Mr. Morgan (Los Mr. Irresistibles 4) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

HANNAH

La clínica está en el Upper East Side.

Es un edificio discreto de ladrillo con una placa dorada en la entrada que dice Laboratorio Médico Privado .

Por supuesto.

James no iba a llevarnos a una clínica normal donde la gente espera dos horas para que le atiendan. No. James Morgan tiene que ir a un sitio privado donde seguro que le cobran el triple pero te atienden en cinco minutos.

No sé si algún día podría acostumbrarme a esto.

Entramos los tres. La recepcionista nos sonríe con esa sonrisa profesional que dice que está acostumbrada a tratar con gente rica.

—Buenos días. ¿Tienen cita?

—Sí. Soy James Morgan —dice James—. He llamado esta mañana.

—Ah, sí. El señor Morgan. —La recepcionista teclea algo en el ordenador—. Tiene cita para una prueba de paternidad. Perfecto. Solo necesito que rellenen estos formularios.

Nos pasa unos papeles. James coge un bolígrafo y empieza a rellenar.

Y entonces se detiene.

—¿Hannah?

—¿Qué?

—Necesito el apellido completo de Alice.

—Bennett. Alice Bennett.

James asiente y sigue escribiendo.

Y yo me quedo mirándolo.

Porque está escribiendo el nombre de Alice como si fuera un trámite rutinario.

Como si ya hubiera decidido que Alice es su hija.

Me descoloca.

Me descoloca del todo.

Porque yo estaba segura de que James Morgan iba a lavarse las manos. De que iba a hacerse la prueba para quitarse el problema de encima. De que iba a esperar a que saliera negativa para poder seguir con su vida de playboy sin complicaciones.

Pero no.

James está aquí rellenando formularios con una concentración absoluta. Preguntando cosas. Asegurándose de que todo está bien.

Como si le importara de verdad.

Y eso me descoloca más de lo que quiero admitir.

—¿Hannah? —James me mira—. ¿Estás bien?

—Sí. Perdona. Estaba pensando.

—¿En qué?

En que no eres lo que esperaba. En que estás actuando como si Alice fuera tuya cuando ni siquiera sabes si lo es. En que eso me asusta y me tranquiliza a partes iguales.

—En nada importante.

James no parece convencido pero no insiste.

Terminamos de rellenar los formularios. La recepcionista nos lleva a una sala pequeña con paredes blancas, dos sillas y una camilla.

Una enfermera entra con una sonrisa amable.

—Buenos días. Soy Jennifer y voy a tomaros las muestras. Es muy sencillo. Solo necesito un hisopo de la mejilla de cada uno.

Alice me mira.

—¿Va a doler?

—No, cariño. Es solo frotar un bastoncillo por dentro de la boca.

—Ah. Vale.

La enfermera empieza con Alice. Le explica con calma lo que va a hacer. Alice abre la boca. La enfermera frota el hisopo por dentro de su mejilla durante unos segundos. Lo mete en un tubo y escribe algo en la etiqueta.

—Listo. Ahora tú.

James se sienta en la camilla y abre la boca. La enfermera repite el proceso.

Y ya está.

Treinta segundos y ya está hecho.

—¿Cuánto tardan los resultados? —pregunto.

—Seis semanas aproximadamente.

—¿Seis semanas?

—Sí. A veces menos, pero normalmente seis semanas.

Seis semanas.

Seis semanas viviendo en casa de James sin saber si es el padre de Alice o no.

Seis semanas en el limbo.

Esto es demasiado.

Pero parece que soy a la única que le importa, porque James actúa con total normalidad.

—Gracias —dice James levantándose de la camilla.

Salimos de la clínica. El sol de la mañana nos da en la cara y Alice camina entre los dos dando saltitos.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora vamos a casa para que cojas tus cosas del colegio —digo.

—¿Ahora? ¿No puedo quedarme hoy con vosotros?

Abro la boca para decir que no, pero James me interrumpe.

—¿Por qué no la dejas faltar hoy? —Su voz sale suave—. Para que termine de ubicarse. Ha sido un fin de semana… intenso.

Lo miro. Tiene las manos en los bolsillos y me está mirando con esos ojos que son demasiado intensos.

Y tiene razón.

Alice ha pasado un fin de semana de locos. Ha descubierto quién puede ser su padre. Se ha mudado de casa. Se ha hecho una prueba de paternidad.

Faltar un día al colegio no va a hacerle daño.

—Vale —digo finalmente—. Hoy te quedas. Pero mañana vas al colegio sin excusas.

Alice grita de alegría y me abraza con tanta fuerza que casi me tira.

