CAPÍTULO 2
JAMES
Un día antes…
Mi madre lleva veinte minutos hablando de su próxima gala benéfica y todavía no ha mencionado a una sola persona a la que vaya a ayudar.
Estamos sentados en el comedor de la casa de mis padres en el Upper East Side.
Alrededor de una mesa de caoba que brilla tanto que puedo ver mi reflejo en ella.
Con cristalería de Baccarat y cubiertos de plata que pesan una tonelada.
El silencio entre frase y frase es tan espeso que podría cortarse con uno de estos cuchillos caros.
Mi padre lee el Wall Street Journal mientras come. No ha levantado la vista del periódico desde que nos sentamos hace media hora. Mi madre picotea la ensalada que apenas ha tocado y enumera los apellidos que estarán presentes el próximo sábado como si recitara una lista de la compra.
—Los Morrison confirmaron su asistencia. Los Blackwell también. Y Margaret Wellington me ha dicho que los Ashford van a hacer una donación importante este año.
—Qué bien —digo sin apartar la vista de mi plato.
—Es fundamental que estés presente, James.
—Ya me lo has dicho.
—Y que vayas acompañado.
Levanto la vista.
—¿Disculpa?
Mi madre deja el tenedor en el plato con un tintineo delicado. Me mira con esa expresión que conozco demasiado bien. La que significa que estoy a punto de decepcionarla. Otra vez.
—No puedes presentarte solo. No da buena imagen.
—¿Qué imagen se supone que tengo que dar?
—La de un hombre serio. Responsable. —Toma un sorbo de agua—. No la de un… playboy.
La última palabra la pronuncia como si le diera asco.
Mi padre baja el periódico el tiempo justo para decir:
—Tu madre tiene razón. A tu edad ya deberías estar asentado.
—Tengo treinta y seis años, papá. No cincuenta.
—Treinta y seis años es una edad más que suficiente para haber encontrado a alguien apropiado.
«Apropiado.» Como si estuviera eligiendo un traje.
Mi padre vuelve a subir el periódico y desaparece detrás de él. Conversación terminada. Opinión entregada. El resto no le importa.
Mi madre suspira.
—Solo te pido que hagas un esfuerzo, James. Por una vez. Esta gala es importante para tu padre.
—Creía que era benéfica.
—Lo es. Pero también es una oportunidad para fortalecer relaciones comerciales. Los Harrison estarán allí y ya sabes lo importantes que son para la empresa.
Para la empresa de mi padre. No para la mía.
Pero esa distinción nunca ha importado en esta casa.
—Haré lo que pueda.
—No te estoy pidiendo que hagas lo que puedas. Te estoy pidiendo que estés presente y que te comportes de forma apropiada.
—¿Y qué se supone que significa eso?
Mi madre me mira como si la pregunta fuera estúpida.
—Significa que no aparezcas con una de esas… mujeres con las que sueles salir en las fotos.
—Esas mujeres tienen nombre, mamá.
—No me importa cómo se llamen. Me importa cómo nos hacen quedar a nosotros.
«A nosotros.» Como si fuéramos un equipo.
No somos un equipo.
Somos tres extraños que comparten apellido y obligaciones sociales.
—Lo que sea —digo.
Mi madre abre la boca para seguir hablando, pero mi padre la interrumpe sin levantar la vista del periódico.
—James, necesito que revises el informe trimestral antes del lunes.
—Ya lo he revisado.
—Revísalo otra vez. Hay números que no me cuadran.
—Los números están bien, papá.
—Revísalos de todas formas.
No es una petición. Es una orden.
Como siempre.
Aprieto el tenedor con más fuerza de la necesaria. Cuento hasta cinco.
—De acuerdo.
El resto de la comida transcurre igual. Mi madre habla de gente que no me importa. Mi padre lee su periódico. Yo asiento en los momentos apropiados y digo lo que esperan que diga.
«Sí, mamá.»
«Por supuesto, papá.»
«Tienes razón.»
