CAPÍTULO 5
HANNAH
Odio los domingos por la mañana.
Odio tener que levantarme a las siete cuando podría estar en la cama. Odio tener que ducharme corriendo y desayunar de pie. Odio tener que irme de casa dejando a Alice dormida. Odio que, hasta que la señora Johnson llegue a las diez, nadie pueda hacerle el desayuno.
Pero sobre todo odio tener que hacerlo el día después de haber discutido con ella.
Me miro en el espejo de la entrada antes de salir. Tengo ojeras. El pelo todavía húmedo recogido en una coleta. Los vaqueros arrugados porque no me he molestado en plancharlos.
Parezco justo lo que soy: una mujer que no ha dormido nada pensando en la cara de su sobrina cuando le dijo que no podía ir a buscar a su padre.
Bajo las escaleras hasta la planta baja. Cruzo el portal. El aire frío de la mañana me muerde la cara.
Cojo el metro hasta el Upper East Side. Cuarenta minutos de trayecto en los que no consigo dejar de pensar en Alice. En la discusión del día anterior. En cómo me dijo vale cuando le pedí que me prometiera que no iría a buscar a James Morgan.
Llego a la casa de los Marshall a las ocho y media. Es un edificio de piedra gris con portero uniformado y plantas recién podadas en la entrada. El tipo de edificio donde una sola casa cuesta más de lo que yo ganaré en toda mi vida.
El portero me saluda con una sonrisa profesional. Ya me conoce. Llevo dos años viniendo cada domingo a las ocho y media para dar clase a Dylan Marshall, un niño de once años con más dinero que motivación.
Subo en el ascensor hasta la sexta planta. Llamo al timbre. La señora Marshall abre la puerta con una sonrisa de anuncio y un jersey de cachemira que debe de valer más que mi alquiler de un mes.
—Buenos días, Hannah. Pasa, por favor.
—Buenos días.
Entro. El apartamento huele a café recién hecho. Todo está impecable. Los sofás blancos sin una mota de polvo. Los cojines colocados con precisión milimétrica. Las revistas de decoración apiladas en ángulo recto sobre la mesa de centro.
Dylan está en el comedor esperándome. Tiene los libros abiertos delante pero está mirando el móvil.
—Buenos días, Dylan.
—Hola. —Ni siquiera levanta la vista cuando me acerco.
Me siento a su lado. Saco mi cuaderno. Mi bolígrafo. Intento concentrarme.
—¿Qué deberes tienes?
—Matemáticas. Tema cinco.
—Vale. Enséñame los ejercicios que te mandaron.
Dylan me pasa el cuaderno arrastrándolo por la mesa. Tiene la letra de alguien a quien le importa todo muy poco. Los ejercicios están medio hechos. Algunos ni siquiera empezados.
Respiro hondo. Sonrío. Hago mi trabajo.
Durante la siguiente hora y media intento explicarle fracciones a un niño que preferiría estar en cualquier otro sitio. Dylan me escucha a medias. Hace los ejercicios protestando. Se distrae cada dos minutos con el móvil hasta que le digo que lo guarde.
Cualquier otro día me sacaría de quicio. Hoy apenas lo noto.
Porque no puedo dejar de pensar en Alice.
En cómo me he tenido que ir a trabajar después de una discusión. En cómo debería haber cancelado esta clase y haberme quedado con ella.
Pero no puedo cancelar. Necesito el dinero. Necesito cada dólar que me pagan por enseñar a niños que no quieren estudiar.
Así que aquí estoy. Dando clase. Fingiendo que todo va bien.
A las diez Dylan hace un ejercicio de fracciones especialmente complicado sin protestar. Le felicito. Él se encoge de hombros como si no fuera para tanto.
Mi móvil vibra en el bolso.
Lo ignoro. Estoy trabajando. Sea quien sea puede esperar.
Vuelve a vibrar.
Y otra vez.
Y otra.
