CAPÍTULO 7
JAMES
—Quiero estar en la vida de Alice.
Las palabras salen antes de que pueda pensarlas. Antes de que pueda filtrarlas. Antes de que pueda arrepentirme.
Pero no me arrepiento.
Hannah me mira como si acabara de decir que quiero lanzarme desde el tejado.
—¿Estás loco?
—Probablemente.
—No voy a permitir que juegues con sus sentimientos. —Su voz sale cortante. Furiosa—. No voy a dejar que seas otra persona más que la abandone cuando te aburras.
—No voy a aburrirme.
—¿Ah, no? —Se ríe sin humor—. ¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo sé yo que dentro de dos semanas no te vas a cansar de jugar a papás y mamás y vas a desaparecer?
—Porque no soy así.
—Los periódicos dicen lo contrario.
—Los periódicos dicen muchas cosas.
—¿Y cuáles de esas cosas son mentira? —Hannah se inclina hacia delante—. ¿La parte donde sales con una mujer diferente cada semana? ¿La parte donde te emborrachas en clubs de lujo? ¿La parte donde…?
—Vale. —Levanto una mano—. Lo pillo. Soy un desastre. Pero eso no significa que vaya a serlo con ella.
—¿Por qué debería creerte?
—Porque te lo estoy diciendo.
—Eso no es suficiente.
Aprieto los dientes. Me obligo a mantener la calma.
Pero es difícil. Es muy difícil mantener la calma cuando esta mujer me mira como si fuera la peor persona del mundo.
Y lo peor es que no le falta razón.
—Mira. —Mi voz sale más dura de lo que pretendía—. Entiendo que estés enfadada. Entiendo que no confíes en mí. Pero tú me has ocultado que esta niña podría ser mía.
Hannah parpadea.
—¿Perdona?
—Has sabido durante quién sabe cuánto tiempo que yo podría ser su padre y no me has dicho nada. No me has dado la oportunidad de saberlo. De estar presente. De…
—Porque no sabía si eras tú.
—¿Y no se te ocurrió preguntarme?
—¿Preguntarte qué? —Hannah se levanta del sofá—. ¿Oye, te acuerdas de aquella vez que te acostaste con mi hermana hace doce años? Porque puede que tengas una hija.
—Sí. Exactamente eso.
—Eres idiota.
—Y tú una hipócrita.
Los dos nos miramos. Los dos furiosos. Los dos respirando demasiado rápido.
Alice se mueve entre nosotros.
—Parad.
Su voz sale pequeña. Asustada.
Hannah y yo la miramos al mismo tiempo.
Y apostaría a que los dos sentimos la misma vergüenza por estar comportándonos así delante de ella.
—Parad de discutir. Por favor.
Hannah cierra los ojos. Respira hondo. Cuando los abre otra vez toda la furia ha desaparecido.
—Lo siento, cariño. —Se sienta otra vez junto a Alice—. Lo siento mucho.
—No quiero que discutáis.
—No vamos a discutir más. —Hannah le pasa un brazo por los hombros—. Te lo prometo.
Me mira por encima de la cabeza de Alice. Sus ojos dicen esto no ha terminado .
Los míos responden ni de coña .
Pero ninguno de los dos dice nada.
Por Alice.
Hannah suspira.
—Vale. Mira. La verdad es que no sé si eres su padre.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Mi hermana solo te mencionó de pasada. —Su voz se vuelve más fría—. Como mencionaba a todos los hombres famosos y poderosos con los que se conseguía acostar. Porque es guapa y maravillosa y puede tener a quien quiera.
Hay tanto veneno en esas palabras que casi lo saboreo.
—Vanessa siempre ha sido así. Coleccionaba hombres como trofeos. Y tú eras uno más de la lista. Puede que seas el padre de Alice. O puede que no. No lo sé.
Me paso una mano por el pelo.
—Entonces nos hacemos una prueba de paternidad.
—Estupendo. —Hannah asiente—. Hazte la prueba. Y cuando tengas los resultados me llamas.
Se levanta. Coge a Alice de la mano.
