Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4)
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PRÓLOGO
JAMES
Me despierto con un martilleo en la cabeza que me hace gemir antes incluso de abrir los ojos.
Joder.
¿Cuánto bebí anoche?
Intento moverme y el mundo da vueltas. El estómago se me revuelve. La boca me sabe a whisky y a todas las malas decisiones que tomé entre las once de la noche y las cuatro de la madrugada.
Me quedo muy quieto durante unos segundos, esperando a que mi cerebro decida si va a funcionar hoy o si va a rendirse sin más.
Los recuerdos de anoche empiezan a llegarme a trozos. El club de siempre. La barra llena de gente que no conozco y que no me importa conocer. Mujeres que se acercaban con esas sonrisas que reconocería con los ojos cerrados, para ofrecerme exactamente lo que siempre me ofrecen.
Atención. Admiración. Una noche que no significa nada.
Y yo bebiendo. Bebiendo hasta que sus caras se volvieron borrosas. Hasta que sus risas dejaron de sonar tan ensayadas. Hasta que conseguí olvidar durante unas horas este vacío que llevo en el pecho desde hace años y que no sé cómo llenar.
Porque el dinero no lo llena. Morgan Technologies no lo llena. Las mujeres que pasan por mi cama y desaparecen a la mañana siguiente tampoco lo llenan.
Nada lo llena.
Y llevo años intentándolo. Años siendo James Morgan, el Encantador . El tipo que siempre tiene una sonrisa fácil. Una broma lista. Una mujer diferente del brazo cada semana.
Soy el fraude más grande que camina por Manhattan.
Abro los ojos despacio. La luz del domingo entra a raudales por los ventanales del dormitorio. Me atraviesa el cerebro como si alguien me estuviera clavando agujas detrás de los ojos.
Me tapo la cara con el brazo y suelto otro gemido.
Nunca más. Nunca más voy a volver a beber así.
Me lo digo cada fin de semana. Y cada fin de semana vuelvo a hacerlo.
Porque es más fácil ahogar lo que siento que enfrentarlo de verdad.
Me estoy planteando muy en serio quedarme en la cama el resto del día cuando suena el timbre de mi casa.
Una vez.
Pausa.
Dos veces.
Otra pausa más corta.
Tres veces seguidas. Urgentes. Insistentes.
Y luego empiezan los golpes. Firmes. Del tipo que deja claro que quien está al otro lado no tiene ninguna intención de irse.
—No me jodas —murmuro contra la almohada.
Los golpes continúan. Más fuertes ahora. Más desesperados.
Me obligo a levantarme. El mundo da un bandazo hacia la izquierda. Apoyo la mano contra la pared hasta que se estabiliza.
Busco algo que ponerme. Encuentro unos pantalones de chándal grises tirados en el suelo junto al sillón. Una camiseta negra arrugada de ayer. Me da igual. Solo necesito llegar a esa puerta. Decirle a quien sea que se largue. Y volver a morirme en paz.
Los golpes siguen.
—¡Ya voy, joder! —grito.
Y el sonido de mi propia voz rebota dentro de mi cráneo como una bola de demolición.
Camino por el pasillo descalzo. El suelo de madera está frío bajo mis pies. Paso por delante del salón donde veo el desastre de anoche. Una botella de whisky vacía sobre la mesa de cristal.
Patético.
Llego a la puerta intentando adivinar quién demonios puede ser.
Adrián no vendría sin avisar. Está demasiado ocupado preparando su boda.
Alexander menos todavía. Tiene una hija pequeña que lo tendrá despierto desde las seis.
Daniel está en su nube de felicidad nauseabunda con Adriana.
Y Nathan… bueno, Nathan probablemente ni siquiera sepa que los domingos no se trabaja.
Tiene que ser un repartidor. O alguien que se ha equivocado de piso.
Abro de golpe preparado para mandar a quien sea a la mierda.
—Más te vale que sea algo…
No termino la frase.
