Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

HANNAH

Un día antes…

Alice lleva diez minutos demasiado callada.

Lo sé porque estoy en la cocina cortando verduras para la ensalada y no he oído ni un solo golpe desde hace un buen rato, ni una sola pisada fuerte, ni la música a medio volumen que suele poner cuando baila en el salón. Nada. Solo llega el silencio absoluto.

Y el silencio en una niña de once años siempre, siempre significa problemas.

Dejo el cuchillo sobre la tabla, me limpio las manos en el trapo de cocina y salgo al pasillo intentando aparentar naturalidad. Como si solo fuera a echar un vistazo. Y no estuviera tratando de controlarla como siempre me acusa.

Alice está sentada en el sofá con mi ordenador en el regazo. No está viendo vídeos de baile, que era para lo que me lo había pedido. Está mirando la pantalla con los ojos muy abiertos y las manos quietas sobre el teclado, como si acabara de ver algo que no debería haber visto.

Se me cae el alma a los pies.

—¿Qué haces?

Levanta la cabeza de golpe. Tiene esa expresión de pillada in fraganti que intentan disimular todos los niños del mundo y que jamás funciona.

—Nada.

—Alice.

—Nada, de verdad.

Me acerco al sofá y miro la pantalla por encima de su hombro.

Tiene abierto Instagram. Mis mensajes directos. La conversación con mi hermana Vanessa de hace tres meses.

Genial. Fantástico. Justo lo que necesitaba un sábado por la tarde.

—Estabas cotilleando mis mensajes.

—No estaba cotilleando.

—Alice, estás leyendo una conversación privada que no es tuya.

Se pone roja. Aprieta los labios y cruza los brazos sobre el pecho en ese gesto que hace cuando sabe que la he pillado pero no quiere admitirlo.

—Te habías dejado la sesión abierta.

—Eso no te da permiso para leer mis cosas.

—¡Pero estabais hablando de mí!

La frase me golpea como un puñetazo. Tiene razón. Estábamos hablando de ella. De su padre. De James Morgan y de la posibilidad de que sea él.

Me siento en el sofá a su lado porque de repente las piernas no me sostienen. Alice no debería haberse enterado nunca de eso.

—Alice…

—¿Quién es James Morgan?

Su voz no tiembla. Es firme. Directa. Como un tren sin frenos.

Cierro los ojos un segundo. Respiro hondo. Intento encontrar las palabras que no rompan nada y no las encuentro porque no existen.

—Es… alguien que tu madre conoció hace años.

—¿Es mi padre?

La pregunta me atraviesa limpia. Sin anestesia.

Podría mentirle. Decirle que no, que es imposible, que Vanessa se lo está inventando como siempre. Sería facilísimo. Tres palabras y esta conversación terminaría aquí mismo.

Pero a Alice no sé mentirle.

Jamás he sabido.

—No lo sé.

Alice me clava esos ojos enormes color avellana que brillan hasta con mala luz. Después dice:

—Pero podría serlo.

—Podría. —Trago saliva—. Eso no significa que lo sea.

—Pero podría.

—Sí.

Alice asiente una vez, como si le hubiera confirmado algo que ya sospechaba. Se levanta del sofá con el ordenador todavía en las manos y lo deja en la mesa con cuidado exagerado.

—Entonces tenemos que ir a verlo.

—No.

Se gira hacia mí.

—¿Por qué no?

—Porque no podemos presentarnos en casa de un desconocido sin más.

—No es un desconocido. Es mi padre.

—No lo sabemos.

—¡Pero podría serlo! —Levanta la voz por primera vez. Se le descoloca la coleta y le caen mechones rubio oscuro por la cara—. ¡Tú misma lo has dicho!

—Alice, escúchame…

—¡No! Escúchame tú a mí. —Cruza los brazos otra vez.

Se planta delante de mí con los pies separados y esa determinación de acero que tiene desde que era un bebé—.

