CAPÍTULO 27
HANNAH
James se aparta de nosotras el tiempo justo para abrir la puerta y volver a nuestro lado. El ascensor se abre en el rellano.
Y Vanessa entra en el apartamento como si los tres años que han pasado desde la última vez que la vimos no significaran nada.
Mi hermana sigue siendo impresionante. Siempre lo ha sido.
El pelo rubio platino le cae en ondas perfectas por la espalda, el vestido ajustado de diseñador en color crema le realza la figura, y los tacones de aguja hacen clic-clic contra el suelo de madera.
Lleva el maquillaje impecable, labios rojos, ese aire de seguridad absoluta que siempre ha tenido y que yo nunca he conseguido.
Me quedo clavada en el sitio. Alice está a mi lado, rígida, con la mano apretando la mía tan fuerte que me hace daño. James se adelanta medio paso, como un escudo.
Vanessa nos mira a los tres y sonríe. Esa sonrisa que conozco tan bien. La que usaba cuando quería algo.
—Hola, hermanita. —Su voz es suave, cálida—. Cuánto tiempo.
No puedo hablar. Tengo la garganta sellada.
—Vanessa. —La voz de James suena fría, controlada—. ¿Qué haces aquí?
—Vengo a ver a mi familia, obviamente. —Camina hacia nosotros con pasos lentos, estudiados—. A mi hija. A mi hermana. Y a ti, James. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar.
—No tenemos nada de qué hablar.
—Oh, creo que sí. —Se detiene a un par de metros—. Según los medios estás interesado en ser el padre de mi hija. Eso nos une para siempre, ¿no te parece?
Alice se aprieta más contra mí. La siento temblar.
—Alice, cariño. —Vanessa se arrodilla a su altura, con una expresión suave y maternal que me revuelve el estómago porque sé que es mentira—. Ven aquí. Deja que te vea bien. Has crecido tanto.
Alice no se mueve.
—Alice. —Vanessa extiende los brazos—. ¿No vas a darle un abrazo a tu madre?
—No. —La voz de Alice sale baja pero firme.
Una chispa de irritación le cruza la cara y desaparece al instante bajo una tristeza fingida.
—Cariño, sé que estás enfadada conmigo. Lo entiendo. He estado fuera mucho tiempo. Pero he vuelto ahora. Y no voy a volver a irme. Lo prometo.
—Has prometido eso antes. —Alice sigue sin soltarme—. Y siempre te has ido.
—Esta vez es diferente.
—¿Por qué?
Vanessa mira a James, luego de nuevo a Alice.
—Porque ahora sé que tu padre quiere ser parte de tu vida. Vi su declaración a los medios. Muy bonita, por cierto. —Se pone de pie, mirando a James—. «Alice y su familia están bajo mi protección.» Muy protector. Muy noble.
—No era nobleza. —James da un paso adelante—. Estaba protegiendo a mi hija.
—Entonces las pruebas han salido positivas. —Vanessa sonríe como si le acabasen de confirmar que le ha tocado la lotería—. Eres el padre.
—Sí. Acaban de llegar esta tarde. Soy el padre biológico de Alice. Con un noventa y nueve coma nueve por ciento de certeza.
—Bueno, entonces supongo que tenemos mucho de qué hablar. Los tres. Tú, yo y nuestra hija.
—No tenemos nada de qué hablar. No voy a tratar con gente como tú.
—¿Gente como yo? —Vanessa se lleva una mano al pecho—. Soy su madre, James.
—Eres la mujer que la ha abandonado una y otra vez.
—Tuve mis razones. —Su voz se vuelve más dura—. No todas podemos ser la perfecta Hannah, sacrificándose por todos sin quejarse nunca.
La mención de mi nombre me devuelve la voz por fin.
—¿Qué quieres, Vanessa?
Me mira, y por un segundo veo a la hermana que recuerdo de cuando éramos pequeñas. Antes de que todo se torciera. Antes de que la belleza y la atención se la llevaran por caminos que yo nunca pude seguir.
—Quiero lo que debería haber tenido desde el principio. —Se gira hacia James de nuevo—. He visto tu declaración. He visto que las pruebas de paternidad estaban en marcha. Así que he venido aquí con una propuesta.
—No me interesan tus propuestas.
—Creo que esta sí. —Sonríe—. Soy la madre de Alice. Tú eres su padre. Los dos la queremos, ¿verdad? Así que podríamos hacer esto bien. Podríamos formar una familia. Los tres. Tú tienes espacio de sobra aquí. Y dinero más que suficiente para mantenernos a todas.
