CAPÍTULO 9
JAMES
Me despierto y no sé dónde estoy.
Tardo un momento en recordarlo.
Mi apartamento. Mi cama. Lunes por la mañana.
Y hay dos mujeres durmiendo en las habitaciones de invitados.
Joder.
Me incorporo despacio. Miro el reloj de la mesilla.
Son las siete y media.
Un día cualquiera a esta hora estaría corriendo por el apartamento intentando llegar a tiempo a una reunión. O durmiendo la resaca del domingo. O pensando en cómo sobrevivir a otro día más de mi vida vacía.
Pero hoy es diferente.
Hoy tengo a dos personas en mi casa que confían en mí.
Y no tengo ni idea de qué hacer.
Me levanto. Me pongo unos vaqueros y una camiseta. Voy descalzo hasta el pasillo.
Me quedo de pie delante de las puertas cerradas de sus habitaciones.
Hannah a la izquierda. Alice a la derecha.
Están durmiendo.
En mi casa.
Siento un calor raro en el pecho. Uno que no sé cómo nombrar porque nunca lo he sentido antes.
Como si de repente todas esas habitaciones que nunca uso tuvieran un propósito.
Como si yo tuviera un propósito.
Y no sé qué hacer con eso. No sé cómo procesar que dos mujeres que no me conocen de nada hayan confiado lo suficiente en mí como para dormir bajo mi techo.
Bueno. Una de ellas no confía en mí en absoluto. Pero está aquí de todas formas.
Y eso tiene que significar algo. ¿No?
Me obligo a apartarme de las puertas. Voy a la cocina.
Quiero hacer algo bueno para ellas.
Quiero que se despierten y sepan que estoy aquí. Que pueden contar conmigo. Que voy a intentar hacerlo bien.
Así que voy a hacerles el desayuno.
Abro la nevera.
Y está vacía.
Vacía del todo, salvo por una botella de agua medio llena y un yogur caducado desde hace tres semanas.
Mierda.
Abro los armarios de la cocina.
Café. Eso es todo lo que tengo. Una cápsula de café.
Ni pan. Ni cereales. Ni fruta. Ni nada que se parezca siquiera a comida de verdad.
¿Cómo puedo tener un apartamento de lujo en Manhattan y no tener ni un puto huevo en la nevera?
Porque nunca como aquí.
Porque siempre desayuno en el trabajo. Como en restaurantes. Ceno lo que sea que pida a domicilio antes de emborracharme.
Pero eso se acabó.
Si voy a tener a dos personas viviendo conmigo, necesito comida de verdad.
Me pongo unas zapatillas. Cojo las llaves. La cartera y bajo corriendo al supermercado de la esquina.
Es un supermercado pequeño y caro de esos donde todo cuesta el triple de lo normal porque está en el Upper West Side y pueden permitírselo.
Entro como un huracán. Cojo un carrito. Empiezo a llenarlo.
Huevos. Pan. Leche. Mantequilla. Cereales. Fruta. Zumo. Bacon. Queso. Mermelada. Yogures. Y más cosas que no sé si necesito pero que cojo de todas formas.
La cajera me mira como si estuviera loco cuando pongo todo en la cinta.
—¿Tienes una fiesta? —pregunta con una sonrisa.
—Algo así.
Pago sin mirar el total. Cargo con las bolsas hasta el ascensor y subo.
Cuando entro en el apartamento sigo sin oír ningún ruido desde las habitaciones.
Bien.
Tengo tiempo.
Dejo las bolsas en la encimera. Saco los huevos. El pan. La mantequilla.
¿Cómo se hacen los huevos revueltos?
Cojo el móvil. Busco en Google cómo hacer huevos revueltos .
Hay como mil resultados diferentes.
Elijo el primero. Leo las instrucciones. No parecen tan complicadas.
Casca los huevos. Bátelos. Ponlos en una sartén con mantequilla. Remueve.
Vale.
Puedo hacer eso.
Cojo tres huevos. Los casco contra el borde del bol. La mitad de la cáscara cae dentro.
Mierda.
Intento sacar los trozos con los dedos. Consigo sacar la mayoría. Creo.