—Espera. ¿Qué haces?
—Nos vamos.
—No.
La palabra sale de mi boca y de la boca de Alice al mismo tiempo.
Hannah se detiene. Nos mira a los dos.
—No me voy a quedar aquí.
—Pero yo sí quiero quedarme —dice Alice.
—Alice…
—Por favor.
Hannah cierra los ojos. Su mano aprieta la de Alice con más fuerza.
—No puedo hacer esto ahora mismo. Necesito pensar. Necesito…
—No. —Doy un paso hacia ella—. No te vas a ir.
—¿Perdona?
—No me fío de ti. —Señalo con la cabeza hacia Alice—. Tienes pinta de que te la vas a llevar y no me vas a dejar verla nunca más.
Hannah me mira como si la hubiera insultado.
—No puedes culparme por eso.
—¿Por qué no?
—Porque conozco tu reputación. Leo los periódicos. Sé exactamente quién eres.
—No. —Niego con la cabeza—. Sabes lo que los periódicos dicen de mí. Que no es lo mismo.
—Es suficiente.
—No lo es.
—Para mí sí.
—Pues entonces eres idiota.
Hannah se ríe sin humor.
—Vale. Puede que lo sea. Pero prefiero ser idiota a dejar que mi sobrina se acerque a alguien como tú.
Las palabras me alcanzan donde duele.
Alguien como yo.
Un playboy. Un borracho. Un desastre de treinta y seis años que no sabe hacer nada bien excepto ganar dinero.
Y tiene razón.
Alice no debería estar cerca de mí.
Pero la verdad es que no me importa.
Porque por primera vez en mi vida quiero algo de verdad. Quiero estar en la vida de esta niña. Quiero saber si es mi hija. Quiero ser mejor de lo que soy.
Y no voy a dejar que Hannah me lo impida.
—No me conoces de verdad —digo más suave—. Y lo entiendo. Pero por lo menos dame una oportunidad de demostrarte que no soy el monstruo que crees que soy.
Hannah me mira durante un segundo largo.
—No quiero descubrir cómo eres.
—Pero yo sí.
Alice suelta la mano de Hannah. Da un paso hacia mí.
—Yo sí quiero conocerle.
Hannah hace un sonido de frustración.
—Alice…
—Por favor, Hannah. Por favor.
Y ahí está otra vez.
Esa súplica.
Esa necesidad.
Hannah cierra los ojos. Los aprieta con fuerza como si le dolieran.
Cuando los abre están brillantes de lágrimas que no deja caer.
—Vale. —Su voz sale derrotada—. Vale. ¿Cómo arreglamos esto?
Los dos nos quedamos en silencio pensando.
Ella es la primera en hablar.
—Podemos quedar una vez a la semana —dice y hace una pausa—. Una hora. En un sitio público.
Me río.
No puedo evitarlo.
—¿Una hora a la semana?
—Sí.
—No.
Hannah frunce el ceño.
—¿Cómo que no?
—Que ni de coña. Eso no es suficiente.
—Es lo que hay.
—No. —Niego con la cabeza—. Lo que vais a hacer es veniros a vivir conmigo.
Silencio.
Hannah me mira como si acabara de hablar en otro idioma.
—¿Qué?
—Quiero que os vengáis a vivir conmigo. —Me encojo de hombros como si fuera lo más normal del mundo—. Así podemos conocernos. Estar juntos. Ayudarnos.
—¿Ayudarnos?
—Sí. Yo puedo ayudaros con dinero. Tú puedes ayudarme a no ser un desastre. Alice puede tener dos adultos en su vida en lugar de uno. Todo el mundo gana.
—Estás loco de remate.
—No es la primera vez que me lo dicen.
—Ni de coña vamos a vivir contigo.
—¿Por qué no?
—Porque no te conozco. Porque no confío en ti. Porque… —Hannah se aprieta las sienes—. Porque es una locura.
—Las mejores ideas siempre lo son.
—¿Ah, sí? ¿Y cuántas de esas ideas locas has tenido?
—Esta es la primera.
Alice suelta un grito.