Tengo once años y no sé quién es mi padre.

Mi madre lleva tres años sin aparecer. Tres años, tía Hannah.

Y ahora resulta que sabes quién puede ser mi padre y no me habías dicho nada.

—No te lo dije porque no estaba segura.

—¿Y no se te ocurrió que quizás yo tenía derecho a saberlo de todas formas?

Sus palabras me dejan sin aire.

Tiene razón.

Tiene toda la razón del mundo y lo peor es que lo sé.

—Alice…

—Tengo derecho a saber quién es mi padre.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué no podemos ir a verlo?

Hay un millón de razones. Porque James Morgan es un millonario de Manhattan que sale en los periódicos del brazo de una modelo distinta cada mes.

Porque si es su padre, ha pasado once años sin saber que existe y no tengo ni idea de cómo va a reaccionar.

Porque si no lo es, vamos a destrozarla.

Porque tiene fama de insensible y mujeriego.

Porque tengo miedo de que sea él y de que no lo sea a partes iguales.

Pero lo que digo es:

—Porque es una mala idea.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—Esa no es una razón.

—Alice, tienes once años. A veces «porque sí» es razón suficiente.

Me mira como si acabara de traicionarla.

Y quizá lo he hecho.

—No es justo.

—Lo sé.

—¡No lo sabes! —Se le quiebra la voz—. Tú tuviste padres. Tuviste una familia. Yo no tengo nada.

—Me tienes a mí.

—¡No es lo mismo!

Sé que no lo dice para hacerme daño. Sé que lo dice porque tiene once años y está enfadada y asustada. Pero me duele de todas formas.

Duele como el demonio.

—Alice…

—Quiero conocer a mi padre. —Se le llenan los ojos de lágrimas pero no llora. Alice nunca llora delante de nadie si puede evitarlo—. Quiero saber si se parece a mí. Quiero saber si… si le importo.

Me rompe entera.

Me levanto del sofá y doy un paso hacia ella pero Alice retrocede. Niega con la cabeza.

—No.

—Alice, por favor…

—Tú no lo entiendes.

—Sí lo entiendo.

—¡No! —Levanta la voz otra vez—. Tú tuviste una madre que no te abandonó. Que no desapareció durante años. Que no te prometió mil veces que volvería y luego no volvió. Tú no sabes lo que es eso.

Tiene razón.

No lo sé.

Vanessa era mi hermana mayor. La guapa. La deslumbrante. La que acaparaba toda la atención y todo el perdón. Pero nunca me abandonó a mí porque nunca fue responsable de mí. Nunca tuve que esperar a que volviera porque nunca se fue. Mi madre siempre estaba con nosotras.

Alice sí.

Alice lleva once años esperando.

—Tienes razón —digo en voz baja—. No lo sé. Pero sé que te quiero. Y sé que haría cualquier cosa por protegerte.

—No necesito que me protejas. Necesito que me dejes conocer a mi padre.

—No podemos hacer eso.

—¿Por qué no?

—Porque no sabemos cómo va a reaccionar. Porque podría hacerte daño.

—O podría quererme.

La frase me desarma.

Alice no aparta la mirada. Tiene los ojos brillantes y las mejillas rojas y esa expresión de niña que intenta ser valiente y no lo consigue del todo.

—Podría quererme —repite en voz más baja—. ¿No?

Se me cierra la garganta.

—Sí. Podría.

—Entonces tengo que intentarlo.

—Alice…

—Por favor, Hannah. —Da un paso hacia mí—. Por favor. Necesito saberlo.

Y ahí está. La verdad desnuda.

Necesita saber.

Necesita saber si su padre existe. Si se parece a ella. Si puede quererla. Si hay alguien más en este mundo además de mí que no va a abandonarla.

Y yo no puedo darle eso.

No puedo prometerle que James Morgan va a quererla, ni que no va a hacerle daño. Solo que yo sí que voy a estar aquí, y eso no es suficiente.