El silencio que sigue a sus palabras es tan denso que se mastica.
Se me hiela la sangre. Vanessa está proponiendo mudarse aquí. Con James. Con Alice. Formar una familia.
Y yo sobraría.
Todos mis temores se están haciendo realidad delante de mí.
—Hannah puede quedarse también, por supuesto. —Vanessa me lanza una mirada—. Si quiere. Aunque supongo que querrás volver a tu vida ahora que Alice tiene a sus padres de verdad.
No puedo respirar. Las paredes se me vienen encima.
—No. —La voz de James corta el aire como un cuchillo—. Eso no va a pasar.
—¿Por qué no? —Vanessa ladea la cabeza—. Alice nos necesita a los dos. Y yo estoy dispuesta a quedarme esta vez. A ser una verdadera madre. Ahora que sé que tú vas a estar ahí también.
—Hannah ya es su verdadera madre.
Las palabras de James me atraviesan el pecho. Alice me aprieta la mano más fuerte.
—Hannah es su tía. —Vanessa se ríe—. Yo soy su madre. La que la trajo al mundo.
—Eso no te hace mi madre. —La voz de Alice nos sorprende a todos—. Eso solo te hace la mujer que me tuvo.
Vanessa parpadea; no se esperaba resistencia.
—Cariño, sé que estás confundida…
—No estoy confundida. —Alice se aparta un poco de mí, aunque sigue agarrándome la mano—. Sé exactamente quién eres. Eres la mujer que desaparece. La que promete y no cumple. La que me hace llorar cada vez que se va.
—Alice…
—Ella es mi madre. —Alice me señala, llorando—. Hannah. Ella es quien me cuida cuando estoy enferma. Quien no se ha perdido ni uno de mis festivales del colegio. Quien me ayuda con los deberes. Quien me ha leído por las noches. Quien está ahí siempre, todos los días, sin fallar nunca.
No puedo contener las lágrimas mientras miro a esta niña valiente, increíble.
—Tú solo eres Vanessa. —Alice se limpia las lágrimas con rabia—. Y no te quiero aquí.
Nadie respira.
Vanessa nos mira a las dos, y la máscara cae. La expresión maternal desaparece y da paso a una frialdad calculadora, furiosa.
—Ya veo. —Su voz se vuelve dura—. Ya veo lo que ha pasado aquí.
—¿Qué es lo que ves? —pregunto, temblando de rabia.
—Que te has aprovechado de mi ausencia para robarme a mi hija. —Da un paso hacia mí—. Y ahora que has conseguido pescar a un multimillonario usando a Alice como anzuelo, crees que puedes quedarte con todo. Con la niña. Con el hombre. Con la vida que debería ser mía.
—Yo no he pescado a nadie. —Mi voz tiembla—. Y Alice nunca ha sido tuya para robártela.
—¿Ah, no? —Vanessa se ríe, amarga—. Siempre has sido igual, Hannah. La buena. La responsable. La que se sacrifica. Pero esta vez te has pasado de lista. ¿De verdad crees que un hombre como James Morgan se va a quedar contigo? ¿Contigo?
Las palabras dan en la diana: tocan la parte más profunda de mis miedos. La parte que siempre ha sabido que no soy suficiente.
—Mírate. —Vanessa me mira de arriba abajo con desdén—. Eres la maestra de primaria aburrida con ropa de segunda mano. Yo soy la que se acostó con él. Yo soy la madre de su hija. Y en cuanto él se dé cuenta de que puede tener lo original en lugar de la copia barata, vas a volver a Brooklyn sola.
—Cierra la boca.
La voz de James explota en el apartamento como un trueno.
Todos nos giramos hacia él. Nunca lo había visto así. Furioso de verdad, con los puños apretados y una rabia fría en los ojos.
—James… —Vanessa empieza.
—He dicho que cierres la boca. —Da un paso hacia ella, y su postura basta para que mi hermana retroceda—. No vuelvas a hablarle así a Hannah. Nunca.
—Solo estoy diciendo la verdad…
—No tienes ni puta idea de qué es la verdad.
—Su voz es baja, peligrosa—. Hannah no es una copia barata de nada.
Es la mujer más increíble que he conocido en mi vida.
Es quien ha cuidado de Alice cuando tú te largaste.
Quien le ha dado un hogar, amor, estabilidad.
