Traza el contorno de mi muslo con los dedos—. Y mía.

—Tuya.

James se deshace de sus pantalones y vuelve a colocarse entre mis piernas. Noto su erección contra el muslo, caliente y dura, y me estremezco entera.

—Quiero saborearte. —Me mira desde entre mis piernas—. ¿Me dejas?

Asiento, muda. James baja la cabeza y pasa la lengua por mi sexo, lento, a conciencia. Arqueo la espalda; tengo que morderme la mano para no gemir demasiado alto.

—Tan dulce. —Lame de nuevo, más profundo—. Podría hacer esto durante toda la noche.

Me chupa el clítoris mientras mete dos dedos dentro de mí, moviéndolos con esa precisión que ya conoce mi cuerpo. El placer sube rápido, cada vez más denso.

—James… voy a…

—Córrete en mi boca, cariño. Quiero saborearte.

El orgasmo rompe sobre mí y me hace temblar mientras James me sujeta las caderas, sin dejar de lamerme hasta que estoy jadeando.

Cuando por fin levanta la cabeza, tiene una sonrisa satisfecha que me hace querer besarlo y golpearlo a la vez.

—Eres insoportable.

—Soy tuyo. —Se coloca sobre mí y me besa, y me saboreo en sus labios—. Completamente tuyo.

Deslizo las manos por su espalda y siento cómo se le tensan los músculos. Bajo más, le acaricio el culo, lo atraigo contra mí.

—Te necesito —susurro—. Ahora, James.

Se estira hacia la mesilla de noche, busca un preservativo… y se queda quieto, con el envoltorio entre los dedos.

—Espera.

Lo miro sin entender. Tiene algo nuevo en los ojos, algo oscuro y tierno a la vez.

—¿Qué pasa?

—Estoy limpio. Me hago las pruebas cada seis meses. Y desde que os conocí a Alice y a ti, no ha habido nadie más. —Deja el envoltorio en la mesilla sin apartar la mirada de mí—. No quiero nada entre tú y yo, Hannah. Nunca más.

El pulso se me dispara cuando entiendo lo que me está proponiendo.

—Yo también estoy limpia. Me hice todas las pruebas hace dos meses. Pero James… —Me humedezco los labios—. Sin condón podría quedarme…

—Embarazada —termina por mí, con una voz que me prende por dentro—. Podrías quedarte embarazada de mi hijo.

Lo dice con un deseo que no se molesta en esconder.

—¿Eso es lo que quieres? ¿De verdad? —susurro.

—Te dije que quería una familia contigo. —Me acaricia la cara con una ternura que no pega con lo desnudos que estamos—. Iba en serio. Contigo. Solo contigo.

—Sí. —Se me quiebra la voz—. Yo también la quiero.

James cierra los ojos un segundo, como si le costara controlarse.

—Joder, Hannah. —Me besa fuerte, casi con desesperación—. Si hacemos esto, si te follo sin condón, no voy a poder parar. Voy a llenarte entera. Y si te dejo embarazada esta noche, voy a estar jodidamente feliz.

Un escalofrío me recorre ante sus palabras.

—Entonces hazlo. Quiero sentirte. Todo.

James gruñe y se coloca en mi entrada. Me mira a los ojos mientras entra despacio, poco a poco. Tenerlo dentro sin nada que nos separe es del todo distinto. Más íntimo. Más real.

—Joder. —Le sale la voz ahogada—. Estás tan apretada. Tan caliente. Tan perfecta.

—Muévete. Por favor.

Empieza a moverse: sale casi del todo antes de volver a entrar. Lento al principio, para que sienta cada centímetro, cada roce. Sus ojos no se apartan de los míos.

—Eres mía, Hannah. —Empuja más profundo—. Di que eres mía.

—Tuya. Completamente tuya.

—Para siempre.

—Para siempre.

James aumenta el ritmo, follándome más rápido, más fuerte. El sonido de nuestros cuerpos al chocar llena la habitación y se mezcla con nuestras respiraciones entrecortadas.

—Tócate. —Es una orden—. Quiero verte tocarte mientras te follo.

Bajo la mano entre nuestros cuerpos y me toco mientras él me embiste. El placer se dispara, demasiado intenso, demasiado todo.

—Así, cariño. Joder, eres tan preciosa así. —James me coge las caderas, cambia el ángulo, y ahora cada embestida da en el punto exacto—. Córrete para mí. Quiero sentirte.

—James… yo…

—Ahora, Hannah. Córrete ahora.

El orgasmo me arrasa de arriba abajo. Grito contra la almohada mientras las olas de placer me sacuden. James suelta un gruñido y embiste más profundo, más duro.

—Voy a llenarte. —Su voz suena ronca—. Voy a llenarte con mi semen y vas a quedarte en esta cama hasta que no puedas moverte.

Da un último empujón profundo y noto cómo se corre dentro de mí, caliente y abundante. La sensación me arrastra a un segundo orgasmo, más suave pero igual de intenso.

James se derrumba sobre mí, jadeando, con la cara enterrada en mi cuello. Nos quedamos así un buen rato, con los corazones latiendo uno contra otro.

—Te amo. —Lo dice contra mi piel—. Joder, te amo tanto.

—Yo también te amo.

Al fin se retira de mí, y noto su semen goteando entre los muslos. Es obsceno e íntimo a la vez, y me estremezco.

—Quédate así. —James se levanta de la cama sin quitarme los ojos de encima—. Me encanta verte así. Llena de mí. Mía.

—¿Dónde vas?

—A por tus cosas.

—¿Qué?

Sale de la habitación cuando se pone unos calzoncillos. Vuelve dos minutos después con una brazada de ropa de mi armario.

—James, ¿qué estás haciendo?

—Mudándote a mi habitación. —Abre un cajón de su cómoda y empieza a meter mi ropa—. No pienso pasar un solo día más durmiendo separado de ti.

—Estás loco.

—Estoy loco de amor por ti. —Me mira con esa sonrisa que me deja sin argumentos—. Hay una diferencia.

Me río y sacudo la cabeza mientras lo veo ir y venir con mis cosas. Tarda cuatro viajes en traerlo todo, y para cuando termina, mi habitación debe de haberse quedado casi vacía.

—Alice va a tener preguntas cuando vea que mi habitación está vacía.

—Le diremos la verdad. —Se mete en la cama conmigo y me atrae contra su pecho—. Que te amo. Que tú me amas. Y que vamos a ser una familia de verdad. Los tres. Y ojalá pronto más.

—Más.

—Muchos más. —Me besa la frente—. Quiero una casa llena de niños contigo, Hannah. Quiero verte embarazada. Quiero construir algo real y duradero contigo.

—Yo también quiero eso.

—Entonces lo tendremos. —Me aprieta contra él—. Todo. Lo tendremos todo.

Me quedo en sus brazos, escuchando su corazón latir bajo mi oído, y por primera vez en mi vida me siento completamente segura.

Completamente amada.

Completamente en casa.