CAPÍTULO 8
JAMES
El apartamento de Hannah y Alice está en Brooklyn.
Es el cuarto piso de un edificio de ladrillo rojo que ha visto días mejores. Con escaleras estrechas que crujen bajo nuestros pies, pasillos con pintura descascarillada y olor a comida de los vecinos mezclado con productos de limpieza.
Alice sube las escaleras corriendo. Hannah y yo la seguimos más despacio.
Cuando llegamos al cuarto piso estoy sin aliento y Hannah ni siquiera está sudando.
Claro. Ella sube estas escaleras todos los días.
Yo subo en un ascensor de cristal hasta un ático con vistas al parque. Me siento como un auténtico cabrón. Ellas son las que deberían vivir como reinas. No yo.
Alice se detiene delante de una puerta verde. Hannah saca las llaves del bolso. Abre.
—Pasad.
Entramos.
Y me paro en seco.
El apartamento es pequeño. Muy pequeño. Un salón que se funde con una cocina diminuta. Un pasillo corto que supongo que lleva a las habitaciones y al baño.
Pero está impecable.
Todo limpio y ordenado. Tienen estanterías llenas de libros hasta el techo. Cojines en el sofá. Mantas dobladas. Hay fotos de Alice en las paredes y dibujos infantiles pegados en la nevera con imanes.
Es un hogar.
Un hogar de verdad.
No como mi apartamento. Mi apartamento es un escaparate. Un sitio donde vivo pero no habito. Un espacio frío y perfecto donde nunca pasa nada.
Esto es diferente.
Esto está lleno de vida.
Y me cabreo conmigo mismo.
Porque tengo dinero de sobra. Tengo más dinero del que podré gastar en toda mi vida. Y estas dos mujeres han vivido en un apartamento minúsculo mientras yo me emborrachaba en clubs de lujo.
Miro a Hannah. Está de pie en medio del salón con los brazos cruzados mirando a su alrededor como si viera el apartamento por primera vez.
—No puedo creer que esté haciendo esto —murmura.
—¿El qué?
—Esto. —Señala vagamente hacia mí—. Venir a recoger nuestras cosas. Irme a vivir con un desconocido. Llevarme a Alice a casa de un hombre al que no conozco de nada.
—No soy un desconocido.
—Sí que lo eres.
—Puede que sea el padre de Alice.
—O puede que no. —Hannah me mira—. Puede que seas uno de los muchos hombres con los que mi hermana se acostó hace doce años. Y puede que esté cometiendo el mayor error de mi vida.
Tiene los hombros rígidos. Las manos apretadas en puños. La mandíbula tensa.
Está asustada.
Y tiene todo el derecho a estarlo.
—¿Qué necesitas? —pregunto.
—¿Qué?
—¿Qué necesitas para quedarte tranquila a parte de los pestillos? ¿Qué puedo hacer para que sepas que no voy a haceros daño?
Hannah se me queda mirando.
—No lo sé.
—Pues dímelo cuando lo sepas. Y lo haré.
Parpadea. Y algo en su expresión se ablanda un poco.
HANNAH
Me está costando respirar con normalidad.
No sé si es por las escaleras que acabo de subir. O por la adrenalina de las últimas horas. O por el hecho de que estoy a punto de mudarme con un completo desconocido.
O por el hecho de que ese completo desconocido me está mirando con unos ojos que parecen demasiado sinceros para ser reales.
Solo sé que James Morgan está de pie en medio de mi salón, con unos pantalones de chándal grises, la camiseta arrugada, el pelo despeinado y una resaca de campeonato, seguro.
Y, aun así, sigue siendo el hombre más atractivo que he visto en mi vida.
Es molesto.
Muy molesto.
Porque se supone que los playboys irresponsables no deberían ser tan guapos. Se supone que deberían tener algo que los hiciera menos atractivos. Algo que te hiciera pensar vale, es guapo pero…
Pero James no tiene ese pero.
James es guapo sin peros.
Y parece absolutamente sincero cuando asegura que no nos va a hacer daño.
Y eso me está complicando muchísimo mantener la cabeza fría.
Me aclaro la garganta.
—Vale. Vamos a recoger nuestras cosas.
