Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

JAMES

Presente

No me muevo.

No puedo moverme.

No sé en qué momento he llegado hasta el sofá del salón. Tengo una resaca monumental, una niña de once años mirándome fijamente y una frase resonando en mi cabeza que no consigo procesar.

«Mi padre eres tú.»

No.

No, no, no.

Esto no está pasando.

Esto no puede estar pasando.

—¿Estás bien? —pregunta la niña.

Parpadeo. La miro. Sigue ahí. Rubia. Con los ojos enormes color avellana. La coleta medio deshecha. Vaqueros y una sudadera azul marino con el logo de un colegio.

Es real.

De carne y hueso.

—¿James? —insiste—. ¿Te vas a desmayar?

—No.

La palabra sale ronca. Apenas audible.

La niña me estudia con la cabeza ladeada. Como si estuviera evaluando si creerme o no.

—Parece que te vas a desmayar.

—No me voy a desmayar.

—Vale. —No suena convencida—. ¿Quieres que llame a una ambulancia?

—No.

—¿Seguro? Porque te has puesto muy pálido.

—Estoy bien.

Miento. No estoy bien. Ni de lejos.

Tengo una niña en mi salón que dice ser mi hija. Una niña que acaba de entrar en mi vida sin avisar y que me mira como si esperara que yo hiciera algo. Que dijera algo. Que fuera un adulto funcional capaz de gestionar esta situación.

Cuando la verdad es que no tengo ni idea de qué hacer.

La niña suspira. Es un suspiro muy largo para alguien tan pequeña. Se acerca al sofá con pasos decididos y se sienta a mi lado, con un espacio prudencial entre los dos.

—Vivo con mi tía —dice—. Por si te lo estabas preguntando.

—¿Tu tía?

—Sí. Hannah. Hannah Bennett. Mi madre es Vanessa Bennett. —Hace una pausa—. ¿Te acuerdas de ella?

Vanessa Bennett.

Intento recuperar algún recuerdo. Alguna cara. Alguna noche.

Nada.

Mi vida es una sucesión de fiestas, alcohol y mujeres cuyos nombres no pregunto. Podría haber conocido a cien Vanessas. O a ninguna. Pero no puedo decirle eso.

—No estoy seguro.

La niña asiente como si la respuesta no la sorprendiera.

—Vale. No pasa nada. Tampoco es que ella se acuerde mucho de ti.

Su tono suena resignado. Como si estuviera acostumbrada a que la gente no se acuerde de cosas importantes.

Me froto la cara con las manos. Intento pensar. Procesar esto de forma lógica.

Pero me cuesta demasiado.

Hay una niña. En mi casa. Que dice que soy su padre.

—¿Cuántos años tienes? —pregunto.

—Once. Cumplo doce en marzo.

Hago el cálculo mental. Once años y medio hacia atrás. Hace doce años. Justo cuando mi vida era todavía más desastre de alcohol y noches sin nombre.

Joder.

—¿Y tu madre… Vanessa…?

—No está conmigo. La última vez que se marchó fue hace tres años. —La niña dice esto con una naturalidad que me rompe por dentro—. Aparece a veces. Pero no mucho.

Dios. Eso es horrible.

—¿Y tu tía? ¿Vives con tu tía, no?

—Sí. Hannah me cría desde que era un bebé. Es profesora. De primaria. —Se encoge de hombros—. Vivimos en Brooklyn.

La forma en que dice esto. Tan directa. Tan práctica. Como si estuviera dándome los datos básicos de su vida sin esperar nada a cambio, me desarma completamente.

—¿Tu tía Hannah sabe que estás aquí?

La niña aprieta los labios. Mira hacia la ventana.

—No exactamente.

—¿Qué significa «no exactamente»?

—Significa que no sabe que estoy aquí. —Me mira de nuevo—. Discutimos ayer. Sobre ti. Ella no quería que viniera.

—Pero has venido de todas formas.

—Sí.

—¿Por qué?

Me mira como si la pregunta fuera estúpida.

—Porque eres mi padre.

La frase me sacude otra vez. Con la misma fuerza que la primera vez.

«Eres mi padre.»

No sé cómo responder a eso. No sé qué decir. No sé cómo ser la persona que esta niña necesita que sea.

Porque no soy esa persona.

Soy James Morgan. El Encantador. El soltero que se emborracha los sábados y se tira a mujeres en baños de clubs. El hombre que no siente nada. Que no sabe cómo amar. Que creció en una casa donde nadie le enseñó a ser otra cosa.

No puedo ser padre.

