CAPÍTULO 28
HANNAH
Los abogados de James llegan diecisiete minutos después de la llamada.
Son dos hombres con trajes impecables y maletines de cuero que montan una operación completa en la mesa del comedor como si lo hicieran todos los días. Papeles, ordenadores portátiles, bolígrafos caros. Todo en perfecto orden.
Vanessa espera en el vestíbulo. James insistió en que no subiera hasta que todo estuviera listo para firmar.
Alice está sentada en el sofá conmigo, muy callada, con la cabeza apoyada en mi hombro. No ha dicho nada desde que Vanessa se fue. Solo me ha cogido la mano y no la ha soltado.
—Señor Morgan. —El abogado mayor, Michael, levanta la vista de los documentos—. Todo está listo. ¿Quiere revisar los términos una última vez antes de que suba la señora Bennett?
—No hace falta. —James está de pie junto a la ventana, mirando la ciudad—.
Ya saben lo que quiero. Renuncia total de custodia, sin posibilidad de revocación.
Acuerdo de confidencialidad absoluto. Prohibición de contacto con Alice, Hannah o conmigo.
Dos millones de dólares transferidos en el momento de la firma.
—Correcto. Y si incumple cualquiera de las cláusulas, deberá devolver el dinero íntegro más penalizaciones legales.
—Perfecto.
Michael asiente y marca un número en su móvil.
—Puede subir, señora Bennett.
Los quince minutos siguientes son los más largos de mi vida.
Vanessa entra, se sienta en la mesa del comedor, lee los documentos con expresión impasible. Hace un par de preguntas que Michael responde con paciencia profesional. Firma en cada página marcada con una equis roja. Su firma es grande, llamativa, llena de curvas elegantes.
James se sienta frente a su ordenador y hace la transferencia mientras todos observamos. Dos millones de dólares desaparecen de su cuenta y aparecen en la de Vanessa.
Mi hermana comprueba su móvil, ve la confirmación bancaria y sonríe.
—Ha sido un placer hacer negocios con usted, señor Morgan.
—Ojalá pudiera decir lo mismo.
Vanessa se levanta, coge su bolso y camina hacia la puerta sin mirar atrás. Sin despedirse de Alice. Sin un último vistazo a la hija que acaba de vender por dos millones de dólares.
La puerta se cierra.
Y se ha ido.
Los abogados recogen sus cosas, le dan una copia de todos los documentos a James y se marchan veinte minutos después. El apartamento se queda en silencio.
James se gira hacia nosotras. Alice sigue en el sofá, callada, con mi mano entre las suyas.
—¿Alice? —James se acerca despacio y se arrodilla frente a ella—. ¿Estás bien, cariño?
Alice asiente pero no dice nada.
—Háblame. Por favor. —Su voz es suave—. Dime qué estás pensando.
—Estoy bien. —La voz le sale bajita—. De verdad.
—¿Segura?
—Sí. —Levanta la vista hacia él—. Estaba muy asustada de que volviera algún día. De que apareciera y… y me obligara a irme con ella. Pero ya no puede hacerlo, ¿verdad?
—No. —James le coge la otra mano—. Nunca más. Legalmente ya no tiene ningún derecho sobre ti. Solo yo. Y Hannah, si ella quiere.
Alice se gira hacia mí con esos ojos enormes llenos de esperanza.
—¿Hannah?
—¿Sí, cariño?
—Ahora que Vanessa ya no puede llevarme… ¿puedo llamarte mamá?
Me quedo completamente paralizada.
Me llevo la mano a la boca, pero el sollozo se me escapa igual. Y detrás vienen las lágrimas, imparables.
—¿Hannah? —Alice titubea—. ¿He dicho algo malo?
—No. —Consigo decir entre sollozos—. No, cariño. No has dicho nada malo. Todo lo contrario. Estoy muy emocionada.
—Entonces, ¿puedo?
—Por favor. —La atraigo hacia mí y la abrazo con fuerza—. Por favor, hazlo. Nada en esta vida me haría más feliz.
Alice se echa a llorar también, abrazada a mí.
—Mamá.
La palabra me atraviesa el pecho, y es la herida más dulce que me han hecho nunca.
—Mi niña. —Le beso el pelo—. Mi niña perfecta. Para mí siempre has sido mi hija. Desde el primer día que te cogí en brazos siendo un bebé. Siempre.
—¿De verdad?
—De verdad. —Me aparto para mirarla a los ojos—. Eres mi hija en todo lo que importa. En el amor, en el cuidado, en estar ahí cada día. Y ahora que Vanessa se ha ido, si tú quieres, puedo adoptarte legalmente. Para que sea oficial.
—¿Puedes hacer eso? —Alice mira a James—. ¿Puede hacerlo?
—Sí. —James nos mira a las dos con una expresión que no sé nombrar—. Si Hannah quiere, yo puedo arreglar los papeles para que te adopte legalmente. Serías su hija ante la ley.