—¿No vas a cogerlo? —pregunta Dylan.
—No. Estamos en clase.
—Pero no deja de sonar.
Tiene razón. No deja de sonar.
Se me hace un nudo en el estómago. Meto la mano en el bolso. Saco el móvil.
Y veo que tengo cinco llamadas perdidas de la señora Johnson.
El corazón se me para.
La señora Johnson nunca me llama a no ser que sea urgente de verdad. Y menos cinco veces seguidas.
—Dylan, perdona un momento.
No espero respuesta. Me levanto. Salgo del comedor. Voy al pasillo. Marco el número de la señora Johnson con las manos temblando.
Contesta al primer tono.
—¿Hannah?
Su voz suena aguda. Histérica. Fuera de control.
—¿Qué pasa? ¿Está bien Alice?
—No lo sé. No está aquí.
El suelo se mueve bajo mis pies.
—¿Cómo que no está?
—He llegado a las diez como siempre. He abierto la puerta con la llave que me diste. He llamado a Alice. No ha contestado. He ido a su habitación. No está. He mirado en el baño. En tu habitación. En el salón. No está en ningún sitio.
No puedo respirar. El aire no me llega.
—¿Has mirado en…?
—He mirado en todas partes, Hannah. —La voz de la señora Johnson se quiebra—. No está. Se ha ido.
—No puede haberse ido. No puede.
—¿Llamo a la policía?
—No. Espera. Déjame pensar.
Pero no puedo pensar. No puedo hacer nada que no sea intentar respirar mientras el pánico me aprieta el pecho como una mano gigante.
Alice no está en casa.
Alice se ha ido.
Alice tiene once años y se ha ido sola a algún sitio y no sé dónde está y no sé si está bien y…
—¿Hannah? —La voz de la señora Johnson suena cada vez más aguda—. ¿Hannah, me oyes? ¿Llamo a la policía?
—Yo… Dame un segundo.
Tengo que pensar. Tengo que calmarme. Tengo que…
—¿Hannah? ¿Qué hago?
—¡No lo sé! —Las palabras salen como un grito—. ¡No lo sé, joder!
Se hace el silencio al otro lado.
He gritado. Le he gritado a la señora Johnson.
Oigo pasos detrás de mí. Me giro. La señora Marshall está en el pasillo mirándome con los ojos muy abiertos.
—¿Va todo bien?
No contesto. No puedo contestar.
Vuelvo a ponerme el teléfono en la oreja.
—Señora Johnson, lo siento. No quería…
—No pasa nada, cariño. Sé que estás asustada. Yo también lo estoy.
Cierro los ojos. Respiro hondo hasta que puedo hablar.
Piensa, Hannah. Piensa.
¿Dónde puede haber ido Alice?
¿Con alguna amiga? No. Me lo habría dicho. Y sus amigas viven en el barrio. Alice no se iría tan lejos sin avisar.
¿Al colegio? No tiene sentido. Es domingo.
¿Al parque? Tampoco. Alice no sale sola. Nunca sale sola.
¿Entonces dónde…?
Y de repente la respuesta llega con tanta claridad que casi me caigo.
James Morgan.
Alice ha ido a buscar a James Morgan.
Mierda.
Mierda, mierda, mierda.
—Señora Johnson.
—¿Sí?
—Creo que sé dónde está.
—¿Dónde?
—Ha ido a buscar a su padre.
Silencio.
—¿A su padre? —La voz de la señora Johnson suena confundida—. Pero yo pensaba que…
—Es una larga historia. No tengo tiempo de explicarla ahora. —Aprieto el móvil hasta que me duelen los dedos—. Voy a ir a buscarlo. Quédate en el apartamento por si vuelve.
—Vale. Vale, de acuerdo. Pero Hannah…
—¿Sí?
—¿Estás segura de que está con él? ¿Y si…?
—Estoy segura.
No estoy segura de nada. Pero no puedo permitirme pensar en otras opciones. No puedo permitirme imaginar a Alice perdida en algún sitio. Asustada. Sola.