Nadie pregunta cómo estoy. Nadie pregunta qué tal me va. Nadie pregunta nada que requiera una respuesta real.
Porque no les importa.
Y lo peor es que no recuerdo que alguna vez les haya importado.
Intento recordar una sola vez en que mi madre me dijera que me quería. Una sola vez en que mi padre me preguntara cómo me sentía. Una sola conversación en esta casa que no girara alrededor de las apariencias, de los negocios o de lo que los demás iban a pensar.
No encuentro nada.
Tengo treinta y seis años y no tengo un solo recuerdo de cariño real en esta casa.
Solo esto. Comidas silenciosas. Exigencias educadas. Decepción constante envuelta en buenos modales.
A las tres y media mi padre dobla el periódico con movimientos precisos, se levanta de la silla y sale del comedor sin despedirse.
Mi madre suspira.
—Tu padre está bajo mucha presión.
—Ya.
—Podrías ser más comprensivo.
—Lo soy.
Me mira con esa expresión otra vez. La de decepción. Siempre la de decepción.
—A veces me pregunto si realmente aprecias todo lo que hemos hecho por ti.
La frase me escuece como una bofetada.
¿Todo lo que han hecho por mí?
Me dieron dinero. Me pagaron las mejores escuelas. Me abrieron puertas.
Pero nunca me dieron nada que importara de verdad.
Nunca me abrazaron cuando tenía miedo. Nunca me consolaron cuando algo me dolía. Nunca me miraron como si fuera algo más que una inversión que tenía que dar los resultados esperados.
—Aprecio todo —digo con la voz más neutra que consigo.
Mi madre asiente como si mi respuesta la satisficiera.
—Bien. Y por favor, James, intenta no darme más disgustos.
Me levanto de la silla.
—Haré lo que pueda.
Salgo de la casa antes de que pueda decirme nada más.
El aire fresco de septiembre me golpea la cara y respiro hondo por primera vez en dos horas.
Dos horas con mis padres y siento que me he ahogado.
Dos horas de sonrisas falsas y conversaciones vacías y esa sensación constante de que no importo. De que nunca he importado. De que podría desaparecer mañana y lo único que les preocuparía sería cómo explicarlo en sociedad.
Saco el móvil. Escribo un mensaje en el grupo.
James: Alguien tiene que salir esta noche o me tiro por un puente.
Nathan: Trabajando.
Daniel: Adriana y yo tenemos planes.
Adrián: Ensayo de boda. Lo siento.
Alexander: La niña tiene fiebre. No puedo.
Genial.
Todos tienen algo. Alguien. Una razón para no estar disponibles un sábado por la noche.
Yo tengo una agenda vacía y un agujero en el pecho que no se llena con nada.
Guardo el móvil. Paro un taxi y le doy mi dirección.
El ático me recibe con su quietud de siempre. Mato la tarde como puedo: gimnasio, ducha, un informe que no necesitaba leer. A las diez me rindo, me pongo una camisa limpia y bajo a la calle.
—Al Renaissance —le digo al conductor cuando de detiene para recogerme.
Voy a emborracharme hasta olvidar la cara de decepción de mi madre y la indiferencia de mi padre. Voy a llenar el vacío con alcohol y con lo que sea que encuentre esta noche. Y mañana volveré a sentirme igual de hueco pero al menos durante unas horas no tendré que pensar en ello.
El club está lleno cuando llego.
La música está tan alta que se siente en el pecho. Luces estroboscópicas que cortan la oscuridad en destellos azules y violetas. Cuerpos que se mueven en la pista. Gente que grita para hacerse oír. El olor mezclado de perfume caro, alcohol y sudor.
Me abro paso hasta la barra. Pido un whisky. Me lo bebo de un trago. Pido otro.
El alcohol baja quemando por mi garganta y es lo primero en todo el día que me parece real.
—¿Eres James Morgan?