—Quiero. —Alice me mira—. Quiero que seas mi mamá de verdad.
—Entonces lo haremos. —Le seco las lágrimas con los pulgares—. Lo haremos, cariño. Te lo prometo.
Nos quedamos abrazadas durante mucho tiempo, entre lágrimas y risas. James se sienta a nuestro lado, y su mano en la espalda de Alice cierra el círculo de los tres.
Una familia.
De verdad.
Al cabo de un rato, Alice se aparta y se frota la cara con las manos.
—¿Puedo ir a mi habitación? Quiero… necesito estar sola un rato. Para pensar en todo.
—Por supuesto. —Le beso la frente—. Si necesitas cualquier cosa, estaré aquí.
—Lo sé. —Alice sonríe—. Siempre estás aquí.
Se levanta y camina hacia su habitación. Se detiene en la puerta y se gira.
—Os quiero. A los dos. Muchísimo.
—Nosotros también te queremos, campeona. —James sonríe—. Más que a nada.
Alice se mete en su habitación y cierra la puerta con cuidado.
James y yo nos quedamos solos en el salón. El silencio pesa, lleno de todo lo que ha pasado en las últimas horas. Las pruebas de paternidad. Vanessa. La renuncia de custodia.
Desde entonces no hemos tenido un momento a solas. No hemos hablado de lo que significa. De lo que viene ahora.
—Hannah.
Su voz me saca de mis pensamientos. Levanto la vista y lo encuentro mirándome con una intensidad que me acelera el pulso.
—¿Sí?
—Tenemos que hablar.
Se me cierra el estómago.
—¿Sobre qué?
—Sobre nosotros. —Se revuelve el pelo—. Sobre todo.
—James…
—No ahora. —Mira hacia el pasillo donde está la habitación de Alice—. Cuando ella esté dormida. Necesito hablar contigo a solas, sin interrupciones. ¿Vale?
Asiento, incapaz de hablar.
—Vale.
Se levanta del sofá y camina hacia la cocina.
—Voy a preparar algo de cenar. ¿Tienes hambre?
—No mucha.
—Tienes que comer algo de todas formas. —Me lanza una sonrisa—. No he aprendido a cocinar tortitas para nada.
La tensión afloja un poco. Sonrío a pesar de todo.
—Está bien. Tortitas para cenar.
—Para cenar, para desayunar, para lo que haga falta. —Abre la nevera—. Soy un maestro de las tortitas y no voy a dejar que este talento se desperdicie.
Me levanto del sofá y lo sigo a la cocina, con los nervios agarrados al estómago.
Tenemos que hablar.
Esas cuatro palabras nunca traen nada bueno.
Pero James está sonriendo mientras saca los ingredientes. Y Alice está en su habitación, a salvo, llamándome mamá por primera vez.
Y Vanessa se ha ido para siempre.
Así que quizás, solo quizás, esta vez esas cuatro palabras no sean el principio del fin.
Quizás sean el principio de algo más.
Cenamos los tres en la mesa, con Alice contándonos cosas del colegio como si su madre no hubiera aparecido y desaparecido hoy, ni su libertad acabara de comprarse por dos millones de dólares.
Los niños encajan los golpes de una manera que los adultos nunca aprenderemos.
Después de cenar, Alice se ducha y se pone el pijama. Entro en su habitación para darle las buenas noches como hago cada noche desde hace once años.
Pero esta noche es diferente.
Esta noche, cuando me inclino para besarle la frente, ella me coge la mano.
—Mamá.
La palabra todavía me atraviesa el pecho.
—¿Sí, cariño?
—Gracias. Por todo. Por estar siempre ahí. Por no irte nunca. Por quererme.
—No tienes que darme las gracias por eso. —Le aparto un mechón de pelo de la cara—. Quererte es lo más fácil que he hecho en mi vida.
Alice sonríe, con los ojos ya medio cerrados de sueño.
—Buenas noches, mamá.
—Buenas noches, mi niña.
Salgo de su habitación, cierro la puerta con sigilo y me dejo caer contra la pared del pasillo. Las lágrimas vuelven, pero esta vez son distintas. Son lágrimas de alivio, de felicidad, de algo parecido a la paz.
—¿Hannah?
Levanto la vista. James está al final del pasillo, mirándome.
—¿Se ha dormido?
—Casi.
—Bien. —Se mete las manos en los bolsillos—. ¿Podemos hablar ahora?
El corazón me da un brinco.
—Sí. Claro.
Camina hacia el salón y yo lo sigo; me limpio las lágrimas por el camino. Se sienta en el sofá y da unas palmaditas en el cojín a su lado.
Me siento a un palmo de él. El silencio se alarga entre nosotros.
Me mira un buen rato, con cara de estar eligiendo las palabras.
—Tenemos que hablar sobre lo que viene ahora. Sobre nosotros. Sobre esta familia que estamos construyendo.
Asiento, con el corazón en la boca.
—Vale. Hablemos.