—Gracias, Hannah. Gracias, gracias, gracias.

James sonríe de una forma que me hace sentir rara por dentro.

—Entonces —dice—, ¿qué os parece si vamos al cine? ¿Y después al centro comercial?

—¿Al centro comercial? —pregunto.

—Sí. Necesitáis ropa. Cosas. Y yo necesito hacer algo normal con vosotras.

—James…

—Por favor, Hannah. Déjame hacer esto.

Y su voz suena a súplica. Como si necesitara demostrar algo.

—Vale —digo—. Solo te dejaré que le compres cosas a Alice. Pero nada demasiado caro.

—Lo que tú digas.

Alice vuelve a gritar de emoción y James se ríe.

Y yo me pregunto cuándo he perdido el control de esta situación.

JAMES

Vamos al cine en el Upper West Side.

Un cine enorme con butacas de cuero y pantallas IMAX. Alice está tan emocionada que no se está quieta.

—¿Qué queréis ver? —pregunto mirando la cartelera.

—Esa. —Alice señala un póster de una película de animación con un dragón y una niña—. Esa parece divertida.

—Perfecto.

Compro las entradas. Tres entradas para la sesión de las once. Después vamos a por palomitas.

—¿Grandes o medianas? —pregunto.

—Grandes —dice Alice.

—Medianas —dice Hannah al mismo tiempo.

Las miro a las dos. Alice me está mirando con esos ojos enormes llenos de esperanza. Hannah me está mirando con esa expresión que dice no te atrevas a malcriarla .

—Grandes —digo cogiendo el cubo más grande que tienen.

Hannah suspira pero no protesta.

Compramos también refrescos y chuches. Alice elige gominolas. Hannah dice que no necesita nada. Yo cojo chocolatinas de todas formas porque tengo la sensación de que Hannah es de las que dicen que no quieren y después comen de las tuyas.

Entramos en la sala. Nos sentamos en la fila de atrás. Alice en medio. Hannah a su izquierda. Yo a su derecha.

Las luces se apagan y la película empieza.

Es una película divertida. Alice se ríe con las partes graciosas y se tapa los ojos en las partes que dan miedo. Hannah la abraza cuando se asusta y le susurra cosas al oído que no puedo oír pero que hacen que Alice se relaje.

Y yo no puedo dejar de mirarlas.

No puedo dejar de pensar en lo bien que encajan las dos juntas. En cómo Hannah cuida de Alice sin esfuerzo. En cómo Alice confía en Hannah sin dudarlo.

En cómo nunca he tenido eso con nadie.

A mitad de película Alice se queda dormida con la cabeza apoyada en el hombro de Hannah. La boca entreabierta. El cubo de palomitas medio vacío en su regazo.

Hannah me mira por encima de la cabeza de Alice y sonríe.

Es una sonrisa pequeña. Suave. Sincera.

Y me desmonta con una fuerza que no esperaba.

Porque Hannah no sonríe mucho. No a mí, al menos. Desde que la conozco me mira con recelo. Con desconfianza. Con una expresión que dice que está esperando a que la decepcione.

Pero ahora está sonriendo.

Y es preciosa.

Joder.

Qué preciosa es.

La película termina. Alice se despierta cuando las luces se encienden. Se frota los ojos y bosteza.

—¿Me he dormido?

—Un poco —dice Hannah—. Pero no te has perdido mucho.

—¿Ha terminado bien?

—Sí. Ha terminado bien.

Alice sonríe satisfecha.

Salimos del cine. El sol de mediodía nos da en la cara. Alice se estira y bosteza otra vez.

—¿Tenéis hambre? —pregunto.

—Sí —dice Alice.

—Un poco —dice Hannah.

—Perfecto. Vamos al centro comercial y comemos allí.

Cogemos un taxi hasta el centro comercial del Upper East Side. Es uno de esos centros comerciales enormes con cinco plantas y tiendas de todo tipo.

Alice abre los ojos como platos cuando entramos.

—Es enorme.

—Sí —digo—. ¿Por dónde queréis empezar?

—Por la comida —dice Hannah—. Antes de que Alice se desmaye del hambre.

Subimos a la zona de restaurantes. Hay de todo. Comida italiana. Comida japonesa. Hamburguesas. Pizza.

—¿Qué queréis comer? —pregunto.

—Pizza —dice Alice.

—Vale. Pizza.

Pedimos una pizza grande para compartir. Alice pide también un helado de postre. Hannah pide una ensalada.

Alice devora tres porciones de pizza. Hannah se ríe y le aparta el pelo de la cara.

—Despacio, cariño. Que te vas a atragantar.

—Pero es que está muy buena.

