Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

HANNAH

Hace tres años…

Llego a casa a las ocho y media de la noche. Los pies me pesan como si llevara piedras en los zapatos y la espalda me tira de estar de pie desde las siete de la mañana. He dado siete horas de clase y luego tres de particulares con dos adolescentes que preferían estar en cualquier otro sitio.

Podría tumbarme en el suelo del rellano y no moverme hasta mañana.

No lo hago.

Nunca lo hago.

Abro la puerta del apartamento y lo primero que oigo es la risa de Alice desde el salón. Esa risa alta y descontrolada que solo tienen los niños cuando algo les hace gracia de verdad, sin filtro, sin vergüenza, sin nada que la frene.

Se me escapa una sonrisa antes de quitarme el abrigo.

La señora Johnson está sentada en el sofá con una revista de crucigramas en el regazo.

Alice está en el suelo rodeada de bloques de Lego, construyendo algo que parece una torre a punto de derrumbarse.

Tiene el pelo recogido en dos coletas que se le han deshecho hasta convertirse en nidos de pájaro.

La camiseta llena de manchas (sirope, creo, o mermelada) y las rodillas de los vaqueros grises de tanto arrastrarse por la moqueta.

Levanta la cabeza cuando entro.

Sus ojos se iluminan como si acabara de encenderse el sol.

—¡Hannah!

Se levanta de un salto. Los Legos salen volando. Corre hacia mí con los brazos abiertos y se estrella contra mi cintura con tanta fuerza que casi me hace perder el equilibrio.

Dejo caer el bolso. Le rodeo los hombros con los brazos. Entierro la cara en su pelo (huele a champú de manzana, patio de recreo, a ese olor indefinible que tienen los niños después de un día entero siendo niños) y respiro hondo.

El cansancio no desaparece. Los pies me siguen doliendo. La espalda sigue tensa.

Pero ahora puedo con ello.

Porque Alice está aquí, abrazándome como si llevara años sin verme, cuando solo han sido once horas.

—¿Qué tal el día? —pregunto contra su pelo.

—Bien. La señora Johnson me ha dejado ver dos episodios de mi serie favorita.

—Dos episodios completos. —Le aprieto un poco más antes de soltarla—. Vaya lujo.

—Y hemos hecho galletas.

—¿Habéis dejado alguna para mí?

Alice levanta la cabeza. Me sonríe con ese hueco donde se le cayó un diente la semana pasada, y que todavía la hace parecer un cachorro.

—Puede ser.

La señora Johnson se levanta del sofá con ese movimiento lento y cuidadoso de quien tiene sesenta años y unas rodillas que protestan. Recoge su bolso del reposabrazos. Su chaqueta del respaldo.

—Se ha portado muy bien. —Me mira con ese cariño tranquilo que tiene desde que la contraté hace tres años—. Ha hecho los deberes sin protestar. Se ha comido toda la verdura.

—Gracias, señora Johnson. No sé qué haría sin usted.

—Lo mismo que todas las madres trabajadoras. —Me da una palmadita en el brazo—. Lo harías lo mejor que pudieras.

Se va antes de que pueda corregirla.

No soy su madre por mucho que desee serlo.

Las palabras se me quedan atascadas en la garganta. Como siempre.

Cierro la puerta despacio. Dejo las llaves en el cuenco de la entrada, ese cuenco de cerámica que Alice pintó en el colegio y que tiene las letras CASA escritas con purpurina.

Me quito los zapatos. Los dejo junto al zapatero de IKEA que monté yo misma hace dos años, siguiendo las instrucciones al revés tres veces hasta que Alice me dijo que lo estaba haciendo mal.

—Vale. —Me giro hacia ella—. ¿Qué cenamos?

—Ya he cenado.

—Ya. Pero yo no. Y no pienso cenar sola.

Alice pone los ojos en blanco, pero sonríe.

—Podemos hacer tortitas.

—¿Tortitas para cenar?

—¿Por qué no?

—Porque las tortitas son para desayunar.

—Eso es una norma estúpida.

—Alice.

—Vale, vale. Tonta. ¿Mejor?

—Mejor.

Vamos a la cocina. Alice saca los ingredientes de la despensa con esos movimientos decididos que tiene desde que aprendió a caminar: harina, huevos, leche, levadura. Todo lo coloca en fila sobre la encimera, como si preparara una operación militar.