Porque lo único que me da tiempo a ver es un borrón rubio oscuro antes de que algo (¿alguien?) me esquive como una bala y desaparezca dentro de mi casa.
Parpadeo. Una vez. Dos. Intento procesar lo que acaba de pasar.
Me giro despacio. Muy despacio. Porque el movimiento brusco todavía hace que me duela la cabeza.
Y la veo. Una niña, agarrada a mi camiseta por la espalda con ambas manos. Con cara de preocupación.
—¿Qué cojones…?
—¡Niña!
La voz viene del pasillo. Aguda. Desesperada.
Me giro de nuevo (demasiado rápido, el cerebro protesta) y veo a David, el portero del edificio, saliendo del ascensor a toda prisa.
Parece que acaba de correr los cien metros lisos. Está rojo como un tomate y jadea.
—¡Señor Morgan! —consigue decir entre bocanadas de aire—. Lo siento. Lo siento muchísimo. Esta granuja se ha colado. No sé cómo ha conseguido pasar. Estaba en mi puesto y de repente ha desaparecido. —Hace un gesto vago con la mano—. Se ha escabullido como una de esas ardillas del parque.
—Tranquilo, David. —Levanto una mano, aunque yo sigo sin entender nada—. No pasa nada.
—Pero es que las normas del edificio…
—Es una niña. —Y algo en mi voz debe de sonar más firme de lo que pretendía porque David se calla al instante—. No pasa nada. Yo me encargo.
David asiente. Me lanza una mirada entre disculpa y alivio. Y se queda ahí. En el marco de la puerta. Esperando.
Me vuelvo con cuidado, porque siento los dedos de la niña todavía aferrados a mi espalda y no quiero asustarla más de lo que ya está.
Y la veo bien por primera vez.
Es algo más joven que Emma, la hija de Adrián.
Tendrá unos once años. Tal vez doce. Lleva el pelo rubio oscuro recogido en una coleta que se le está deshaciendo. Vaqueros. Zapatillas deportivas. Una sudadera azul marino con el logo de un colegio que no reconozco.
Y me está mirando con unos ojos enormes. Color avellana con motas doradas que brillan incluso bajo la luz del pasillo.
—Hola —consigo decir con la voz más suave que tengo—. ¿Estás bien? ¿Te ha pasado algo?
Niega con la cabeza sin soltar mi camiseta.
—¿Estás perdida?
Vuelve a negar.
—¿Segura? Porque si necesitas que llame a alguien…
—No estoy perdida. —Su voz sale firme. Clara—. Sé exactamente dónde estoy.
—Vale. Bien. Eso es… bueno. —Miro a David que sigue en la puerta—. ¿Y qué haces aquí entonces? ¿Buscas a alguien?
—Sí.
—¿A quién?
—A mi padre.
El corazón me da un vuelco.
—Tu padre. Vale. ¿Y vive en este edificio?
—Sí.
—¿Sabes en qué piso?
—Sí. —Hace una pausa. Me mira directamente a los ojos—. Aquí. Vive aquí.
Me quedo sin palabras.
—Pequeña, creo que te has confundido. Yo vivo solo. Aquí no hay nadie más que yo.
—No me he confundido.
Su tono tiene una determinación que me desconcierta. Como si llevara días preparándose para este momento.
—¿Por qué buscas a tu padre aquí? —pregunto despacio.
Ella traga saliva. Se muerde el labio inferior. Y luego dice con una voz que apenas es un susurro:
—Porque mi padre eres tú.
El aire se me escapa de los pulmones de golpe. Las palabras tardan en llegarme. En procesarse. En explotar como una bomba.
«Mi padre eres tú.»
No. Esto no puede estar pasando. Esto no puede ser real.
Me quedo ahí. Paralizado. Con la boca abierta. Sin poder articular ni una sola palabra.
Porque esta niña acaba de decirme que soy su padre. Y mi vida entera salta por los aires.
Joder.