CAPÍTULO 11
JAMES
Llego al club Renaissance a las nueve de la noche con un nudo en el estómago que no consigo deshacer.
He quedado con los chicos en la sala privada de siempre, esa que tiene vistas a Manhattan y donde hemos cerrado tratos, celebrado victorias y confesado cosas que jamás diríamos fuera de estas cuatro paredes.
Esta noche no sé exactamente qué voy a confesar, pero sé que necesito contárselo a alguien antes de que me estalle en el pecho.
El camarero me reconoce y me acompaña sin preguntar.
Subo las escaleras intentando ordenar las palabras en mi cabeza.
«Chicos, puede que tenga una hija. Una niña de once años que se presentó en mi casa el domingo y que ahora vive conmigo junto con su tía.
» Suena a locura. Suena a la clase de problema en el que yo jamás me metería.
Suena a lo mejor que me ha pasado en la vida.
Abro la puerta y los cuatro están ya ahí.
Adrián en el sofá principal con una copa de whisky, Daniel apoyado en la barra sirviéndose algo, Alexander en uno de los sillones con un vaso de agua con gas porque el tío nunca bebe cuando tiene que conducir de vuelta a casa con su familia, y Nathan revisando su móvil con el ceño fruncido como si el mercado de valores fuera a hundirse en los próximos cinco minutos.
—Llegas tarde —dice Nathan sin levantar la vista.
—Cinco minutos —replico cerrando la puerta—. No es para tanto.
—Para ti es histórico. —Daniel me mira de reojo mientras deja la botella en su sitio—. Normalmente llegas media hora antes que todos y ya vas por la segunda copa.
Tiene razón. Suelo llegar pronto porque no tengo ningún otro sitio donde estar. Esta noche he querido esperar a que Alice se durmiera y a que Hannah se retirara a su habitación antes de marcharme. He dejado una nota en la encimera de la cocina para decirles dónde estaba, por si me necesitaban.
Una puta nota en la encimera.
Como si fuera un padre de verdad.
—¿Todo bien? —pregunta Adrián con esa voz grave que usa cuando sabe que algo va mal.
Me sirvo un whisky y me siento en el otro sillón, frente a Alexander.
—Tengo que contaros algo.
Los cuatro me miran. Nathan guarda el móvil. Daniel deja su copa. Adrián se inclina hacia delante con los codos en las rodillas. Alexander entrelaza los dedos y me observa con esos ojos grises que leen a la gente como si fueran balances financieros.
—Suéltalo —dice Daniel.
Bebo un trago largo. El whisky me quema la garganta pero no me da el valor que necesito.
—El domingo por la mañana apareció una niña en mi casa. Se llama Alice. Tiene once años. Dice que soy su padre.
Se hace el silencio absoluto.
Cuento hasta cinco esperando las risas, los comentarios sarcásticos, el «por supuesto que te pasa esto a ti, Morgan». Pero no llega nada. Ninguno dice una palabra.
—Su madre es una tal Vanessa Bennett —continúo—.
No la recuerdo. Hace doce años mi vida era…
bueno, ya sabéis cómo era mi vida. Podría ser cualquiera.
Alice vive con su tía Hannah desde que era un bebé porque su madre se dedica a desaparecer todo el rato.
Hannah no sabía que yo existía hasta hace unos meses.
Alice leyó unos mensajes, averiguó quién era yo y se presentó en mi apartamento sin avisar.
—Joder —murmura Daniel.
—Me hice la prueba de paternidad ayer. Los resultados tardan seis semanas. Mientras tanto, Alice y Hannah se han mudado a mi casa.
Nathan es el primero en hablar.
—¿Se han mudado contigo? ¿Sin saber si eres el padre?
—Alice se escapó para buscarme. Hannah estaba aterrada. Si las mandaba de vuelta a Brooklyn, la niña iba a volver a escaparse. Era la única opción.
—O sea que ahora vives con una niña de once años y con su tía —resume Alexander con una calma que me pone nervioso—. En tu apartamento. El que tiene tres habitaciones vacías y una nevera que solo contiene vodka y aceitunas.
—Ya no. Ayer compré comida.
Daniel suelta una carcajada.
—Compraste comida. James Morgan fue al supermercado.
—Y cociné —añado—. Bueno, lo intenté. Hannah tuvo que rescatar los huevos revueltos.
Adrián me mira como si acabara de confesarle que he vendido mi empresa para meterme a monje budista.
—¿La tía cocina en tu casa?
—Vive en mi casa, Adrián. Las dos viven en mi casa.
—Eso ya lo has dicho. —Nathan se echa hacia atrás en la silla—. Lo que no nos has dicho es qué coño vas a hacer si llegan los resultados y descubres que no eres el padre.
La pregunta me sienta como una patada en el estómago.
—No lo sé.
—¿Quieres serlo? —pregunta Alexander con esa precisión quirúrgica que tiene para ir directo al hueso siempre—. ¿Quieres que esa prueba salga positiva?
Aprieto el vaso entre mis manos.
—Sí.
—Entonces ya está —dice Daniel—. Esa es tu respuesta.
—No es tan fácil. Puede que no sea mía. Puede que la madre haya mentido, o que se haya equivocado, o que haya otros candidatos. Hannah dice que su hermana coleccionaba tíos ricos como si fueran trofeos.
—¿Y la niña? —Adrián me clava la mirada—. ¿Cómo es?
No sé ni por dónde empezar.