Yo enciendo la radio. Suena una canción pop que Alice reconoce. Empieza a cantarla, desafinando sin complejos, mientras echa harina en el bol. Echa demasiada. Parte cae al suelo en una nube blanca.

—Ups.

—Tranquila. Ya lo recojo luego.

—¿Seguro?

—Seguro.

Mezclamos los ingredientes entre las dos. Alice insiste en batir. Le cuesta (el bol se le mueve por la encimera y tiene que sujetarlo con la otra mano) y la masa queda llena de grumos. No digo nada. La dejo batir. La dejo sentirse útil, mayor, capaz.

Cuando la masa está lista, más o menos, caliento la sartén. Alice se sube al taburete que tiene junto a la encimera. Se agarra al borde para no perder el equilibrio.

—Puedo hacerlo yo —dice.

—¿Segura?

—Sí. Ya soy mayor.

Tiene ocho años. No es mayor.

Le paso la cuchara de todas formas.

Echa la masa en la sartén con cuidado. Demasiado cuidado. La lengua le asoma entre los dientes de pura concentración. La tortita queda pequeña y deforme, con un borde que parece una oreja.

—Ha quedado rara —dice frunciendo el ceño.

—Ha quedado perfecta.

—Parece un monstruo.

—Los mejores monstruos tienen forma rara.

Alice se ríe. Esa risa otra vez. La que hace que todo merezca la pena.

Hacemos seis tortitas entre las dos. Ninguna sale redonda. Una se quema por un lado. A otra le damos la vuelta demasiado pronto y se queda medio cruda por dentro.

Nos las comemos igual.

Alice con sirope de arce (se echa hasta que tengo que quitarle la botella de las manos) y yo con mantequilla y un café recalentado que me sabe a gloria bendita.

Comemos en la mesa pequeña de la cocina, con las rodillas casi tocándose.

Alice me cuenta cosas del colegio. De su amiga Sophie, que se ha peleado con otra niña por un rotulador rosa.

De su profesora de matemáticas, que es aburrida pero no mala.

De un examen de lengua que tiene el miércoles y para el que todavía no ha estudiado.

Yo la escucho. La miro partir las tortitas en trozos iguales, comer con las dos manos, limpiarse el sirope de la barbilla con el dorso de la mano.

Y pienso que podría estar sola en este apartamento. Cenando cualquier cosa delante de la tele. Sin nadie que me cuente peleas de patio. Sin nadie que haga tortitas monstruosas conmigo.

Pero estoy aquí. Con Alice.

Y no cambiaría esto por nada.

Después de cenar recogemos juntas. Alice me acerca los platos (con cuidado, sujetándolos con las dos manos como le he enseñado) y yo los lavo y los seco. Es una coreografía que hemos repetido mil veces. Ella sabe justo cuándo pasarme el siguiente plato. Yo sé justo cuándo tenderle la mano.

—¿Jugamos a algo? —pregunta cuando terminamos.

—¿No tienes sueño?

—No.

—Alice, son las nueve y media.

—Por favor. —Me mira con esos ojos enormes, color avellana con motas doradas—. Solo un ratito.

Ya sé que he perdido antes de contestar.

—Vale. Un ratito.

Alice grita de alegría y sale corriendo al salón. Vuelve con su juego de cartas favorito, ese con dibujos de animales imposibles que tiene reglas que cambian cada vez que jugamos porque Alice se las inventa sobre la marcha.

Nos sentamos en el suelo con las piernas cruzadas. Jugamos tres rondas. Alice gana las tres. Hace trampas descaradas (se guarda cartas en el regazo, cambia las reglas a mitad de partida) y yo finjo no darme cuenta.

—Gano yo. —Levanta las manos en señal de victoria—. Otra vez.

—Qué raro.

—No he hecho trampas.

—No he dicho que las hayas hecho.

—Pero lo estabas pensando.

—Puede ser.

Alice se ríe y se deja caer hacia atrás hasta quedar tumbada en la moqueta con los brazos extendidos como una estrella de mar.

—Estoy cansada.

—Ya. Es tarde.

—No quiero ir a la cama.

—Pues es una pena, porque vas a ir de todas formas.

Alice hace un sonido de protesta, a medio camino entre un gruñido y un suspiro, pero se levanta. Recogemos las cartas juntas. Después va al baño a lavarse los dientes mientras yo doblo la manta del sofá y apago las luces del salón.