Cojo un tenedor. Bato los huevos como si los huevos tuvieran la culpa de mi ineptitud en la cocina.
Enciendo el fuego. Pongo la sartén. Echo mantequilla.
Demasiada mantequilla.
La mantequilla empieza a chisporrotear. A quemarse.
Echo los huevos antes de que la cocina entera se llene de humo.
Los huevos se cocinan demasiado rápido. Intento remover pero se pegan al fondo. Bajo el fuego. Subo el fuego. No sé qué estoy haciendo.
—¿Qué haces?
Me giro.
Y se me corta el puto aliento.
Hannah está de pie en la entrada de la cocina.
En pijama. Un pantalón de cuadros y una camiseta vieja que le queda grande. Descalza. Con el pelo castaño claro alborotado sobre los hombros. Sin maquillaje. Y con los ojos verdes todavía medio dormidos y las mejillas sonrojadas.
Y, joder, es la mujer más preciosa que he visto en mi vida.
Y ni siquiera lo está intentando.
Las mujeres con las que suelo salir se despiertan perfectas. Pelo perfecto. Maquillaje perfecto. Todo perfecto porque se han pasado una hora en el baño antes de que yo las vea.
Pero Hannah no.
Hannah está aquí de pie en mi cocina recién levantada y sin arreglar y es devastadora.
—¿James?
Parpadeo.
—¿Qué?
—Te he preguntado qué estás haciendo.
—Ah. Sí. Desayuno. Estoy haciendo el desayuno.
Hannah mira la sartén. Los huevos están empezando a oler raro.
—¿Sabes cocinar?
—Claro que sé cocinar.
—¿En serio?
—Bueno. Más o menos.
Hannah suspira. Cruza la cocina. Me quita la espátula de la mano.
—Apártate.
—Puedo hacerlo.
—Seguro. —Remueve los huevos con movimientos expertos—. Pero si quieres que sea comestible, déjame a mí.
Me apoyo contra la encimera. La miro trabajar.
Baja el fuego. Remueve los huevos despacio. Con cuidado. Los huevos empiezan a verse mejor. Menos abstractos. Más como huevos de verdad.
—¿Tienes pan? —pregunta sin mirarme.
—Sí. Lo acabo de comprar.
—Pues mételo en la tostadora.
Obedezco. Saco el pan de la bolsa. Meto dos rebanadas en la tostadora.
Hannah sigue removiendo los huevos. Se muerde el labio inferior concentrada. Un mechón de pelo le cae sobre la cara. Se lo aparta con la mano que tiene libre.
Y yo no puedo dejar de mirarla.
No puedo dejar de notar cómo se mueve por mi cocina como si fuera suya. Cómo su cuerpo se balancea un poco mientras cocina. Cómo la camiseta se le levanta un poco cuando estira el brazo y deja ver un trozo de piel en su cintura.
Aparto la mirada antes de que se dé cuenta de que estoy mirándola como un idiota.
—¿Has comprado todo esto esta mañana? —pregunta señalando con la cabeza las bolsas en la encimera.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque no tenía nada en la nevera.
—Ya me he dado cuenta.
—Y quería haceros el desayuno.
Hannah me mira por primera vez desde que entró en la cocina. Tiene una expresión que no sé interpretar.
—No tenías que hacerlo.
—Lo sé. Pero quería.
Nos quedamos mirándonos.
Y entonces el pan salta de la tostadora con un ruido que nos hace apartar la mirada a los dos.
Hannah aparta los huevos del fuego. Los pone en tres platos.
—¿Alice come huevos revueltos?
—Sí. Le encantan.
—Bien.
Pone las tostadas en los platos. Saca la mantequilla. La mermelada.
Trabajamos en silencio. Yo pongo la mesa. Ella sirve el zumo. Sacamos los cubiertos. Las servilletas.
Es raro. Es raro lo natural que resulta esto. Como si hubiéramos desayunado juntos toda la vida.
Y no lo es. Nada de esto es normal.
Pero me encanta.
—Voy a despertar a Alice —dice Hannah.
—Vale.
Sale de la cocina. La oigo abrir la puerta de la habitación de Alice. Oigo voces suaves. Risas.
