Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

JAMES

Estamos en el rellano, esperando a que suba la tía.

El ascensor llega.

Las puertas se abren.

Y entonces veo a la tía de Alice.

Y joder, me quedo de piedra.

Es preciosa.

No. Preciosa se queda corto. Es impresionante de una forma que te deja sin aire y sin palabras.

Tiene el pelo castaño claro recogido en una coleta que se le está deshaciendo. Cara de ángel. Y unos ojos verdes enormes llenos de pánico. Lleva vaqueros y un jersey arrugado. Va sin maquillaje. Sin joyas. Sin nada que no sea ella misma, que ha llegado corriendo como si le fuera la vida en ello.

Y está furiosa.

No. Furiosa tampoco es la palabra correcta.

Está aterrada.

Sale del ascensor como un huracán. Ni siquiera me mira. Solo mira hacia mi apartamento con ojos que buscan a Alice.

—¿Alice? —Su voz sale rota. Aguda. Desesperada—. ¿Alice?

—Estoy aquí.

Alice sale de detrás de mí. Da dos pasos hacia su tía.

Y entonces Hannah se lanza.

Se lanza sobre Alice. La aprieta entre sus brazos con tanta fuerza que la niña suelta un sonido de sorpresa. La abraza como si acabara de salir viva de un edificio en llamas.

—Estás bien. Estás bien. Estás bien.

Lo repite una y otra vez contra el pelo de Alice. Las palabras salen entrecortadas. Rotas por algo que suena demasiado parecido a un sollozo.

Está llorando.

Esta mujer preciosa y angustiada está llorando en medio de mi entrada abrazando a su sobrina como si fuera lo único que la mantiene en pie.

Y yo me quedo clavado en el sitio.

Porque jamás en mi vida he visto algo así.

Jamás he visto una demostración tan cruda, tan desnuda, tan real de amor.

Mi madre nunca me abrazó así. Ni siquiera cuando era pequeño y me caía y me hacía daño. Me daba una palmadita en la cabeza y me decía que los niños mayores no lloraban.

Mi padre menos todavía. Mi padre me estrechaba la mano como si tuviera treinta años en lugar de ocho.

Pero esto.

Esto es amor de verdad.

El tipo de amor que no se esconde. Que no se disfraza. Que no se controla.

El tipo de amor que te rompe por dentro porque sabes que jamás lo has tenido y que quizá jamás lo tendrás.

Hannah sigue abrazando a Alice. Tiene la cara enterrada en su pelo. Los hombros le tiemblan.

Alice le devuelve el abrazo con la misma fuerza. Tiene los ojos cerrados. Las manos aferradas a la espalda del jersey de su tía.

—Lo siento —susurra Alice—. Lo siento mucho.

—¿Sabes el susto que me has dado? —La voz de Hannah sale ahogada—. ¿Sabes lo que he sentido cuando la señora Johnson me ha llamado y me ha dicho que no estabas en casa?

—Lo siento.

—He pensado que te había pasado algo. He pensado que…

No termina la frase. No puede. Otro sollozo le corta las palabras.

Me muevo sin darme cuenta. Doy un paso hacia ellas. Quiero hacer algo. Decir algo. Cualquier cosa que haga que esta mujer deje de llorar.

Pero no sé el qué.

Así que me quedo de pie como un idiota en mi propia casa mirando a una mujer destrozarse delante de mí mientras abraza a su sobrina.

Y me doy cuenta de algo.

No tengo que defender a Alice de su tía.

No tengo que protegerla de nada.

Porque esta mujer la ama. La ama con una intensidad que nunca he visto. La ama más de lo que yo he amado nada en toda mi vida.

Hannah se separa un poco de Alice. Le pone las manos en los hombros. La mira a los ojos.

—¿Por qué? —Su voz tiembla—. ¿Por qué has venido aquí sin decirme nada?

—Porque sabía que no me dejarías.

—Claro que no te habría dejado. No conoces a este hombre. Podrías haberte metido en un problema. Podría haberte pasado cualquier cosa.

—Pero tenía que venir. Tenía que saber.

—¿Saber qué?

Alice traga saliva. Las lágrimas empiezan a resbalarle por las mejillas.

—Si yo… —Se le quiebra la voz—. Si yo soy suficiente.

Hannah se queda muy quieta.

—Alice. Por supuesto que lo eres.

—Pero necesitaba saber quién es mi padre. Necesito saber si me parezco a él. Si él… si él sí puede quererme. —Las palabras salen atropelladas. Desesperadas.

Se me encoge el pecho.

—Y si soy una mala hija como piensa mi madre.

Hannah hace un sonido que no es del todo humano.

—No. —La voz le sale rota—. No digas eso. No vuelvas a decir eso jamás.

—Pero…

—Tú no eres una mala hija. —Hannah le coge la cara entre las manos—. Tú nunca has sido una mala hija. Eres perfecta. ¿Me oyes? Eres perfecta tal y como eres.