Me giro y veo a una mujer rubia con un vestido negro que le marca cada curva y que me sonríe desde el taburete de al lado. Guapa. Muy guapa. Labios rojos. Escote generoso. El tipo exacto de mujer con la que termino todos los sábados.
Ojalá mirarla me hiciese sentir algo.
—El mismo.
—Sabía que eras tú. —Se inclina hacia mí. Su perfume es dulce, empalagoso—. Te vi en la gala de tecnología del mes pasado.
—¿Ah, sí?
No la recuerdo. No recuerdo la gala. Seguro que también entonces estaba borracho.
—Diste un discurso increíble sobre innovación.
—Gracias.
—Soy Michelle.
—Encantado.
Me ofrece su mano. Yo se la estrecho. Tiene la piel suave. Uñas perfectas. Una pulsera de diamantes que probablemente cuesta más que el coche de la mayoría de la gente.
Podría preguntarle a qué se dedica. Podría intentar conocerla. Podría fingir que me importa algo más allá de llenar las próximas horas con lo que sea que no sea estar solo.
Pero no lo hago.
Porque los dos sabemos a qué hemos venido aquí.
—¿Te apetece una copa? —pregunto.
Michelle sonríe. Es una sonrisa que he visto mil veces. La sonrisa de alguien que sabe cómo va a terminar esta noche.
—Me encantaría.
Tres whiskys después estamos en un rincón oscuro del club.
Michelle habla. Dice algo sobre su trabajo. Sobre su apartamento. Sobre lo mucho que le gusta salir los sábados porque la semana es muy estresante.
Yo asiento. Sonrío. Digo cosas que suenan apropiadas en el momento justo.
Pero no escucho de verdad.
Estoy pensando en la comida con mis padres. En la cara de mi madre cuando me dijo que no le diera más disgustos. En cómo mi padre desaparecía detrás del periódico como si yo no existiera.
En treinta y seis años de esto.
En una vida entera de sentirme invisible con mi propia familia. De creer que no le importo a nadie. Que no le voy a importar jamás.
—¿Estás bien? —pregunta Michelle.
—Perfectamente.
—Pareces distraído.
—Solo estaba pensando en el trabajo.
Es mentira pero funciona. Michelle asiente como si lo entendiera.
—Los hombres de éxito siempre piensan en el trabajo.
Me besa antes de que pueda responder.
Sus labios saben a vodka con arándanos. Sus manos se enredan en mi pelo. Su cuerpo se pega al mío con una familiaridad que no nos hemos ganado pero que fingimos tener.
Le devuelvo el beso porque es lo que se supone que debo hacer.
Porque es más fácil que explicar que no siento nada.
Que nunca siento nada.
—Ven —susurra contra mi boca.
Me arrastra por el club. Pasamos junto a la pista de baile. Junto a los reservados VIP. Hasta el pasillo donde están los baños.
Empuja la puerta del baño de mujeres. Está vacío. Me mete dentro. Cierra el pestillo.
Me besa otra vez. Con más urgencia esta vez. Sus manos bajan por mi pecho. Desabotonan mi camisa con movimientos rápidos, expertos.
Yo la levanto. La siento en el lavabo. Sus piernas se enredan alrededor de mi cintura.
Todo ocurre rápido. Mecánico. Como si estuviéramos siguiendo un guion que los dos conocemos de memoria.
Condón. Ropa apartada. Dos cuerpos en un espacio demasiado pequeño, con olor a ambientador barato y música amortiguada por las paredes.
Michelle gime. Dice mi nombre. Araña mi espalda.
Yo cierro los ojos y dejo que mi cuerpo haga lo que sabe hacer.
Pero no siento nada.
No hay placer real. No hay conexión. No hay ese momento de «joder, esto es bueno» que se supone que debería sentir.
Solo hay vacío.
El mismo vacío que sentí en la comida con mis padres. El mismo vacío que siento cada vez que me despierto solo en mi apartamento. El mismo vacío que me acompaña cada día y que intento llenar con trabajo, con alcohol, con mujeres cuyo nombre olvido a la mañana siguiente.