Quien ha estado ahí cada día durante once años sin fallar nunca.
Se me escapa un sollozo.
—Y en cuanto a ti. —James mira a Vanessa con desprecio—. No eres la madre de Alice. Eres la mujer que la abandonó. Y si crees que voy a dejarte entrar en nuestras vidas ahora, estás completamente equivocada.
—Tengo la custodia legal. —Vanessa juega su última carta—. Si quieres a Alice, vas a tener que pasar por mí.
—Perfecto. Pasaré por ti. —James saca su móvil—. Llamaré a mis abogados ahora mismo y empezaré el proceso para quitarte la custodia. Estoy seguro de que un juez estará encantado de escuchar cómo una madre que lleva tres años desaparecida intenta usar a su hija para sacarle dinero al padre.
Vanessa palidece.
—Yo no… no he dicho nada de dinero.
—No hace falta que lo digas. —James se ríe sin humor—.
Eres transparente, Vanessa. No has venido aquí por Alice.
Has venido porque has visto una oportunidad.
Un millonario idiota con sentimientos de culpa y una hija que no conocía.
Apostaste a que sería lo bastante estúpido como para dejarte entrar.
—Eso no es…
—¿Cuánto? —James la interrumpe—. Dime cuánto quieres para desaparecer de nuestras vidas para siempre.
La pregunta se queda vibrando en el aire.
Vanessa nos mira a los tres. Alice pegada a mí, yo llorando, James de pie como una muralla entre nosotras y ella.
—No puedes comprarme.
—Todo el mundo tiene un precio. —James la mira de frente—. ¿Cuál es el tuyo?
—No voy a vender a mi hija.
—No estás vendiendo a tu hija. Estás renunciando a la custodia de una niña que no quieres a cambio de dinero que sí quieres. —Su voz es gélida—. Así que dime cuánto y acabemos con esto.
Vanessa aprieta los puños. Puedo ver la lucha en su expresión. El orgullo contra la avaricia. La imagen contra la realidad.
La avaricia gana.
—Dos millones. —Suelta la cifra—. Dos millones de dólares y renuncio a la custodia. Para siempre.
Se me corta la respiración. Mi hermana acaba de ponerle precio a su hija.
James se queda muy quieto durante un momento largo. Luego se ríe. Es una risa seca, helada, que me da escalofríos.
—Me das pena.
—¿Perdona?
—Me das pena, Vanessa. —La mira casi con lástima—. Algún día te darás cuenta de que el dinero no vale nada comparado con el amor. Vas a estar sola, con tu cuenta bancaria llena y el corazón vacío, y entenderás lo que perdiste. Pero va a ser demasiado tarde.
Vanessa traga saliva pero no responde.
—Te daré tus dos millones. —James marca un número en su móvil—.
A cambio de que renuncies a la custodia de Alice legalmente y para siempre.
Y de que firmes un acuerdo de confidencialidad.
No volverás a hablar de nosotros, no volverás a acercarte a Alice, no volverás a contactar con Hannah. ¿Está claro?
—Cristalino.
—Michael. —James habla por teléfono—. Necesito que vengas a mi apartamento ahora mismo con documentos de renuncia de custodia y un NDA completo. Sí, ahora. Me importa una mierda que sean las ocho de la noche. Te pagaré el triple de tu tarifa. Tienes veinte minutos.
Cuelga y se gira hacia Vanessa.
—Mis abogados estarán aquí en veinte minutos. Vas a esperar en el vestíbulo. No quiero que estés cerca de Alice ni un segundo más.
—¿Y mi dinero?
—Lo tendrás en cuanto firmes. Te haré una transferencia inmediata. Tienes mi palabra.
Vanessa nos mira a los tres por última vez. Por un momento creo ver arrepentimiento en sus ojos, pero desaparece demasiado rápido para estar segura.
—Siempre fuiste la favorita. —Me clava la mirada—. De mamá, de papá, de todos. La perfecta Hannah. Espero que seas feliz con tu vida perfecta.
Se gira y camina hacia la entrada. La puerta se cierra.
Y mi hermana desaparece.
Me quedo quieta, incapaz de hacerme a la idea de lo que acaba de ocurrir. Alice está a mi lado, todavía agarrada a mi mano. James está a dos metros, mirándome con una intensidad que no sé sostener.
Todavía no me lo creo.
James y Alice me han elegido a mí. Los dos.
Quizás he estado equivocada durante todo este tiempo y no era la sustituta.