—Pero mamá…

—Tu madre tiene un problema. Tu madre siempre ha tenido un problema. —Las lágrimas le resbalan por las mejillas—. Es una narcisista. Siempre lo ha sido. Solo piensa en ella misma. En lo que ella quiere. En lo que ella necesita. Y nunca ha sido capaz de ver lo increíble que eres.

Alice solloza.

—Pero tú eres increíble. Eres lista y valiente y divertida y cariñosa. Y el problema nunca has sido tú. Nunca. ¿Me oyes? Nunca.

—¿De verdad?

—De verdad.

Hannah la abraza otra vez. Más fuerte. Como si quisiera protegerla de todo el dolor que el mundo puede causar.

Y yo me quedo mirándolas. Mirando a estas dos mujeres destrozadas abrazándose en la entrada de mi casa. Y siento algo que llevaba años sin sentir. Algo real.

Algo que me duele y me remueve y me deja en carne viva.

Porque esto es lo que yo nunca he tenido. Esto es lo que mis padres nunca me dieron. Esto es amor de verdad.

Y de repente lo entiendo.

Entiendo lo mucho que puede afectar a las personas que alguien se comporte de forma irresponsable. Entiendo el daño que puede causar alguien que solo piensa en sí mismo. Entiendo que cada acción tiene consecuencias y que esas consecuencias pueden destrozar a la gente.

Como mi madre me destrozó a mí.

O como Vanessa destrozó a Alice.

O como yo he destrozado a todas las mujeres que han pasado por mi cama esperando algo más que una noche.

Joder.

Mi vida ya es una mierda.

Meter a estas dos mujeres no va a hacerla peor.

Y quizás.

Solo quizás.

Esto me espabile de una puta vez.

Quizás esto me obligue a ser un adulto. A tomar responsabilidades. A dejar de beber hasta perder el conocimiento cada fin de semana intentando llenar un vacío que no se llena con alcohol.

Quizás esto sea justo lo que necesito.

Miro a Alice. Miro a Hannah. Y tomo una decisión.

Quiero saber si soy el padre de esta niña. Quiero saberlo de verdad. Porque si lo soy, entonces tengo que estar aquí. Tengo que ayudar. Tengo que ser lo que Alice necesita que sea.

Y si no lo soy… Bueno. Ya pensaré en eso cuando llegue el momento.

Hannah y Alice se separan poco a poco. Las dos tienen la cara llena de lágrimas. Los ojos rojos. La respiración entrecortada.

Hannah le limpia las lágrimas a Alice con el pulgar. Le aparta el pelo de la frente. Le da un beso en la sien.

—Te quiero —susurra.

—Yo también te quiero.

Se abrazan otra vez. Más suave en esta ocasión. Más relajadas.

Y yo espero.

Espero hasta que se calman. Hasta que las dos pueden respirar sin que les tiemble el pecho.

Entonces me aclaro la garganta.

—Tenemos que hablar.

Hannah levanta la cabeza y me mira por primera vez desde que entró.

Y joder.

Esos ojos verdes.

Esos ojos verdes furiosos y brillantes de lágrimas se clavan en mí como si quisieran atravesarme.

—No tengo nada que hablar contigo. —Su voz sale fría. Cortante—. Nos vamos.

Aprieta a Alice contra su pecho en un gesto protector. Como si yo fuera una amenaza.

Y puede que tenga razón en protegerla de mí.

Pero Alice niega con la cabeza.

—Hannah, por favor.

—No.

—Por favor. —La voz de Alice sale baja. Suplicante—. Yo sí quiero hablar con él.

Hannah cierra los ojos. Aprieta los labios. Respira hondo una vez. Dos. Tres.

Veo el momento exacto en el que pierde la batalla.

Veo cómo sus hombros se hunden. Cómo la tensión de su mandíbula se afloja. Cómo la furia de sus ojos se transforma en algo muy parecido a la resignación.

—Vale —dice al fin—. Vale. Hablaremos.

Abre los ojos. Me mira.

Y yo me preparo.

Porque algo me dice que esta conversación va a ser la más importante de mi vida.

Y no tengo ni idea de cómo manejarla.

—Pero si le haces daño. —Hannah me sostiene la mirada sin pestañear—. Si le haces daño de cualquier forma, te juro por Dios que te arrepentirás.

No es una amenaza vacía.

Lo veo en sus ojos.

Esta mujer acabaría conmigo si hiciera falta.

Y la respeto por eso.

—No voy a hacerle daño —digo. Y lo digo en serio—. Jamás le haría daño.

—Eso está por ver.

—Hannah… —empieza Alice.

Hannah parpadea. Como si se obligase a ser civilizada.

—Bien —dice por fin.

—Bien.

Nos quedamos mirándonos. El silencio se estira.

Y entonces Alice rompe el silencio.

—¿Podemos sentarnos?

Hannah aparta la mirada. Mira a Alice. Su expresión se suaviza.

—Claro, cariño.

Las guío hasta el sofá. Alice se sienta en medio. Hannah a su lado. Yo en el sillón enfrente.

Y empezamos a hablar.