Cuando sale, con la cara limpia y el pijama de rayas, la acompaño a su habitación.

Es pequeña. Apenas cabe la cama individual, el escritorio de segunda mano que pinté de blanco y la estantería llena de libros y juguetes que hemos ido acumulando con los años.

Pero es suya. La decoramos juntas: tiene paredes azul claro, cortinas con estrellas plateadas, una lámpara con forma de luna que proyecta lucecitas en el techo cuando se enciende.

Alice se mete en la cama. Yo le subo el edredón (de unicornios y arcoíris, ya demasiado corto para ella) hasta la barbilla.

—¿Me lees algo? —pregunta con esa voz dulce que solo usa cuando está a punto de dormirse.

—Claro, cariño.

Me siento en el borde de la cama. El colchón se hunde un poco bajo mi peso. Cojo el libro de su mesilla: la historia de una niña que encuentra un dragón en su jardín y se hacen amigos. Lo hemos leído tantas veces que se sabe los diálogos de memoria.

Leo dos capítulos. Alice se acurruca contra la almohada. Cierra los ojos. Su respiración se vuelve más lenta, más profunda, más suave.

Cuando termino el segundo capítulo, está casi dormida. Tiene la barbilla relajada. Los párpados quietos. Una mano junto a la mejilla.

Dejo el libro en la mesilla. Le aparto el pelo de la frente. Le doy un beso suave en la sien.

—Buenas noches, cariño.

—Hannah.

Su voz suena pastosa. Somnolienta. Medio dormida.

—¿Sí?

—Ojalá tú fueses mi madre.

Me quedo sin aire.

Alice no abre los ojos. No dice nada más. Se da la vuelta, se acurruca bajo el edredón y en diez segundos está dormida del todo.

Y yo me quedo sentada en el borde de su cama, paralizada.

Ojalá tú fueses mi madre.

Las palabras me retumban en el pecho como si las hubiera gritado.

Intento respirar. No puedo. Intento tragar. Tampoco.

Las lágrimas vienen de golpe. Calientes. Rápidas. Silenciosas.

Me tapo la boca con las dos manos para no hacer ruido. Para no sollozar. Para no despertar a Alice y convertir esto en algo de lo que tengamos que hablar mañana.

Pero las lágrimas siguen cayendo.

Porque yo también lo deseo.

Lo deseo tanto que me duele. Lo deseo con una intensidad que me asusta.

Desearía ser su madre. Desearía que los papeles dijeran lo que mi corazón sabe desde hace años.

Desearía que Alice me llamara mamá en lugar de Hannah.

Desearía que Vanessa no existiera, que no hubiera parido a esta niña preciosa solo para abandonarla una y otra vez como si no fuera lo más valioso del mundo.

Desearía que Alice fuera mía de verdad.

No solo en el día a día. No solo porque soy quien la cuida, quien la baña, quien revisa sus deberes y le lee por las noches.

Sino en todo.

A ojos de la ley.

Pero no lo soy.

Y puede que no lo sea nunca.

Porque Vanessa es su madre. Porque Alice tiene ocho años y todavía espera que vuelva, aunque cada vez lo espera un poco menos. Porque yo no puedo quitarle esa esperanza, por egoísta que sea.

Por mucho que me duela.

Por mucho que cada parte de mí grite que esta niña es mía. Que la he criado desde que tenía seis meses. Que he estado en cada cumpleaños, en cada fiebre nocturna, en cada pesadilla, en cada momento bueno y malo de sus ocho años de vida.

Pero soy su tía.

Solo su tía.

Las lágrimas me mojan las manos. Me las seco con la manga del jersey. Respiro hondo hasta que el nudo del pecho afloja un poco.

Miro a Alice dormir. La cara relajada. Los labios entreabiertos. Esa mano pequeña junto a la mejilla.

Es la niña más preciosa del mundo.

Y ojalá fuera mía.

Me levanto despacio. Salgo de la habitación y cierro la puerta a mi espalda.

En el pasillo me apoyo contra la pared. Cierro los ojos.

Y me permito decirlo en voz alta, en un susurro que casi no sale:

—Ojalá fuese tu madre, cariño.

Las palabras flotan en el silencio del pasillo vacío.

Nadie las oye.

Solo yo.