Un grito agudo y emocionado que me hace sonreír sin poder evitarlo.
—¿De verdad? ¿Podemos vivir aquí?
—No —dice Hannah al mismo tiempo que yo digo:
—Sí.
Nos miramos. Hannah tiene los ojos entrecerrados. La mandíbula apretada. Las manos hechas puños a los lados del cuerpo.
Está furiosa.
Pero también está atrapada.
Y lo sabe.
—La que tiene que elegirlo es Alice —digo—. No tú.
Hannah me mira con tanto odio que casi retrocedo.
—Eso es jugar sucio.
—Lo sé.
Hannah coge aire. Mira a Alice. Después a mí otra vez.
—Si la alejas de mí ahora se va a volver a escapar —digo en voz baja—. Lo sabes.
Hannah aprieta los labios. No dice nada.
Porque sabe que tengo razón.
—¿Cómo puedo fiarme de que no nos vas a hacer daño?
La pregunta sale en un susurro. Vulnerable. Asustada.
Y me deja sin defensas.
—Me mataría antes de haceros daño. —Las palabras salen con una intensidad que me sorprende incluso a mí—. Te lo juro. Me mataría antes.
Hannah me mira a los ojos. Busca algo. No sé el qué.
Solo sé que después de un segundo asiente despacio.
—Pero entiendo que no lo sepas —continúo—. Entiendo que no confíes en mí. Así que voy a poner pestillos en vuestras habitaciones. Por dentro. Para que podáis cerrar con llave si queréis.
Hannah parpadea.
—¿Qué?
—Voy a instalar pestillos. En vuestras habitaciones. —Me encojo de hombros—. Para que os sintáis seguras.
Se queda callada un instante.
Y entonces, para mi completa sorpresa, algo en su expresión se ablanda.
—Vale —dice al cabo de un momento—. Vale. Acepto.
Alice grita otra vez. Esta vez salta del sofá y corre hacia mí.
Se lanza a mis brazos antes de que pueda detenerla.
Y yo la cojo. Por instinto. Por reflejo. Porque es lo único que puedo hacer.
Es pequeña. Ligera. Huele a champú de manzana y el puto corazón se me encoge.
Me abraza con fuerza. Con los brazos alrededor de mi cuello. Con la cara enterrada en mi hombro.
—Gracias —susurra.
Y algo en mi pecho se rompe.
Algo que llevaba años agrietado.
Algo que no sabía que necesitaba reparar.
Le devuelvo el abrazo con cuidado. Con torpeza. Como si fuera de cristal.
Miro a Hannah por encima de la cabeza de Alice.
Está de pie junto al sofá mirándome. Tiene los brazos cruzados. La mandíbula tensa. Los ojos brillantes.
Pero hay algo más en su expresión.
Algo que se parece demasiado a la esperanza.
Y me doy cuenta de que acabo de comprometerme a algo que no sé si puedo cumplir.
Acabo de comprometerme a ser mejor.
A ser un adulto.
A ser alguien en quien estas dos mujeres puedan confiar.
Joder.
—Tengo que hacer una llamada —dice Hannah de repente.
—¿A quién?
—A la señora Johnson. Es la niñera de Alice. Tengo que decirle que he encontrado a la niña para que pueda tranquilizarse. Necesito decirle que está bien.
—Ah. Claro.
Hannah saca el móvil del bolso. Marca un número. Se aleja unos pasos hacia la ventana.
—¿Señora Johnson? Sí. Soy yo. La he encontrado. Está bien. —Hace una pausa—. Sí, está perfectamente. No, no llame a la policía. Todo está bien. —Otra pausa—. Se lo explicaré luego. Ahora tengo que colgar. Gracias. Gracias por todo.
Cuelga.
Y se queda mirando por la ventana un instante, con los hombros tensos y la espalda rígida.
Después se gira hacia nosotros.
—Vale —dice—. Vamos a hacer esto.
Alice se separa de mí. Me mira con esos ojos enormes color avellana brillantes de emoción.
—¿De verdad vamos a vivir aquí?
—De verdad.
—¿Contigo?