—Espera. —James levanta una mano—. No hace falta que cojáis mucho. Mañana mando un equipo de mudanzas para que lo recoja todo.
Me río.
No puedo evitarlo.
—¿Un equipo de mudanzas?
—Sí.
—No.
—¿Por qué no?
—Porque no somos ricas. —Señalo el apartamento para reforzar mi punto—. Y no nos lo podemos permitir.
James me mira como si acabara de decir un disparate.
—No tienes que pagarlo tú.
—No voy a dejar que lo pagues tú.
—¿Por qué no?
—Porque no.
—Esa no es una razón.
—Es la única razón que necesitas.
James suspira. Se pasa una mano por el pelo. Me mira con una expresión que está a medio camino entre la diversión y la exasperación.
—Hannah. Escúchame bien. —Da un paso hacia mí—. Se acabó preocuparse por el dinero.
—¿Perdona?
—Soy multimillonario. El dinero es lo único que me sobra. Y si soy el padre de Alice, entonces es mi responsabilidad cuidar de ella. Y de ti por extensión.
—Yo no necesito que nadie cuide de mí.
—Ya lo sé. —Su voz se suaviza—. Pero eso no significa que no puedas aceptar ayuda.
Abro la boca para contestar pero Alice me interrumpe.
—¿Eso significa que no vas a tener que trabajar tanto?
Me giro hacia ella. Está de pie en el pasillo mirándome con esos ojos enormes llenos de esperanza.
Y se me encoge el estómago.
—Alice…
—Porque siempre estás cansada. Y siempre tienes que dar clases los fines de semana. Y nunca tienes tiempo para…
—Alice, cariño. Eso no va a cambiar.
—Pero si James tiene dinero…
—No es nuestro dinero.
—Podría serlo —dice James.
Lo miro. Tiene las manos en los bolsillos. Una sonrisa pequeña en los labios. Y los ojos fijos en mí de una forma que me hace difícil respirar.
—No vas a volver a tener que preocuparte por el dinero —dice—. No os va a volver a faltar nada. Jamás.
Alice grita de alegría.
Y yo me siento avergonzada.
Avergonzada de que Alice tenga que alegrarse tanto por algo así. Avergonzada de no haber podido darle más. Avergonzada de que un desconocido pueda ofrecerle en un segundo lo que yo no he podido darle en once años.
James se da cuenta.
Por supuesto que se da cuenta.
—Oye. —Da otro paso hacia mí. Su voz baja—. No tienes nada de qué avergonzarte.
—No estoy avergonzada.
—Sí que lo estás. Y no deberías. —Me sostiene la mirada—. Me parece increíble que hayas sido capaz de sacar adelante a una niña tú sola. Sin ayuda. Sin dinero. Es… joder, es admirable.
Las palabras me pillan desprevenida.
Porque suenan sinceras.
Porque en sus ojos no veo lástima. Veo respeto.
Y eso me deja sin argumentos.
—Ser un embaucador no te va a funcionar conmigo —digo con la voz más firme que puedo.
James sonríe. Una sonrisa lenta que le ilumina toda la cara y me hace olvidar hasta mi propio nombre.
—No soy un embaucador. Solo soy sincero.
—Es lo mismo.
—No lo es.
Me mira un momento más.
Y maldita sea.
Con esa cara tan atractiva y esa sonrisa irresistible, resistirse al encanto de James Morgan es una batalla perdida.
Me obligo a apartar la mirada.
—Vale. Vamos a recoger lo esencial. Mañana ya veremos qué hacemos con el resto.
Alice corre a su habitación. Yo voy a la mía. James se queda en el salón esperando.
Tardo veinte minutos en meter en una maleta ropa para una semana. Ropa interior. Pijamas. Productos de aseo. El cargador del móvil. Un libro que estoy leyendo.
Alice tarda el doble. Cuando salgo de mi habitación está metiendo juguetes en una mochila demasiado pequeña para todo lo que quiere llevarse.
—Cariño, no puedes llevarte todo eso.
—Pero lo necesito.
—No necesitas tres peluches.
—Sí que los necesito.
—Alice.
—Vale. —Saca uno—. Me llevo dos.
Sonrío a pesar de todo.