No funciona.
Nunca funciona.
Michelle termina primero. Grita mi nombre contra mi hombro. Su cuerpo se tensa. Se relaja.
Yo termino segundos después. Más por rutina que por placer.
Nos quedamos así un momento. Respirando. Sudados. Demasiado cerca en un baño minúsculo.
Después Michelle se baja del lavabo. Se arregla el vestido. Se retoca el pintalabios frente al espejo con movimientos precisos.
—Ha sido increíble —dice mirándome por el espejo.
—Sí.
No lo ha sido. No ha sido nada.
Michelle saca su móvil del bolso.
—Deberíamos intercambiar números.
—Claro.
Le doy un número falso. Ella ni siquiera comprueba si es real.
Me besa una vez más antes de salir.
—Llámame.
—Lo haré.
No lo haré.
La puerta se cierra detrás de ella y me quedo solo en el baño.
Me miro al espejo. Tengo el pelo revuelto. La camisa medio desabrochada. Los ojos vidriosos por el alcohol.
El Encantador.
El soltero más codiciado de Manhattan.
El hombre que lo tiene todo y no tiene nada.
Me abrocho la camisa. Me paso la mano por el pelo. Salgo del baño.
El club sigue lleno. La gente sigue bailando. Sigue riendo. Sigue viviendo vidas que parecen tener más sentido que la mía.
Pido otro whisky en la barra. Después otro.
A medianoche estoy tan borracho que apenas puedo mantenerme en pie.
Paro un taxi. Le doy mi dirección. Me dejo caer en el asiento trasero.
Manhattan pasa por la ventanilla en un borrón de luces. Edificios. Gente. Vida.
Cierro los ojos.
No quiero ver nada más.
Llego a casa pasada la una de la mañana.
El portero me saluda. Yo asiento sin mirarlo. Subo en el ascensor hasta mi planta. Camino por el pasillo con pasos que no son del todo rectos.
Abro la puerta de mi apartamento.
Silencio.
Siempre silencio.
Cuatrocientos metros cuadrados de cristal y acero y ningún sonido excepto el de mi propia respiración.
Me quito los zapatos. La camisa. Cojo una botella de whisky y me dejo caer en el sofá sin llegar hasta la cama.
Miro el techo. Las luces de la ciudad entran por los ventanales y proyectan sombras que se mueven despacio.
Esto es todo lo que tengo.
Un apartamento vacío. Una empresa de éxito. Una vida que desde fuera parece perfecta y desde dentro no es nada.
Pienso en Alexander y en cómo mira a Zoe. En Daniel y en cómo habla de Adriana. En Adrián y en cómo prepara su boda con esa mezcla de pánico y felicidad que solo tiene sentido cuando amas a alguien.
Yo no tengo eso.
No sé cómo tenerlo.
Crecí en una casa donde nadie me dijo nunca que me quería. Donde mi padre me medía en resultados y mi madre me medía en apariencias. Donde los sentimientos eran algo vergonzoso que había que esconder.
Aprendí a sonreír. A encantar. A decir lo correcto. A ser el hijo perfecto en público y el desconocido educado en privado.
Y ahora no sé ser otra cosa.
No sé amar a alguien, ni ser vulnerable, ni construir algo real que no se rompa.
Solo sé cómo hacer esto.
Trabajar. Beber. Follar sin sentir nada. Llenar los días con reuniones y los fines de semana con cuerpos ajenos que no me conocen y a los que no conozco.
Y repetir.
Una y otra vez.
Hasta que me muera o hasta que acepte de una vez que esto es todo lo que voy a tener.
Cierro los ojos. El alcohol me arrastra hacia el sueño.
Mañana será otro día. Otro domingo vacío. Otra semana de fingir que todo está bien. Otra vida que no es vida.
En algún momento me arrastro hasta la cama y me quedo dormido con la ropa puesta y el sabor amargo del whisky en la boca. Y no sueño con nada.