—Conmigo.
Alice salta de alegría. Salta de verdad, con las manos en el aire y una sonrisa que le ocupa toda la cara.
—¡Esto va a ser increíble!
Hannah carraspea.
—James. —Su voz sale tensa—. ¿Podemos hablar un momento? A solas.
La miro. Tiene los ojos clavados en mí con una intensidad que no promete nada bueno.
—Claro.
—¿Tienes algún sitio donde podamos hablar?
—Tengo un despacho. Por aquí.
Señalo hacia el pasillo. Hannah asiente.
—Alice, cariño. Quédate aquí un momento. Volvemos enseguida.
—¿Por qué no puedo ir?
—Porque tengo que hablar con James de cosas de adultos.
—Pero…
—Alice. —La voz de Hannah no admite discusión—. Siéntate en el sofá. Espéranos. No tardaremos.
Alice suelta un suspiro teatral pero obedece. Se deja caer en el sofá y se cruza de brazos.
Hannah me mira.
—Vamos.
La guío por el pasillo hasta mi despacho. Abro la puerta. Entramos. Cierro detrás de nosotros.
Es un espacio pequeño con un escritorio de madera oscura, estanterías llenas de libros que nunca leo y una ventana con vistas a la ciudad.
Hannah se gira hacia mí en cuanto la puerta se cierra.
Y toda la calidez que había en su expresión desaparece.
—Voy a estar vigilándote.
—Lo sé.
—Muy de cerca. —Da un paso hacia mí—. Cada movimiento que hagas. Cada palabra que digas. Cada vez que mires a Alice. Voy a estar ahí observando.
—De acuerdo.
—Y a la primera. —Levanta un dedo—. A la primera señal de que le estás haciendo daño, nos vamos. ¿Me has entendido?
—Perfectamente.
—No me importa si eres su padre o no. No me importa si tienes dinero o influencia o lo que sea. Alice es lo más importante para mí. Y haré lo que sea para protegerla.
—Ya lo sé. —Sostengo su mirada—. Y te respeto por eso.
Hannah parpadea. Como si no hubiera esperado que le diese esa respuesta.
Abre la boca. La cierra. Suelta el aire.
—Bien —concede.
—Bien.
Nos quedamos mirándonos durante un poco más de tiempo de lo necesario.
Y me doy cuenta de que esta mujer va a ser mi mayor desafío. No Alice.
Hannah. Porque Alice quiere creerme. Quiere confiar en mí. Quiere que sea su padre. Pero Hannah no quiere nada de eso. Hannah quiere proteger a Alice de mí. Y va a hacerlo con uñas y dientes.
—¿Hemos terminado? —pregunto.
—Sí. —Hannah se gira hacia la puerta—. Hemos terminado.
Salimos del despacho. Volvemos al salón.
Alice sigue sentada en el sofá balanceando las piernas. Cuando nos ve, su cara se ilumina otra vez.
—¿Ya está?
—Ya está —dice Hannah.
—¿Entonces de verdad nos quedamos?
—De verdad.
Alice grita. Se levanta de un salto. Corre hacia Hannah y la abraza con tanta fuerza que casi la tira.
Hannah le devuelve el abrazo. Cierra los ojos. Entierra la cara en el pelo de Alice.
Y por un segundo veo en su expresión todo lo que no dice en voz alta.
El miedo. La duda. La esperanza de estar haciendo lo correcto.
Vuelve a buscarme por encima de la cabeza de Alice.
Nuestros ojos se encuentran.
Y en ese momento sé que acabo de comprometerme a algo que va a cambiar mi vida para siempre.
No tengo ni idea de cómo ser padre. No tengo ni idea de cómo vivir con dos mujeres que dependen de que no la cague. No tengo ni idea de cómo no arruinarlo todo.
Pero voy a intentarlo. Por Alice. Y, aunque no quiera admitirlo, también por Hannah. Porque algo en esos ojos verdes furiosos me hace querer ser mejor de lo que soy.
Aunque puede que fracase. Aunque puede que lo arruine todo.
Voy a intentarlo.