Salimos del apartamento con dos maletas y una mochila. Bajo las escaleras por última vez hoy. James coge las maletas sin preguntar.
—Puedo con ellas.
—Ya lo sé. Pero no hace falta.
No discuto. Estoy demasiado cansada para discutir.
Cogemos un taxi de vuelta al Upper West Side. Alice va pegada a la ventanilla mirando la ciudad pasar. James va en medio. Yo voy al otro lado intentando no pensar en lo cerca que está de mí.
En cómo huele. A algo fresco y limpio que no puedo identificar.
En cómo ocupa el espacio. En cómo su presencia llena el taxi entero.
Su presencia es molesta.
Muy molesta.
Llegamos a su edificio. Subimos en el ascensor. Entramos en el apartamento.
—Vale. —James deja las maletas en el suelo—. Elegid habitaciones. Hay tres libres además de la mía.
Alice corre por el pasillo abriendo puertas. Eligiendo. Cambiando de opinión.
Yo la sigo más despacio. Miro las habitaciones. Todas son más grandes que mi habitación en Brooklyn. Todas tienen vistas increíbles. Todas tienen armarios gigantes.
Es absurdo.
Alice elige la que tiene las paredes azul claro y una ventana enorme con vistas al parque.
Yo elijo la que está más cerca de la suya. Por si me necesita por la noche.
James pide hamburguesas porque no tiene nada en la nevera. Cenamos en silencio en la mesa del comedor. Alice habla sin parar sobre lo alucinante que es todo esto. James sonríe y asiente. Yo como sin decir nada.
Cuando terminamos ayudo a Alice a deshacer su maleta. A ponerse el pijama. A lavarse los dientes en un baño que es más grande que la cocina de mi casa.
Se mete en la cama. Le tapo con el edredón.
—¿Estás bien? —pregunto.
—Sí. Estoy genial.
—¿Segura?
—Segura. —Me coge la mano—. Gracias, Hannah.
—¿Por qué?
—Por dejar que nos quedemos.
Me da las gracias. A mí. Por dejarla quedarse.
—Te quiero, cariño. Te quiero mucho más de lo que te puedes imaginar.
Le doy un beso en la frente. Apago la luz. Salgo de la habitación.
James está en el salón esperándome.
—¿Está bien?
—Sí.
—Bien.
Me siento en el sofá. Él se sienta en el sillón de enfrente. Y de repente me doy cuenta de que estamos solos.
Solos del todo. En su apartamento. Donde vamos a vivir.
Trago saliva.
—Tenemos que poner normas.
—De acuerdo.
—Voy a pedir una excedencia en el colegio para poder estar presente durante la transición. En ese tiempo tenemos que arreglar todo. Lo primero: la prueba de paternidad.
James hace una mueca.
—No hace falta.
—Sí que hace falta. —Lo miro a los ojos—. Sin prueba nos vamos mañana.
Suspira.
—Vale. Me hago la prueba de paternidad.
—Mañana mismo.
—Mañana mismo.
Volvemos a quedarnos en un silencio pensativo. Es James el que rompe el silencio.
—Y yo voy a trabajar desde casa lo máximo posible. Mañana llamaré a mi asistente.
Asiento.
—Y tienes que respetar el espacio de Alice. Ella marca los tiempos. Ella decide qué quiere de ti y cuándo lo quiere. ¿Entendido?
—Entendido.
—Y nada de presentarle a tus… —Hago un gesto vago con la mano— amigas.
James sonríe.
—No tengo amigas.
—Ya sabes a qué me refiero.
—Sí. Lo sé. Y no voy a traer a nadie. Te lo prometo.
Lo miro. Busco en sus ojos alguna señal de que está mintiendo.
No la encuentro.
—Por primera vez en mi vida voy a estar a la altura de las circunstancias —asegura en voz baja.
Su voz suena a una mezcla de autodesprecio y esperanza a partes iguales.
Y no sé por qué, quizá es el tono de su voz o el brillo en su mirada o la forma en que me mira como si de verdad quisiera hacerlo bien, pero le creo.
Le creo de verdad.
Y eso me hace darme cuenta de lo peligrosa que es esta situación.
Porque si le creo, significa que estoy empezando a confiar en él.
Y confiar en James Morgan puede ser el mayor error de mi vida.