No sé cómo serlo.

La niña sigue mirándome. Esperando.

Trago saliva. Intento encontrar las palabras.

—¿Cómo te llamas?

—Alice.

—Alice.

El nombre suena extraño en mi boca. Real. Demasiado real.

—Alice Bennett —añade ella—. Aunque supongo que también podría ser Alice Morgan. Si tú… ya sabes. Si tú quieres.

La esperanza en su voz me destroza.

Esta niña. Esta personita que acaba de colarse en mi casa. Que ha venido sola porque necesitaba verme. Que me mira como si yo fuera la respuesta a algo.

Y yo no tengo respuestas.

Solo tengo una resaca del demonio, una vida vacía y un pánico creciente en el pecho que me dice que voy a decepcionar a esta niña igual que decepciono a todo el mundo.

—Alice… —empiezo a decir.

El interfono suena.

Los dos nos giramos hacia el aparato como si fuera una granada sin anilla.

Suena otra vez.

Me levanto del sofá. Las piernas apenas me responden. Camino hasta el teléfono. Descuelgo.

—¿Sí?

—Señor Morgan, soy yo de nuevo, el portero. —Suena agitado—. Siento molestarle pero hay una mujer muy alterada en el vestíbulo que insiste en subir. Dice que su sobrina está en su apartamento. He intentado detenerla pero…

—Oh, dios. —La voz de Alice detrás de mí suena aterrada—. Es mi tía.

Me giro. Alice se ha levantado del sofá. Tiene los ojos muy abiertos y se abraza el cuerpo con sus propios brazos.

—Va a matarme —susurra.

—¿Señor Morgan? —La voz de David suena cada vez más desesperada—. ¿Qué hago?

Miro a Alice. Ella me mira a mí.

Y entonces pasa algo.

Algo que no esperaba.

Alice da dos pasos rápidos hacia mí. Se coloca detrás de mí otra vez. Agarra mi camiseta con las dos manos como hizo cuando entró por primera vez.

En busca de protección.

Esta cría valiente que ha venido sola hasta aquí porque necesitaba saber si su padre existía. Que acaba de conocerme hace diez minutos. Que no tiene ninguna razón para confiar en mí.

Se está aferrando a mí como si yo fuera su escudo.

Y entonces, en el pecho, siento una punzada que no he sentido jamás. Pequeña pero real.

El impulso de hacer justo eso. Protegerla.

De no dejar que nada ni nadie le haga daño.

Ni siquiera su tía, que tiene todo el derecho del mundo a estar furiosa.

Bajo la vista. Veo sus manos en mi camiseta. Veo sus nudillos blancos de la fuerza con que se aferra.

Un instinto se despierta, uno que no sabía que tenía.

—Señor Morgan —insiste David.

Aprieto el teléfono con más fuerza. Respiro hondo.

—Déjala subir.

—¿Está seguro?

—Sí. Déjala subir.

Cuelgo antes de que David pueda seguir hablando.

Alice sigue detrás de mí. Siento su respiración acelerada contra mi espalda. Siento cómo tiembla.

—Va a estar muy enfadada —susurra.

—Lo sé.

—Muy, muy enfadada.

—Lo imagino.

—Le prometí que no vendría.

Me vuelvo despacio. Alice suelta mi camiseta pero no se aleja. Me mira con esos ojos enormes llenos de miedo y determinación a partes iguales.

—¿Por qué has venido si le prometiste que no lo harías?

Alice aprieta los labios. Baja la vista. Después la vuelve a subir y me sostiene la mirada.

—Porque necesitaba saber.

—¿Saber el qué?

—Si existes. Si te pareces a mí. Si… —Su voz se quiebra un poco—. Si puedes quererme.

La frase me parte en dos.

Esta niña.

Esta niña valiente y asustada que ha venido sola a por una respuesta que yo no sé si puedo darle.

Que me mira como si yo pudiera ser algo más que el Encantador vacío que se emborracha y no siente nada.

Abro la boca para decir algo. Lo que sea. Cualquier cosa que pueda borrar esa expresión de su cara. Pero no me sale nada. Porque no sé qué decir. Ni cómo prometer algo que quizá no pueda cumplir.

Y, por primera vez en mi vida, me preparo para hacer algo que no tiene que ver con negocios, con estrategia o con conseguir lo que quiero.

Me preparo para proteger a alguien. Aunque no tenga ni idea de cómo hacerlo.

Aunque no sepa si soy la persona adecuada para intentarlo.

Aunque todo en mi vida hasta este momento me haya enseñado que no estoy hecho para esto.