Nunca ha sido suficiente.

—No vamos a ir a buscarlo —digo al fin.

El silencio que sigue es tan denso que casi podría asfixiarnos a las dos.

Alice me mira un segundo más. Dos. Tres.

Después se da la vuelta y camina hacia su habitación.

—Alice.

No contesta.

—Alice, espera.

Se detiene en la puerta de su cuarto. No se gira.

—¿Qué?

—No vamos a ir a buscarlo. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

Pero no está de acuerdo. Conozco ese tono. Conozco esa tensión en sus hombros. Conozco a mi niña y sé cuándo está mintiendo.

—¿Alice?

—He dicho que de acuerdo.

Entra en su habitación y cierra la puerta despacio. Sin dar un portazo. Sin hacer ruido.

Y eso es peor.

Me quedo de pie en mitad del salón con el corazón latiéndome demasiado rápido.

La ensalada está a medio hacer en la cocina. El ordenador sigue abierto en la mesa con la conversación de Vanessa en la pantalla. El piso está en silencio.

Cojo aire. Despacio.

Después vuelvo a la cocina y termino de cortar las verduras.

Alice sale de su habitación a las siete para cenar. No me mira. Come en silencio. Contesta con monosílabos cuando intento hablar con ella.

A las nueve se va a la cama sin que tenga que decírselo.

Me quedo en el sofá con un libro que no leo y la tele puesta en un programa que no veo. Intento convencerme de que todo va a estar bien. De que mañana se le habrá pasado. De que volveremos a la normalidad.

Que no va a odiarme durante el resto de su vida.

Casi me lo creo.

A las once, cuando estoy segura de que duerme, entro en su habitación.

La luz de la farola entra por la ventana e ilumina su cara. Alice está tumbada de lado, hecha un ovillo debajo del edredón, con una mano bajo la almohada y el pelo desparramado alrededor.

Me siento en el borde de la cama con cuidado. Le aparto un mechón de pelo de la frente. Le acaricio la cabeza despacio, como he hecho tantas noches desde que era pequeña.

Desde la primera vez que Vanessa la dejó conmigo con la promesa de que volvería en una semana. Desde la segunda vez. Desde la tercera. Desde todas las veces.

Alice suspira en sueños y se acurruca un poco más.

Es la niña más maravillosa del mundo.

Lo pienso cada día, cada vez que la miro.

Es lista. Es valiente. Es divertida y testaruda y tiene un corazón enorme que no se merece haber sido roto tantas veces.

Se merece una madre que se quede. Un padre que la quiera.

Una familia de verdad. Una vida donde no tengamos que llegar justas a fin de mes.

Donde pueda tener clases de baile de verdad en lugar de aprender con vídeos de YouTube.

Donde no tenga que preocuparse de si va a tener regalos en Navidad o no.

Se merece mucho más de lo que yo puedo darle.

Porque mi amor no le resulta suficiente.

Y eso me mata un poco cada día.

Le acaricio el pelo otra vez. Despacio. Con todo el cariño que no sé trasmitirle en voz alta durante el día.

Te quiero. Eres lo mejor de mi vida. Haría cualquier cosa por ti.

Alice se mueve un poco en sueños. Suspira. Se relaja otra vez.

Me quedo ahí un rato más. Mirándola dormir. Memorizando su cara relajada. Su respiración tranquila.

Mi niña.

No la parí, pero es mía en todo lo que importa.

Me levanto despacio. Le doy un beso en la frente. Salgo de la habitación sin hacer ruido y cierro la puerta.

En el salón, cierro el ordenador sin volver a mirar la conversación con Vanessa.

Mañana será otro día. Alice se habrá calmado. Habremos pasado página.

Todo va a estar bien.

Me lo repito mientras me lavo los dientes. Mientras me pongo el pijama. Mientras me meto en la cama.

Me lo repito hasta que me duermo.