—Lo sé. Pero respira entre bocado y bocado.

Alice asiente y sigue comiendo un poco más despacio.

Yo las miro y ese calor vuelve a instalárseme en el pecho, ese que no sé nombrar y que me gusta más de lo que debería.

Terminamos de comer. Alice se come el helado en tiempo récord. Hannah bebe su café despacio mientras Alice le cuenta algo sobre el colegio.

—¿Listas para ir de compras? —pregunto cuando terminamos.

—Sí —dice Alice.

—No necesitamos mucho —dice Hannah.

—Ya veremos.

Bajamos a la primera planta. Entramos en una tienda de ropa. Alice corre hacia los percheros como si fuera Navidad.

—Mira, Hannah. Este jersey es precioso.

—Sí que lo es.

—¿Me lo puedo probar?

Hannah mira la etiqueta y hace una mueca.

—Es un poco caro, cariño.

—Yo lo pago —digo antes de que Hannah pueda protestar.

—James…

—Hannah. Déjame hacer esto. Por favor.

Cruzamos una mirada. Hannah suspira.

—Vale. Pero solo el jersey.

—Lo que tú digas.

Alice se prueba el jersey. Le queda perfecto. Después se prueba unos vaqueros. Una falda. Una camiseta con un gato.

—¿Me los puedo llevar todos?

—Alice… —empieza Hannah.

—Sí —digo yo—. Te los puedes llevar todos.

Hannah me fulmina con la mirada pero no protesta.

Salimos de la tienda con tres bolsas.

Y yo cargo con las tres.

Entramos en otra tienda. Y otra. Y otra más.

Alice se prueba ropa en todas. Hannah protesta en todas. Yo pago en todas.

Y las bolsas se acumulan.

En mis manos. En mis brazos. Colgando de mis dedos.

Después de la quinta tienda tengo las dos manos llenas y las bolsas me cuelgan de los brazos como si fuera un perchero andante.

—Creo que ya tengo suficiente —dice Alice mirándome con lástima.

—¿Estás segura? Podemos entrar en otra tienda.

—James, ya no puedes ni caminar —dice Hannah.

Y se ríe.

Se ríe de verdad.

Es una risa profunda, de las que salen del estómago, y hace que sus ojos brillen todavía más.

—¿Te estás riendo de mí?

—Sí. —Hannah se ríe más fuerte—. El playboy de Nueva York haciendo de porta bolsas. Si tus amigos te vieran ahora mismo…

—Mis amigos me lo pasarían por la cara durante años.

—Como debe ser.

Hannah sigue riéndose y Alice también se ríe contagiada.

Y yo las miro y no puedo evitar sonreír.

Porque esto.

Esto es lo que quiero.

No las mujeres sin nombre en los clubs. No el alcohol que me deja vacío. No las mañanas de resaca preguntándome qué estoy haciendo con mi vida.

Esto.

Estas dos mujeres riéndose de mí mientras llevo sus bolsas por un centro comercial como un idiota.

—Vale —digo—. Creo que ya tenemos suficiente por hoy.

—¿Estás seguro? —pregunta Hannah con esa sonrisa todavía en los labios—. Porque hay otra planta arriba.

—Muy graciosa.

—Lo sé.

Volvemos al apartamento en taxi. Yo con todas las bolsas. Hannah y Alice riendo cada vez que intento colocarlas bien para que no se me caigan.

Cuando llegamos al apartamento dejo las bolsas en el suelo del salón con un suspiro de alivio.

—Creo que se me ha cortado la circulación en los dedos.

—Pobre niño rico —dice Hannah pero está sonriendo.

Alice corre a su habitación con sus bolsas. Hannah me mira.

—Gracias —dice en voz baja.

—¿Por qué?

—Por hoy. Por… todo esto. —Hace un gesto vago hacia la compra—. No tenías que hacerlo.

—Lo sé. Pero quería.

Hannah me sostiene la mirada.

Y en esa mirada hay una pregunta que no sé leer, pero que hace que se me acelere el corazón.

—Bueno —dice, y aparta la mirada—. Voy a ayudar a Alice a guardar todo esto.

Sale del salón antes de que pueda responder.

Y yo me quedo ahí de pie en medio de mi apartamento rodeado de bolsas de compras.

Pensando en que acaba de ser el mejor día que he tenido en años.

Y en que quedan seis semanas hasta que sepa si puedo quedarme con esto.

Seis semanas hasta que sepa si Alice es mi hija.

Seis semanas hasta que sepa si Hannah y Alice van a quedarse o se van a ir.

Y por primera vez en mi vida.

Tengo miedo de perder algo.

Miedo de verdad.