—Lista. Valiente. Pero está aterrada de que nadie pueda quererla porque su madre la abandonó. Me miró a los ojos el domingo y me preguntó si era suficiente. Si yo podía quererla.
Oigo cómo Adrián respira hondo. Daniel mira su copa. Alexander cierra los ojos un segundo.
—¿Y tú qué le dijiste? —pregunta Nathan.
—Le dije que sí. Que quiero estar en su vida. Que no voy a irme.
—Bien. —Nathan asiente una vez, cortante—. Entonces eso es lo que vas a hacer.
—¿Aunque no sea mía?
—Sobre todo si no es tuya. —Alexander me sostiene la mirada—. Porque entonces no vas a poder quedarte por obligación legal o genética. Vas a tener que quedarte porque has decidido hacerlo. Y eso, Morgan, eso es lo que significa ser padre de verdad.
Me quedo mirándolo sin saber qué decir. Alexander tiene una hija a la que adora hasta lo enfermizo. Daniel tiene a Beckett, y pasó años intentando arreglar una relación que empezó con el peor pie posible. Los dos saben de lo que hablan. Los dos han estado donde yo estoy ahora.
—Es lo mejor que te podía pasar —dice Adrián de repente.
Lo miro como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Que una niña se presente en mi casa diciendo que soy su padre es lo mejor que me podía pasar?
—Sí. —Se termina el whisky de un trago—. Porque igual así dejas de fingir que todo te resbala.
—Yo no finjo nada.
—Morgan, llevas años fingiendo. —Daniel me señala con su vaso—. Finges que te lo pasas bien en los clubes. Finges que las tías sin nombre te llenan. Finges que te importa una mierda todo cuando la realidad es que estás vacío hasta las trancas.
—Que te jodan, Hayes.
—Te lo digo porque te aprecio. —Su voz no cambia de tono—. Y porque llevamos años viéndote autodestruirte poco a poco mientras sonríes como si todo fuera un puto chiste.
Alexander asiente.
—Tiene razón. Todos lo hemos visto.
—¿Y qué se supone que tenía que hacer? —La rabia me sube por la garganta como bilis—. ¿Sentarme a llorar porque mi vida no es perfecta? ¿Quejarme porque mis padres son dos témpanos de hielo? Todos tenemos mierdas, tíos. Yo he elegido no dejar que las mías me hundan.
—No. —Adrián niega con la cabeza—. Has elegido no sentir nada para que nada pueda hundirte. Que no es lo mismo.
Me quedo callado porque no tengo una respuesta para eso.
Porque tiene razón.
Porque todos tienen razón.
—Esta niña te ha dado una oportunidad —dice Alexander con suavidad—. Una oportunidad de construir algo real. De ser alguien que importa de verdad para otra persona. No la cagues.
—No pienso cagarla.
—Bien. Entonces preséntanosla. —Daniel sonríe por primera vez desde que empezó la conversación—. Queremos conocerla.
—Y a la tía —añade Nathan—. Porque alguien tiene que haberla criado bien para que esa niña tenga las agallas de plantarse en tu casa a buscarte.
Se me retuerce el pecho cuando pienso en Hannah. En cómo abrazó a Alice al llegar a mi apartamento, como si fuera lo único que le importaba en el mundo, mientras la niña le decía entre lágrimas que solo quería saber si era suficiente.
—La tía es… complicada.
—¿Complicada cómo? —pregunta Adrián con ese tono que significa que ya sospecha algo.
—Complicada en el sentido de que me odia. De que piensa que soy un capullo millonario que va a romperle el corazón a su sobrina en cuanto me aburra. Y de que tiene razón en desconfiar de mí, porque yo habría desconfiado de mí mismo hace una semana.
—Pero ahora no —dice Daniel.
—Ahora no.
—Entonces demuéstraselo. —Alexander se encoge de hombros—. No con palabras. Con hechos.
—Eso intento.
—¿Y funciona?
Pienso en Hannah sonriéndome en el cine. En cómo me miró cuando compré ropa para Alice sin que ella me lo pidiera. En cómo me las arreglé para arrancarle la risa cuando iba cargado de bolsas como un sherpa del Everest.
—Creo que sí. Un poco.
Nathan silba entre dientes.
—Estás jodido, Morgan.
—¿Qué?
—Que estás jodido. Te gusta.
—Es la tía de mi posible hija. No me gusta.
—Claro que te gusta. —Nathan me mira como si acabara de decir la mayor estupidez del año—. Por eso no quieres que la conozcamos todavía. Porque tienes miedo de que te la robemos.
—Eso es ridículo.
—¿Ah, sí? —Adrián se cruza de brazos—. Entonces preséntanoslas este fin de semana.
—No puedo. Necesito que se sientan seguras primero. Necesito que confíen en mí antes de meterlas en nuestro mundo.
—«Nuestro mundo» —repite Daniel con una sonrisa—. Escúchate. Ya las estás protegiendo.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
—Exacto. —Alexander asiente—. Alguien tiene que hacerlo. Y ese alguien eres tú. Así que hazlo bien.
Me termino el whisky y dejo el vaso en la mesa.
—No quiero compartirlas todavía. ¿Vale? Sé que suena egoísta y posesivo, pero es la verdad. No quiero que nadie más entre en su vida hasta que yo esté seguro de que no voy a cagarla. De que soy… suficiente.
La palabra me sale torcida. Es la misma que usó Alice. La misma pregunta que me hizo con esos ojos enormes que me partieron por la mitad.
—Eres suficiente —dice Adrián—. Pero tienes que creértelo tú primero.