Y siento ese calor otra vez en el pecho.
Ese calor que no sé nombrar pero que me gusta más de lo que debería.
Alice aparece cinco minutos después en pijama de unicornios, el pelo rubio oscuro hecho un desastre y los ojos todavía medio cerrados pero con una sonrisa enorme en la cara.
—Buenos días.
—Siéntate, cariño. —Hannah le da un beso en la cabeza—. El desayuno está listo.
Alice se sienta. Mira los huevos. Las tostadas. El zumo. La fruta.
—Guau. ¿Todo esto es para nosotros?
—Sí —digo sentándome enfrente de ella.
—¿Lo has hecho tú?
—Lo he intentado. Hannah me ha salvado.
Alice se ríe. Coge el tenedor. Empieza a comer.
Y yo me quedo mirándolas.
Mirando a Hannah sentada al lado de Alice. Mirando cómo le aparta el pelo de la cara. Cómo le sirve más zumo sin que Alice se lo pida. Cómo se ríe de algo que Alice dice con la boca llena.
Es perfecto.
Joder.
Es perfecto de verdad.
Y me siento aturdido.
Porque esto es lo que la gente normal hace. Desayunar juntos. Reírse. Estar.
Y yo nunca lo he tenido.
Nunca he desayunado con mis padres así. Nunca nos hemos reído juntos en una mesa. Nunca hemos sido una familia de verdad.
Pero esto.
Esto sabe a familia.
Y no sé qué hacer con esa sensación.
—¿James?
Levanto la cabeza. Hannah me está mirando con el ceño fruncido.
—¿Estás bien?
—Sí. Perdona. Estaba pensando.
—¿En qué?
En que no puedo dejar de miraros. En que sois las dos personas más preciosas que han entrado en mi vida. En que tengo miedo de arruinarlo todo.
—En nada importante.
Hannah no parece convencida pero no insiste.
Terminamos de desayunar. Alice se ofrece a recoger los platos. Hannah se lo permite.
Me quedo a solas con Hannah en la cocina.
—Quiero comprar cosas para vosotras —digo de repente.
Hannah me mira.
—¿Qué tipo de cosas?
—No lo sé. Muebles. Ropa. Lo que necesitéis. Quiero que os sintáis como en casa.
—Ya tenemos lo que necesitamos.
—Pero podríais tener más.
—James…
—Déjame hacer esto. Por favor.
Hannah suspira. Se cruza de brazos. Me mira con esos ojos verdes que me atraviesan.
—Ni se te ocurra.
—¿Por qué no?
—Porque no nos conoces. Porque no sabes lo que nos gusta. Porque… —Hace una pausa—. Porque no.
—Lo voy a hacer con o sin tu ayuda.
—No lo harás.
—Sí que lo haré.
Nos miramos. Los dos tercos. Los dos sin querer ceder.
Y entonces Hannah hace algo que no espero.
Sonríe.
Es una sonrisa pequeña. Casi imperceptible. Pero está ahí.
—Déjalo para otro día —dice—. Hoy lo importante es ir a la clínica. Haceros la prueba. Alice faltará a las primeras horas de clase, pero en cuanto acabemos la llevo al colegio.
Tiene razón.
Por supuesto que tiene razón.
La prueba de paternidad es lo primero. Lo más importante. Lo que va a decidir si tengo algún derecho a estar en la vida de Alice.
—Vale —respondo a regañadientes—. Pero vamos a hablar de esto luego.
—Lo que tú digas.
Hannah sale de la cocina. Yo me quedo apoyado contra la encimera.
Y pienso que estoy bien jodido.
Porque llevo menos de veinticuatro horas viviendo con estas dos mujeres y ya me he dado cuenta de lo vacía que estaba mi vida antes de que ellas entraran con todo este caos colorido y hermoso.
Y eso es peligroso. Muy peligroso. Porque si la prueba sale negativa, se van a ir.
Y yo me voy a quedar solo otra vez en mi apartamento vacío. Y esta vez va a doler. Esta vez va a doler muchísimo más que antes.
Porque ahora sé lo que me estoy perdiendo.