Tengo que creer que está con James Morgan.
Aunque James Morgan sea un desconocido. Aunque sea un millonario playboy que sale en las revistas con una mujer diferente cada semana. Aunque no tenga ni idea de cómo tratar a una niña.
Tengo que creer que Alice está con él.
Porque la alternativa es insoportable.
—Voy para allá —digo—. Te llamo en cuanto la encuentre.
—De acuerdo. Ten cuidado.
Cuelgo.
Me quedo de pie en el pasillo con el móvil en la mano y el corazón latiéndome tan rápido que me duele el pecho.
La señora Marshall sigue mirándome.
—¿Qué ha pasado? ¿Puedo ayudar en algo?
—Tengo que irme.
—¿Ahora?
—Ahora.
Vuelvo al comedor. Recojo mis cosas a toda velocidad. Cuaderno. Bolígrafo. Bolso. Dylan me mira boquiabierto.
—¿Te vas?
—Sí. Lo siento. Ha surgido una emergencia.
—¿Qué tipo de emergencia?
No contesto. Salgo del comedor. La señora Marshall me sigue hasta la puerta.
—Hannah, si necesitas algo…
—Gracias. Tengo que irme.
Abro la puerta. Salgo. Bajo corriendo las escaleras porque no puedo esperar al ascensor. Seis pisos. Los pies me golpean los escalones con tanta fuerza que me duelen las rodillas.
Salgo del edificio. El aire frío me muerde otra vez pero ahora ni siquiera lo noto.
Cojo el móvil. Busco la dirección de James Morgan que guardé cuando investigué sobre él en Google como una acosadora paranoica, porque necesitaba saber quién era ese hombre que podía ser el padre de mi sobrina.
La dirección aparece en la pantalla.
Manhattan. Upper West Side. Un edificio de lujo con vistas al parque.
Cojo un taxi porque el metro tardaría demasiado. Le doy la dirección al conductor. Me siento en el asiento de atrás con las manos apretadas en el regazo.
—¿Puede ir rápido, por favor?
—Haré lo que pueda.
El taxi arranca. El tráfico del domingo por la mañana es denso pero no imposible. Avanzamos despacio. Demasiado despacio.
Miro por la ventana sin ver nada. Solo puedo pensar en Alice.
En su cara cuando le dije que no podía ir a buscar a James Morgan. En la promesa que me hizo. En que debería haber sabido que me estaba mintiendo.
Alice no miente bien. Nunca lo ha hecho. Cuando miente se muerde el labio y aparta la mirada y se retuerce las manos como si intentara borrar las palabras del aire.
Debería haberlo visto.
Debería haberme quedado con ella.
Debería haber cancelado la maldita clase y haberme quedado en casa para asegurarme de que estaba bien.
Pero no lo hice.
Y ahora Alice está con un desconocido. Un hombre que puede ser su padre o puede no serlo. Un hombre del que no sé nada excepto lo que dicen las revistas y los periódicos.
Y lo que dicen no es nada bueno.
El taxi gira en una esquina. Luego otra. Otra más.
Por fin llegamos al Upper West Side. El conductor para delante de un edificio alto de cristal y acero con portero en la puerta.
—Son veintidós dólares.
Saco un billete de veinte y otro de diez del monedero. Se los doy. No espero el cambio.
Bajo del taxi. Corro hacia la entrada. El portero me mira con recelo.
—¿Puedo ayudarla?
—Necesito subir al apartamento de James Morgan.
—¿Tiene cita?
—No.
—Entonces me temo que…
—Mi sobrina está ahí arriba. Tiene once años. Se ha ido de casa sin permiso. Necesito verle ahora.
El portero me mira un segundo.
Después coge el teléfono y marca.
Y yo me quedo de pie en la entrada con el corazón en la garganta esperando que Alice esté bien.
Esperando no llegar demasiado tarde.